EL DOLOR DE ESPALDA
PARTE 1
Eran las once de la mañana de un domingo cualquiera en Madrid.
El sol entraba por la persiana a medio bajar, dibujando rayas de luz sobre la alfombra.
Elena intentó girarse en la cama, pero un calambre súbito la devolvió a la realidad.
Era un pinchazo seco, directo, como si un alfiler de fuego se hubiera clavado en su zona lumbar.
—Maldita sea —susurró, apretando los dientes contra la almohada.
Javi, a su lado, roncaba con la placidez de quien no tiene una hipoteca ni una contractura de tercer grado.
Elena se quedó inmóvil, analizando el mapa de su propio dolor.
Sentía la espalda como un bloque de hormigón armado que se había secado mal.
Su fisioterapeuta, un chico con manos de hierro llamado Hugo, se lo había advertido.
—Elena, no puedes pasar diez horas al día sentada en esa silla, por muy ergonómica que digas que es —le decía siempre.
Pero ella no escuchaba.
Ella creía en el diseño sueco, en el soporte lumbar ajustable y en el reposapiés con inclinación variable.
Ochocientos euros de silla que ahora parecían una broma pesada de la oficina de diseño.
Consiguió sentarse en el borde del colchón con la lentitud de un caracol con reuma.
Cada movimiento era una negociación diplomática con sus propios nervios.
—Javi, despierta —dijo, dándole un codazo flojo a su marido.
—¿Qué pasa? ¿Es tarde? —balbuceó él, con un ojo abierto y el otro en la otra dimensión.
—No puedo moverme, Javi. Me ha vuelto a dar.
Javi se incorporó, pasando de la inconsciencia a la preocupación en dos segundos.
—¿Otra vez la espalda? Pero si te compraste el cojín ese de gel la semana pasada.
—El cojín de gel no sirve para nada cuando tienes la columna hecha un nudo de marinero.
—Venga, estira un poco.
—Si estiro, me rompo, Javi. No es broma.
—Hoy tenemos comida en casa de mis padres, Elena. Mi madre ha comprado un cordero que flipas.
Elena cerró los ojos y visualizó el salón de sus suegros.
Las sillas de madera de roble, rígidas como el código penal.
El sofá hundido donde Paco, su suegro, dictaba sentencia sobre la vida y la muerte.
Y, sobre todo, los consejos de Paco.
Eso era lo que más le dolía, incluso antes de llegar.
—No puedo ir, de verdad. Dile a tu madre que me he muerto o algo así.
—No seas exagerada. Te tomas un ibuprofeno de seiscientos y vamos tirando.
—Javi, el ibuprofeno para esto es como echarle agua bendita a un incendio forestal.
Media hora después, Elena estaba en el coche, encajonada en el asiento del copiloto.
Había colocado una toalla enrollada en la zona lumbar, siguiendo un tutorial de YouTube que prometía alivio instantáneo.
No funcionaba.
Cada vez que Javi pillaba un bache o un badén, Elena emitía un gemido que recordaba a una puerta vieja oxidada.
—¿Puedes ir más despacio? —protestó ella.
—Voy a veinte, Elena. Si voy más lento, el coche se para.
—Pues que se pare. Prefiero caminar, aunque tarde tres días en llegar a Alcorcón.
Llegaron a la urbanización con el sol ya en lo alto, calentando el asfalto.
El edificio de los padres de Javi era uno de esos bloques de los setenta con portero físico y olor a cera en el portal.
Subieron en el ascensor, un espacio minúsculo donde Elena tuvo que quedarse rígida como una estatua.
Cuando la puerta se abrió, el aroma a romero y grasa de cordero los golpeó como una bendición o una condena.
Paco abrió la puerta con su habitual energía de jubilado que tiene demasiadas cosas que hacer.
Llevaba el delantal de “Mejor Abuelo del Mundo” y una paleta de cocina en la mano.
—¡Hombre, ya están aquí los marqueses! —exclamó Paco, con una carcajada que retumbó en el pasillo.
—Hola, papá —dijo Javi, dándole un abrazo.
Elena intentó esbozar una sonrisa, pero le salió una mueca de agonía.
—¿Qué te pasa a ti en la cara, hija? Parece que hayas visto un fantasma —dijo Paco, fijándose en ella.
—Hola, Paco. Es que… me duele un poco la espalda.
Paco dejó de reír y entornó los ojos, analizando la postura de su nuera.
