PARTE 1
El termómetro de la farmacia de la plaza marcaba cuarenta y dos grados a las diez de la noche.
Aquella cifra no era un número, era una amenaza de muerte lenta por asfixia.
Elena sentía que el aire de la habitación no era oxígeno, sino una sopa espesa de polvo y recuerdos de naftalina.
Estaba tumbada sobre la colcha de ganchillo que su suegra, Doña Paquita, insistía en mantener sobre la cama.
Una colcha que parecía haber sido tejida con los nervios de una generación que no conocía el concepto de transpiración.
A su lado, Javi roncaba con una despreocupación que Elena encontraba casi ofensiva.
¿Cómo podía un ser humano dormir mientras sus poros gritaban auxilio?
El ventilador de techo giraba con un quejido rítmico, un “clac-clac-clac” que no movía el aire.
Solo lo redistribuía, como quien intenta enfriar un horno abanicándolo con un cartón.
Elena se incorporó, sintiendo que la piel de la espalda se despegaba de la sábana con el sonido de una ventosa.
Miró la ventana.
Estaba cerrada a cal y canto, con la persiana de madera bajada hasta el último milímetro.
Era la política de seguridad nacional de Doña Paquita.
“En esta casa no entra ni un mosquito, ni un ladrón, ni un mal pensamiento”, solía decir.
Pero lo que Paquita temía de verdad no era a los cacos.
Era algo mucho más ancestral.
Mucho más místico y peligroso para la salud pública española.
El Sereno.
Elena se levantó con sigilo, como si estuviera desactivando una bomba en una película de espionaje.
Cada paso en el suelo de terrazo viejo era un riesgo.
El terrazo frío era un mito; en agosto, el suelo del pueblo conservaba el calor de la siesta como una piedra volcánica.
Llegó a la ventana.
Sus manos temblaban ligeramente al tocar la manivela de hierro.
Sabía que abrir esa ventana era un acto de rebelión contra siglos de tradición matronil.
Giró la manivela.
El metal emitió un gemido sutil, un aviso de que la traición estaba en marcha.
Elena empujó la madera.
La persiana subió apenas diez centímetros, lo suficiente para que el aire del exterior, que seguía estando a treinta grados pero al menos se movía, entrara en el cuarto.
Fue como un beso helado en mitad del desierto.
Elena cerró los ojos y dejó que ese hilo de aire le acariciara la frente.
Por un momento, creyó en la felicidad.
Pero entonces, desde el pasillo, se oyó un sonido que heló su sangre más que cualquier brisa.
Eran las zapatillas de suegra.
Ese arrastrar de suela de goma sobre el pasillo que Paquita dominaba como un arte de guerra psicológico.
“Chas, chas, chas…”
El sonido se detuvo justo detrás de la puerta del dormitorio.
Elena se quedó petrificada, con la mano aún en la persiana.
Javi, en su bendita ignorancia, soltó un ronquido que pareció una señal de ajuste.
La puerta no se abrió del todo, pero la voz de Paquita se filtró por la rendija con una nitidez aterradora.
—¿Habéis dejado la ventana abierta? —preguntó la voz, cargada de una mezcla de decepción y profecía apocalíptica.
Elena tragó saliva.
—Es para que corra el aire, suegra —respondió Elena, intentando que su voz no temblara—. Hace mucho calor en esta habitación.
Se hizo un silencio espeso en el pasillo.
Un silencio de esos que preceden a las grandes catástrofes naturales.
—¡Va a entrar el aire de la noche y os vais a levantar con la cara torcida! —sentenció Paquita.
La frase quedó flotando en el aire como una maldición gitana.
Elena miró a Javi, que seguía durmiendo, ajeno a que su cara corría el riesgo de desplazarse tres centímetros a la izquierda.
—Suegra, por Dios, que estamos en pleno agosto —replicó Elena con un hilo de voz—. No se nos va a torcer nada.
—Eso decía la hija de la Tomasa —se oyó desde la oscuridad del pasillo—. Abrió la ventana una noche de julio y a la mañana siguiente tenía un ojo mirando a Cuenca y el otro a Finisterre.
Elena se imaginó la escena y, a pesar de la tensión, tuvo que morderse el labio para no reírse.
—El sereno es muy traicionero, hacedme caso —continuó Paquita, ahora un poco más cerca de la puerta.
