Posted in

Sin techo tras salir de la cárcel, me mudé a una cueva escondida …Ahí fue cuando todo comenzó

 Porque a veces el tesoro más grande no es oro, es la verdad que te devuelve tu nombre. Aitana Morales tenía 39 años cuando las puertas de la penitenciaría estatal de Oaxaca se cerraron detrás de ella por última vez. había cumplido 11 años de una sentencia de 15 por fraude y falsificación de documentos, crímenes que nunca había cometido, 11 años protestando su inocencia a guardias que no escuchaban y compañeras de celda que no le creían.

 11 años viendo cómo el mundo exterior seguía girando sin ella mientras su vida se congelaba en el tiempo. No había nadie esperándola afuera, ni su madre, ni sus hermanos, ni siquiera un conocido lejano. Aitana sabía que no vendría nadie, pero una parte pequeña de ella había mantenido la esperanza tonta de que tal vez, solo tal vez, alguien recordaría que alguna vez había sido parte de una familia.

 Llevaba solo una bolsa de plástico transparente con sus pocas pertenencias, dos mudas de ropa que le habían dado al ser liberada, un cepillo de dientes y una fotografía vieja y arrugada de su abuelo don Teodoro Morales, el único miembro de su familia que había creído en su inocencia hasta el día de su muerte hace 7 años. El primer lugar al que fue fue a la casa donde había crecido, una construcción modesta de dos pisos en las afueras del pueblo de San Andrés del Monte.

 Pero cuando llegó caminando después de dos horas de travesía desde la prisión, encontró algo que hizo que su corazón se hundiera. Una familia diferente vivía allí. Niños jugaban en el patio donde ella solía ayudar a su madre con el jardín. Un hombre que no reconoció estaba reparando la cerca del frente. ¿Puedo ayudarla?, preguntó el hombre mirándola con sospecha evidente.

 Aitana se daba cuenta de cómo debía verse. Delgada, pálida, con ropa barata de prisión, el aspecto de alguien que la vida había tratado mal. Esta era esta era mi casa, dijo Aitana débilmente. La casa de mi familia. El hombre frunció el seño. Compramos esta casa hace 8 años de una familia Morales, todo legal, con escrituras y todo.

 Si usted tiene algún reclamo, no, tengo ningún reclamo, interrumpió Aitana sintiendo lágrimas amenazando, pero negándose a dejarlas caer. Solo quería verla una vez más. Se alejó antes de que el hombre pudiera responder, caminando sin rumbo por calles que una vez conoció, pero que ahora se sentían extrañas. El pueblo había cambiado en 11 años nuevas tiendas, nuevas casas, nuevas personas que no la conocían o que fingían no conocerla.

 Eventualmente se obligó a caminar hacia la casa de su hermano mayor, Ricardo. Si alguien la recibiría, sería él, o eso quería creer. La casa de Ricardo era mucho más grande y nueva que la casa familiar donde habían crecido. Era una construcción moderna de dos pisos, con jardín bien cuidado y dos autos en la entrada.

 Claramente Ricardo había prosperado durante los años en que Aitana había estado encerrada. Tocó la puerta, su corazón latiendo nerviosamente. Escuchó pasos adentro. Luego la puerta se abrió revelando a una mujer que Aitana reconoció como Sofía, la esposa de Ricardo. La expresión de Sofía pasó de curiosidad a shock, a algo parecido al disgusto.

 “Aitana, hola Sofía”, dijo Aitana suavemente. “Sé que no esperabas verme, pero acabo de salir y no tengo ningún lugar a donde ir. Pensé que tal vez Ricardo no”, la interrumpió Sofía firmemente. “No puedes quedarte aquí.” Ricardo fue muy claro sobre eso. Cuando salió la sentencia hace 11 años. Dijo que no querías nada más que ver con la familia, que nos habías traído vergüenza suficiente.

 Yo nunca dije eso, protestó Aitana. Yo siempre mantuve contacto. Escribí cartas, cartas que nadie leyó, dijo Sofía. Mira, Aitana, no sé qué realmente pasó hace 11 años. No sé si eres culpable o inocente, pero lo que sí sé es que Ricardo ha trabajado muy duro para construir un negocio respetable, para darle a nuestros hijos una buena vida.

 No puede tener una ex convicta viviendo bajo su techo. La gente hablaría. Soy su hermana, dijo Aitana, su voz quebrándose a pesar de sus esfuerzos por mantener la compostura. Y él lo siente mucho por lo que pasaste”, dijo Sofía, pero su tono sugería que no lo sentía en absoluto. “Pero tienes que entender nuestra posición. Tenemos reputación que proteger.

 Tenemos niños que pensar.” Sacó un sobre de su bolsillo. Ricardo me pidió que te diera esto si venías. Es dinero. 2000 pesos. Es todo lo que podemos darte. Úsalo para comenzar en otro lugar, otro pueblo, otra ciudad. Solo chaki. Aitana tomó el sobre con manos temblorosas, sintiendo la humillación quemando en su garganta.

Y mi madre, ella siente lo mismo. Tu madre vive con nosotros ahora, explicó Sofía. Tuvo un derrame hace 3 años. No puede hablar muy bien, no puede moverse mucho y, francamente, creo que verte solo la alteraría. Es mejor que no vengas. La puerta se cerró con suavidad pero firmeza, dejando a Aitana parada en el porche con 000 pesos y ningún lugar a donde ir.

 Caminó por el pueblo durante horas, considerando sus opciones. 2000 pesos no eran suficientes para alquilar un lugar, ni siquiera suficientes para un cuarto de hotel por más de unas pocas noches, y sin referencias, sin historial de empleo reciente, sin nada más que un registro criminal, ¿quién la contrataría? Mientras el sol comenzaba a ponerse, se encontró en las afueras del pueblo, mirando hacia las colinas que rodeaban San Andrés del Monte.

 Y entonces recordó algo que no había pensado en años. La cueva. Cuando era niña, su abuelo don Teodoro la había llevado a las colinas durante expediciones de fin de semana. le mostraba plantas medicinales, le enseñaba sobre las estrellas, le contaba historias de la familia y una vez, cuando tenía quizás 8 o 9 años, le había mostrado una cueva escondida en un acantilado rocoso a aproximadamente una hora de caminata del pueblo.

 La cueva era profunda y seca, con espacio suficiente para varias personas. Su abuelo le había dicho que en los viejos tiempos, antes de que existiera el pueblo, sus ancestros habían usado cuevas como estas, como refugio temporal durante las estaciones de lluvia o cuando viajaban. “Nadie del pueblo va allá arriba”, le había dicho su abuelo.

“Tienen miedo. Dicen que las cuevas están embrujadas, que los espíritus de los antiguos todavía las protegen. Pero nosotros sabemos la verdad, ¿no es así, mi niña? Las cuevas son solo cuevas, piedra y tierra, nada más. Aitana no había pensado en esa cueva en décadas, pero ahora, sin ningún otro lugar a donde ir, sin nadie que la recibiera, la cueva se sentía como su única opción.

Con los últimos 2,000 pesos que su hermano le había dado por lástima o culpa, Aitana compró suministros básicos en una tienda en las afueras del pueblo donde nadie la reconoció. una linterna grande con baterías extra, fósforos impermeables, una lona de plástico, una bolsa de dormir barata, una olla pequeña, arroz, frijoles, agua embotellada y un machete para limpiar vegetación.

Read More