PRÓLOGO: EL ORO Y LA GUADAÑA
La sangre en el mármol del vestuario del Santiago Bernabéu no se parecía a la de las películas. No era de un rojo brillante y escandaloso, sino oscura, espesa, casi negra bajo las luces fluorescentes que parpadeaban con un zumbido eléctrico insoportable. Mateo Vargas, con apenas diecinueve años y el barro de Valdebebas aún fresco en las botas de su memoria, contemplaba aquel charco con los ojos muy abiertos, incapaz de respirar.
El estadio estaba vacío. Eran las tres de la madrugada de un martes que debía haber sido glorioso, pero que ahora apestaba a muerte y a linimento. A pocos metros de él, yació el cuerpo sin vida de Héctor “El Mago” Silva, el ídolo absoluto del madridismo, el portador indiscutible de la camiseta número 10. Héctor no había muerto en el campo de juego por una entrada brutal, ni en un accidente de coche en las sinuosas carreteras de La Moraleja. Había muerto allí mismo, frente a la taquilla que ostentaba su nombre forjado en letras doradas, convulsionando de manera antinatural, escupiendo una espuma sanguinolenta mientras sus ojos se daban la vuelta, mostrando solo el blanco de un terror absoluto e incomprensible.
Mateo había sido el único testigo. El joven canterano, convocado a última hora para entrenar con el primer equipo al día siguiente, se había quedado hasta tarde en el gimnasio contiguo, soñando con cruzarse con sus ídolos. Y se había cruzado con el horror.
—No… no la toques —habían sido las últimas palabras de Héctor. Su voz no era la del líder carismático que levantaba Champions, sino un susurro gutural, desgarrado, como si sus cuerdas vocales estuvieran siendo trituradas desde dentro. La mano de Héctor, agarrotada por el rigor de un dolor extremo, señalaba temblorosamente hacia el banco de madera.
Allí descansaba, perfectamente doblada, la camiseta blanca con el número 10 a la espalda.
Mateo recordó cómo los médicos del club irrumpieron segundos después, alertados por sus propios gritos desesperados. Recordó los intentos frenéticos de reanimación, el sonido crujiente de las costillas de Héctor rompiéndose bajo las manos del doctor, el pitido monótono del desfibrilador que sonaba como una sentencia irrevocable. Pero lo que más se había grabado en el cerebro de Mateo no fue la muerte en sí, sino lo que sucedió después de que se llevaran el cadáver cubierto por una sábana térmica.
El presidente del club, un hombre de rostro esculpido en granito y poder incalculable, entró al vestuario. No miró la sangre. No miró el espacio vacío que antes ocupaba su jugador franquicia. Caminó directamente hacia Mateo, que seguía acurrucado en una esquina, temblando incontrolablemente.
El presidente tomó la camiseta número 10 del banco. La tela inmaculada parecía brillar con luz propia en la penumbra del vestuario. Con un gesto frío y calculado, se la entregó al joven de diecinueve años.
—El Real Madrid no se detiene a llorar, muchacho —dijo el presidente, con una voz que helaba la sangre más que la misma muerte—. El sábado jugamos El Clásico. Tú eres el heredero. El 10 es tuyo ahora. Póntelo.
Ese fue el momento exacto en el que Mateo sintió, por primera vez, que aquella tela blanca pesaba como una losa de plomo. Al tomarla, sus dedos rozaron la etiqueta interior. Estaba helada. Y en su mente, resonó como un eco fantasmal la voz de Héctor: No la toques.
Pero la ambición, ese fuego devorador que consume a todo aquel que pisa el césped de Chamartín, fue más fuerte que el miedo. Mateo apretó la camiseta contra su pecho. No sabía entonces que acababa de firmar su propia sentencia de muerte. No sabía que el reloj de arena había sido volteado, y que la arena que caía no marcaba los minutos de gloria, sino los días que le quedaban de vida. Setecientos treinta días. Dos años exactos. El precio de ser un dios en el templo del fútbol.
CAPÍTULO UNO: EL PESO DE LA LEYENDA
El silencio en el estadio Santiago Bernabéu es un monstruo diferente a cualquier otro. Cuando ochenta y cinco mil almas contienen la respiración al mismo tiempo, el vacío acústico te succiona los tímpanos. Eso fue lo que experimentó Mateo Vargas en su debut.
Hacía solo cuatro días del funeral de Estado de Héctor Silva. Madrid entera se había vestido de luto. Las banderas a media asta, los minutos de silencio sepulcrales en cada rincón de España. La versión oficial, dictada por los herméticos servicios médicos del club y aceptada dócilmente por la prensa, hablaba de un “fallo cardíaco congénito súbito, indetectable en los controles habituales”. Una tragedia estadística. Un capricho cruel del destino.
Mateo estaba parado en el túnel de vestuarios. Las luces cenitales arrancaban destellos de los tacos de sus botas recién pulidas. Frente a él, el túnel se abría hacia un rectángulo de luz verde y brillante: el campo de batalla. Llevaba puesta la camiseta con el número 10. Le quedaba ligeramente holgada en los hombros, un recordatorio físico de que esos zapatos eran demasiado grandes para llenarlos.
A su lado, el capitán del equipo, un veterano central de cicatrices profundas y mirada cansada, le puso una mano pesada en el hombro.
—Respira, chaval. La grada te va a mirar con lupa hoy. No buscan que seas Héctor. Buscan ver si eres digno de llevar su luto. Sal y corre hasta que escupas sangre. Es lo único que respetan aquí.
Mateo asintió, tragando saliva. Su garganta estaba seca como papel de lija. El árbitro pitó desde el final del túnel y la fila comenzó a moverse. Al pisar el césped, un estruendo ensordecedor le golpeó como una ola física. El estadio entero se puso en pie. No aplaudían. Rugían. Un sonido visceral, tribal, exigiendo grandeza.
El partido contra el eterno rival comenzó a un ritmo frenético. Durante los primeros veinte minutos, Mateo fue un fantasma. Las piernas le pesaban, cada vez que recibía el balón, sentía la presión de ochenta mil jueces invisibles escrutando cada uno de sus movimientos. Perdió dos balones tontos en el centro del campo y escuchó, por primera vez, el temido murmullo del Bernabéu. Ese rumor bajo, crítico, impaciente.
Fue en el minuto veintiocho cuando ocurrió el milagro. Y el inicio del fin.
El balón llegó a sus pies tras un rechace en el borde del área. Estaba de espaldas a la portería. La lógica dictaba que debía tocar de cara para un mediocentro y buscar una mejor posición. Pero en ese microsegundo, algo cambió. Mateo cerró los ojos por una fracción de segundo y, de repente, ya no era él quien controlaba su cuerpo.
Fue como si una fuerza externa, eléctrica y antigua, se apoderara de sus músculos. Sin mirar, dio un toque sutil con el exterior de la bota derecha, elevando el balón apenas unos centímetros sobre el suelo, realizando un reverso perfecto que dejó a dos defensores rivales chocando entre sí como marionetas rotas. El estadio enmudeció de asombro.
Mateo se encontró frente al portero. No pensó. Simplemente ejecutó. Un disparo seco, al ángulo superior izquierdo, inalcanzable, perfecto. El balón besó la red con un sonido seco y definitivo.
Gol.
El Bernabéu no gritó. Explotó. Fue un volcán de alegría contenida, de dolor liberado por la muerte de su ídolo, ahora canalizado hacia este nuevo mesías adolescente. Mateo corrió hacia el banderín de córner, deslizándose de rodillas, cerrando los puños. Sintió lágrimas en los ojos. La gloria era un néctar intoxicante.
Terminó el partido con un hat-trick. Tres goles de una manufactura irreal, impropia de un chico que hasta la semana pasada jugaba en campos de segunda división B rodeado de barro y gradas de cemento vacías. Al finalizar el encuentro, la prensa lo coronó instantáneamente. “El Nuevo Rey”, “La Reencarnación del Diez”, “El Milagro Vargas”. Las portadas del día siguiente eran unánimes.
Pero esa misma noche, en la soledad de su nuevo apartamento de lujo en el centro de Madrid, comenzaron los terrores.
Eran las tres de la mañana. Mateo se despertó sobresaltado. Su pecho subía y bajaba frenéticamente. Estaba empapado en un sudor frío y viscoso. Había soñado con Héctor. En el sueño, el difunto jugador no estaba en el vestuario, sino de pie en el centro del campo del Bernabéu, bajo la lluvia, mirándole fijamente. Héctor no tenía ojos, solo dos cuencas vacías de donde manaba una espesa sangre negra, y su boca se movía repitiendo incesantemente la misma frase: “El reloj corre. Dos años, Mateo. Dos años.”
Mateo se levantó de la cama, temblando, y caminó hacia el enorme ventanal que ofrecía una vista panorámica de la ciudad dormida. “Es solo el estrés”, se dijo a sí mismo, intentando racionalizar el pánico. “La presión del partido, el trauma de lo que vi en el vestuario… es normal”.