Se podía oler el aroma a crema de manos y a determinación que desprendía la mujer.
Paquita no dormía; Paquita vigilaba el bienestar termodinámico de su descendencia.
—Solo es una rendija, Paquita —insistió Elena—. Si no la abro, mañana me encuentran hecha un charco en el colchón.
—Mejor un charco que un eccema en el pulmón —replicó la suegra con esa lógica aplastante del mundo rural—. El aire de la noche viene cargado de humedades que se te meten en los huesos y no salen ni con aguarrás.
Elena suspiró.
Miró el pequeño hueco de la persiana.
Sentía que Paquita estaba al otro lado de la puerta, con los brazos cruzados, visualizando el desastre.
—Javi está sudando, suegra —dijo Elena, jugando su última carta—. Si se resfría por el calor, será peor.
—¿Resfriarse por el calor? —la risa de Paquita fue corta y seca—. El calor no resfría, Elena, lo que resfría es el contraste.
—¿Qué contraste? Si fuera hace el mismo calor que en una fragua.
—El sereno no es calor, es… es sereno —explicó Paquita como si estuviera definiendo la física cuántica—. Es un aire que viene con mala intención.
Elena se apoyó en el marco de la ventana.
La lucha apenas acababa de empezar.
Podía sentir la presencia de Paquita moviéndose ahora hacia la cocina, probablemente a buscar un vaso de agua con el que justificar su ronda nocturna.
Pero sabía que volvería.
Las suegras de pueblo tienen un radar para las ventanas abiertas que ya quisiera el Pentágono para sus misiles.
Elena decidió no cerrar.
Se sentó en el borde de la cama, desafiante, esperando el siguiente asalto.
El “chas, chas” de las zapatillas volvió a sonar, alejándose hacia el fondo del pasillo.
—Luego no vengas llorando si te levantas con la boca de lado —fue la última advertencia que llegó desde la lejanía.
Elena se tumbó de nuevo.
El aire que entraba era mínimo, pero sabía a libertad.
Sin embargo, en su mente, empezó a gestarse una duda absurda.
¿Y si Paquita tenía razón?
¿Y si el sereno era una entidad real con capacidad para modificar la fisionomía humana?
Miró a Javi.
Su marido tenía la boca abierta.
¿Y si se le quedaba así para siempre?
“Tonterías”, pensó Elena.
“Es ciencia. Es ventilación. Es sentido común”.
Pero en el silencio de la noche castellana, el sentido común suele perder la batalla contra las leyendas urbanas de las abuelas.
Elena cerró los ojos, pero no pudo dormir.
Cada vez que una cortina se movía ligeramente, se imaginaba al Sereno entrando en la habitación.
Una figura invisible, con capa y guadaña, buscando caras que torcer.
La tensión cómica en la habitación era tan alta como el mercurio en el termómetro.
Y la noche no había hecho más que empezar.
PARTE 2
Habían pasado veinte minutos desde el primer encuentro.
El silencio en la casa era absoluto, salvo por el zumbido de los grillos que, desde el patio, parecían burlarse de la situación.
Elena empezaba a quedarse traspuesta, en ese estado de duermevela donde los sueños se mezclan con la paranoia.
De repente, un ruido metálico la sobresaltó.
“¡Clanc!”
Provenía del pasillo.
Elena se incorporó de golpe, con el corazón martilleando contra las costillas.
¿Paquita había tropezado con algo?
¿O acaso el sereno ya estaba derribando las defensas de la casa?
Se levantó con cuidado, tratando de no despertar a Javi, que en ese momento soltó un suspiro profundo y se dio la vuelta.
Elena caminó hacia la puerta y la abrió apenas unos milímetros.
La luz de la cocina estaba encendida.
Una luz tenue, amarillenta, que proyectaba sombras alargadas sobre las paredes de gotelé.
Allí estaba ella.
Paquita, envuelta en una bata de guatiné que desafiaba todas las leyes de la termodinámica.
Llevaba un vaso de leche en una mano y una linterna en la otra.
Parecía un centinela de una orden religiosa olvidada.
Elena salió al pasillo, tratando de ser invisible, pero era imposible evitar el encuentro.
—¿No puedes dormir, Elena? —preguntó Paquita sin mirarla, concentrada en remover su leche.
