Primero de septiembre 1982, Palacio Nacional, Ciudad de México. Un hombre está a punto de pronunciar su último informe de gobierno. Tiene 62 años. Su rostro muestra cansancio, rabia contenida, desesperación. Afuera, miles de mexicanos protestan, gritan ladrón, traidor, lanzan monedas de peso al pavimento.
Valen poco que ya no importa tirarlas. El peso ha perdido 400% de su valor en apenas 6 meses. La inflación supera el 100% anual. Los bancos están nacionalizados desde hace 48 horas. La economía mexicana está colapsando en tiempo real y este hombre, José López Portillo, presidente de México, va a hacer algo que ningún presidente había hecho jamás. Va a llorar.
En cadena nacional. delante de millones, pero no llora de arrepentimiento, llora de rabia, porque 6 años atrás, cuando asumió el poder, México nadaba en petróleo. 160,000 millones de barriles de reservas probadas. El descubrimiento más grande del hemisferio occidental. Vamos a administrar la abundancia, dijo. Entonces, hoy esa abundancia se evaporó.
El petróleo cayó de $0 el barril a 26. La deuda externa se multiplicó por cinco. 80,000 millones de dólares. Impagables. ¿Cómo pasó esto? Dos nombres explican gran parte de la respuesta. Rosa Luz Alegría, su amante, la mujer que nombró secretaria de turismo y que convirtió su oficina en centro de operaciones para negocios paralelos, contratos inflados, comisiones millonarias y José Ramón López Portillo, su propio hijo, a quien nombró subsecretario de programación y presupuesto.
eoría siempre valdrá más. Y porque López Portillo está convencido de que es un visionario, lanza el plan global de desarrollo, inversión masiva en carreteras, puertos, refinerías, plantas petroquímicas, sistemas de riego.
Crea empleos federales por decenas de miles. Duplica el gasto público en educación y salud, todo financiado con deuda. Deuda respaldada por un petróleo que todavía está bajo tierra. Sus asesores le advierten, el Banco de México le dice que el gasto está descontrolado, que la inflación está subiendo, que el peso está sobrevaluado. López Portillo los ignora.
Él sabe más. Él tiene el petróleo y además tiene otras prioridades. En 1977, un año después de asumir, López Portillo nombra a Rosa Luz Alegría como secretaria de turismo. Rosa Luz no es técnica, no tiene experiencia en administración pública, es actriz, locutora, figura pública y es su amante. El nombramiento causa escándalo inmediato.
Los periódicos publican caricaturas, los columnistas escriben artículos velados, todos saben. Nadie dice nada abiertamente porque en el México priista de los años 70 el presidente es intocable. Rosa Luz maneja la Secretaría de Turismo mientras todos observan el escándalo no es por actos de corrupción documentados, sino por algo más profundo, porque todos saben quién es ella realmente, porque el nepotismo es tan descarado que López Portillo la defiende públicamente como funcionaria capaz mientras la prensa publica caricaturas que no dejan duda. Mientras
tanto, su hijo José Ramón López Portillo opera desde otro frente. Desde la subsecretaría de Programación y Presupuesto, José Ramón trabaja como subordinado directo de Miguel de la Madrid. Maneja cifras, aprueba proyectos, tiene acceso a información privilegiada. Miguel de la Madrid insistió dos veces para que López Portillo lo nombrara.
No porque fuera el más capaz, sino porque era el hijo del presidente. Y en el México prista importaba más que la competencia. Años después, José Ramón será señalado como uno de los principales artífices de la nacionalización bancaria, pero para entonces el daño al apellido ya estará hecho. Y López Portillo no hace nada porque es su hijo, porque la familia es sagrada, porque en el sistema priista el poder se comparte con los leales y nadie es más leal que la sangre. 1979.
La economía mexicana crece al 9% anual. El desempleo baja, los salarios suben, la clase media se expande. López Portillo se siente victorioso, las encuestas lo favorecen, los medios lo alaban. Es el presidente de la abundancia, el hombre que supo aprovechar el petróleo. Pero en el Golfo Pérsico algo está a punto de cambiar.