Ella estaba ligeramente inclinada hacia la derecha, con una mano apoyada en la cadera.
—¿La espalda? —Paco soltó una bufada—. Eso es por la silla esa en la que trabajas.
Elena suspiró. Empezaba el espectáculo.
—Es una silla ergonómica de última generación, Paco. Está diseñada para la postura correcta.
—Ergonómica, ergonómica… —repitió Paco, paladeando la palabra como si fuera un insulto—. Tonterías de hoy en día.
—No son tonterías, es salud laboral.
—Salud laboral es lo que hacíamos nosotros, cargando sacos en el muelle. Eso sí que era moverse.
Paco hizo un gesto hacia el interior de la casa, invitándolos a pasar.
—Te duele la espalda de estar sentada en esa silla ergonómica. Lo que necesitas es moverte.
Elena entró en el salón, buscando desesperadamente un sitio donde aterrizar sin fracturarse.
El sofá de escay de Paco la miraba con hostilidad.
—Tengo una contractura por el estrés, suegro —dijo ella, dejándose caer con cuidado extremo—. No se cura caminando.
Paco se puso las manos en la cintura y negó con la cabeza, con esa superioridad moral que solo dan los años de cotización.
—El estrés es una palabra moderna para no decir que estás oxidada, Elena.
—No estoy oxidada, Paco. Estoy tensa. Los músculos están contraídos.
—Claro, claro. Y para eso te vas al médico ese de los masajes que te cobra cincuenta euros por crujirte los huesos, ¿no?
—Se llama fisioterapeuta, Paco. Y estudia cinco años para saber lo que hace.
—Un buen masaje con alcohol de romero y como nueva —sentenció Paco, volviendo hacia la cocina—. Eso es lo que te hace falta.
Elena miró a Javi, buscando apoyo, pero su marido ya estaba abriendo una cerveza y mirando la tele.
—Tu padre no entiende que la medicina ha avanzado desde el siglo diecinueve —murmuró Elena.
—Déjalo, Elena. Ya sabes cómo es. Para él, la penicilina es un invento reciente.
Paco asomó la cabeza por la puerta de la cocina, agitando la paleta de madera.
—¡Lo que te pasa es que no tienes sangre en las venas! ¡Hay que activar la circulación!
—Paco, de verdad, solo quiero comer tranquila y ver si el calor me alivia un poco.
—¿Calor? ¡Qué calor ni qué ocho cuartos! El calor te deja los músculos fofos.
Elena se frotó las sienes. El dolor de espalda empezaba a competir con un incipiente dolor de cabeza.
—Lo que necesitas es que yo te dé un poco de ese alcohol que prepara mi hermano en el pueblo.
—¿El que huele a gasolinera? —preguntó Javi, riendo.
—Ese alcohol resucita a un muerto, Javi. No te burles de la sabiduría popular.
Elena se hundió un poco más en el sofá, notando cómo el tejido sintético se pegaba a su piel.
Sentía que el debate apenas acababa de empezar.
Paco no era de los que soltaban un tema fácilmente.
Él era un cazador de mitos modernos, y la ergonomía era su presa favorita de aquel domingo.
PARTE 2
La mesa estaba puesta con el mantel de las ocasiones especiales, ese que tiene bordados que se clavan en los antebrazos.
Concha, la suegra, apareció con una fuente de ensalada que pesaba al menos tres kilos.
—Hija, me ha dicho Paco que estás baldada —dijo Concha, mirando a Elena con lástima.
—Un poquito, Concha. Pero ya se me pasará.
—Eso es que no comes bien. Si tuvieras más hierro en el cuerpo, no te darían esos tirones.
—No creo que sea el hierro, Concha. Es la postura frente al ordenador.
—¡El ordenador! —exclamó Paco desde la cabecera de la mesa, mientras trinchaba el cordero—. ¡El invento del demonio!
Paco servía la comida como si estuviera repartiendo tierras en la Reconquista.
Trozo grande para Javi, trozo grande para él, y trozos selectos para las mujeres.
—Toma, Elena. Cómete esto, que tiene grasa de la buena. Eso te engrasa las vértebras.
Elena miró el plato. El cordero brillaba bajo la luz de la lámpara del comedor.
—Gracias, Paco, pero no creo que la grasa de cordero sea un lubricante para la columna.
