en cuatro continentes con un elenco que incluiría a estrellas de la talla de Marlene Dietrich, Frank Sinatra, Buster Keiden y David Neven. y el papel protagónico de Past Part. El fiel compañero del aristócrata inglés Felías Fog toda para un solo hombre en el mundo. Un hombre al que había visto en una proyección privada en Nueva York y del que había dicho con la certeza de los que no dudan, ese hombre es único.
Ese hombre era Cantinflas. Cuando la propuesta llegó a los estudios Churubusco, la reacción del equipo de Mario Moreno fue de incredulidad. No la incredulidad del que no puede creer algo bueno, sino la de quien recibe una noticia demasiado grande para procesarla de golpe.
Hollywood no llamaba a actores mexicanos para papeles protagónicos. Hollywood no llamaba a comediantes del pueblo para compartir cartel con David Nven. Eso no ocurría. Eso no había ocurrido nunca. Pero había un problema que nadie mencionó en voz alta, un problema que flotaba en el aire de cada conversación sobre el tema y que todos evitaban nombrar directamente porque nombrarlo equivalía a abrirlo y abrirlo equivalía a enfrentarlo.
El papel de Paspartú era el de un sirviente, un hombre leal y entrañable. Sí, un hombre capaz y valiente también, pero al fin de cuentas un hombre que obedece, que sigue, que existe en función de las decisiones de un aristócrata inglés adinerado. Y Cantinflas, el personaje que Mario Moreno había construido durante 20 años, no era eso.
Cantinflas nunca obedecía. Cantinflas encontraba siempre su propio camino a través de las instituciones y las jerarquías. Cantinflas le hablaba al poder de tú a tú y lo dejaba en ridículo. El día que Cantinflas apareciera en la pantalla como el sirviente de un europeo rico, algo en esa imagen podría fracturarse. Mario Moreno sabía todo esto.
Lo sabía con la precisión de quien ha construido un personaje ladrillo a ladrillo durante dos décadas y aún así decidió ir a esa reunión en el hotel del Prado. Aún así, llegó solo, sin su equipo, con su traje gris y sus zapatos lustrados y sus manos quietas sobre las rodillas, porque había algo en él que quería escuchar, algo que quería ver si la propuesta era real antes de decidir si era posible.
Michael Todd llegó con 20 minutos de retraso. Entró al lobby del hotel del Prado con la energía de un huracán y el maletín de cuero abultado de guiones y presupuestos. vio a Mario Moreno sentado, se acercó con la mano extendida y dijo en un español construido con más entusiasmo que precisión, “Señor Cantinflas, usted es el más grande del mundo.
” Mario Moreno le estrechó la mano y no dijo nada. Ese silencio inicial desconcertó a Tod, que era un hombre acostumbrado a que la gente hablara cuando él hablaba y que no tenía experiencia con el tipo de silencio que usa el que escucha de verdad. Pero se repuso rápidamente, como hacen los productores exitosos, y comenzó su presentación con el ritmo de alguien que ha ensayado el discurso, pero que también lo cree de verdad.
La reunión duró 4 horas. Tad habló durante la mayor parte del tiempo, describiendo su visión con una elocuencia que rayaba en el delirio grandioso. Habló de las locaciones, de los presupuestos, de los actores confirmados, de la ambición histórica del proyecto y cuando finalmente preguntó la opinión de Mario Moreno, este guardó silencio durante casi un minuto completo antes de responder.
Lo que respondió no fue un sí ni fue un no, fue una pregunta. Mario Moreno preguntó si podría reescribir algunas escenas del personaje, si podría trabajar con el guionista para encontrar momentos donde Paspartú tuviera iniciativa propia, decisiones propias, momentos donde no fuera simplemente el que sigue, sino el que también piensa. Todd, que no era hombre de esperar respuestas en cuotas, dijo que sí.
dijo que sí a todo. Y en ese momento Mario Moreno supo que el proyecto era serio, porque un productor que dice que sí a todo al principio de una negociación entiende que lo que le importa no son los detalles, sino el resultado final. Y el resultado final que Tod quería era Cantinflas en su película. Lo que Cantinflas necesitara para ser Cantinflas, Tod lo daría.
