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SE HIZO PASAR POR NIÑERA Y UN HOMBRE QUE NO SABÍA COMO AYUDAR A SU HIJO, TERMINÓ ENAMORÁNDOSE.

SE HIZO PASAR POR NIÑERA Y UN HOMBRE QUE NO SABÍA COMO AYUDAR A SU HIJO, TERMINÓ ENAMORÁNDOSE.

La lluvia no caía con fuerza, pero sí con esa insistencia molesta que parecía diseñada específicamente para arruinarle la vida a alguien que ya venía teniendo un día horrible. Y Sofía estaba teniendo uno espectacularmente horrible. Corría por una avenida elegante del barrio más rico de Madrid con una zapatilla desatada, el cabello pegado a la cara y el corazón golpeándole tan fuerte en el pecho que ya ni sabía si era miedo o puro agotamiento. Giró la cabeza.

 El automóvil negro seguía ahí, dos calles atrás, avanzando lento, demasiado lento, como un depredador que ya sabía que su presa no tenía a dónde ir. No, no, no. Por favor, no”, murmuró entre dientes mientras aceleraba el paso. La gente de aquel barrio ni siquiera la miraba. Una mujer con ropa barata corriendo bajo la lluvia era invisible entre cafeterías minimalistas, perros de raza y edificios donde probablemente un apartamento costaba más que toda su existencia.

 El teléfono vibró otra vez dentro de su bolsillo. Martín, otra vez. Décima llamada en menos de 20 minutos. Sofía ni siquiera quiso leer los mensajes porque ya los conocía de memoria. Solo quiero hablar. No hagas esto más difícil. Sabes que nadie te va a ayudar como yo. Mentira. La última vez que Martín solo quiso hablar, terminó rompiendo una puerta y culpándola a ella por hacerlo.

Sofía dobló una esquina apresuradamente y entonces lo vio. Un portón abierto, una mansión enorme, elegante, impecable, y justo afuera, un jardinero acomodaba herramientas en una camioneta blanca sin prestarle atención a nada más. Sofía frenó apenas un segundo, solo uno, porque después escuchó el motor del auto acercándose y tomó la peor, o quizás la mejor decisión de toda su vida. Entró.

Atravesó el jardín casi corriendo, intentando parecer a alguien que pertenecía allí, aunque literalmente parecía una fugitiva mojada con ansiedad crónica. El jardín era enorme, había fuentes, rosales perfectamente alineados, una escultura moderna que probablemente costaba más que el alquiler de su antiguo apartamento.

“Dios mío, los ricos sí viven raro”, murmuró mientras avanzaba hacia la entrada principal. Y justo cuando llegó a la puerta, esta se abrió. Sofía se quedó congelada. Del otro lado apareció una mujer de unos 60 años. impecablemente vestida, con postura recta y expresión severa. La mujer la observó de arriba a abajo. Silencio.

Sofía abrió la boca, la cerró, volvió a abrirla. Nada, porque honestamente, ¿qué se suponía que debía decir? Hola, buenas tardes. Estoy huyendo de mi ex tóxico y me escondí ilegalmente en su jardín. Pero entonces la mujer frunció apenas el ceño y dijo algo que cambió absolutamente todo. Ah, tú debes ser la nueva niñera. Sofía parpadeó.

 ¿Qué? El señor Rodrigo no me avisó que adelantarían la entrevista, continuó la mujer. Aunque sinceramente ya era hora. Ese niño necesita ayuda urgente. Sofía sintió como el cerebro intentaba reaccionar, pero iba demasiado lento. Niñera, entrevista. Señor Rodrigo, urgente. Detrás de ella, en la calle, un automóvil negro pasó lentamente frente a la mansión y Sofía tomó una decisión desesperada.

Sonríó. Una sonrisa completamente falsa. Sí, claro. La niñera soy yo. La mujer asintió como si todo tuviera sentido. Perfecto. Entré rápido antes de mojar el piso. Y así, sin experiencia, sin referencias y sin la menor idea de cómo cuidar a un niño, Sofía entró en la casa del hombre que estaba a punto de cambiarle la vida para siempre.