—¡Tú qué vas a saber! —Paco se metió un trozo de pan en la boca—. En mis tiempos, el que tenía dolor de riñones se echaba un trago de aguardiente y se iba a segar.
—Ya, Paco, pero yo no sego. Yo hago hojas de cálculo y reuniones por Zoom.
—Por eso mismo. El cuerpo se aburre. Se atrofia. Se piensa que ya no sirve para nada y se queja.
Elena intentó cortar un trozo de carne, pero el simple esfuerzo de presionar con el cuchillo le provocó un latigazo en el trapecio.
—¡Ay! —exclamó, soltando el cubierto.
Javi se tensó. Concha se santiguó. Paco soltó el tenedor con estrépito.
—¿Ves? ¿Ves lo que te digo? —Paco se levantó de la silla con una agilidad insultante—. Estás bloqueada.
—Paco, siéntate, por favor —suplicó Elena—. Solo ha sido un pinchazo.
—Nada de pinchazos. Concha, trae el bote de la despensa. El del líquido verde.
—Paco, no vas a hacerle eso a la niña en mitad de la comida —dijo Concha, aunque ya se estaba levantando.
—¡Es por su bien! ¿Quieres que se quede así para siempre? ¿Como una estatua del Museo de Cera?
Elena miró a Javi con ojos de socorro.
—Javi, haz algo. No quiero que tu padre me unte cosas de su pueblo.
Javi, que conocía bien las batallas perdidas, simplemente se encogió de hombros.
—Elena, si te deja darle el masaje, se callará el resto de la tarde. Es un trato justo.
—¡No es un masaje, es una intervención! —protestó ella.
Concha volvió con un bote de cristal de aceitunas reutilizado.
Dentro había un líquido amarillento con ramas flotando que parecían restos orgánicos de una excavación arqueológica.
El olor a romero, alcanfor y algo parecido a la trementina inundó el comedor instantáneamente.
—Huele a taller mecánico —dijo Elena, tapándose la nariz.
—Huele a curación, hija —corrigió Paco, desenroscando la tapa con solemnidad.
Paco se acercó a ella. Elena intentó retroceder, pero el sofá no le daba margen de maniobra.
—Venga, Elena, levántate un poco la camiseta. Solo en la zona de la rabadilla.
—¡Paco! ¡Que estamos comiendo!
—La salud no entiende de horarios, Elena. Venga, no seas remilgada.
Bajo la presión combinada de la familia, Elena cedió.
Se subió un poco la blusa de seda, sintiendo el aire frío en la piel de su espalda.
Paco vertió una cantidad generosa de aquel brebaje en sus manos callosas.
—¡Está helado! —gritó Elena cuando Paco le puso las manos encima.
—¡Claro que está helado! El contraste térmico es la clave. ¡Sangre, Elena, sangre!
Paco empezó a frotar con la energía de quien está sacando brillo a un coche antiguo.
Elena sentía que su piel se quemaba y se congelaba al mismo tiempo.
—¡Ay! ¡Paco, que me vas a desmontar!
—Eso es el nudo. Lo noto aquí. Está duro como una piedra de río.
Paco presionó con el pulgar en un punto exacto que hizo que Elena viera las estrellas, la luna y varios planetas del sistema solar.
—¡Ahí! ¡Ahí está el demonio! —rugió Paco, entusiasmado—. ¡Lo tengo acorralado!
—¡Me vas a matar, de verdad! —Elena se agarraba al brazo del sofá con las uñas—. ¡Javi, llama a una ambulancia!
Javi seguía masticando su cordero, observando la escena con una mezcla de curiosidad y resignación.
—Te está quitando las malas energías, cariño —dijo él, con la boca medio llena.
—¡Qué energías ni qué narices! ¡Me está triturando los ligamentos!
Paco paró de repente. Sus manos estaban empapadas en el líquido verde.
—Ya está. Nota cómo corre ahora la vida por ahí dentro.
Elena se quedó inmóvil, respirando agitadamente.
Sentía un calor intenso que empezaba a irradiar desde el punto donde Paco había presionado.
Era una sensación extraña. Dolía, sí, pero era un dolor diferente.
Un dolor que parecía estar empujando al otro dolor hacia fuera.
—¿Cómo te sientes? —preguntó Concha, con las manos en el pecho.
Elena se movió un poco. Giró el tronco hacia la izquierda. Luego hacia la derecha.
—Sigo teniendo la contractura… pero noto como si me hubieran dado una descarga eléctrica.