Frente a él, reflejado en el cristal de la ventana, vio su propio torso desnudo. Se acercó a la luz. Justo en el centro de su pecho, sobre el esternón, había aparecido una pequeña marca oscura. Parecía un lunar, pero con bordes irregulares, casi como una pequeña quemadura con la forma grotesca e imperfecta del número uno y un cero. Un 10 incrustado en su piel.
Instintivamente, intentó frotarlo, pensando que era suciedad. Dolió. Un dolor punzante, como una aguja clavada directamente en el hueso.
Esa noche, Mateo no volvió a dormir.
CAPÍTULO DOS: LA INVESTIGACIÓN Y EL PERIODISTA CAÍDO
Las semanas siguientes fueron un torbellino de fama desenfrenada. Mateo Vargas se convirtió en el epicentro del fútbol mundial. Sus estadísticas eran aberrantes: promediaba casi dos goles por partido, daba asistencias imposibles y su visión de juego parecía predecir los movimientos de los rivales con segundos de antelación. Las marcas deportivas se peleaban por él, firmó contratos multimillonarios y su rostro empapelaba la Gran Vía madrileña.
Físicamente, se sentía imparable. Sus niveles de energía eran infinitos, no sufría fatiga muscular y su recuperación post-partido desconcertaba al cuerpo médico del club. Era, a todos los efectos prácticos, el jugador perfecto.
Sin embargo, psicológicamente, se estaba desmoronando.
La marca en su pecho crecía milímetro a milímetro cada semana, oscureciéndose. Y los sueños no cesaban. Se volvían más lúcidos, más aterradores. Ya no solo veía a Héctor Silva. Empezó a ver otros rostros. Hombres con peinados de los años noventa, de los ochenta, de los sesenta. Todos llevando la camiseta blanca. Todos con los ojos vacíos, sangrando negro, señalando un reloj invisible.
La curiosidad, alimentada por un miedo paralizante, empujó a Mateo a hacer lo que le habían prohibido terminantemente en las oficinas del club: buscar en el pasado.
Una tarde de jueves, saltándose un evento publicitario obligatorio, Mateo se adentró en las entrañas de la biblioteca nacional, utilizando una gorra y gafas de sol para evitar ser reconocido. Tenía una misión concreta. Buscar la historia real de los números 10 del Real Madrid.
Las horas pasaron entre microfilmes y periódicos amarillentos. Lo que encontró le congeló la sangre en las venas.
El relato oficial del club era una fachada construida con relaciones públicas y millones de euros para ocultar una verdad macabra. Héctor Silva no era una anomalía.
Antes de Héctor, el número 10 lo había llevado un brillante mediapunta brasileño llamado João “El Fantasma” Ribeiro. Joao llegó al club en su máximo esplendor. Jugó exactamente dos años. La fecha de su firma de contrato fue el 15 de agosto. La fecha de su muerte: 15 de agosto, dos años después. Causa oficial: Aneurisma cerebral repentino mientras dormía.
Antes de Joao, la camiseta la portó un prodigio canterano español, Carlos Montero. Duración en el equipo principal con el dorsal 10: veinticuatro meses exactos. Murió en un misterioso accidente en su casa, ahogado en su propia piscina, sin agua en los pulmones. Oficialmente, un síncope.
Mateo siguió retrocediendo. La década de los noventa, los ochenta, los setenta. Hubo períodos donde el número 10 fue rotado, utilizado de forma esporádica por jugadores menores que apenas destacaban y que, curiosamente, fueron transferidos rápidamente tras sufrir “extrañas depresiones” o “lesiones inexplicables”. Pero cada vez que el club le otorgaba oficialmente el 10 a una superestrella, a un jugador destinado a marcar época, el patrón se repetía con una precisión matemática y aterradora.
Ascenso meteórico. Habilidades sobrehumanas. Y la muerte absoluta e irremediable a los dos años exactos de haber aceptado el número.
—Veo que has llegado a la parte interesante de nuestra ilustre historia blanca, chaval.
Mateo dio un respingo en su silla, casi derribando la pantalla de la máquina de microfilmes. Detrás de él, envuelto en una gabardina gastada y oliendo fuertemente a tabaco negro y ginebra barata, había un hombre de unos sesenta años. Tenía el rostro surcado por profundas arrugas, la barba rala de varios días y unos ojos grises que denotaban una inteligencia cansada y cínica.
—¿Quién es usted? —preguntó Mateo, poniéndose en pie, a la defensiva.
El hombre levantó las manos en un gesto apaciguador. —Tranquilo, chico prodigio. No soy de la prensa rosa, ni busco una foto de tus abdominales para el Instagram. Me llamo Arturo Rivas. Fui periodista deportivo. De hecho, fui jefe de redacción de El Eco de Madrid durante quince años. Hasta que cometí el error de investigar lo mismo que estás investigando tú ahora.
Arturo se sentó en la silla adyacente, tosiendo con dureza. —Florentino… bueno, el presidente y su junta directiva. Me destruyeron. Me tacharon de loco, conspiranoico, borracho. Aseguraron de que nunca más pudiera publicar ni un obituario en un periódico parroquial. Saben proteger muy bien su mayor secreto.
Mateo tragó saliva. Sus manos temblaban mientras señalaba los recortes de periódicos. —Todo esto… ¿Es real? ¿Todos murieron a los dos años?
—Veinticuatro meses exactos, ni un día más, ni un día menos —respondió Arturo, encendiendo un cigarrillo en medio de la biblioteca, ajeno a las normas—. Desde la época de Di Stéfano. Hubo un pacto, Mateo. Alguien, hace mucho tiempo, cuando el estadio era poco más que de madera y deudas, hizo un pacto para asegurar que la mística del club, la leyenda del “Rey de Europa”, nunca muriera. El precio de ser intocable, de tener una deidad en el centro del campo, requiere… sacrificios.
—¿Un pacto con quién? —susurró Mateo, sintiendo que el aire de la sala se volvía espeso y asfixiante.
—El diablo, la muerte, magia negra, una maldición celta bajo los cimientos del estadio… Llámalo como quieras. La semántica no importa cuando los cadáveres son reales —Arturo se inclinó hacia adelante, exhalando el humo directamente sobre los recortes—. El club necesita al Número 10 para dominar. La camiseta dota al portador de un talento celestial, trasciende las limitaciones físicas humanas. Piensa en ti mismo, Mateo. ¿Crees de verdad que esos goles que estás marcando salen de tus entrenamientos en Valdebebas? Eres rápido, sí, pero lo que haces ahora desafía las leyes de la física. Es magia prestada. Y el interés que se paga por ese préstamo es del cien por cien. Tu vida.
Mateo se llevó la mano al pecho, frotando inconscientemente la zona bajo la camiseta donde se encontraba la extraña marca oscura que seguía creciendo.
Arturo bajó la mirada hacia el pecho del jugador y sonrió con amargura. —Ya te ha salido el estigma, ¿verdad? Empezó como un puntito negro y ahora parece un diez torcido. Sí, Joao Ribeiro me lo enseñó llorando una semana antes de morir.
—Tiene que haber una forma de romperlo —la voz de Mateo sonó aguda, desesperada—. Renunciar al club. Romper el contrato. Darle el número a otro.
Arturo negó con la cabeza lentamente. —No funciona así. El pacto se sella en el momento en que aceptas la camiseta y juegas tu primer minuto. Eres de su propiedad. Si intentas huir, te matará antes. Hubo un jugador en los ochenta, un chaval argentino, intentó fugarse en un avión a Buenos Aires a los dieciocho meses. El avión sufrió una despresurización catastrófica. Murió él y ciento cincuenta personas más. La entidad no perdona la cobardía. Solo te queda una opción, Vargas.
—¿Cuál?
—Jugar. Jugar como si el diablo te llevara, ganar cada título posible en estos dos años, asegurar el bienestar financiero de tu familia para las próximas tres generaciones y prepararte para morir como una leyenda, envuelto en banderas blancas y lágrimas de cocodrilo del presidente. Eres un cordero sacrificial en el altar del fútbol moderno, chico. Y el césped del Bernabéu está regado con la sangre de los mejores.
Arturo se levantó, pisó el cigarrillo contra el suelo encerado de la biblioteca y se marchó, desapareciendo entre las estanterías de libros antiguos, dejando a Mateo Vargas a solas con el reloj de su propia muerte haciendo un tictac atronador en su cabeza.
CAPÍTULO TRES: LA SIMBIOSIS DEL TERROR Y EL TALENTO
El primer año transcurrió como un sueño febril.
Mateo Vargas no solo dominó el fútbol europeo; lo reescribió. Bajo su mando, el Real Madrid ganó La Liga con un mes de antelación, aplastando récords históricos de puntos y goles. Ganaron la Copa del Rey y, en una noche mágica en Londres, levantaron la Champions League, con Mateo anotando el gol de la victoria en el minuto 93 con una volea desde fuera del área que desafiaba toda biomecánica humana. Ganó el Balón de Oro por decisión unánime.
La prensa lo idolatraba, los niños querían ser él, las mujeres le adoraban. Era el dios absoluto de Madrid.
