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“¿Compra Tortillas Que Hago, Señor?” Dijo El Niño Ciego A El Chapo — Lo Que Siguió Cambió Todo

¿Compra tortillas que hago, señor? Están calientitas. Apenas salieron del comal y si no le gustan, no me las paga, pero le juro que están buenas porque mi tata me enseñó a palmearlas antes de que me quedara oscuras para siempre. Y el olor a maíz es lo único que me guía en este mundo donde todos los demás ven pero nadie mira.

La voz infantil, quebrada por una mezcla de esperanza comercial y resignación profunda, flotó en el aire denso y sofocante de aquel paradero perdido en la carretera secundaria que conecta Culiacán con los pueblos fantasmas de la sierra de Badirahuato. Era mediodía y el sol caía a plomo, derritiendo el asfalto y haciendo que el aire vibrara con ondas de calor que distorsionaban el horizonte.

El niño de unos 11 años, flaco como una vara de mimbre y con la piel curtida por la intemperie, extendía una canasta de mimbre cubierta con un paño bordado con flores desilachadas hacia la ventana de la camioneta Chevrolet Cheyen doble cabina color blanco que acababa de detenerse frente a la pequeña fonda de techo de lámina.

Sus ojos eran dos nubes lechosas, blancas y vacías, fijas en un punto indeterminado del espacio, moviéndose erráticamente, como buscando una luz que se había apagado hacía mucho tiempo. Llevaba una camiseta de fútbol de la selección mexicana que le quedaba tres tallas grande y unos guaraches de llanta que dejaban ver sus pies llenos de tierra roja.

esa tierra sagrada y  de Sinaloa que ha bebido tanta sangre como lluvia. Dentro de la camioneta, el aire acondicionado zumbaba manteniendo una temperatura polar de 18 ºC, creando una burbuja de confort inalcanzable para el exterior. Joaquín Archivaldo Guzmán lo era, sentado en el asiento del copiloto con su gorra de béisbol calada hasta las cejas y un radio de comunicación en la mano, se quedó helado al escuchar la oferta, no por las tortillas, sino por la frase antes de que me quedara a oscuras.

El Chapo, el hombre que movía toneladas de cocaína a través de continentes, el estratega que había burlado a la DEA, al FBI y a la Marina Mexicana, bajó lentamente el sándwich de jamón que estaba a punto de morder. hizo una seña con la mano izquierda a su chóer y jefe de seguridad, el Cholo Iván, quien ya tenía la mano puesta sobre la empuñadura de su pistola escuadra calibre 45, listo para neutralizar cualquier amenaza que se acercara al perímetro de seguridad.

“Baja el vidrio”, ordenó el Chapo con voz queda casi un susurro. Pero jefe, protestó el cholo entre dientes, escaneando los matorrales y las azoteas cercanas a través de sus gafas oscuras de aviador. Es un riesgo innecesario. El niño puede ser un halcón, puede traer una carga o puede ser una distracción para que nos caigan los contras.

Mira sus manos, cholo”, insistió el Chapo, observando con detenimiento los dedos del pequeño, llenos de quemaduras pequeñas, las marcas inconfundibles del comal caliente. “Esas manos son de trabajo, no de guerra. Baja el vidrio, te digo. El cristal blindado de 5 cm de espesor descendió con un zumbido eléctrico suave, permitiendo que el calor infernal y el olor a polvo y diésel entraran a la cabina mezclándose con el aroma a cuero nuevo de los asientos.

El niño, al escuchar el motor del vidrio, dio un paso adelante, guiándose por el sonido, y levantó la canasta. Huelen rico, ¿verdad, jefe? Mi mamá dice que el secreto es la cal, que hay que ponerle la medida justa para que la masa no se ponga agria. Son a 10 pesos la docena o a cinco si me compra las que se me quemaron un poquito de la orilla.

El Chapo se quitó las gafas de sol y miró directamente a esos ojos ciegos. Sintió una punzada en el estómago que no tenía nada que ver con el hambre. Él conocía la pobreza. Él había nacido en la tuna, en una casa donde el suelo era de tierra y el techo dejaba ver las estrellas. Él había vendido naranjas para comer, pero él siempre tuvo sus ojos.

Él siempre pudo ver venir el peligro o la oportunidad. Este niño estaba jugando el juego de la vida en modo difícil, sin ver las cartas. “¿Cómo te llamas, hijo?”, preguntó el Chapo sacando su cartera del bolsillo trasero del pantalón de mezclilla. Me llamo angelito, señor. Bueno, me llamo Ángel, pero mi abuela me dice angelito porque dice que Dios me quitó la vista para que no viera las cochinadas que hacen los hombres en este pueblo.

El Chapo sintió el peso de esas palabras como si fueran ladrillos. Dame tres docenas, angelito, y quédate con el cambio. Le extendió un billete de 500 pesos, una pequeña fortuna para un vendedor ambulante en esa zona olvidada de la mano de Dios. El niño tanteó el billete con sus dedos sensibles, reconociendo la textura y el tamaño. Señor, esto es un billete grande.

Es de 500. No tengo cambio para esto. Apenas llevo vendidos 40 pesos en todo el día. No quiero cambio, repitió el Chapo. Es para que le compres algo a tu abuela. Y dime una cosa, ¿qué te pasó en los ojos? ¿Naciste así? Si quieres saber la terrible verdad detrás de la ceguera de este niño y cómo la furia del Chapo desatará una tormenta de justicia en la sierra, suscríbete al canal ahora mismo y activa las notificaciones, porque esta historia apenas está encendiendo la mecha.

El niño bajó la cabeza apretando el billete contra su pecho, como si temiera que el viento se lo arrebatara. No, señor. Yo veía bien. Veía los colores de las guacamayas y veía cuando el río crecía. Pero hace 2 años, hace 2 años llegaron unos hombres a la casa. Buscaban a mi papá. Mi papá no estaba, se había ido al norte, a la pisca de tomate. Ellos se enojaron.

Dijeron que mi papá les debía dinero de una carga que se perdió. Agarraron a mi mamá y el niño se detuvo tragando saliva, su garganta haciendo un ruido seco. Yo quise defenderla, señor. Tenía 9 años. Agarré un palo y le pegué a uno en la pierna. El jefe de ellos, un hombre que huele a azufre y que siempre trae botas de piel de víbora, se ríó.

me agarró del pelo y me dijo que si tanto me gustaba ver lo que no me importaba, me iba a enseñar a ver la oscuridad. Me echaron ácido, señor, ácido del que usan para las baterías de los carros. Me lo echaron en la cara mientras mi mamá gritaba. Y desde ese día ya no veo nada. Solo oigo las voces y huelo el miedo de la gente.

El Chapo Guzmán, el líder de la Federación de Sinaloa, el hombre más poderoso del narcotráfico mundial, sintió como la sangre se le helaba en las venas y luego comenzaba a hervir con una temperatura que superaba el calor del desierto. Sus manos se cerraron en puños tan fuertes que los nudillos se le pusieron blancos.

El cholo Iván, que había escuchado todo, se quitó las gafas y miró al patrón. Sabía lo que venía, conocía esa mirada. Era la mirada de la sentencia de muerte. En el código del Chapo, en el viejo código de la Sierra, había reglas sagradas. Se respeta a la familia, se respeta a los niños. La violencia es para los combatientes, para los traidores, para los que están en el negocio.

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