—Hace demasiado calor, suegra. Es insoportable.
—Es el cuerpo que se tiene que acostumbrar —dijo Paquita con tono didáctico—. Si le das caprichos de aire, el cuerpo se vuelve vago.
—No es un capricho, es una necesidad fisiológica —replicó Elena, acercándose a la cocina—. He tenido que abrir un poco la ventana porque Javi estaba empezando a oler a chamuscado.
Paquita dejó de remover la leche y miró fijamente a su nuera.
—El sereno no perdona a los imprudentes —repitió, como si fuera un mantra—. Mi primo Segundo, que en paz descanse, dejó la ventana abierta en las fiestas de agosto del 74.
Elena se preparó para la anécdota. Sabía que las historias de Paquita eran largas y llenas de detalles irrelevantes pero fascinantes.
—¿Y qué le pasó? —preguntó, sabiendo que no tenía escapatoria.
—Se levantó con el cuello tan rígido que no pudo mirar a la derecha hasta bien entrada la Navidad —dijo Paquita con una seriedad absoluta—. Tuvieron que ponerle el plato de la sopa en el hombro izquierdo para que pudiera comer.
Elena intentó visualizar al primo Segundo comiendo sopa desde su propio hombro y tuvo que contener una carcajada.
—Eso sería una contractura, Paquita. Un mal gesto.
—¡Qué contractura ni qué niño muerto! Fue un aire —sentenció la mujer—. Un aire frío que bajó de la sierra y le pilló el músculo desprevenido.
Paquita se acercó a Elena y le puso una mano en el brazo.
Su mano estaba sorprendentemente fría, a pesar del calor ambiental.
—Elena, hija, tú no eres de aquí. Tú eres de ciudad. Allí el aire es distinto, está usado. Aquí el aire es puro, y por eso es más fuerte.
—Suegra, el aire es el mismo en todas partes. Oxígeno, nitrógeno y un poco de contaminación.
—No me hables de química, que yo sé lo que veo —Paquita dio un sorbo a su leche—. En el pueblo, cuando oscurece, la tierra suelta todo el mal que ha recogido durante el día. Y ese mal busca un hueco por donde entrar.
Elena sintió un escalofrío que nada tenía que ver con la temperatura.
La forma en que Paquita hablaba convertía la meteorología en una película de terror gótico.
—Solo quiero dormir cinco horas seguidas sin sentir que estoy en una sauna —suplicó Elena.
—Duerme con un abanico, como se ha hecho toda la vida —sugirió Paquita—. O ponte una toalla mojada en la nuca. Pero cierra esa ventana, te lo pido por lo que más quieras.
—No voy a cerrarla, Paquita. Lo siento.
La mirada de la suegra cambió. Ya no era preocupación, era desafío.
—Está bien —dijo Paquita, dejando el vaso en la encimera con un golpe seco—. Pero no digas que no te lo advertí cuando mañana no puedas cerrar el párpado izquierdo.
Elena regresó a la habitación, sintiéndose como si acabara de ganar una batalla pero estuviera perdiendo la guerra.
Se tumbó en la cama.
La rendija de la ventana seguía ahí, dejando entrar ese aire que ahora, tras la charla con Paquita, le parecía un poco más inquietante.
Miró la oscuridad del techo.
Escuchó los pasos de Paquita regresando a su habitación.
“Chas, chas, chas…”
Pero los pasos no se detuvieron en la habitación de la suegra.
Continuaron.
Elena se quedó tensa.
Oyó cómo Paquita salía al patio interior.
Luego, el sonido de algo arrastrándose.
Elena no pudo evitarlo. Se levantó de nuevo y se asomó a la ventana que daba al patio.
Allí estaba Paquita, en plena noche, moviendo unas macetas de geranios.
—¿Qué hace, suegra? —susurró Elena desde la ventana.
Paquita levantó la vista, iluminada por la luz de la luna.
—Estoy poniendo barreras —respondió la mujer con misterio—. Si el sereno viene por aquí, se entretendrá con los geranios antes de entrar en tu cuarto.
Elena se llevó las manos a la cabeza.
Su suegra estaba intentando “distraer” al aire con plantas.
—Váyase a la cama, por favor. Va a despertar a todo el vecindario.