La revolución iraní derriba al sha. El petróleo sube a $5 el barril. México celebra. Más ingresos, más crédito, más proyectos. López Portillo no ve la trampa. No entiende que un precio artificialmente alto es insostenible, que cuando caiga todo su modelo colapsará, porque su modelo no es un modelo, es una apuesta.
Una apuesta a que el petróleo seguirá caro para siempre. Y las apuestas, tarde o temprano se pierden. Mientras López Portillo administra la abundancia desde Los Pinos, otros nombres empiezan a moverse en las sombras del poder. Miguel de la Madrid Hurtado, secretario de programación y presupuesto, el técnico silencioso, el burócrata meticuloso que maneja las finanzas del gobierno de la Madrid. Ve los números reales.
Ve el déficit creciendo. Ve la deuda acumulándose, ve la inflación subiendo mes tras mes. Y advierte, en reuniones privadas, en memorandos internos, le dice a López Portillo que el gasto público está fuera de control, que el endeudamiento es insostenible, que están construyendo un castillo sobre arena. López Portillo lo escucha.
asiente y no hace nada porque de la Madrid es técnico, no visionario, porque ve números, no oportunidades, porque no entiende que México está escribiendo una nueva historia. O eso cree López Portillo, pero de la Madrid es paciente. Sabe que los números no mienten, sabe que cuando el desastre llegue, él será el heredero, el hombre que tendrá que limpiar el desastre y está dispuesto a esperar.
Mientras tanto, otro hombre observa desde otro ángulo. Carlos Hank González, gobernador del Estado de México, empresario, operador político, el hombre de las concesiones, los contratos, las adjudicaciones directas. Hank no advierte. Hank se beneficia porque en el México de López Portillo cada megaproyecto es una oportunidad, cada obra pública es un negocio, cada peso prestado por bancos extranjeros termina en bolsillos mexicanos bien conectados.
Hank sabe cómo funciona el sistema y lo explota, pero hay señales, señales que López Portillo ignora porque está ebrio de éxito. En 1980 la inflación alcanza el 29% anual, el doble que 2 años atrás. El peso está sobrevaluado, cualquier economista lo ve. Cuesta 23es, pero debería costar 40. Eso significa que las importaciones son artificialmente baratas.
Las empresas mexicanas prefieren comprar en el extranjero. La industria nacional se debilita, la balanza comercial se desploma. Los empresarios empiezan a sacar dinero del país, dólares, cuentas en Texas, en California, en las islas Caimán. Lo llaman cobertura, protección contra lo inevitable, porque todos saben lo que López Portillo no quiere aceptar, que el peso va a colapsar, que la devaluación es inminente, que el modelo está roto.
El Banco de México le ruega que devalúe de manera ordenada, que ajuste el tipo de cambio gradualmente, que evite un colapso abrupto. López Portillo se niega. Devaluar es admitir fracaso. Es traicionar la promesa de la abundancia. El peso no se tocará, dicen conferencias de prensa, y mientras tanto sigue gastando. En 1980 inaugura la planta siderúrgica Lázaro Cárdenas las truchas.
Costo 00 millones de dólares. Financiada completamente con deuda externa. Inaugura el sistema de transporte colectivo Metro. Nuevas líneas. Costo 800,0000000. Deuda: Inaugura carreteras, hospitales, escuelas, represas. Todo con dinero prestado. Todo respaldado por un petróleo que sigue cotizado a 35 el barril hasta que deja de estarlo.
En 1981, la economía mundial entra en recesión. Estados Unidos sube las tasas de interés para combatir su propia inflación. La demanda de petróleo cae, el precio empieza a bajar, 33 28 y la deuda mexicana que tiene tasas de interés variable empieza a encarecerse porque las tasas internacionales suben mientras los ingresos petroleros bajan.
López Portillo ve los reportes, ve los números rojos, ve las advertencias de la Madrid y decide que la solución es pedir más dinero prestado porque el petróleo volverá a subir, porque la recesión es temporal, porque México es fuerte. En 1981 contrata nuevos créditos por 9,000 millones de dólares para pagar deuda anterior, para financiar proyectos en curso, para mantener viva la ilusión.