Pero tras la máscara de la sonrisa perfecta en las ruedas de prensa, se escondía un espectro consumido por la paranoia y el terror. A medida que su grandeza en el campo aumentaba, su vida personal se convertía en un erial. Se había distanciado de su familia, asustado de arrastrarles a su maldición. Cortó con su novia de la infancia, fabricando una excusa cruel para que ella se alejara de él y no tuviera que verle marchitarse o morir repentinamente.
La marca en su pecho era ahora del tamaño de la palma de una mano. Se había vuelto dolorosa al tacto, latiendo con un pulso propio, distinto al de su corazón, un ritmo oscuro y sordo que solo él podía sentir.
Comenzó a experimentar extraños fenómenos físicos. Fuera del campo, sufría de fríos repentinos que le congelaban hasta la médula, incluso en los días más calurosos del verano madrileño. Sus sentidos se agudizaron a un nivel doloroso; podía escuchar el zumbido de las luces a tres habitaciones de distancia, podía oler el miedo o la ansiedad en sus compañeros de equipo.
Y luego estaban las “visiones”.
No solo le ocurría en sueños, sino despierto, en pleno partido. A veces, cuando se preparaba para lanzar un penalti o una falta peligrosa, la grada frente a él parecía desvanecerse. En lugar de los miles de aficionados vestidos de blanco, veía un anfiteatro en ruinas, iluminado por antorchas, repleto de figuras encapuchadas y silenciosas. Y en la portería rival, el guardameta era reemplazado por una sombra alta, deforme, que le invitaba a marcar con un gesto burlón.
Cuanto más cerca estaba la muerte, más le exigía la “entidad” del estadio. Sus jugadas dejaron de ser meramente brillantes para volverse suicidas. Se lanzaba a balones divididos contra defensas fornidos sabiendo que su cuerpo, mágicamente protegido por el pacto temporal, saldría ileso mientras que los rivales acababan lesionados. Su fútbol se volvió agresivo, sádico, humillante para el adversario. La magia se estaba corrompiendo.
Fue al comienzo de su segunda temporada, faltándole exactamente once meses para su fecha límite, cuando Mateo decidió que no iba a morir arrodillado.
Volvió a contactar a Arturo Rivas. Esta vez, el encuentro no fue en una biblioteca, sino en un sórdido piso franco en el barrio de Vallecas, que Arturo utilizaba para no ser rastreado por los “perros de presa” del club.
—Estás demacrado, chico —dijo Arturo, ofreciéndole un vaso de whisky barato que Mateo rechazó—. Tienes unas ojeras que te llegan al mentón. Y, sin embargo, ayer corriste trece kilómetros y marcaste dos goles contra el Bayern. Es fascinante cómo la magia oscura ignora la putrefacción de la carne.
—Necesito detener esto, Arturo —dijo Mateo, su voz ronca, apenas un susurro rasposo—. Me da igual si tengo que dejar el fútbol. Me da igual si me quedo en silla de ruedas. Pero no quiero morir a los veintiún años en las duchas de un vestuario escupiendo sangre como Héctor. Tiene que haber una laguna en este puto contrato infernal.
Arturo suspiró pesadamente, rebuscando entre montones de papeles desordenados sobre su mesa. —He pasado los últimos quince años intentando encontrar esa fisura. La entidad, el club, el contrato… es perfecto. Exige una muerte a cambio de dos años de gloria. Pero… —Arturo hizo una pausa, sus ojos brillando con una mezcla de locura y esperanza—. Hay un mito. Una historia no documentada que ocurrió en los años cincuenta.
Mateo se inclinó sobre la mesa, desesperado. —¿Qué historia?
—Hubo un jugador antes de Di Stéfano. Un tipo llamado Manuel “El Ciclón” Domínguez. Llevaba el 10. Firmó el pacto sin saberlo. Y cuando llegaron los veinticuatro meses, la fecha de su cobro, estaba jugando la final de la Copa de Europa. El mito dice que Domínguez comprendió la naturaleza de su poder en pleno partido. Supo que la energía venía de la devoción ciega del estadio, de la idolatría masiva, del egocentrismo absoluto.
—¿Y qué hizo?
—Hizo lo único que la “entidad” no esperaba. Cometió un acto de traición absoluta contra el ídolo que había creado. Un acto de auto-sabotaje tan colosal, tan humillante y público, que la adoración de las masas se convirtió instantáneamente en odio. Rompió el vínculo de adoración. La entidad se alimenta de la gloria del 10. Si el 10 se convierte en el villano más odiado en el momento exacto en que la deuda debe ser cobrada, la magia se colapsa por una contradicción energética.
Mateo frunció el ceño, confundido. —¿Me estás diciendo que tengo que jugar mal? ¿Que me hagan un túnel, que pierda balones? Ya he jugado malos partidos y la marca en mi pecho sigue igual.
—No se trata de jugar mal, idiota —escupió Arturo—. Tiene que ser una traición imperdonable. Un acto de destrucción masiva contra el propio club. En el momento de mayor trascendencia, bajo la mirada del mundo entero, cuando la entidad esté lista para cosechar tu alma, tienes que robarle su gloria. Domínguez, supuestamente, se marcó tres goles en propia puerta a propósito en la final, le escupió al presidente en el palco y se bajó los pantalones ante la grada.
—¿Y qué le pasó? —preguntó Mateo, atónito.
—Que sobrevivió —sonrió Arturo lúgubremente—. Lo expulsaron del club, lo echaron de España, la prensa lo borró de la historia, terminó viviendo como un vagabundo en Argentina… pero vivió hasta los ochenta años. Rompió la maldición rompiendo su propia divinidad.
El silencio invadió la habitación. Mateo Vargas, el ídolo mundial, el niño de oro del fútbol moderno, miró sus manos, que en ese momento generaban millones de euros por segundo en patrocinios. Estaba considerando lanzar todo al fuego para poder respirar el aire de sus veintidós años.
—El problema es, Mateo —continuó Arturo, bajando la voz—, que el club aprendió de ese error. Por eso están tan encima de ti. Por eso controlan tu entorno, tus comidas, tus horarios. Si sospechan que vas a traicionar el pacto en el campo, te retirarán antes. Te matarán fuera del campo mediante un “accidente” para preservar tu leyenda inmaculada. La entidad prefiere a un mártir glorioso que a un traidor vivo. Si vas a hacerlo, tienes que ejecutar el plan el día de tu aniversario. Sin que nadie se lo huela. Tienes que engañar a los hombres del palco y a los demonios bajo el césped.
Faltaban once meses exactos para el 14 de septiembre. Su fecha de caducidad. Y ese año, el calendario deparaba un giro irónico, cruel y literario.
El 14 de septiembre de su segundo año se jugaría la primera jornada de la fase de grupos de la Champions League. En casa. En el Santiago Bernabéu. El escenario perfecto para una inmolación pública.
CAPÍTULO CUATRO: EL DESCENSO A LA LOCURA Y EL RELOJ DE ARENA
Los meses finales fueron una agonía prolongada. Mateo Vargas jugaba en piloto automático. El dolor en su pecho se había vuelto insoportable, obligándole a usar potentes analgésicos antes de cada partido, inyecciones que el médico del club –un hombre de mirada fría y sospechosamente complaciente– le administraba sin hacer preguntas.
Cada vez que Mateo miraba hacia el palco presidencial, veía al presidente sonriendo, aplaudiendo. Pero Mateo sabía lo que esa sonrisa escondía. Era la sonrisa de un granjero contemplando a su cerdo más gordo antes de San Martín. Ya estaban preparando los homenajes póstumos, las camisetas conmemorativas, el documental en Prime Video sobre “La trágica y corta vida del genio”. El club monetizaba hasta la muerte de sus estrellas.
Para no levantar sospechas, Mateo continuó su farsa de brillantez. De hecho, jugó mejor que nunca. Destrozaba a los rivales con una furia fría, calculada. Cada gol que marcaba, besaba el escudo frente a la grada de los ultras, alimentando el vínculo de idolatría que, secretamente, planeaba destruir.
“Adoradme”, pensaba mientras levantaba los brazos al cielo escuchando a ochenta mil personas corear su nombre. “Adoradme tanto que mi traición os destroce el alma”.
Pero la entidad oscura no era tonta. Sentía la discordancia en el corazón de Mateo. Los castigos físicos aumentaron. Las últimas dos semanas antes del 14 de septiembre, Mateo empezó a toser sangre negra en la intimidad de su baño. Sus venas se marcaban de un color violáceo oscuro bajo su piel pálida. El 10 en su pecho supuraba una sustancia negruzca. Estaba literalmente pudriéndose por dentro, sostenido únicamente por la magia negra del pacto que exigía su pago completo en el campo de juego.
Arturo Rivas le llamaba cada noche desde un teléfono público diferente. —Están reuniendo a los buitres, muchacho —le dijo tres días antes del partido clave—. He visto movimientos en la prensa afín al presidente. Ya tienen redactados los artículos sobre una supuesta “afección cardíaca detectada tardíamente” que te apartará del fútbol. Si no juegas ese partido, si te quedas en el banquillo, te matarán en el vestuario igual que a Héctor. Tienes que estar en el césped.