—¡Exacto! —Paco volvió a su sitio, triunfante—. El romero despierta a los nervios que se han quedado dormidos por culpa de la ergonomía.
—Paco, no digas más esa palabra, por favor —pidió Elena, bajándose la camiseta.
—La diré todas las veces que haga falta. Porque esa silla es tu cárcel, Elena.
—Es una silla de oficina, Paco. No una celda de castigo.
—Para el caso es lo mismo. El cuerpo humano está hecho para perseguir gacelas, no para mirar pantallas de Excel.
Paco se sirvió una copa de vino tinto con un movimiento fluido.
—Mañana te levantas a las seis de la mañana y te vas a dar un paseo por el parque. Pero un paseo de verdad. Sin el móvil y sin las zapatillas esas que parecen naves espaciales.
—Mañana tengo una reunión a las ocho, Paco.
—Pues la haces caminando. Te pones los cascos esos que lleváis y vas trotando por la Castellana. Verás qué pronto se te quita la tontería.
Elena suspiró, sintiendo que el olor al alcohol de romero se le metía por los poros y se convertía en parte de su identidad.
Ese era solo el primer asalto.
Sabía que Paco tenía guardado un arsenal de remedios y teorías que iban a salir a relucir antes del postre.
La tarde se presentaba larga, intensa y con un aroma persistente a herbolario de pueblo.
PARTE 3
Después del cordero llegó el momento crítico: la sobremesa.
Ese espacio de tiempo donde las familias españolas resuelven los problemas del mundo o se crean otros nuevos.
Elena se sentía un poco más ligera, pero el alivio era engañoso.
Sentía la zona lumbar como si Paco le hubiera pasado una lija de grano fino.
—Toma un poco de anís, Elena. Para que la comida no te pese —dijo Paco, llenando un vasito.
—Paco, ya he tomado el ibuprofeno, no puedo mezclar alcohol.
—Esa es otra mentira de los laboratorios para vender más pastillas. El anís ayuda a la digestión, y si la digestión es buena, la espalda no sufre.
—¿Qué tiene que ver el estómago con las vértebras, suegro?
—¡Todo está conectado! —Paco dio un golpe en la mesa—. Si el estómago está hinchado, empuja a la columna. Es pura física de primero de carrera.
Elena miró al techo, pidiendo paciencia.
—No creo que Newton estuviera pensando en el anís del mono cuando formuló sus leyes.
—Newton no tenía dolor de espalda porque en su época la gente no se sentaba en pelotas de plástico para trabajar.
—¡Que no es una pelota, que es una silla de diseño! —gritó Elena, perdiendo ya los estribos.
Javi intervino, tratando de calmar las aguas.
—Papá, deja ya el tema de la silla. Que Elena se gasta su dinero en lo que quiere.
—Si yo no digo que no se lo gaste. Digo que se lo gasta mal. Con ese dinero nos habríamos ido todos a un balneario en condiciones, de esos que te meten en barro hasta las orejas.
Concha asintió, entusiasmada con la idea.
—Eso sí que es bueno, Elena. El barro de los balnearios tiene minerales que te chupan el dolor.
—El fisio me dice que lo mejor es el ejercicio de fuerza —comentó Elena, intentando meter un poco de ciencia en la charla.
—¿Fuerza? —Paco soltó una carcajada—. Pero si no puedes ni levantar el mando de la tele sin quejarte.
—Precisamente por eso. Porque tengo los músculos de la espalda débiles por falta de uso.
Paco se levantó de nuevo. Elena se puso en guardia.
—Ven aquí. Vamos a hacer una prueba de fuerza.
—Ni hablar. No voy a hacer sentadillas en el salón, Paco.
—No son sentadillas. Solo quiero ver cómo tienes los reflejos.
Paco se colocó frente a ella y empezó a hacer gestos con las manos, como si estuviera invocando a algún espíritu ancestral del campo.
—Intenta cogerme las manos. Rápido.
Elena lo intentó, pero al extender los brazos, el tirón en la espalda fue tan fuerte que tuvo que volver a su posición original.
—¿Ves? Estás oxidada. Tienes los cables cruzados.
—Paco, tengo una lesión muscular. No es que no tenga reflejos, es que el cuerpo me está protegiendo para que no me rompa más.
—El cuerpo no te protege, el cuerpo te engaña porque se ha vuelto vago.
Paco se sentó de nuevo, esta vez con una expresión más seria.