Pero la ilusión está a punto de romperse porque en las torres financieras de Nueva York los banqueros empiezan a hacer cuentas y las cuentas no cuadran. México debe casi 60,000 millones de dólares, tres veces más que cuando López Portillo asumió. Su capacidad de pago depende del petróleo y el petróleo está cayendo.
Los banqueros empiezan a decir que no, que no habrá más crédito, que México tendrá que arreglarse solo. Y José López Portillo, el hombre que administraba la abundancia, está a punto de descubrir que la abundancia nunca fue suya, era prestada y ahora llega la factura. Roteiro López Portillo, parte 4. Febrero de 1982. El precio del petróleo cae a $6 el barril.
Los ingresos petroleros de México se desploman. El presupuesto federal tiene un agujero de miles de millones de pesos y López Portillo sigue sin devaluar. El peso es fuerte, dice en sus discursos. México es fuerte, pero los empresarios no le creen, los inversionistas tampoco. Y empiezan a actuar. La fuga de capitales se acelera. En los primeros dos meses del año salen del país más de 3,000 millones de dólares.
Empresarios mexicanos comprando dólares baratos con pesos sobrevaluados y depositándolos en bancos estadounidenses. legal, pero es devastador porque cada dólar que sale es un dólar que el Banco de México tiene que vender de sus reservas para mantener el tipo de cambio artificial y las reservas se están agotando.
En marzo, el Banco de México le informa a López Portillo que las reservas internacionales han caído a 4,000 millones de dólares, apenas suficiente para 3 meses de importaciones. Es insostenible. Miguel de la Madrid, desde Programación y Presupuesto le dice lo que ya le ha dicho 20 veces. Hay que devaluar, hay que ajustar, hay que reconocer la realidad.
López Portillo lo mira con desprecio. ¿Y qué dirá la gente? ¿Que fracasamos? ¿Que mentimos? De la Madrid responde con frialdad. Dirán eso de todas formas, pero si devaluamos ahora de manera ordenada, todavía hay control. Si esperamos será un colapso. López Portillo no lo escucha o no puede escucharlo porque admitir la devaluación es admitir que toda su presidencia fue un error, que la abundancia era ilusión, que el petróleo no era suficiente, que sus decisiones quebraron al país y José López Portillo no está listo para admitir eso. Entonces toma otra
decisión, una que empeora todo. En abril anuncia que México pedirá más créditos internacionales, 10,000 millones de dólares adicionales para proyectos estratégicos. Los bancos extranjeros dicen que no. Por primera vez en 6 años los banqueros de Nueva York cierran la puerta. México es demasiado riesgoso.
La deuda es impagable. No habrá más dinero. López Portillo queda estupefacto. ¿Cómo se atreven? México tiene petróleo. México es un gigante. Pero los banqueros no ven un gigante. Ven un país quebrado con una deuda que no puede pagar. Mayo. Junio. La economía se desangra. La inflación supera el 50% anual.
Los precios suben cada semana. La gasolina, el pan, la leche, todo cuesta el doble que hace un año. Los salarios no alcanzan, las empresas cierran, el desempleo sube y la fuga de capitales continúa. Otros 2000 millones de dólares salen del país entre abril y junio. López Portillo busca culpables, convoca a empresarios, los acusa en reuniones privadas.
Ustedes están traicionando a México, les dice, están sacando el dinero mientras el país se hunde. Los empresarios responden con cinismo apenas disimulado. Señor presidente, nosotros no fijamos el tipo de cambio. Nosotros no endeudamos al país. Solo protegemos lo nuestro. López Portillo sale furioso de esas reuniones.
Empiezan a hablar de sacadólares, de traidores, de especuladores que destruyen la patria, pero no actúa todavía. No, porque sabe que si toca a los empresarios, si controla los capitales, si devalúa el peso, su presidencia quedará marcada como un fracaso histórico. Prefiere esperar, esperar a que algo cambie, a que el petróleo suba, a que los bancos cambien de opinión. Pero nada cambia.
