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El termómetro de la farmacia de la plaza marcaba cuarenta y dos grados a las diez de la noche.e

PARTE 1

El termómetro de la farmacia de la plaza marcaba cuarenta y dos grados a las diez de la noche.

Aquella cifra no era un número, era una amenaza de muerte lenta por asfixia.

Elena sentía que el aire de la habitación no era oxígeno, sino una sopa espesa de polvo y recuerdos de naftalina.

Estaba tumbada sobre la colcha de ganchillo que su suegra, Doña Paquita, insistía en mantener sobre la cama.

Una colcha que parecía haber sido tejida con los nervios de una generación que no conocía el concepto de transpiración.

A su lado, Javi roncaba con una despreocupación que Elena encontraba casi ofensiva.

¿Cómo podía un ser humano dormir mientras sus poros gritaban auxilio?

El ventilador de techo giraba con un quejido rítmico, un “clac-clac-clac” que no movía el aire.

Solo lo redistribuía, como quien intenta enfriar un horno abanicándolo con un cartón.

Elena se incorporó, sintiendo que la piel de la espalda se despegaba de la sábana con el sonido de una ventosa.

Miró la ventana.

Estaba cerrada a cal y canto, con la persiana de madera bajada hasta el último milímetro.

Era la política de seguridad nacional de Doña Paquita.

“En esta casa no entra ni un mosquito, ni un ladrón, ni un mal pensamiento”, solía decir.

Pero lo que Paquita temía de verdad no era a los cacos.

Era algo mucho más ancestral.

Mucho más místico y peligroso para la salud pública española.

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