—Tú duerme, Elena. Yo me encargo de vigilar.
Elena volvió a la cama, derrotada por la lógica surrealista de Doña Paquita.
Javi se movió en sueños y murmuró algo sobre un helado de pistacho.
Elena lo envidiaba. Envidiaba su capacidad para ignorar el conflicto generacional y climatológico que se desarrollaba a pocos metros de su almohada.
Cerró los ojos con fuerza.
Pero el cerebro es traicionero.
Empezó a imaginar que el aire que entraba por la ventana tenía manos.
Manos invisibles y frías que buscaban su mandíbula para desencajarla.
Se tapó con la sábana hasta la nariz, a pesar del sudor.
La batalla por la ventana abierta se estaba convirtiendo en un duelo psicológico de primer nivel.
Y lo peor era que, en el fondo, Elena empezaba a sentir un pequeño dolor en la nuca.
“Es sugestión”, se dijo. “Solo es sugestión”.
Pero en la oscuridad, la sugestión pesa más que el sentido común.
PARTE 3
Eran las tres de la mañana.
La hora en la que los problemas se magnifican y las supersticiones cobran vida.
Elena estaba empapada en sudor bajo la sábana, pero no se atrevía a destaparse.
El dolor en la nuca había pasado de ser una molestia leve a un pinchazo constante.
“Me está dando el aire”, pensó con horror. “Paquita tenía razón. El sereno me está atacando”.
Se giró hacia Javi y le dio un codazo suave.
—Javi… Javi, despierta —susurró.
Javi emitió un gruñido que sonó como un motor diesel arrancando en invierno.
—¿Qué pasa? ¿Ya es hora de los churros? —preguntó con los ojos pegados.
—No, no son los churros. Es la ventana. Me duele el cuello.
Javi se incorporó a medias, frotándose la cara.
—Elena, son las tres. ¿Me has despertado para hablar de tu cuello?
—Tu madre dice que se me va a torcer la cara. Y creo que está empezando.
Javi suspiró, un suspiro largo que resumía diez años de matrimonio y treinta de vivir con Paquita.
—Mi madre dice muchas cosas, Elena. También dice que si comes sandía por la noche te mueres instantáneamente. Y aquí seguimos, vivos.
—Pero me duele de verdad, Javi. Siento como un frío… un frío extraño.
Javi miró la ventana. La persiana seguía levantada esos diez centímetros estratégicos.
—Es aire, Elena. Se llama brisa. Es lo que la gente normal busca en verano.
—Pero tu madre está en el patio poniendo geranios para frenar al sereno —dijo Elena, con voz de alguien que está al borde del colapso nervioso.
Javi se quedó en silencio un segundo, procesando la información.
—¿Geranios? ¿A estas horas? —se levantó de la cama y se asomó por la ventana del patio.
—¡Mamá! —gritó Javi hacia la oscuridad—. ¡Sube a la cama ahora mismo!
—¡Calla, hijo, que estoy salvando vuestra salud! —respondió la voz de Paquita desde abajo, con la firmeza de un general en las Termópilas.
—¡Que no hay ningún sereno, mamá! ¡Que estamos a treinta grados!
—¡Eso es lo que ellos quieren que creas! —replicó la suegra, aunque nunca quedó claro quiénes eran “ellos”.
Javi cerró la ventana del patio con un golpe seco y volvió a la cama.
—Estáis las dos locas —sentenció—. Una por creer que el aire es un demonio y la otra por dejarse convencer.
—Yo no me he dejado convencer —protestó Elena—. Pero el hecho es que me duele el cuello.
—Te duele el cuello porque duermes en tensión, Elena. Porque estás esperando que entre un fantasma por la ventana.
Javi se tumbó de nuevo y cerró los ojos.
Elena se quedó sentada, mirando la persiana.
El aire seguía entrando. Era un aire dulce, con olor a tierra seca y a los pinos de la sierra lejana.
Pero Elena ya no podía disfrutarlo.
Cada vez que sentía el flujo del aire en su piel, se imaginaba sus nervios faciales rindiéndose ante el poder del sereno.
Se imaginó yendo al trabajo en septiembre con la boca en forma de paréntesis.
Se imaginó a sus compañeras de oficina diciendo: “Pobre Elena, se fue al pueblo de su marido y volvió con la cara en formato vertical”.