En julio las reservas del Banco de México caen por debajo de 3,000 millones dó es insostenible. El colapso es inminente y entonces el 18 de febrero de 1982, López Portillo no tiene más opciones, anuncia una devaluación controlada. El peso pasa de 27 a 38 pesos por dólar. Una semana después sube a 46. En tan solo 15 días el peso se devaluó 73%.
Casi el doble de la noche a la mañana. Dice que es una medida técnica, que es temporal, que pronto todo se estabilizará. Nadie le cree porque todos saben que esto es solo el principio, que la devaluación no resolverá nada, que la deuda sigue ahí, que los ingresos petroleros siguen cayendo y que José López Portillo, el presidente que prometió administrar la abundancia, acaba de administrar el desastre más grande de la historia económica moderna de México, pero todavía no ha terminado porque en los próximos dos meses
tomará decisiones aún más desesperadas, decisiones que lo convertirán en el presidente más odiado de su generación. La devaluación no detiene nada, la empeora porque ahora los mexicanos saben que el peso no vale nada, que puede colapsar más, que todo ahorro en pesos será polvo en semanas. Entonces hacen lo único racional, compran dólares todos, empresarios, profesionistas, comerciantes, amas de casa.
Quien puede cambia sus pesos por dólares y los saca del país. En agosto de 1982, la fuga de capitales alcanza niveles históricos. Hasta 150 millones de dólares diarios abandonan el país. Empresarios, profesionistas, ahorradores, todos comprando dólares y enviándolos al extranjero. Las reservas del Banco de México se evaporan.
La deuda externa llegó a 59,000 millones de dólares. Tres veces lo que López Portillo heredó y ya no hay dinero para pagarla. Y López Portillo, encerrado en Los Pinos, culpa a todos menos a sí mismo. Culpa a los empresarios, a los banqueros, a los especuladores. Ellos destruyeron al país, dice en reuniones privadas.
Ellos sacaron el dinero, ellos traicionaron a la patria. Sus colaboradores lo escuchan en silencio porque todos saben la verdad, que López Portillo endeudó al país, que López Portillo gastó sin control, que López Portillo nombró a su amante y a su hijo en puestos clave mientras ellos saqueaban. Pero nadie se lo dice porque es el presidente y en el méxico priista el presidente nunca se equivoca hasta que la realidad lo obliga.
El 20 de agosto, López Portillo convoca una reunión de emergencia. Están presentes Miguel de la Madrid, el secretario de Hacienda, el director del Banco de México, sus asesores más cercanos. les informa que México no tiene divisas para pagar la deuda, que los bancos extranjeros exigen el pago inmediato de 80 millones de dólares en intereses, que no hay dinero.
México está en default técnico. Es la primera vez en la historia moderna que México no puede pagar su deuda externa. El silencio en la sala es sepulcral. Miguel de la Madrid rompe el silencio. Tenemos que negociar con el Fondo Monetario Internacional, pedir un rescate, aceptar las condiciones. Las condiciones del FMI son brutales.
Recortes al gasto público, despidos masivos, eliminación de subsidios, austeridad extrema. López Portillo golpea la mesa. No, México no se arrodilla. Entonces pregunta algo que congela la sala. Y si nacionalizamos los bancos. Los presentes se miran entre sí. Nadie esperaba eso. Si los banqueros sacaron el dinero, continúa López Portillo, si traicionaron al país, entonces los bancos deben ser del pueblo, del estado.
De la Madrid intenta razonar. Señor presidente, nacionalizar la banca causará pánico. Los inversionistas huirán. El crédito internacional se cerrará por completo. López Portillo lo interrumpe. El crédito ya se cerró. Los inversionistas ya huyeron. No tenemos nada que perder. Y tiene razón. En el fondo tiene razón. Ya tocó fondo.
Ya perdió todo. Ahora solo le queda el gesto, el acto final. la jugada desesperada que lo convierta en héroe o en villano y elige ser ambos. El primero de septiembre de 1982, López Portillo se presenta ante el Congreso para dar su sexto y último informe de gobierno. Afuera, manifestantes gritan, tiran monedas, queman efigies con su rostro.