Mario Moreno salió del Hotel del Prado por la puerta que da al paseo de la Reforma. El sol de la tarde caía sobre los árboles de la Alameda y sobre los coches que avanzaban en fila hacia el monumento a la independencia. Caminó dos cuadras sin detenerse, luego se paró en una esquina y se quedó mirando el tráfico durante un momento que nadie que pasaba por ahí podría haber identificado como importante, pero era el momento más importante de su carrera.
En el mundo del espectáculo mexicano de los años 50, los rumores viajaban más rápido que cualquier periódico. En cuestión de días, la noticia de la reunión entre Tod y Cantinflas ya circulaba entre actores, directores, productores y periodistas que formaban el ecosistema del cine nacional y las reacciones fueron desde el primer momento profundamente divididas.
Había quienes celebraban la posibilidad como un logro histórico. Si Cantinflas llegaba a Hollywood no como extra, no como secundario de lujo, sino como protagonista de la película más ambiciosa del año, eso significaba que México había llegado al escenario del mundo, que la cultura popular mexicana, nacida en las carpas de los barrios pobres, merecía un sitio en la mesa grande.
Pero había otros que veían la cosa de manera radicalmente diferente y sus voces eran más altas. Entre los más críticos estaban varios directores e intelectuales del cine nacional que llevaban años construyendo un argumento sobre la identidad del cine mexicano y su función social. Para ellos, Cantinflas no era un comediante exportable.
Era un fenómeno específicamente mexicano, enraizado en una realidad histórica y social que no podía traducirse. Llevarlo a Hollywood era como intentar trasplantar un árbol centenario. El árbol moriría o si sobrevivía, ya no sería el mismo árbol. Y había algo más, algo que se decía en voz baja, pero que llegaba igual, que Cantinflas estaba traicionando al pueblo que lo había hecho grande para buscar el dinero y el reconocimiento de los gringos.
que Mario Moreno se había cansado de ser pobre aunque fuera en la pantalla, que al final, como todos los que llegan arriba, había decidido olvidarse de dónde venía. Esas palabras llegaron a oídos de Mario Moreno y lo lastimaron de una manera que pocas cosas en su vida habían logrado. Porque Mario Moreno venía de la colonia Guerrero, porque Mario Moreno había vendido periódicos descalso, porque Mario Moreno había dormido con hambre y sentido en carne propia esa mirada de desprecio que los que tienen dirigen
hacia los que no tienen. Acusarlo de haber olvidado su origen era lo más parecido a una bofetada que alguien podía darle sin usar la mano. En esas semanas de incertidumbre, Mario Moreno vivió una guerra interna que muy pocas personas pudieron percibir desde afuera. Por las mañanas llegaba puntual a los ensayos y a las reuniones de Posa Films con su calma característica intacta.
Por las noches, según testimonios de personas cercanas a él, caminaba durante horas por su casa de Lomas de Chapultepecando, “¿Qué estaba pensando? Nadie puede saberlo con certeza, pero hay una frase que sobrevivió en la memoria de alguien de su equipo, guardada durante años con la discreción de quién sabe que guarda algo valioso.
Una noche, Mario Moreno dijo, “El Cantinflas que ellos conocen les pertenece a ellos, pero Mario Moreno me pertenece a mí y yo también tengo derecho a crecer.” Esa frase, si fue dicha así, encierra todo el dilema, toca el corazón del problema. La diferencia entre el hombre y el personaje, entre Mario Moreno, el ser humano con ambiciones y miedos y curiosidades propias, y Cantinflas, el símbolo que ya no le pertenecía completamente porque lo había construido con el pueblo y para el pueblo.
La pregunta que nadie se atrevía a formular en voz alta era si esa diferencia era real o si después de 20 años el hombre y el personaje se habían fusionado de una manera que hacía imposible separarlos. A finales de 1955, Mario Moreno tomó la decisión, firmó el contrato. La noticia se hizo pública a principios de 1956 y el efecto fue exactamente el que se podía prever.