—Estaré —respondió Mateo, tosiendo y limpiándose la sangre con un pañuelo—. Tienen que alinearme. Soy el capitán ahora. Soy el jodido Balón de Oro. No pueden sentarme en el primer partido de la Champions sin provocar un motín en la prensa.
—Recuerda el plan, Vargas. No basta con jugar mal. Tienes que destruir el mito. Tienes que hacerles sangrar el corazón a los aficionados.
El 14 de septiembre amaneció lluvioso y gris en Madrid. El cielo encapotado parecía reflejar el estado de ánimo fúnebre de Mateo.
Llegó a Valdebebas para la concentración previa al partido. Al entrar al comedor, todos sus compañeros le saludaron con efusividad. Era el líder indiscutible. Sin embargo, al cruzar miradas con el presidente, que había bajado inusualmente a desear suerte al equipo, Mateo sintió un escalofrío.
El presidente se acercó a él, le puso una mano en el hombro y se inclinó hacia su oído. —Hoy es un día especial, Mateo. Hace exactamente dos años que te pusiste esa camiseta por primera vez. Nos has dado la gloria absoluta. Hoy… solo te pido que des el último aliento por este escudo. Hazlo inmortal. Hazte inmortal.
Las palabras eran una sentencia de muerte no declarada. El presidente lo sabía. Sabía que esta noche Mateo expiraría en el campo o en las duchas, y ya tenía preparado el discurso de luto.
—Daré todo lo que tengo dentro, presidente —respondió Mateo, forzando una sonrisa fría—. Todo.
El viaje en el autobús oficial por las calles de Madrid, rodeado de miles de aficionados escoltando al equipo con bengalas y cánticos, fue surrealista. Mateo miraba por la ventana a los niños que llevaban su camiseta con el número 10. “Os voy a romper el corazón”, pensaba, cerrando los ojos para aguantar las punzadas de dolor agudo que le atravesaban el pecho. “Pero es la única forma de seguir vivo”.
CAPÍTULO CINCO: EL JUICIO FINAL EN EL COLISEO BLANCO
El himno de la Champions League resonó por los altavoces del Santiago Bernabéu como un coro celestial y demoníaco a la vez. Mateo Vargas, con el brazalete de capitán en el brazo y el dorsal 10 a la espalda, estaba en el centro del campo.
Frente a ellos, el poderoso Paris Saint-Germain. Un rival de entidad para una noche de gala.
Al sentir el pitido inicial del árbitro, el reloj interno de Mateo llegó a cero. Las 21:00 horas del 14 de septiembre. El plazo había expirado.
De repente, el mundo se ralentizó. Mateo sintió cómo la sangre en sus venas dejaba de circular. Un frío sepulcral ascendió desde sus pies hasta su garganta. La entidad había venido a cobrar. Sintió que unos dedos invisibles y helados se cerraban alrededor de su corazón, listos para aplastarlo y provocar el “infarto repentino” que certificaría su muerte oficial.
“Ahora”, pensó Mateo. “Ahora o nunca”.
El balón llegó rodando suavemente hacia él, fruto de un pase inocente de su mediocentro defensivo. El estadio murmuró con anticipación. Siempre que Mateo tocaba el balón por primera vez, algo mágico sucedía.
Mateo controló el balón. Se giró. Pero en lugar de encarar hacia el campo del PSG, se dio la vuelta completamente, mirando hacia su propia portería.
El delantero rival, perplejo por la acción, se detuvo, creyendo que era una trampa, una jugada ensayada para atraer la presión. Mateo caminó lentamente con el balón hacia su propio arquero.
Los murmullos en la grada se transformaron en confusión. Su propio portero le gritó: “¡Dásela a la banda, Mateo! ¡Abre!”.
Mateo no lo hizo. Aceleró el paso. Conducía el balón directamente hacia su propia área penal. Los defensores del Real Madrid se apartaron, creyendo que el genio tenía algún plan incomprensible pero brillante.
Cuando estuvo a tres metros de su propio portero, que lo miraba con los ojos desorbitados, Mateo levantó la cabeza. Miró hacia el palco presidencial. Vio al presidente, de pie, con el rostro descompuesto, perdiendo por primera vez en su vida la compostura de mármol.
Mateo sonrió.
Y con un zapatazo brutal, violento, cargado con todo el dolor y la rabia de los últimos dos años, fusiló a su propio portero. El balón entró por la escuadra de su propia portería, reventando la red de la potencia del impacto.
El silencio que cayó sobre el Santiago Bernabéu fue más ensordecedor que cualquier estallido. Ochenta y cinco mil almas sufrieron un cortocircuito mental simultáneo. No hubo pitos. No hubo gritos. Hubo un vacío cósmico.
Mateo no se detuvo. Corrió hacia la grada del fondo sur, la zona de los hinchas más radicales, los Ultras, los que coreaban su nombre como si fuera un dios de la guerra.
Se paró frente a ellos. Levantó las manos. Y entonces, agarró la tela de su camiseta a la altura del pecho. Tiró con fuerza, desgarrando la inmaculada camiseta blanca del Real Madrid en dos mitades, escupiendo al suelo con desprecio y arrojando los jirones de tela ensangrentada y sudada directamente hacia los rostros de los aficionados atónitos.
Se quedó a pecho descubierto, revelando a todo el estadio la grotesca marca negra en forma de 10 que supuraba veneno negro, y levantó el dedo corazón hacia el palco presidencial.
La ilusión se rompió.
El amor ciego, la devoción absoluta, se transformó en milisegundos en el odio más puro, primitivo y venenoso que jamás se haya vertido en un estadio de fútbol.
Ochenta mil voces estallaron en un torrente de insultos, furia y decepción. La energía del estadio cambió. Ya no era un cáliz de idolatría dorada ofreciendo poder a una entidad ancestral. Era un pozo de bilis hirviente, de odio inyectado en sangre hacia el hombre que acaba de mearse sobre su sagrada religión blanca.
Mateo cayó de rodillas en el césped.
Los dedos helados que apretaban su corazón dudaron. La magia que lo alimentaba e intentaba asesinarlo, sustentada por el amor incondicional, chocó brutalmente contra el tsunami de odio real de la multitud. La entidad se retorció, confusa, privada de su alimento.
Mateo empezó a vomitar. Pero ya no era sangre negra. Era bilis normal, ácida y humana. El dolor agudo de su pecho estalló como una granada, arrancándole un grito agónico que se perdió entre los abucheos y silbidos monumentales de la grada que pedía su cabeza.
Varios jugadores de su equipo corrieron hacia él, furiosos, empujándolo, gritándole traidor, vendido. El árbitro se acercó corriendo, sacando frenéticamente la tarjeta roja directa, expulsándolo del partido a los cuarenta segundos de haber comenzado.
Mateo estaba tirado en el suelo, pateado por sus propios compañeros, odiado por su afición, expulsado de su templo, destruido públicamente para siempre. Su carrera estaba acabada. Su nombre sería sinónimo de infamia, de locura y de traición en los libros de historia del deporte para el resto de la eternidad.
Mientras los agentes de seguridad del estadio corrían hacia él para sacarlo del campo a rastras, protegiéndolo de los objetos que caían desde la grada, Mateo miró el cielo nublado de Madrid.
Respiró hondo. El aire llenó sus pulmones limpios. El frío sepulcral había desaparecido. Su corazón latía con un ritmo acelerado, dolorido, pero firme. Un corazón libre, defectuoso y humano.
Había perdido todo. Su fama, su dinero, su legado, el juego que amaba. Era el mayor paria de la historia de España.
Pero mientras los guardias lo arrastraban por el túnel oscuro de los vestuarios, alejándolo de las luces y del ruido del odio, Mateo Vargas, el último portador del maldito número 10, cerró los ojos y sonrió de verdad por primera vez en dos años.
Estaba vivo.
CAPÍTULO SEIS: EL PURGATORIO DEL PARIA
El túnel de vestuarios del Santiago Bernabéu, habitualmente un pasillo de luz blanca y mármol pulido diseñado para intimidar al rival y engrandecer al jugador local, se había convertido en un abismo lúgubre. Los guardias de seguridad privada del club, hombres fornidos con trajes oscuros y pinganillos en las orejas, no trataban a Mateo Vargas como a su capitán. Lo arrastraban como a un animal rabioso, un perro sarnoso que había profanado el altar mayor de una catedral durante la misa de gallo.
Cada paso resonaba con el eco lejano del estadio, que seguía bramando en una histeria colectiva. Los cánticos, antes melodías de adoración, eran ahora un rugido uniforme de odio. “¡Hijo de puta!”, “¡Muérete, traidor!”, “¡Que lo maten!”. La acústica del estadio canalizaba ese odio hacia el túnel como un viento huracanado.
A Mateo no le importaba. El dolor punzante y antinatural en su pecho, ese latido oscuro que había amenazado con reventarle el corazón durante semanas, se estaba desvaneciendo. En su lugar, sentía el escozor físico y terrenal de las contusiones provocadas por sus propios compañeros al patearle en el césped. Era un dolor hermoso. Era el dolor de los vivos.