Adentro el recinto está tenso. Todos saben que algo va a pasar. López Portillo sube al podio, lee su discurso, habla de logros, de infraestructura, de petróleo, de visión y entonces a mitad del discurso cambia de tono. Empieza a atacar a los empresarios, a los banqueros, a los sacadólares que traicionaron a México. Su voz sube, se quiebra, tiembla y anuncia lo impensable.
Nacionaliza la banca privada, todos los bancos. De inmediato, sin compensación inmediata, el recinto explota. Aplausos de la izquierda, gritos de la derecha, caos. Y López Portillo con los ojos húmedos dice la frase que quedará para siempre. He defendido al peso como un perro, como un perro. Y llora delante de las cámaras, delante del Congreso, delante de millones de mexicanos que lo ven por televisión.
No llora de vergüenza, llora de rabia, de impotencia, de no entender cómo todo salió tan mal. Desde dónde nos estás escuchando. Déjame en los comentarios tu ciudad o país. Estas historias nos conectan desde todos los rincones donde el español nos une. Esa noche México cambia para siempre. Los empresarios juran venganza.
Los banqueros huyen del país, los inversionistas extranjeros se retiran y José López Portillo, el hombre que administró la abundancia, se convierte en el símbolo del desastre. Un presidente que llegó con todo y se fue sin nada. Pero las consecuencias de esa noche todavía no han terminado. 2 de septiembre de 1982.
Un día después del discurso, los bancos amanecen intervenidos. militares custodian las sucursales. Los empleados llegan sin saber si todavía tienen trabajo. Los clientes hacen fila para retirar su dinero antes de que sea demasiado tarde. Pero ya es demasiado tarde porque la nacionalización no resuelve nada, no trae divisas, no paga la deuda, no detiene la inflación, solo añade caos al desastre.

Los empresarios más importantes del país convocan una reunión de emergencia, consejo coordinador empresarial, Cámara de Comercio, Confederación Patronal. Redactan un desplegado que publican en todos los periódicos. El presidente ha traicionado la confianza, ha violado la propiedad privada, ha destruido las bases del crecimiento.
No mencionan que ellos sacaron miles de millones de dólares del país. No mencionan las cuentas en el extranjero. No mencionan la especulación. Solo hablan de traición. Y López Portillo, encerrado en Los Pinos, lee los desplegados con furia. Porque esperaba ser héroe, esperaba que el pueblo lo aplaudiera, esperaba pasar a la historia como el presidente que enfrentó a los poderosos.
Pero el pueblo no lo aplaude. El pueblo hace fila en los bancos para sacar sus ahorros. El pueblo ve los precios subir cada día. El pueblo sabe que la economía está rota y culpa a López Portillo, porque al final no importa a quién nacionalices si el país está quebrado. Miguel de la Madrid observa desde la distancia.
Ya fue designado candidato presidencial del PRI. Ya sabe que heredará el desastre y ya sabe qué hará. revertir la nacionalización, abrir la economía, privatizar, aceptar las condiciones del Fondo Monetario Internacional, todo lo contrario de López Portillo, porque de la Madrid entiende algo que López Portillo nunca entendió, que el poder sin dinero no es poder, que los gestos sin economía son teatro, que llorar en televisión no salva a un país.
octubre, noviembre, los últimos meses. López Portillo da discursos vacíos, inaugura obras que quedaron inconclusas, visita estados donde lo reciben con protestas. Su amante Rosa Luz Alegría, renuncia a la Secretaría de Turismo. Demasiado escándalo, demasiada presión. se va del país por un tiempo. Su hijo José Ramón también se retira de la vida pública.
Las investigaciones sobre corrupción empiezan a señalarlo. Nunca será procesado, por supuesto, porque es hijo del presidente, porque el sistema protege a los suyos, pero su reputación queda destruida para siempre. Y López Portillo, en sus últimas semanas de gobierno se da cuenta de algo terrible, que estará solo, que de la Madrid no lo defenderá, que el PRI lo borrará de la historia oficial, que los libros de texto lo recordarán como el presidente del desastre, que su apellido quedará asociado para siempre con el llanto, con
la crisis, con el fracaso. El primero de diciembre de 1982 entrega el poder. No hay celebraciones, no hay discursos emotivos, solo el protocolo frío de la Madrid asume López Portillo se retira a su casa y México queda con una deuda impagable, una economía colapsada, una inflación del 100% anual y una generación entera que aprendió a no confiar en las promesas presidenciales.