Una mezcla explosiva de orgullo nacional y traición percibida. Novedades y El Universal destacaron el aspecto triunfal en sus primeras planas, pero en las páginas de espectáculos, en las columnas de opinión, en las cartas de los lectores, comenzó a filtrarse la otra narrativa. En Excelsior, una columnista escribió con la elegancia envenenada del medio.
Esperamos que al señor Moreno la aventura gringa le resulte tan satisfactoria como lo ha sido para sus admiradores de siempre, verlo en la pantalla siendo uno de los nuestros. En Cinema Reporter, el crítico Moisés Viñas fue más directo. Cantinflas es un símbolo del México profundo, del México que sufre y ríe al mismo tiempo.
Ese símbolo no tiene traducción posible. Llevarlo a Hollywood es como intentar llevar el Zócalo a Nueva York. Lo que llega no es lo mismo. Mario Moreno leyó ese texto, lo leyó dos veces y no respondió. No dio declaraciones. No convocó una conferencia de prensa. No llamó a sus detractores por su nombre, ni los exhibió ante la opinión pública.
Simplemente hizo lo que siempre hacía cuando el mundo exterior se volvía demasiado ruidoso. Se fue a trabajar. Los rodajes comenzaron en la primavera de 1956. La primera locación fue España, Madrid y Sevilla para las escenas europeas de la historia de Berne. Mario Moreno llegó a Madrid con su esposa Valentina Zubarev y un par de colaboradores de confianza.
Llegó como siempre llegaba a cualquier lugar, a tiempo, sin fanfarria, con los zapatos lustrados. El encuentro con David Niven ocurrió el primer día de rodaje en un set de los estudios CA de Madrid. Los dos hombres no hablaban el mismo idioma. Niven no hablaba español y Mario Moreno hablaba un inglés funcional pero limitado.
Sin embargo, desde esa primera mañana se estableció entre ellos algo que no necesitaba palabras, una química que el equipo de producción notó de inmediato y que el director Michael Anderson describió después como uno de esos milagros que ocurren muy pocas veces en el cine. Pero lo que nadie contó entonces es que la primera semana fue casi un desastre.
El problema no era actoral. El problema era conceptual. El paspartú del guion original era un personaje dócil, reactivo, que existía en función de las acciones de Fog. Y Mario Moreno, que había pasado 20 años construyendo un personaje que nunca era víctima, sino siempre agente, que nunca simplemente seguía, sino que encontraba su propio camino, no podía interpretar esa docilidad sin que todo su instinto artístico protestara.
En la primera semana de rodaje en Madrid, Mario Moreno paró una escena tres veces. El director Anderson, un hombre competente y metódico que no estaba acostumbrado a este tipo de interrupción, no entendía qué estaba pasando. Mario le explicaba, en su inglés construido con paciencia y precisión, que el personaje necesitaba momentos de iniciativa propia, momentos donde no fuera solo el que obedece, sino también el que decide.
Anderson miraba a Todd en busca de orientación y Todd, que sí entendía lo que Mario estaba diciendo, le hacía al director una señal que equivalía a Déjalo hacer. Esas batallas invisibles, esas negociaciones que no aparecen en ninguna crónica del rodaje, pero que varios miembros del equipo de producción recordarían décadas después, fueron los momentos en que Mario Moreno salvó la película y salvó su propio honor artístico.
Porque el paspartú que aparece en la película terminada no es el paspartú del guion original, es algo diferente, algo que tiene el nombre del personaje de Berne, pero la esencia del Cantinflas de la colonia Guerrero. Es un hombre que puede ser leal sin seril, que puede seguir sin dejar de pensar, que hace reír al mundo sin reírse de sí mismo.
Mientras eso ocurría en los sets de Madrid, de la India y de Japón, en México la tormenta no amainaba. En el verano de 1956, mientras la filmación avanzaba por tres continentes, la Asociación Nacional de Actores de México organizó una reunión que no fue anunciada públicamente, pero que varios de sus miembros más prominentes recordarían durante décadas.
El tema central era la ausencia de Cantinflas, no solo su ausencia física, sino lo que esa ausencia representaba. El actor más influyente del cine nacional, el que con su sola presencia podía abrir puertas que nadie más podía abrir. Estaba en Hollywood filmando para un productor norteamericano mientras el cine mexicano enfrentaba una de sus crisis más serias.