—Mira, hija. Yo estuve trabajando treinta años en la construcción. De sol a sol. Cargando ladrillos, subiendo andamios. ¿Tú crees que yo sabía lo que era una contractura?
—Seguro que tenías dolores, Paco. Solo que no les ponías nombre.
—Tenía cansancio. Que es muy distinto. El cansancio se cura durmiendo. El dolor ese que tenéis vosotros es de no hacer nada.
Elena sintió que el debate estaba llegando a un punto de no retorno.
—Paco, con todo el respeto, mi trabajo requiere un esfuerzo intelectual que agota de otra manera. El estrés se manifiesta físicamente.
—El estrés es falta de aire puro. Te encierras en esa oficina con el aire acondicionado puesto a tope y el cerebro se te queda como una uva pasa.
—Trabajo desde casa, Paco. Te lo he dicho mil veces.
—Peor me lo pones. Estás en casa pero no estás. Estas ahí, delante de la pantalla esa, peleándote con gente que no ves.
Paco suspiró y bebió un sorbo de anís.
—Lo que tú necesitas no es un fisio. Lo que tú necesitas es irte un fin de semana al pueblo y ayudarme a podar los olivos.
Elena imaginó la escena: ella, con su dolor crónico, empuñando unas tijeras de podar bajo el sol de Jaén.
—Me muero en diez minutos, Paco. Literalmente.
—Al revés. Te curas. El movimiento circular de la poda es lo mejor para los hombros. Y el aire del campo te limpia las ideas.
—¿Y el alcohol de romero qué? ¿Ya no hace falta? —preguntó Javi, divertido.
—El alcohol de romero es el mantenimiento. La poda es la gran revisión —sentenció Paco.
Elena se dio cuenta de que Paco vivía en un mundo donde todo se arreglaba con las manos.
Para él, la tecnología era un estorbo y la comodidad moderna era una trampa que nos debilitaba.
A pesar de que le sacaba de quicio, había algo de verdad en su vehemencia que la hacía dudar.
¿Y si realmente estaba demasiado tiempo quieta?
¿Y si su silla de ochocientos euros era, en efecto, un altar al sedentarismo?
Pero luego sintió otro pinchazo y la duda se esfumó.
—Mañana voy al fisio, Paco. Y me va a dar punción seca.
Paco se puso las manos en la cabeza.
—¿Punción qué? ¿Te van a clavar agujas?
—Sí. Es muy efectivo para deshacer los puntos gatillo.
—¡Pero si eso es tortura china, Elena! ¡Por el amor de Dios! ¡Que te van a pinchar como a un filete!
—Es medicina moderna, suegro.
—¡Es una salvajada! Antes te dejo que te untes con aceite de motor. ¡Agujas! ¡Lo que hay que oír!
La discusión subió de tono, con Paco defendiendo el masaje con alcohol y Elena defendiendo las agujas del siglo veintiuno.
Mientras tanto, el cordero seguía digiriéndose, el anís seguía bajando y la espalda de Elena seguía gritando.
PARTE 4
La tarde caía sobre Madrid y el salón de los suegros empezaba a llenarse de sombras.
La batalla entre la tradición y la modernidad había dejado a todos exhaustos, menos a Paco.
Paco parecía tener una batería infinita alimentada por el rencor hacia la ergonomía.
—Venga, que ya es hora de que os vayáis, que mañana tenéis que volver a vuestras sillas de tortura —dijo Paco, levantándose del sofá.
Elena se puso en pie con mucho cuidado.
Para su sorpresa, no sintió el pinchazo insoportable de la mañana.
Nerviosa, dio un par de pasos.
—¿Qué pasa? ¿Te has quedado petrificada? —preguntó Concha.
—No… es que… me duele menos.
Javi arqueó las cejas.
—¿En serio? ¿El cordero ha hecho milagros?
—No sé si ha sido el cordero, el alcohol de romero de Paco o el hecho de que no he parado de discutir en tres horas.
Paco soltó una carcajada triunfal que casi hace vibrar las figuritas de porcelana del aparador.
—¡Lo ves! ¡Te lo dije! —gritó, señalándola con el dedo—. ¡Es la circulación! Al cabrearte conmigo, la sangre te ha subido a la cabeza y ha bajado por la espalda a toda mecha.
—No creo que esa sea la explicación científica, Paco —dijo Elena, aunque no podía evitar sonreír.