La comicidad de la situación empezaba a tornarse en una tragedia griega de bajo presupuesto.
Elena se levantó y se acercó a la ventana.
Iba a cerrarla. Iba a rendirse.
Pero justo cuando puso la mano en la manivela, oyó un susurro desde el otro lado de la persiana.
—No la cierres todavía, que estoy echando el insecticida.
Era Paquita. Estaba subida a una escalera desde el patio, echando espray por el hueco de la ventana.
Elena dio un salto hacia atrás.
—¡Paquita! ¡Me va a envenenar! —gritó Elena, tosiendo por el olor a lavanda química.
—Es para los mosquitos del sereno —explicó Paquita, cuya cabeza asomaba ahora por el borde inferior de la persiana—. Son unos mosquitos que no pican, pero te transmiten el aire frío directamente a la sangre.
—¡Mamá, bájate de la escalera! —gritó Javi, saltando de la cama como si hubiera estallado una bomba—. ¡Te vas a matar!
La escena era digna de una película de Berlanga.
Javi intentando sacar a su madre de la escalera a través de una persiana medio bajada.
Elena tosiendo por el insecticida.
Y Paquita, con un bote de “Hogar y Plantas”, decidida a salvar a su familia de una parálisis facial inminente.
—¡Dejadme, que sé lo que me hago! —protestaba Paquita—. ¡Vuestra generación no tiene respeto por la climatología adversa!
Finalmente, Javi logró convencer a su madre de que bajara de la escalera bajo la promesa de que “considerarían” cerrar la ventana.
El silencio volvió a la habitación, pero era un silencio cargado de partículas de insecticida y de reproches mudos.
Elena se sentó en el suelo, derrotada.
—Javi, tenemos que irnos a un hotel —dijo Elena con total seriedad.
—No podemos irnos a un hotel, Elena. Mi madre se moriría de un disgusto.
—Pues me voy a morir yo de un ataque de nervios. O de un envenenamiento por lavanda.
Javi se acercó a ella y la abrazó. Estaba sudando, pero al menos no tenía la cara torcida.
—Venga, vamos a cerrar la ventana un rato. Solo para que ella se quede tranquila y se duerma. Luego, cuando oigamos que ronca, la abrimos de nuevo.
—¿Prometido? —preguntó Elena.
—Prometido. Soy un experto en misiones encubiertas en casa de mi madre.
Javi cerró la ventana y bajó la persiana del todo.
La habitación se convirtió instantáneamente en una cámara acorazada de calor negro.
Se tumbaron en la cama, esperando.
Esperando a que la guardiana del sereno bajara la guardia.
Pero Paquita no era una principiante.
Se oía cómo movía una silla en el pasillo.
Se había sentado a la puerta del dormitorio.
Iba a hacer guardia.
La tensión cómica había alcanzado su punto álgido.
Eran tres adultos en una casa de pueblo, jugando al ratón y al gato por una corriente de aire de cinco centímetros.
Elena sintió que el sudor empezaba a correrle por las sienes.
—Javi… —susurró.
—Dime.
—Tu madre es el sereno. Ella es la fuerza de la naturaleza.
Javi no respondió, pero Elena supo que estaba de acuerdo.
PARTE 4
Dieron las cuatro, las cinco y las seis de la mañana.
El calor en la habitación era ya una entidad biológica con la que Elena había empezado a negociar.
“Si me dejas dormir diez minutos, te prometo que mañana no beberé agua fría”, pensaba, delirando ligeramente.
Javi se había quedado dormido por puro agotamiento, ignorando el hecho de que estaban siendo “protegidos” por una centinela en el pasillo.
Elena, sin embargo, no podía pegar ojo.
El silencio de la casa era interrumpido ocasionalmente por el sutil crujido de la silla de madera donde Paquita se había apostado.
Finalmente, el primer rayo de luz empezó a filtrarse por las rendijas de la persiana.
El amanecer en el pueblo siempre traía una tregua térmica, ese momento mágico en el que la temperatura baja dos grados y el cuerpo siente que tiene una oportunidad de sobrevivir.
Elena decidió que ya era suficiente.
Se levantó, caminó hacia la puerta y la abrió despacio.
Allí estaba Paquita.