Algunos de los presentes dijeron cosas que nunca debieron decirse. Que Cantinflas había abandonado al gremio, que había elegido el dinero sobre la lealtad, que su decisión era una traición no solo al pueblo, sino a los compañeros que habían construido junto a él la época de oro del cine mexicano. Esas palabras viajaron como viajan todas las palabras en el mundo del espectáculo, amplificadas y envenenadas por el tránsito de boca en boca.
Y eventualmente llegaron a Mario Moreno en su habitación de hotel en Bombai una noche de verano de 1956 con el ventilador de techo girando sobre él y el ruido de la ciudad entrando por la ventana, Mario Moreno leyó el mensaje que alguien de su equipo le había enviado con los detalles de lo que se había dicho en esa reunión.
lo leyó una vez, lo dobló y no dijo nada durante un tiempo muy largo. Al día siguiente apareció en el set a la hora convenida, con sus zapatos lustrados, con su calma característica intacta y filmó la escena más exigente de su participación en la película, La secuencia del ring de toreo, donde Paspartou debe enfrentarse a un toro ante miles de espectadores con la vida de otra persona en sus manos.
Era una escena que requería precisión física total, presencia absoluta y una concentración que no dejara espacio para nada que no fuera ese momento. Mario Moreno la filmó en dos tomas. La segunda fue perfecta. Nadie en ese set supo lo que Mario Moreno había recibido la noche anterior.
Nadie supo el peso que cargaba ese hombre esa mañana en Bombai. Lo que todos vieron fue a Cantinflas, ese ser extraño y luminoso que había nacido en las carpas de Tepito y que estaba parado en un ring de toreo construido en la India para una película de Hollywood, siendo exactamente lo que siempre había sido genuino. Hubo un momento entre toma y toma que fue presenciado por varios miembros del equipo de producción y que algunos de ellos recordaron años después con una claridad que sugiere que supieron en ese instante que eran testigos de algo
importante. Mario Moreno se sentó en un banco al costado del set, se quitó el sombrero, lo giró lentamente entre las manos y se quedó mirando el suelo durante varios minutos. No hablaba con nadie, no miraba a nadie. Estaba en ese lugar que solo los artistas verdaderamente grandes conocen, el lugar donde el personaje y el hombre se separan brevemente para que el hombre pueda recordar quién es.
Michael Todd pasó cerca, lo vio y sintió que debería decir algo, pero no encontró las palabras. Entonces hizo lo más inteligente que podía hacer. se alejó en silencio. La película se terminó de filmar a finales de 1956. El estreno mundial fue en octubre de ese año en el Rivolly Theater de Nueva York. David Neven estaba presente.
Michael Todd estaba presente rodeado de las estrellas de su elenco multitudinario y Mario Moreno estaba presente con su traje oscuro y su corbata bien puesta, posando para las fotografías con esa mezcla de orgullo contenido y humildad genuina que era su marca personal. Las críticas llegaron al día siguiente y fueron extraordinarias.
El New York Times escribió que Cantinflas robaba todas las escenas en las que aparecía. Variety describió su actuación como una revelación cómica de primer orden. El público norteamericano que no había visto nada parecido, quedó completamente rendido ante ese hombre pequeño y ágil que hacía cosas imposibles con su cuerpo y con su verbo.
Y entonces ocurrió algo que nadie había anticipado, algo que cambió el tono de todo lo que vino después. En México, cuando llegaron las críticas norteamericanas, los mismos periodistas que meses antes habían escrito sobre la traición y el abandono, comenzaron a cambiar de tono con la discreción de quien nunca admitirá que estaba equivocado, empezaron a hablar del logro histórico, del triunfo del talento mexicano en el escenario más difícil del mundo, de cómo Cantinflas había demostrado que lo que tenía era
universal, que el pueblo que él representaba tenía una dignidad, que cualquier cultura del mundo podía reconocer y celebrar. Mario Moreno leyó esas notas también. Y si sintió algo parecido a la satisfacción del que fue juzgado injustamente y luego vindicado, no lo dijo. Simplemente hizo lo que siempre hacía cuando el mundo le daba la razón.