—La ciencia es observar lo que funciona, hija. Y mi alcohol de romero funciona desde que mi abuelo era cabo.
Elena se puso la chaqueta, sintiendo que el calor en su espalda todavía persistía.
—A lo mejor tenías razón en una cosa, Paco.
—¿Solo en una? —Paco fingió estar ofendido.
—En que necesitaba moverme. Aunque fuera para defenderme de tus ataques a mi silla.
—Esa silla, Elena… de verdad te lo digo. Si quieres te la cambio por un taburete de madera que tengo en el trastero. No tiene respaldo, así que te obliga a estar derecha por pura supervivencia.
—Gracias, Paco, pero creo que me quedo con mi silla. Eso sí, me levantaré cada hora a estirar.
—Y a echarte un chorro de alcohol, no te olvides —añadió Concha, metiéndole un frasco pequeño en el bolso.
—Tómalo. Es una muestra gratis. Si te va bien, te traigo una garrafa el mes que viene.
Elena aceptó el regalo con una mezcla de gratitud y resignación.
Salieron del piso y caminaron hacia el ascensor.
Elena se sentía extrañamente bien, o al menos, no tan mal como para querer que la tierra se la tragara.
—¿Crees que de verdad el alcohol ese sirve para algo? —le preguntó a Javi mientras bajaban.
—No lo sé. Pero mi padre cree tanto en ello que creo que el efecto placebo es capaz de soldar una vértebra rota.
—Tiene una energía increíble para su edad.
—Es que él no se sienta en sillas ergonómicas, Elena. Él vive en un estado de movimiento perpetuo por pura cabezonería.
Llegaron al coche. Elena se sentó y, por primera vez en todo el día, no emitió ningún sonido de dolor.
—Oye, Javi…
—¿Dime?
—Mañana, antes de empezar a trabajar, voy a caminar media hora.
Javi se rió mientras arrancaba el motor.
—Cuidado, que como se lo digas a mi padre, se presenta en casa con un mono de trabajo y una azada.
—No exageres. Pero reconozco que estar aquí sentada me está empezando a dar alergia.
El viaje de vuelta fue más tranquilo.
Los baches ya no eran enemigos mortales, sino simples irregularidades del terreno.
Elena miraba por la ventana, pensando en su fisioterapeuta Hugo.
“Hugo, te voy a ser infiel con un señor jubilado y una botella de alcohol verde”, pensó para sus adentros.
Llegaron a casa y Elena fue directa al baño.
Se miró en el espejo y vio que tenía la espalda roja por el frotamiento de Paco.
—Me ha dejado la marca de su mano —dijo, riendo sola.
Se aplicó un poco más del líquido de Paco. El olor volvió a inundar la casa.
Era un olor a antiguo, a campo, a domingos de familia y a discusiones interminables.
Se sentó en su silla de ochocientos euros, pero esta vez no se hundió en ella.
Se mantuvo recta, activa, consciente de sus músculos.
Abrió el ordenador para repasar unos correos, pero a los cinco minutos lo cerró.
—No —se dijo a sí misma—. Paco tiene razón en algo más.
Se levantó y empezó a caminar por el pasillo de su casa.
Un paso, dos pasos, tres pasos.
La contractura seguía ahí, un pequeño recordatorio de su estrés, pero ya no era una cadena que la mantenía prisionera.
—¿Qué haces? —preguntó Javi desde el salón.
—Moverme, Javi. Estoy activando la circulación antes de que Paco venga en sueños a darme otro masaje.
Aquella noche, Elena durmió mejor que en meses.
Soñó con sillas que volaban y con Paco persiguiendo gacelas por la Castellana con un frasco de alcohol de romero en la mano.
A la mañana siguiente, cuando sonó el despertador, no sintió miedo.
Se estiró como un gato, notando cómo su columna se desplegaba vértebra a vértebra.
Todavía quedaba camino por recorrer, pero la batalla del domingo se había saldado con una victoria inesperada.
¿Remedios naturales o fisioterapeuta?
Quizás la respuesta no estaba en elegir uno, sino en sobrevivir al primero para poder disfrutar del segundo.
O quizás, simplemente, la respuesta era no tomarse la ergonomía —ni a uno mismo— tan en serio.
Elena se puso las zapatillas y salió a caminar.
El aire de la mañana estaba frío, pero ella ya tenía su propio fuego interno.
Y un olor a romero que, por primera vez, no le molestaba en absoluto.