Pero hay algo más que queda, algo que López Portillo nunca entendió. Una lección brutal sobre lo que sucede cuando confundes suerte con talento, cuando crees que el petróleo bajo tus pies es mérito tuyo, cuando rodeas el poder de lealtades corruptas en lugar de competencias técnicas. cuando administras la abundancia sin entender que la abundancia no es tuya, que es del pueblo y que cuando la destruyes el pueblo no olvida.
José López Portillo vivió 22 años más. Murió en febrero de 2004, a los 83 años. En sus últimos años escribió memorias, intentó justificarse, culpó a todos, a los banqueros, a los empresarios, a la crisis petrolera internacional, a la mala suerte. Nunca aceptó su responsabilidad, nunca entendió que el desastre fue suyo.
Y México, que todavía paga las consecuencias de esos 6 años, tampoco lo olvidó. La crisis de 1982 no terminó con López Portillo, apenas comenzó. Miguel de la Madrid heredó una economía destrozada. Inflación del 150% en 1983. Deuda externa impagable. bancos nacionalizados que perdían dinero, empresarios furiosos, inversionistas ausentes.
Tuvo que hacer lo que López Portillo se negó a hacer, aceptar el rescate del Fondo Monetario Internacional. Las condiciones fueron brutales. Recortes al gasto público del 40%. Eliminación de subsidios a gasolina, electricidad, alimentos básicos, despidos masivos en el sector público. El salario real de los mexicanos cayó a la mitad durante los años 80.
La clase media que López Portillo había expandido con petróleo y deuda desapareció. Una generación entera perdió su poder adquisitivo, sus ahorros, su futuro y todo, porque un presidente creyó que la abundancia era eterna. La nacionalización bancaria tampoco duró. En 1990, Carlos Salinas de Gortari privatizó los bancos de nuevo.
Los vendió a empresarios mexicanos por una fracción de su valor real. Los mismos empresarios que López Portillo había llamado sacadólares compraron de regreso los bancos que el Estado les había quitado y se enriquecieron aún más. El petróleo que López Portillo creyó infinito dejó de ser el motor de la economía. México tuvo que diversificar, abrir mercados, firmar tratados comerciales.
El modelo de desarrollo que López Portillo defendió murió con su gobierno y su frase “Defendí al peso como un perro”, quedó como símbolo del fracaso. No de heroísmo, no de valentía, de incompetencia, porque defender algo sin entenderlo no es valentía, es necedad. Hoy, más de 40 años después, México sigue pagando las consecuencias. La deuda externa que López Portillo multiplicó por cuatro nunca se pagó completamente, se refinanció, se reestructuró, se renegoció decenas de veces.
Cada gobierno desde 1982 ha dedicado una porción enorme del presupuesto a pagar intereses de esa deuda. Dinero que pudo ser para educación. para salud, para infraestructura real, pero que se fue en pagar los errores de un presidente que confundió petróleo con inteligencia y la corrupción que López Portillo normalizó al nombrar a su amante y a su hijo en puestos clave tampoco desapareció.
Se volvió costumbre. Cada presidente después de él tuvo sus propios escándalos familiares, sus propios negocios oscuros, sus propias Rosa Luz y José Ramón con otros nombres, porque López Portillo demostró que se podía, que el sistema lo permitía, que la impunidad era total. Si has llegado hasta aquí, conocías esta historia, te sorprende lo que acabas de descubrir, déjame saber en los comentarios qué otras historias quieres que investigue.