Le restó importancia al asunto y se fue a trabajar. El regreso a los estudios churubusco ocurrió a principios de 1957. Fue un regreso discreto, como siempre había preferido, sin anuncio, sin convocatoria de prensa, por la puerta lateral. Mario Moreno saludó al guardia de siempre con el mismo apretón de manos de siempre y caminó hacia el interior del estudio.
Lo que ocurrió después es uno de esos momentos que no están en ningún registro oficial, pero que circularon durante años entre quienes estuvieron presentes. Uno de los tramollistas, un hombre mayor que había trabajado con Cantinflas desde los tiempos de ahí está el detalle, comenzó a aplaudir. Luego se sumó otro y otro más y en cuestión de segundos todo el set estaba aplaudiendo, no con la estridencia ensayada de una conferencia de prensa, sino con ese sonido particular del aplauso que viene del pecho y no de las palmas. Mario Moreno
se detuvo en la puerta, miró a su alrededor y según quienes estuvieron ahí, fue la única vez que lo vieron perder la compostura en público. No lloró, pero estuvo muy cerca. se limpió los ojos con el dorso de la mano, respiró profundo y entonces dijo en voz alta con esa voz que México entero conocía de memoria, “Ya estoy de regreso.
” Esas tres palabras contenían todo lo que Mario Moreno nunca había podido decir en los meses anteriores. Porque ya estoy de regreso. No solo significaba que había vuelto físicamente de los rodajes internacionales, significaba que seguía siendo el mismo, que el viaje a Hollywood no lo había cambiado en lo que importaba, que el Mario de la colonia Guerrero, el que había vendido periódicos y dormido con hambre y aprendido a transformar la humillación en arte, seguía intacto dentro del hombre que había posado con Marl Dietrich y que había sido celebrado
por los críticos más importantes del mundo. La vuelta al mundo en 80 días. ganó el Óscar a la mejor película en la ceremonia de la academia de 1957 celebrada en el RKO Pantalles Theater de Hollywood. Michael Todd recibió el premio en el escenario y en su discurso mencionó al elenco, al equipo de producción y también al increíble comedian from México.
Mario Moreno vio la ceremonia desde la Ciudad de México. No fue a Hollywood para la entrega del Óscar. Ese detalle, tan pequeño en apariencia y tan revelador en realidad, dice más sobre Mario Moreno que cualquier declaración que haya dado en vida. Mientras su nombre era pronunciado en el teatro más importante de Hollywood, él estaba en México, donde siempre había estado, donde siempre quiso estar.
En los años que siguieron, Mario Moreno recibió varias ofertas más de Hollywood, contratos que habrían podido convertirlo en el primer actor latinoamericano con una carrera sostenida en la industria norteamericana. Ofertas con cifras que sus ingresos del cine mexicano, ya considerables, no podían igualar. Las rechazó todas sin drama, sin comunicados de prensa, sin el gesto grandioso del que quiere que todos lo vean rechazando.
Las rechazó en privado y luego siguió haciendo exactamente lo que siempre había hecho. Películas mexicanas para el público mexicano. La única vez que abordó el tema directamente fue en una entrevista publicada en la revista Hoy en 1962. El periodista le preguntó por qué no había aceptado quedarse en Hollywood después del éxito de la vuelta al mundo en 80 días.
Mario Moreno lo miró durante un momento y luego dijo ocho palabras que encierran una filosofía entera. dijo, “Yo sé quién soy y sé para quién trabajo.” Ocho palabras que explican tanto la decisión de ir a Hollywood como la decisión de no quedarse. Porque para Mario Moreno, la vuelta al mundo en 80 días nunca fue el principio de una nueva carrera. Fue una prueba.
Una prueba para demostrarle al mundo que lo que tenía era universal y también una prueba para demostrarse a sí mismo que podía hacerlo y elegir volver. Hay personas que vieron la vuelta al mundo en 80 días en su estreno en México, en el cine Alameda del Paseo de la Reforma y que recuerdan el momento en que las luces se apagaron y apareció en la pantalla por primera vez Mario Moreno en una película de Hollywood compartiendo el protagonismo absoluto con David Nven.
