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El despertar de la traición digital

Parte 1: El despertar de la traición digital

Lucía siempre había creído que los domingos por la mañana tenían un aroma específico: una mezcla entre café recién hecho, sábanas limpias y ese silencio sepulcral que solo se rompe por el camión de la basura o algún vecino especialmente motivado con el bricolaje. Pero aquel domingo de mayo, el aire en su pequeño piso de Chamberí olía a algo mucho más amargo. Olía a traición pixelada.

Eran las diez y cuarto. Lucía, con un ojo todavía pegado y el otro intentando enfocar la pantalla de su móvil, hizo el gesto que ha condenado a media humanidad a la insatisfacción crónica: deslizar el dedo hacia abajo para refrescar el muro de Instagram. Entre un anuncio de freidoras de aire y la foto de un “brunch” estéticamente perfecto de una compañera de colegio a la que no veía desde la ESO, apareció ella. Marta.

Marta estaba radiante. Lucía tuvo que entrecerrar los ojos para procesar la imagen. Allí estaba su “mejor amiga”, posando frente al espejo de un baño que no era el suyo, con una luz sospechosamente favorecedora y, lo más importante, con el vestido.

No era un vestido cualquiera. Era el vestido de seda verde esmeralda que Lucía se había comprado en un arrebato de optimismo financiero en una boutique de la calle Jorge Juan hacía tres meses. Un diseño con una caída perfecta, un escote que Lucía llamaba “de riesgo controlado” y una espalda descubierta que gritaba “soy una mujer empoderada que no necesita sujetador”. El problema no era que el vestido le quedara bien a Marta —que, para joder más, le quedaba de escándalo—, sino que Lucía aún no lo había estrenado. Lo guardaba con el celo de un coleccionista de arte, esperando “la ocasión”.

— No puede ser —susurró Lucía, sintiendo cómo un calorcito ácido le subía por el esófago—. No me lo puedo creer. La madre que la parió.

Se sentó en la cama de golpe, ignorando el ligero mareo de la deshidratación post-sábado. Amplió la foto. Sí, era el suyo. Reconocía la pequeña imperfección en el dobladillo que solo ella conocía. Y ahí estaba la descripción de la foto, con ese tono de falsa modestia que Marta dominaba a la perfección: “A veces solo necesitas el color adecuado para brillar. ✨ #NochesMagicas #GreenVibes #SinFiltros”.

— ¿Sin filtros? ¡Lo que no tienes es vergüenza, tía! —le gritó Lucía a la pantalla, como si el algoritmo de Zuckerberg fuera a transmitirle el mensaje directamente al tímpano de Marta.

La indignación de Lucía no era solo materialista. Era una cuestión de principios. En el código no escrito de las amigas de Madrid, coger ropa sin preguntar es el equivalente diplomático a una declaración de guerra. Pero coger el vestido sagrado, el que todavía tenía la etiqueta escondida bajo la axila para que no se viera, eso era un crimen de lesa humanidad.

Lucía empezó a teclear. Borró. Volvió a teclear. No podía parecer una loca, pero tampoco una alfombra. Decidió llamar a Bea, la tercera en discordia del grupo, para confirmar que no estaba perdiendo el juicio.

— ¿Lo has visto? —fue lo primero que dijo Lucía en cuanto Bea descolgó. — Buenos días a ti también, Lu. ¿El qué he visto? ¿Lo de que han subido el precio del abono transporte otra vez? — ¡No, joder! El Instagram de Marta. — Ah… —Bea hizo una pausa dramática. Se escuchó el sonido de alguien removiendo un yogur—. Sí, lo he visto. Te iba a preguntar si se lo habías dejado tú o si es que ahora los regalan con el Pack Ahorro del Carrefour. — ¡Sabes perfectamente que es el mío! El de la boda de mi prima a la que al final no fui porque me dio un parraque de ansiedad. Está en mi armario… o debería estarlo. — Pues a ver, Lu, por la foto parece que está en una terraza de Malasaña bebiéndose un mojito con Marta dentro. Y te digo una cosa, le hace un culo… — ¡Bea! No me ayudes. ¿Cómo cojones ha entrado en mi casa? — Tienes que dejar de dar copias de tus llaves como si fueran flyers de una discoteca, cariño. Se la diste para que regara las plantas cuando te fuiste a aquel retiro de yoga que duró dos días porque dijiste que echabas de menos el gluten.

Lucía cerró los ojos y se masajeó las sienes. Era verdad. Las plantas. Aquellas suculentas que Marta probablemente había dejado morir de sed mientras se probaba toda su colección de primavera-verano frente al espejo.

— Me voy para allá —sentenció Lucía. — ¿A casa de Marta? Tía, son las diez de la mañana. Va a estar con una resaca de campeonato. Déjalo para el café de la tarde. — No. La venganza es un plato que se sirve frío, pero el vestido se tiene que recuperar en caliente antes de que le eche un lamparón de vino tinto o, peor aún, lo meta en la lavadora a sesenta grados y me devuelva una camiseta para un Chihuahua.

Lucía se vistió a toda prisa, con lo primero que encontró: unos leggins que habían visto tiempos mejores y una sudadera de la universidad. No importaba su aspecto; ella iba en misión de rescate. Mientras bajaba las escaleras, ignorando el ascensor que siempre olía a tabaco rancio del vecino del tercero, su cerebro empezó a conectar puntos.

Marta siempre había sido un poco “liberal” con la propiedad privada. En la facultad, se “olvidaba” de devolver los subrayadores fluorescentes. Después fueron los libros. Luego, algún que otro par de pendientes “que pegaban mucho con sus botas”. Pero esto era otro nivel. ¿Por qué subir la foto? Eso era lo que más le escocía a Lucía. Era como marcar territorio. Como decir: “Lo que es tuyo, es mío, y además me queda mejor”.

Al salir a la calle, el sol de Madrid le pegó en la cara con esa intensidad que te recuerda que la primavera dura tres días antes de que el asfalto empiece a derretirse. Caminó hacia la parada del autobús, con el pulso a cien. De camino, volvió a mirar el móvil. El post de Marta ya tenía doscientos “likes”. Entre ellos, uno que le dolió especialmente: el de Javi, su novio.

Javi no solo le había dado a “me gusta”, sino que había comentado con un emoji de una flama. Una simple llamita de fuego. Lucía se detuvo en seco en mitad de la acera, obligando a un señor con un carlino a esquivarla bruscamente.

— ¿Una llama? —masculló—. Javi, ¿en serio? Tú no comentas mis fotos de paisajes ni aunque te paguen el abono del Real Madrid, ¿y a ella le pones una puta llama?

La ira de Lucía mutó. Ya no era solo una cuestión de etiqueta textil. Había algo en el ambiente que olía a chamusquina, y no precisamente por el emoji de Javi. Una punzada de duda, fina como una aguja, se le clavó en el estómago. Marta y Javi siempre se habían llevado bien. Demasiado bien. Javi decía que Marta era “un personaje”, que le hacía mucha gracia su forma de hablar. Lucía siempre lo había visto como algo inofensivo, la típica relación de “el novio de mi amiga es como mi hermano”. Pero ahora, viendo la foto del vestido verde y la llama de Javi, las piezas del puzzle empezaban a encajar de una forma que no le gustaba nada.

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