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P El Sacrilegio del Alicatado

PARTE 1: El Sacrilegio del Alicatado

Concha se detuvo en el umbral de la puerta como quien contempla las ruinas de una civilización perdida.

No era solo una reforma.

A sus ojos, aquello era un atentado contra las leyes de la física y el sentido común.

El aire todavía olía a barniz fresco, a polvo de yeso y a ese aroma a tienda de muebles sueca que tanto le irritaba las mucosas.

Apretó su bolso de piel de imitación contra el pecho, como si fuera un escudo protector frente a la modernidad.

Elena, su nuera, la observaba desde el centro de lo que antes era un pasillo y ahora era… nada.

Elena sonreía con esa confianza de quien ha pagado una millonada por tirar tabiques y cree que ha ganado metros de libertad.

Llevaba una copa de vino blanco en la mano, como si estuviera inaugurando una galería de arte en el Soho y no un piso de sesenta metros cuadrados en Alcorcón.

Concha dio un paso adelante, sus tacones de cuatro centímetros resonando sobre el suelo de tarima flotante que, según ella, se iba a bufar al primer fregado.

Giró la cabeza lentamente, buscando la pared que siempre había estado allí.

La pared que separaba el orden del caos.

La pared que contenía los vapores, los secretos y la grasa de una familia.

—Elena, hija… —comenzó Concha, con un tono que pretendía ser de preocupación pero que goteaba veneno—. ¿Dónde está el resto de la casa?

Elena soltó una risita nerviosa, de esas que anticipan una batalla dialéctica que ya sabe que no va a ganar, pero que está obligada a luchar.

—Es el concepto abierto, Concha. Lo que llaman “open space”. Hemos tirado el tabique de la entrada y el de la cocina para que todo fluya.

—¿Que todo fluya? —repitió Concha, paladeando la palabra como si fuera un bocado de comida en mal estado—. Lo único que va a fluir aquí es el tufo a coliflor hasta el dormitorio principal.

Elena suspiró, cerrando los ojos un segundo antes de volver a la carga con el manual del buen decorador que se había aprendido de memoria.

—Es para ganar luz, para que la casa respire, para no estar aislada mientras Sergio y yo hacemos cosas distintas.

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