Los guardias lo empujaron con violencia hacia el interior de una pequeña sala sin ventanas, habitualmente utilizada para los controles antidoping. Mateo tropezó y cayó al suelo de baldosas frías, manchando el suelo con la sangre que aún le manaba del labio partido. La puerta de acero se cerró a sus espaldas con un chasquido metálico definitivo. El silencio en la habitación fue abrumador, apenas interrumpido por su propia respiración agitada.
Se sentó contra la pared, abrazando sus rodillas. No llevaba camiseta, su torso desnudo mostraba la grotesca cicatriz. Pero al bajar la mirada, notó algo milagroso. La mancha negra, el 10 corrupto que supuraba veneno negro, estaba retrayéndose. Ya no latía. El veneno se había secado, convirtiéndose en una costra escamosa que empezaba a desprenderse como la piel muerta de una serpiente. Al rascarla suavemente con la uña, la costra negra cayó al suelo, revelando debajo una piel enrojecida, tierna, pero humana. La infección mágica había sido purgada por la bilis de ochenta mil almas.
La puerta se abrió de golpe.
La figura que se recortó en el umbral no era la de un médico, ni la de un entrenador. Era el presidente del Real Madrid.
El hombre, cuyo rostro solía ser una máscara de afabilidad corporativa y poder sereno, estaba transfigurado. Sus ojos, normalmente fríos y calculadores, ardían con una furia irracional, casi demoníaca. Las venas de su cuello palpitaban amenazando con estallar bajo el cuello de su camisa de seda italiana. Cerró la puerta tras de sí con un movimiento lento y deliberado, girando la llave.
—¿Qué has hecho? —su voz no fue un grito, sino un siseo venenoso, más aterrador que cualquier alarido.
Mateo no se levantó. Apoyó la cabeza contra la pared de azulejos y le sostuvo la mirada, esbozando una sonrisa torcida, manchada de sangre.
—Sobrevivir, presidente. He sobrevivido a su maldito matadero.
El presidente dio dos pasos rápidos hacia él, alzando un puño cerrado, pero se detuvo, como si tocar a Mateo le produjera repulsión física.
—Eras un dios, niñato insolente —escupió el hombre, su voz temblando de rabia contenida—. Te dimos el mundo. Te convertimos en la reencarnación de la gloria. Y tú… tú te cagas en el escudo, te marcas un gol en propia puerta y te ríes en nuestra cara en el mayor escenario del mundo. ¿Tienes idea de lo que has destruido? ¡Las acciones del club caerán en picado! ¡Los patrocinadores retirarán millones! ¡Has manchado una leyenda que tardó cien años en construirse!
—La leyenda estaba manchada de sangre desde el principio —replicó Mateo, su voz ronca pero firme—. Héctor, Joao, Carlos… decenas de cadáveres bajo el césped inmaculado. Usted es el verdadero asesino. Usted y ese… monstruo con el que alimentan su ego. Yo solo me he negado a ser el plato principal de esta noche.
El rostro del presidente palideció ligeramente al escuchar los nombres. Un destello de genuina inquietud cruzó sus ojos antes de que la máscara de ira volviera a colocarse en su sitio.
—No sabes nada de cómo funciona el mundo, Vargas. No hay monstruos. Hay poder. Y el poder requiere sacrificios. El Real Madrid no es un club de fútbol, es un imperio. Y los imperios se riegan con sangre para que las flores sigan creciendo para el populacho. El número 10 es un pacto sagrado. Tú firmaste ese pacto al aceptar la camiseta.
—Un contrato nulo si la otra parte te engaña —Mateo tosió, sintiendo que sus pulmones se expandían con normalidad por primera vez en años—. Esperaban que yo muriera hoy por una “dolencia cardíaca”. Ya tenían el comunicado de prensa escrito, ¿verdad? El mártir perfecto. Pero me negué. Y al convertirme en el villano, rompí el canal de energía. Sentí cómo la entidad se asfixiaba allá fuera. La he dejado hambrienta.
El presidente se agachó hasta quedar a la altura del rostro de Mateo. Su aliento olía a café amargo y a estrés.
—Escúchame bien, escoria. Podrás haber burlado la muerte hoy, pero tu vida ha terminado. Voy a asegurarme de que la prensa te devore vivo. Diremos que sufriste un brote psicótico inducido por drogas duras. Diremos que apostaste en contra de tu propio equipo por deudas con las mafias rusas. Hundiré a tu familia. Destruiré a cualquier persona que se atreva a pronunciar tu nombre sin escupir después. Ya no existes. Eres un fantasma mucho más patético que los muertos.
Mateo sonrió abiertamente, mostrando los dientes manchados de rojo. —Haga lo que quiera, presidente. Prefiero ser un fantasma vivo que un cadáver de oro.
El presidente se puso en pie, alisándose el traje con manos temblorosas. Caminó hacia la puerta, giró la llave y se volvió por última vez. —Sáquenlo de aquí —le ordenó a los guardias que esperaban fuera—. Echadlo por la puerta de servicio de carga. Que se las arregle con los ultras que están destrozando contenedores ahí fuera. Si lo matan a golpes, el club no sabe nada. Era un drogadicto enloquecido.
La puerta se cerró. Los guardias entraron, agarraron a Mateo por los brazos y lo levantaron en vilo.
El trayecto por las catacumbas del estadio fue un descenso a los infiernos. Lo llevaron por pasillos industriales, lejos del glamour de las zonas VIP, entre tuberías de calefacción y olor a basura acumulada. Finalmente, abrieron una pesada puerta metálica que daba a un callejón trasero. La lluvia caía con fuerza sobre Madrid. A lo lejos, se escuchaban las sirenas de la policía antidisturbios y los gritos de una turba enfurecida que exigía la cabeza del traidor.
Los guardias lo lanzaron literalmente a la acera mojada. Mateo rodó por el asfalto, raspándose las rodillas y los codos. Cuando levantó la vista, la puerta metálica ya se había cerrado. Estaba solo, semidesnudo, bajo la lluvia, a solo dos calles de una multitud que lo lincharía sin dudarlo.
Y entonces, un viejo Peugeot 205 de color gris abollado frenó bruscamente frente a él, salpicando agua sucia. La puerta del copiloto se abrió.
En el asiento del conductor, iluminado por el tenue resplandor de una farola parpadeante, estaba Arturo Rivas, con un cigarrillo a medio consumir colgando de los labios.
—Sube, niño prodigio —gruñó el viejo periodista—. A menos que quieras comprobar si los bates de béisbol de los ultras también son mágicos.
Mateo no se lo pensó dos veces. Se metió en el coche, empapado y temblando, y cerró la puerta. Arturo pisó el acelerador a fondo, perdiéndose en el laberinto de callejuelas madrileñas, alejándose del templo en llamas.
CAPÍTULO SIETE: CENIZAS Y HUIDA
El refugio de Arturo en Vallecas olía a humedad, a libros viejos y a tabaco negro. Mateo estaba sentado en un sofá hundido, envuelto en una manta raída, sosteniendo una taza de té hirviendo que apenas sentía en sus manos entumecidas.
En la pequeña televisión de tubo de la esquina, todos los canales de noticias estaban en emisión continua. Las imágenes de su traición se repetían en un bucle hipnótico. El disparo a su propio portero. La camiseta rasgada. El dedo alzado hacia el palco. Analistas deportivos, exjugadores y psicólogos desfilaban por las pantallas con rostros circunspectos, utilizando palabras como “tragedia”, “locura transitoria”, “traición histórica” y “escándalo mundial”.
—El presidente no ha perdido el tiempo —comentó Arturo, cambiando de canal—. Ya han filtrado la historia de las drogas y la ludopatía. En veinticuatro horas, habrá una orden de búsqueda y captura para interrogarte por fraude deportivo. Te van a embargar las cuentas, anularán tus contratos. Te van a borrar del mapa.
Mateo dio un sorbo al té. El líquido caliente le reconfortó. Se tocó el pecho. La cicatriz ya no dolía. —No me importa, Arturo. Estoy vivo. Eso es más de lo que pudieron decir Joao o Héctor.
Arturo se sentó frente a él, encendiendo un nuevo cigarrillo. Su rostro, iluminado por el parpadeo del televisor, parecía más cansado que nunca, pero sus ojos brillaban con un respeto renovado. —Lo lograste, muchacho. Tuviste las agallas de hacer lo que nadie más pudo. Rompiste el ciclo de alimentación del demonio blanco. Pero…
Mateo frunció el ceño. —¿Pero qué?
—Esa entidad… sea lo que sea, un tulpa creado por la obsesión colectiva, un demonio invocado en los cimientos del estadio, magia negra antigua… no está muerta. Está hambrienta. Y está furiosa. Le has arrebatado su festín en el último segundo. El club ha perdido su núcleo de poder místico. Harán lo que sea para recuperarlo. Y no pueden dejar un cabo suelto que conozca la verdad caminando por ahí.
—¿Crees que me buscarán para matarme?
—No lo creo. Lo sé —afirmó Arturo—. El presidente controla a policías, a jueces, a la prensa. Pero también controla a gente que limpia sus problemas por debajo de la mesa. En España eres el hombre más odiado. Un “suicidio” por remordimiento cerraría la historia a la perfección. No puedes quedarte aquí. Ni en Madrid, ni en Europa.