Se había quedado dormida en la silla, con la cabeza ladeada sobre el hombro y el bote de insecticida aún en el regazo.
Elena la miró con una mezcla de ternura e irritación infinita.
—Suegra —susurró, tocándole el hombro.
Paquita se despertó de un salto, desorientada.
—¿El sereno? ¿Ha entrado? —preguntó, mirando frenéticamente hacia la puerta del dormitorio.
—No, Paquita. No ha entrado nada. Ya es de día.
Paquita se frotó los ojos y se enderezó.
De repente, se quedó congelada.
Se llevó la mano al cuello y emitió un pequeño quejido.
—Ay… ay, Elena.
—¿Qué pasa? —preguntó Elena, asustada.
—No puedo mover el cuello hacia la izquierda —dijo Paquita con una voz queda.
Elena sintió que el mundo se detenía.
Miró a su suegra. Paquita tenía la cabeza ligeramente inclinada hacia la derecha, con una expresión de sorpresa cómica.
—Me ha dado —sentenció Paquita—. Me ha dado el aire.
Elena no sabía si reír o llorar.
—Pero suegra, si usted estaba en el pasillo. ¡Aquí no hay ventanas!
—El sereno es muy listo, Elena. Ha buscado la corriente que viene del baño, ha rebotado en el espejo de la entrada y me ha pillado por la espalda mientras vigilaba.
Elena ayudó a la mujer a levantarse.
La ironía era tan grande que casi se podía tocar.
La mujer que había pasado la noche protegiendo al mundo del aire traicionero, era la única víctima de la jornada.
—Venga, vamos a la cama, Paquita. Le daré un masaje con pomada.
Llevaron a Paquita a su habitación. Javi se despertó con el jaleo y apareció en el pasillo en calzoncillos, mirando la escena con incredulidad.
—¿Qué ha pasado ahora?
—Que a tu madre se le ha torcido la cara —dijo Elena, incapaz de contener una sonrisa traviesa.
—¡La cara no! —protestó Paquita desde la cama—. Solo es el pescuezo. Pero os lo dije. Os dije que el aire de la noche no es trigo limpio.
Elena pasó la siguiente hora aplicando crema de efecto calor en el cuello de su suegra.
El sol ya pegaba con fuerza en las paredes de la casa. Un nuevo día de cuarenta grados comenzaba.
—¿Ves, Elena? —dijo Paquita, mientras sentía el alivio de la pomada—. Si hubieras cerrado la ventana antes, yo no habría tenido que quedarme en el pasillo y ahora estaría como una rosa.
Elena asintió, dándole la razón por pura supervivencia.
Había aprendido una lección valiosa esa noche.
En España, no se lucha contra el calor. Se lucha contra las leyendas.
Y contra una suegra con un bote de insecticida, no hay argumento científico que valga.
A media mañana, bajaron todos a desayunar a la plaza.
Paquita caminaba con el cuello rígido, como si fuera una reina egipcia, mirando a todo el mundo de reojo.
—¿Qué te ha pasado, Paquita? —preguntó la Tomasa desde la mesa de al lado.
—El sereno, Tomasa. Que estas jóvenes de ahora dejan las ventanas abiertas como si esto fuera el Caribe.
Elena y Javi se miraron sobre sus tostadas con tomate.
—¿Dormimos con la ventana abierta esta noche? —susurró Javi.
Elena miró a su suegra, que estaba dando una conferencia sobre los peligros de las corrientes de aire a tres vecinos interesados.
—Ni loca —respondió Elena—. Prefiero morir por combustión espontánea que volver a pasar otra noche con el comando anti-sereno en la puerta.
Se rieron, sabiendo que el próximo verano volverían a pasar por lo mismo.
Porque en el pueblo, el calor es inevitable.
Pero el sereno… el sereno es eterno.
Y siempre, siempre, tiene la última palabra.
Elena dio un sorbo a su café con hielo.
Miró el cielo azul intenso, sin una sola nube.
Hacía un calor espantoso.
Pero, por un momento, sintió un pequeño escalofrío en la nuca.
Se subió el cuello de la camisa, por si acaso.
Al fin y al cabo, más vale prevenir que terminar mirando a Cuenca.
Y Paquita, desde su trono de mimbre, sonrió con el cuello rígido.
Misión cumplida.