 Y no todavía no sabía que ese hombre era probablemente el CEO más frío, complicado y emocionalmente destruido de toda la ciudad. Pero antes de continuar, déjanos un like y suscríbete al canal porque sí, ya sabemos que esta mujer acaba de cometer una locura monumental. Pero si te gustan las historias capaces de hacerte reír, sufrir, enamorarte y olvidar un rato el caos de la vida real, entonces quédate con nosotros.

 Porque esto recién empieza. El interior de la mansión olía a dinero. No era un olor que Sofía pudiera describir con exactitud. Era algo entre madera cara, flores frescas y el tipo de silencio que solo existe cuando nadie se preocupa por el precio de la luz. La mujer, que se presentó como Carmen, el ama de llaves, la condujo por un pasillo de mármol con cuadros en las paredes que probablemente tenían nombre de artista y todo.

 “Venga, la pongo al tanto antes de que llegue el señor Rodrigo”, dijo Carmen con ese tono de alguien que lleva años manejando el caos doméstico de otros. El niño se llama Mateo, tiene 7 años. Es inteligente, sensible, educado, no da problemas. Pero desde que perdió a su madre, Carmen hizo una pausa breve, solo un segundo, pero Sofía lo sintió.

 Habla poco, juega solo, rechaza a desconocidos. La última niñera duró 12 días. 12. La anterior nueve. Y la anterior a esa, Carmen la miró fijo. 4 horas. Sofía tragó saliva. ¿Qué hizo en 4 horas? Le preguntó al niño si quería ver una película de animación y él dijo que no con la cabeza. Y ella interpretó eso como señal de que el trabajo era demasiado demandante emocionalmente.

Ah, exacto. Sofía miró a su alrededor. La casa era hermosa, de una manera fría, casi de museo. Todo en su lugar, todo perfecto, todo quieto. Era el tipo de casa que se sentía bonita, pero no vivida. “¿Cuántos años tiene el señor Rodrigo?”, preguntó Sofía, porque en algún lugar de su cerebro todavía había una parte funcional que intentaba reunir datos para sobrevivir a la situación.

  1. CEO de Ibarra Group. Trabaja demasiado. Llega tarde casi todos los días y los fines de semana revisa informes. Carmen se detuvo frente a una puerta y la miró con expresión neutra. Ah, y tiene novia, la señorita Valentina, modelo. Visita la casa una o dos veces por semana. Usted trátela con respeto.

 El tono en que lo dijo, sugería claramente que Carmen personalmente no le tenía demasiado. Y el niño se lleva bien con ella. La pausa fue elocuente. Mateo es muy educado, repitió Carmen y no dijo nada más. Abrió la puerta. Al otro lado había un cuarto enorme, perfectamente ordenado, estanterías con libros por colores, una cama con ropa de cama azul marino, un escritorio donde había piezas de un rompecabezas a medio armar y en el centro del cuarto, sentado en el suelo con las piernas cruzadas, había un niño de 7 años con el pelo negro y los ojos más serios que Sofía

había visto en su vida. La miraba sin sonreír, sin curiosidad especial, solo mirando. Carmen carraspeó. Mateo, esta es Sofía. Viene a a jugar, dijo Sofía. Carmen frunció el seño. A cuidarte, corrigió Carmen. A jugar, repitió Sofía, mirando al niño directamente. Porque jugar es mejor que ser cuidado, ¿no? Mateo no respondió, pero tampoco apartó los ojos de ella, lo cual, en el contexto de los 12 días de la niñera anterior, Sofía decidió interpretar como una victoria monumental.

 Carmen suspiró con discreción y se retiró, murmurando algo sobre preparar algo de comer. Y Sofía se quedó sola con el niño más silencioso del mundo. Se sentó en el suelo sin pedir permiso, sin preguntar si podía, simplemente se sentó. Mateo la observó con desconfianza. ¿Sabes hacer el avión con las manos?, preguntó Sofía. Nada.

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