Mateo asintió lentamente, asimilando la realidad de su nueva vida. —¿A dónde voy? Mis cuentas están congeladas. No tengo el pasaporte encima.
Arturo sonrió lúgubremente y sacó un sobre grueso de papel manila de su chaqueta. Se lo lanzó a Mateo. —He estado preparándome para esto desde hace años, esperando que algún día algún pobre desgraciado tuviera el valor de romper el pacto. Ahí dentro hay un pasaporte falso de la Unión Europea a nombre de Martín Soler. Billetes de avión. Dinero en efectivo. Suficiente para desaparecer durante mucho tiempo.
Mateo abrió el sobre. Había fajos de billetes de cien euros y un pasaporte con su foto, pero con el pelo teñido de negro y barba. —¿A dónde me envías, Arturo?
—Al sur. Muy al sur. A donde fue a parar Manuel “El Ciclón” Domínguez cuando hizo lo mismo que tú en los años cincuenta. Argentina. La Patagonia. Un lugar remoto, frío y olvidado de la mano de Dios, donde a nadie le importa el fútbol europeo ni la cara de los niños prodigio.
—¿Y qué pasa contigo? —preguntó Mateo, sintiendo un nudo en la garganta. Este viejo borracho y paranoico era la única razón por la que seguía respirando.
—Yo me quedo. Mi vida es esta investigación. Quiero ver cómo se desmorona el club ahora que les has quitado su batería mágica. Quiero ver cómo pierden partidos, cómo la entidad se alimenta de ellos mismos en su desesperación. Estaré bien. Tengo escondites que ni los servicios de inteligencia encontrarían.
Esa misma madrugada, Mateo Vargas se cortó el pelo al ras, se tiñó de oscuro, se puso unas gafas sin graduación y se enfundó en ropa ancha y vieja. Arturo le llevó a un aeródromo privado a las afueras de Toledo, donde un piloto de confianza —un viejo amigo de Arturo con afición por el contrabando— lo esperaba para cruzar el charco hacia Sudamérica.
Al pie de la escalerilla de la avioneta, Mateo abrazó a Arturo. Fue un abrazo torpe pero profundo. —Gracias, viejo. Me salvaste el alma.
—Mantente alejado del fútbol, muchacho —le advirtió Arturo, sosteniéndolo por los hombros—. Prométemelo. No vuelvas a tocar un balón de reglamento. No atraigas miradas. La oscuridad tiene una memoria muy larga.
Mateo asintió. Subió al avión y no miró atrás. Mientras la aeronave despegaba y atravesaba las nubes de tormenta que cubrían la península ibérica, Mateo miró la pequeña cicatriz roja en su pecho. El número 10 había desaparecido, dejando solo una marca amorfa.
Era libre. Pero el precio de esa libertad era el destierro absoluto.
CAPÍTULO OCHO: EL EXILIO EN EL FIN DEL MUNDO (DIEZ AÑOS DESPUÉS)
El viento en Ushuaia, Argentina, no sopla; aúlla. Es un viento cortante, antártico, que te hiela los huesos y te recuerda constantemente que estás en el fin del mundo.
Martín Soler, un hombre de treinta y un años de barba tupida, ojos cansados y manos endurecidas por el trabajo físico, levantó una caja de madera llena de centollas y la colocó en la parte trasera de la furgoneta de reparto. El olor a salitre, a pescado y a gasoil era su perfume diario. Trabajaba en la lonja del puerto, cargando y descargando mercancía, un trabajo monótono y agotador que dejaba su mente en blanco. Exactamente lo que necesitaba.
Diez años habían pasado desde la noche que destruyó su vida para salvarla. Diez años desde que el nombre de Mateo Vargas se convirtiera en un tabú, en el peor villano de la historia del deporte español.
Su adaptación a Tierra del Fuego había sido dura. Los primeros años los pasó lidiando con el síndrome de abstinencia, no de drogas, sino de la magia. Su cuerpo había estado dopado por una energía sobrenatural; sin ella, se sentía pesado, torpe, como un adicto en rehabilitación. Sufría pesadillas recurrentes donde el estadio lo engullía, donde volvía a escupir sangre negra en las duchas.
Pero el tiempo, el frío y el aislamiento fueron curando las heridas. En Ushuaia, nadie le reconoció. A los pescadores locales no les importaba la Champions League, y mucho menos las estrellas fugaces caídas en desgracia de hacía una década. Martín construyó una vida tranquila. Tenía una pequeña cabaña de madera cerca del glaciar Martial, un perro mestizo llamado “Tronco” y una rutina inquebrantable.
No había vuelto a tocar un balón de fútbol. Ni siquiera veía los partidos en el bar local cuando los trabajadores se juntaban a tomar cerveza. El fútbol le producía náuseas. Le recordaba el olor a linimento y sangre, la sonrisa fúnebre del presidente y los ojos en blanco de Héctor Silva.
Una tarde de martes, al terminar su turno, Martín se dirigió a la oficina de correos del pueblo. Mantenía un sistema de comunicación rudimentario y altamente encriptado con Arturo. Una vez al año, recibía una postal desde un lugar diferente de Europa. Nunca ponía remitente, solo una imagen genérica y una frase críptica en el dorso que le confirmaba que el viejo periodista seguía vivo y vigilando.
La chica del mostrador le entregó un sobre marrón, ligeramente arrugado. No era una postal. Era una carta. Y tenía matasellos de Madrid.
El corazón de Martín dio un vuelco. Se apartó hacia una esquina de la oficina, sus manos grandes y callosas temblando ligeramente mientras rasgaba el papel. Dentro, no encontró la letra desaliñada y apresurada de Arturo. Era una caligrafía femenina, ordenada y firme.
Y una fotografía impresa en papel barato.
La fotografía mostraba el estadio Santiago Bernabéu. En el centro del campo, un joven de no más de dieciocho años, con rostro asustado pero iluminado por los flashes, sostenía una camiseta blanca con su nombre a la espalda. Debajo del nombre, brillaba con una intensidad maldita el número 10.
La carta decía:
“Martín. Sé quién eres. Mi nombre es Elena Rivas. Soy la sobrina de Arturo. Mi tío falleció hace tres semanas. Oficialmente, un infarto en su casa. Extraoficialmente, encontré sus archivos quemados y marcas de inyecciones en su cuello. Lo silenciaron. Pero antes de morir, me dejó instrucciones para encontrarte. Me dijo que tú eras el único que lo entendía. Durante diez años, el Real Madrid ha estado hundido en la mediocridad. No han ganado nada. La entidad estaba hambrienta, débil. Pero han encontrado un nuevo recipiente. Un chico brasileño, una promesa mundial. Le han dado el número 10 hace un mes. Ha empezado a marcar goles imposibles. Ha empezado a brillar con esa luz antinatural. Mi tío creía que tu huida solo había pausado el reloj, no había destruido el mecanismo. El presidente ha vuelto a hacer el pacto. Van a matar a este chico para recuperar su imperio. Arturo me dijo que, si le pasaba algo, te pidiera que terminaras lo que empezaste. No te pido que vuelvas por el fútbol. Te pido que vuelvas para destruir la carnicería. Adjunto un número de teléfono seguro. Elena.”
Martín dejó caer la mano que sostenía la carta. El frío polar de Ushuaia pareció penetrar directamente en su pecho, justo en el lugar donde la cicatriz roja latía débilmente, como si despertara de una larga hibernación.
Cerró los ojos. Vio el charco de sangre en el vestuario. Vio a Héctor Silva muriendo. Vio la sonrisa del presidente.
Había huido al fin del mundo creyendo que había salvado el mundo, cuando en realidad, solo se había salvado a sí mismo, dejando el altar intacto para la siguiente víctima.
Martín arrugó la carta y la metió en el bolsillo de su abrigo. Miró a su perro, que movía la cola esperándolo bajo la nieve.
—Nos vamos, Tronco —susurró, con la voz ronca, endurecida por diez años de silencio y culpa—. Tenemos que quemar un estadio.
CAPÍTULO NUEVE: EL REGRESO AL INFIERNO
Madrid lo recibió con una ola de calor asfixiante, el típico horno urbano de agosto que convierte el asfalto en una trampa pegajosa. Martín Soler, o mejor dicho, Mateo Vargas, caminaba por la Gran Vía con la cabeza gacha, oculta bajo una gorra de béisbol y unas gafas de sol. Su transformación física era su mejor escudo. Ya no era el atleta estilizado y ágil de diecinueve años. Era un hombre fornido, de hombros anchos curtidos por el peso de las cajas del puerto, con el rostro cruzado por la intemperie y una barba cerrada que ocultaba sus facciones. Nadie prestaba atención a un obrero más en la metrópolis.
Había contactado con Elena desde un locutorio en Buenos Aires y coordinado el encuentro en una cafetería discreta del barrio de Chamberí, lejos del circuito turístico y futbolístico.
Elena resultó ser una mujer de unos treinta años, de mirada inteligente y nerviosa, que compartía el rasgo familiar de morderse el labio inferior cuando estaba ansiosa, igual que su difunto tío.