José López Portillo murió en 2004, pero su legado vive cada vez que un presidente promete prosperidad sin explicar cómo. Cada vez que se anuncia un gran descubrimiento que resolverá todos los problemas. Cada vez que se gasta sin control creyendo que el futuro pagará las cuentas. Cada vez que se confunde suerte con talento. Cada vez que se rodea el poder de familia y amantes en lugar de técnicos y expertos, ahí está López Portillo, repitiendo el mismo error, porque hay presidentes que cambian la historia y hay presidentes que la repiten. López
Portillo no cambió nada, solo demostró que el poder sin responsabilidad es destrucción, que las promesas sin sustento son mentiras y que cuando un presidente llora en televisión no está llorando por el país, está llorando por sí mismo, porque perdió el poder, porque su nombre quedó manchado, porque la historia lo juzgará sin piedad.
México todavía espera un presidente que entienda que gobernar no es prometer abundancia, es administrar escasez con honestidad. Y eso José López Portillo, nunca lo aprendió. 44 años después del llanto de López Portillo, algo extraño sucede en América Latina. Los presidentes siguen prometiendo lo mismo. Tenemos recursos naturales infinitos.
Somos un país rico. Vamos a administrar la abundancia, las mismas palabras, los mismos errores, los mismos finales. Venezuela descubrió las mayores reservas de petróleo del planeta, más que Arabia Saudita, más que cualquier país del mundo. Y hoy millones de venezolanos huyen del hambre. La moneda no vale nada.
La economía colapsó. El petróleo sigue ahí bajo tierra, mientras el país se desangra. Argentina tiene tierras fértiles que podrían alimentar a 300 millones de personas. Tiene litio, tiene gas, tiene vaca muerta, uno de los yacimientos de esquisto más grandes del mundo, y lleva 100 años en crisis económica, inflación crónica, devaluaciones constantes, deuda impagable, porque tener recursos no es riqueza.
Es solo potencial y el potencial sin gestión honesta es maldición. López Portillo lo demostró. tuvo 160,000 millones de barriles de petróleo, tuvo crédito ilimitado, tuvo 6 años de poder absoluto y dejó a México quebrado. No por mala suerte, no por conspiraciones externas, no por la caída del precio del petróleo, sino por decisiones.
Decisión de gastar sin control, decisión de endeudar sin límite, decisión de nombrar a su amante y a su hijo en puestos clave mientras saqueaban. Decisión de ignorar a los técnicos. Decisión de creer que la abundancia duraría para siempre. Decisiones humanas, decisiones evitables. Y las consecuencias también fueron humanas.
Millones de mexicanos que perdieron sus ahorros, que vieron sus salarios reducirse a la mitad, que tuvieron que emigrar, que perdieron empleos, casas, futuro, personas reales que pagaron por los errores de un hombre que nunca aceptó su responsabilidad. Hoy, cuando un presidente promete riqueza fácil, deberíamos recordar a López Portillo.
Cuando alguien dice que un nuevo descubrimiento resolverá todos los problemas, deberíamos recordar Cantarel. Cuando se rodea el poder de familia y lealtades en lugar de competencia técnica, deberíamos recordar a Rosa Luz Alegría y José Ramón. Cuando se gasta sin control, creyendo que el futuro pagará, deberíamos recordar los 80,000 millones de dólares de deuda.
Y cuando un líder llora en público culpando a todos menos a sí mismo, deberíamos recordar aquel primero de septiembre de 1982, porque la historia no se repite exactamente, pero rima. Los nombres cambian, los países cambian, los recursos cambian. Pero la lección es siempre la misma. El poder sin responsabilidad destruye.
La abundancia sin gestión se evapora. Las promesas sin sustento son mentiras. José López Portillo tuvo todo el poder y perdió todo el dinero de México, no porque fuera malvado, sino porque fue incompetente, porque fue arrogante, porque creyó que su inteligencia era suficiente, porque confundió suerte con talento y porque nunca, ni siquiera en sus últimos días, aceptó que el desastre fue suyo.
Esa es la verdadera tragedia de López Portillo. No el llanto, no la crisis, no la nacionalización, sino la incapacidad de aprender de sus propios errores. Y por eso, 44 años después, seguimos viendo presidentes que repiten su historia, que prometen abundancia sin entenderla, que gastan recursos que no tienen, que lloran cuando todo colapsa y que nunca, nunca aceptan su responsabilidad.
La pregunta no es si habrá otro López Portillo. La pregunta es, ¿cuándo aprenderemos a no elegirlos? Yeah.