¿Recuerdan el silencio del público en esos primeros minutos? Un silencio de concentración absoluta, como si todos estuvieran aguantando la respiración. Y entonces recuerdan la primera carcajada. Una carcajada que no fue de una persona, sino de todo el teatro al mismo tiempo.
Una carcajada que rompió el silencio como una piedra rompe el vidrio y que fue seguida por otra y por otra hasta que el cine Alameda entero estaba riendo con ese sonido particular que solo existe cuando una audiencia ríe junta sinvergüenza, con toda la vida. En ese momento, la pregunta sobre si Cantinflas había traicionado al pueblo quedó respondida de la única manera que importa, por el pueblo mismo.
Porque el pueblo no rió por cortesía, el pueblo no rió por obligación. El pueblo rió porque lo que vio en esa pantalla era genuinamente suyo. Era el mismo Cantinflas de siempre, aunque estuviera rodeado de actores ingleses y filmado con el presupuesto más alto de la historia de Hollywood. Era Cantinflas porque era Mario Moreno y Mario Moreno nunca había dejado de ser de la colonia Guerrero, aunque hubiera posado con las estrellas más brillantes del mundo.
La historia de la vuelta al mundo en 80 días no es la historia de una traición, es la historia de un hombre que tuvo que alejarse de todo lo que amaba para entender con exactitud cuánto lo amaba y que al regresar, sin aspavientos, sin el discurso grandilocuente que habría podido pronunciar con toda legitimidad, demostró algo que sus críticos nunca pudieron demostrarle, que la lealtad verdadera no es la inmovilidad, que se puede ser fiel a los orígenes sin dejar de crecer, que el pueblo No es una jaula. Eso es lo que Mario Moreno enseñó
con esa decisión, no en un discurso, no en una entrevista, sino a través de lo que hizo y de cómo lo hizo. En las películas que vinieron después de La Vuelta al mundo en 80 días, hay algo diferente, algo que los que conocen bien su obra notarán si ponen atención. Hay una dimensión nueva, una profundidad que no estaba antes con la misma claridad.
Es como si Mario Moreno, al salir de México y regresar hubiera podido ver con más nitidez lo que tenía, como si la distancia, la experiencia de ser cantinflas frente a una audiencia que no lo conocía y conquistarla de todas formas, le hubiera dado una comprensión nueva de por qué lo que hacía importaba. Ya no era solo el comediante del pueblo, era el comediante del pueblo que había salido al mundo y había elegido volver.
Y esa elección voluntaria, ese regreso que nadie le exigió, pero que él tomó por su propia cuenta, es lo que convirtió su lealtad en algo más poderoso que una lealtad nacida de la costumbre o del miedo. La convirtió en una lealtad elegida. Mario Moreno Reyes murió el 20 de abril de 1993 a los 81 años en su casa de la Ciudad de México.
Murió siendo todavía Cantinflas, que es la manera más completa en que un artista puede morir, habiendo sido hasta el final lo que eligió ser. Y si hay una imagen que resume toda su historia, no es la del Óscar de la Vuelta al mundo en 80 días. No es la de las fotografías con Marlene Dietrich o con Frank Sinatra.
no es la de los estrenos multitudinarios ni la de las portadas de los periódicos más importantes del mundo. La imagen que resume todo es la de ese hombre que en una tarde de 1955 en el lobby del hotel del Prado de la Ciudad de México se sentó con las manos sobre las rodillas y miró la puerta que escuchó durante 4 horas sin perder la calma, que salió solo al paseo de la Reforma con el sol de la tarde en la cara y que caminó dos cuadras antes de pararse en una esquina a mirar el tráfico durante un momento que nadie a
su alrededor podía identificar como importante, pero era el momento más importante de su vida. Porque en ese momento Mario Moreno tomó la decisión que muchos llamarían traición y que fue en realidad la confirmación más profunda de todo lo que Cantinflas siempre había sido. Un hombre que sabe quién es y que sabe para quién trabaja.
Eso no se aprende en Hollywood, eso se aprende en Tepito.