Cuando Mateo se sentó frente a ella, Elena lo examinó en silencio durante largos segundos. —Dios mío… —susurró ella—. Realmente eres tú. Arturo me hablaba de ti como si fueras un mito. El único cordero que escapó del matadero de Chamartín.
—Siento lo de tu tío, Elena. Era un buen hombre. El único hombre con decencia en todo este maldito circo.
Elena asintió, conteniendo las lágrimas con un parpadeo rápido. —No murió en vano. Sus últimas semanas las pasó obsesionado con los planos originales del Santiago Bernabéu. Desde la última gran remodelación, el club aprovechó para excavar varios metros bajo tierra para el césped retráctil y los sistemas de ventilación. Pero Arturo descubrió que hay una sección subterránea que no figura en los registros públicos de arquitectura del Ayuntamiento. Una antigua cripta, o sótano, que data de los tiempos de la Guerra Civil, mucho antes de que el estadio se llamara así.
Mateo frunció el ceño. —¿Qué hay allí abajo?
—Arturo creía que es el centro del pacto. El ancla. La entidad que otorga el poder del Número 10 no es omnipresente. Está atada a un lugar físico, a un objeto, a un contrato de sangre. Los jugadores mueren, la energía fluye, pero la conexión se realiza allí abajo. El presidente y su círculo íntimo tienen acceso exclusivo. Allí es donde “firman” el pacto los nuevos números 10, creyendo que es una simple ceremonia de secretismo institucional.
Elena sacó de su bolso un grueso sobre y deslizó sobre la mesa unos planos fotocopiados y algunas fotografías granuladas. —Este es el nuevo chico —señaló Elena una de las fotos.
Mateo sintió un escalofrío al mirar la imagen. Era un muchacho brasileño, Leo Santos, apenas un niño de diecisiete años. En la foto, sonreía levantando el pulgar en su presentación. Pero Mateo conocía esa mirada. Detrás del brillo de la ambición, ya se atisbaba la sombra del terror. El chico ya estaba sintiendo el peso de la marca en su pecho.
—Lleva dos meses jugando —dijo Elena—. Está rompiendo todos los récords de precocidad. La prensa vuelve a hablar de magia, de un regalo de los dioses. El Real Madrid ha recuperado su estatus de favorito para ganarlo todo. Las acciones han subido un cuatrocientos por ciento. El presidente está exultante. Pero el chico… lo vi salir de la clínica privada del club la semana pasada. Iba encorvado, pálido como la cera. El reloj de arena está corriendo de nuevo.
—Dos años —murmuró Mateo, su voz llena de un odio profundo—. Tienen dos años para exprimirlo antes de asesinarlo.
—No podemos permitirlo, Mateo. Arturo me dijo que tú destruiste la conexión pública, la idolatría. Pero la conexión raíz sigue intacta. Para acabar con esto de una vez por todas, hay que cortar la raíz muerta. Hay que entrar en esa cripta y destruir el pacto original.
—El Bernabéu es hoy en día una fortaleza de máxima seguridad, Elena. Hay cámaras con reconocimiento facial, detectores infrarrojos, guardias privados armados en cada esquina. No es una biblioteca pública donde uno puede colarse de noche.
Elena esbozó una sonrisa que le recordó dolorosamente a la sonrisa cínica de Arturo. —Por eso he gastado todos los ahorros de mi tío, y los míos, en esto.
Deslizó una tarjeta plástica sobre la mesa. Era una acreditación de seguridad con nivel de acceso “Zona Cero”, perteneciente a la empresa subcontratada que realizaba el mantenimiento de los sistemas de aclimatación del césped subterráneo. Junto a la tarjeta, un uniforme azul con el logotipo de la empresa de mantenimiento.
—El próximo sábado por la noche hay un parón de selecciones. El estadio estará completamente vacío, sin eventos ni partidos. El equipo de mantenimiento principal tiene descanso. Solo queda una guardia mínima de seguridad. He hackeado los turnos. Tienes una ventana de cuarenta y cinco minutos entre las 3:00 am y las 3:45 am para entrar, bajar a las catacumbas, hacer lo que tengas que hacer y salir antes de que cambie la guardia de los monitores de seguridad.
Mateo miró la tarjeta. Tomarla significaba volver a entrar en las fauces de la bestia que casi lo devora diez años atrás. Significaba arriesgar su libertad, su vida tranquila en el fin del mundo.
Pero luego miró la fotografía del joven Leo Santos. Recordó el charco de sangre negra de Héctor Silva. Recordó el sonido del cuello de Arturo rompiéndose en su propio salón.
Su mano, grande y callosa, se cerró sobre la tarjeta de seguridad. —Consígueme gasolina, Elena. Mucha gasolina. Y un par de bengalas de magnesio, de las que usan los ultras en los fondos. Vamos a prenderle fuego a los cimientos del infierno.
CAPÍTULO DIEZ: LAS ENTRAÑAS DEL MONSTRUO
Las 3:15 de la madrugada. El Santiago Bernabéu, un coloso de acero y cristal que dominaba la avenida de la Castellana, dormía bajo un silencio sepulcral.
Mateo Vargas, vestido con el mono de trabajo azul, gorra hundida sobre los ojos y empujando un carro de herramientas pesado (que en realidad contenía dos bidones de gasolina y herramientas de corte), pasó su tarjeta por el lector del acceso de carga subterráneo. El piloto rojo parpadeó un segundo antes de volverse verde. El pesado portón metálico se deslizó con un zumbido industrial. Estaba dentro.
El aire acondicionado del interior le golpeó el rostro. Olía a hierba recién cortada, a productos químicos y a algo más profundo, un olor metálico y antiguo que despertó recuerdos dormidos en la cicatriz de su pecho, que comenzó a picar furiosamente. La entidad sentía su presencia.
Avanzó por los pasillos de servicio siguiendo el mapa memorizado que Elena le había proporcionado. Esquivó las zonas donde las cámaras tenían ángulos muertos, un camino trazado meticulosamente por el fallecido Arturo.
El estadio por dentro, vacío y en semipenumbra, era un laberinto espeluznante. Llegó hasta la sala de control de la cueva del césped retráctil, un prodigio de la ingeniería moderna donde el campo de juego se dividía en bandejas y se almacenaba bajo tierra con iluminación artificial.
Pero su objetivo estaba más abajo.
Encontró la puerta de mantenimiento del nivel -4. Una pesada compuerta de acero oxidado que contrastaba brutalmente con la modernidad tecnológica del resto del edificio. No había cerradura electrónica aquí, sino un candado macizo de aspecto antiguo. Mateo sacó unas cizallas hidráulicas de su carro y, con un esfuerzo que hizo crujir sus músculos, partió el arco de acero.
La puerta cedió con un gemido agudo. Al otro lado, no había luz eléctrica. Solo unas escaleras de piedra de granito toscamente talladas que descendían en espiral hacia la oscuridad. Mateo encendió la linterna frontal de su casco y comenzó el descenso. El aire se volvió inmediatamente frío y denso, saturado de humedad y de un hedor a podredumbre seca, como de pergaminos viejos y polvo de huesos.
Al final de las escaleras, el haz de luz iluminó una sala abovedada de piedra. Las paredes estaban desnudas, salvo por unos extraños grabados en la roca que parecían una mezcla de símbolos esotéricos y diagramas de alineaciones de fútbol tácticas. En el centro de la sala, había un pedestal de mármol negro.
Mateo se acercó lentamente, sintiendo que cada paso requería un esfuerzo titánico, como si caminara bajo el agua. El aire pulsaba con una energía oscura, una vibración baja que le zumbaba en los oídos.
Sobre el pedestal de mármol, descansaba un libro grande, encuadernado en cuero escamoso y oscuro. A su lado, un cáliz de oro macizo y una pluma de estilo antiguo. Y esparcidas por el suelo alrededor del pedestal, formando un círculo casi perfecto, había decenas de camisetas de color blanco prístino. Algunas eran de algodón grueso de los años cincuenta, otras de fibras modernas. Todas tenían el número 10 a la espalda. Y todas tenían manchas oscuras y secas en la zona del pecho. Las camisetas de los caídos. Héctor, Joao, Carlos, y tantos otros nombres borrados por la gloria del club.
Mateo se acercó al libro y lo abrió con manos temblorosas.
Las páginas no estaban hechas de papel, sino de un pergamino grueso que parecía piel curada. No había contratos legales escritos allí. Solo firmas. Nombres garabateados con una tinta roja brillante, casi fresca, a pesar de los años. Cada página contenía un solo nombre y una fecha de inicio y finalización.
Encontró la página de Héctor Silva. Fechas exactas. Dos años de diferencia. Pasó las páginas frenéticamente.
Encontró la suya propia. “Mateo Vargas”. Firmado, no con su puño y letra, sino mágicamente imbuido la primera vez que se puso la camiseta en aquel vestuario ensangrentado. Su fecha de expiración estaba allí, pero la firma estaba tachada con un trazo violento y negro. Su traición había anulado el pago.
Y en la última página, brillante y fresca, el nombre de “Leonardo Santos”. La sangre aún parecía húmeda.
—Has vuelto al matadero, corderito. Qué conmovedor.
La voz resonó en la cripta, amplificada por las paredes de piedra. Mateo giró rápidamente, enfocando su linterna hacia las sombras al pie de las escaleras.
De la oscuridad emergió la figura elegante e inconfundible del presidente del Real Madrid.
El hombre había envejecido en estos diez años; su pelo era completamente blanco y caminaba con un bastón de empuñadura de plata, pero su mirada seguía siendo tan gélida y despiadada como aquella noche en el cuarto de interrogatorios. Detrás de él, dos hombres enormes con trajes oscuros y armas silenciadas en las manos bloquearon la salida.
—Me avisaron de una brecha en la seguridad exterior hace quince minutos —dijo el presidente, bajando los últimos peldaños con calma—. Pensé que sería algún ladrón de chatarra corporativa. Pero al ver que la intrusión se dirigía al nivel -4… supe que tenías que ser tú. O tú, o el fantasma del viejo borracho de Rivas. Pero ya nos ocupamos de él.
Mateo no retrocedió. Apretó los puños. —Su imperio se basa en la sangre de niños inocentes. Es usted un monstruo, un parásito que se alimenta de sueños ajenos.
El presidente se rió con una risa seca, como hojas muertas crujiendo. —Sigues siendo un ingenuo sentimental, Vargas. ¿Crees que la gente que llena las gradas allá arriba no sabe, en el fondo, que algo así ocurre? ¿Tú crees que a los millones de fans en Asia, América y Europa les importa cómo se fabrica la salchicha, mientras sepan bien en el campo? Quieren ídolos. Quieren semidioses que realicen milagros los miércoles por la noche. Y nosotros se los damos. Este libro —señaló el pedestal con su bastón— no es una maldición. Es un acuerdo de negocios con las fuerzas que rigen verdaderamente este mundo. A cambio de la gloria eterna de la institución, ofrecemos tributo temporal.
—Se acabó el tributo —rugió Mateo. En un movimiento rápido, pateó su carro de herramientas. Los bidones de gasolina cayeron al suelo de piedra, abriéndose y derramando litros de combustible de alto octanaje por toda la cripta, empapando las camisetas malditas del suelo y salpicando el pedestal.
Los guardias alzaron sus armas, apuntando directamente a la cabeza de Mateo.
—¡Quietos! —gritó el presidente, sus ojos abriéndose con genuino terror—. ¡Si disparáis aquí abajo, todo volará por los aires! ¡El libro, imbéciles, el libro!
Mateo sacó de su bolsillo del mono una de las bengalas de magnesio. Con un movimiento rápido de la mano, arrancó el seguro. Una chispa cegadora roja iluminó la cripta, chisporroteando con un calor feroz.
El olor a pólvora y azufre se mezcló con los vapores de la gasolina.
—Esto no te devolverá tu vida, Vargas —dijo el presidente, retrocediendo hacia las escaleras, su voz perdiendo la compostura—. Te pudrirás en la cárcel. Te mataré con mis propias manos. ¡El pacto no se puede quemar! ¡Está protegido!
—Vamos a comprobarlo —dijo Mateo.
Y con un arco limpio, lanzó la bengala roja directamente sobre el libro en el pedestal de mármol.
El fuego no fue normal. Al entrar en contacto la gasolina, la bengala y el libro mágico, se produjo una explosión de llamas, pero no de color naranja o rojo, sino de un azul intenso y fantasmal. Una onda de choque invisible, cargada de una energía repulsiva y fría, tiró a Mateo de espaldas, golpeándose duramente contra la pared de piedra.
Los dos guardias salieron despedidos hacia atrás, chocando contra las escaleras. El presidente cayó de rodillas, gritando, llevándose las manos a la cabeza.
De las llamas azules del pedestal, surgió un sonido indescriptible. Era como el aullido de millones de gargantas simultáneas, un grito de dolor cósmico y de hambre frustrada. La entidad que habitaba en los cimientos del estadio, el demonio que se alimentaba de la adoración y la sangre, estaba siendo consumida por su propia destrucción.
El fuego se extendió por el suelo, devorando rápidamente el círculo de las camisetas de los números 10 caídos. A medida que cada camiseta se convertía en cenizas, Mateo sintió como si un peso invisible se levantara de la atmósfera de Madrid.
Las paredes de la cripta comenzaron a temblar violentamente. Trozos de granito del techo empezaron a desprenderse. La magia estructural que sostenía el nivel -4 se estaba colapsando.
—¡NO! ¡Mi legado! ¡Mi imperio! —gritaba el presidente, intentando arrastrarse hacia las llamas azules para salvar el libro, pero el calor sobrenatural le chamuscó el rostro y el pelo, obligándolo a retroceder, llorando como un niño al que le quitan su juguete favorito.
Mateo se puso en pie a duras penas. El humo asfixiante empezaba a llenar la cripta. Miró el pedestal. El libro de piel curtida se retorcía como un animal vivo bajo las llamas azules, hasta que finalmente estalló en una nube de cenizas negras y chispas.
El pacto estaba roto. Definitiva y físicamente.
El temblor aumentó. Una grieta enorme se abrió en la bóveda del techo.
Mateo no perdió el tiempo. Ignorando a los guardias aturdidos y al presidente que seguía gimiendo en el suelo abrazado a sus rodillas rotas, corrió hacia las escaleras y comenzó a ascender frenéticamente, esquivando cascotes de piedra.
Corrió por los pasillos subterráneos, que ahora estaban iluminados por las luces de emergencia rojas parpadeantes y ensordecidos por las alarmas de incendio. Su corazón latía a mil por hora, bombeando sangre limpia, fuerte y humana. Su pecho ardía por el esfuerzo, pero era el dolor de la vida, no el dolor de la muerte inminente.
Atravesó el portón de carga justo cuando los aspersores automáticos del estadio se activaron, bañándolo con agua limpia. Salió al callejón trasero, huyendo hacia la noche de Madrid, mezclándose con las sombras de la ciudad justo cuando los primeros camiones de bomberos empezaban a aullar en la lejanía.
EPÍLOGO: EL VERDADERO FÚTBOL
Tres meses después.
El titular del periódico deportivo Marca, tirado sobre una mesa de madera rústica en un café de Buenos Aires, rezaba en letras catastróficas: “CRISIS BLANCA: TERCERA DERROTA CONSECUTIVA. EL REAL MADRID FIRMA SU PEOR INICIO DE LIGA EN 50 AÑOS”.
Un poco más abajo, un pequeño recuadro señalaba: “El joven prodigio brasileño Leo Santos sufre una sorprendente pérdida de forma; la afición comienza a dudar de su talento. Los médicos aseguran que su salud, sin embargo, es sorprendentemente perfecta, superando una extraña anemia que padeció a principios de verano”.
En otra página, una noticia de sucesos informaba brevemente: “El ex presidente del Real Madrid sigue ingresado en una clínica psiquiátrica de alta seguridad en Suiza tras el extraño accidente e incendio en los sótanos del estadio que le provocó quemaduras y un colapso nervioso del que no se ha recuperado. Sigue balbuceando sobre ‘llamas azules’ y ‘libros de piel'”.
Martín Soler apartó el periódico, dio un sorbo a su mate amargo y sonrió. Una sonrisa genuina, profunda, que le llegaba hasta los ojos y le arrugaba las comisuras.
Estaba sentado en las gradas de cemento desgastado de un pequeño club de barrio en el conurbano bonaerense. Era domingo por la tarde. El sol de primavera calentaba agradablemente. Frente a él, en un campo de tierra irregular y parches de hierba silvestre, dos equipos locales jugaban un partido de la liga regional amateur.
No había patrocinadores millonarios. No había cámaras de televisión. No había palcos presidenciales ni pactos oscuros firmados con sangre. Solo había veintidós hombres corriendo detrás de un balón desgastado, levantando polvo, gritándose instrucciones, sudando por el simple amor al juego. Por la gloria efímera de una victoria de domingo que solo les importaba a ellos y a las cincuenta personas en las gradas.
Abajo, en el campo, el enganche del equipo local —un chico regordete con una camiseta azul desteñida que llevaba el número 10 estampado en plástico barato a la espalda— recibió un pase difícil. Controló el balón con el pecho, dejó botar la pelota una vez y, con una volea torpe pero llena de intención, la mandó lejos por encima del travesaño.
La grada soltó un suspiro colectivo, seguido de algunos aplausos de ánimo. El chico se encogió de hombros y volvió trotando a su posición, sonriendo. No había magia. No había perfección divina. Solo humanidad.
Mateo Vargas se recostó contra el cemento frío de la grada, cerró los ojos y dejó que el sonido del silbato del árbitro, los gritos de los jugadores y el olor a tierra seca llenaran sus sentidos.
Había perdido su reino dorado. Había sido odiado, desterrado y borrado de la historia.
Pero por primera vez en su vida, sintió que había ganado el partido más importante de todos. Había recuperado su alma. Y el fútbol, por fin, volvía a ser solo un juego hermoso e inofensivo.