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Ronaldinho Detuvo el Partido, Subió a la Tribuna y Nadie Pudo Creerlo

El estadio independencia rugía con ese calor particular de las tardes de enero en Velo Horizonte. 40,000 gargantas fundidas en un solo grito. Los jugadores del Atlético Mineiro completaban el calentamiento bajo la luz de las 4 de la tarde. El balón viajaba de pie en pie con esa cadencia hipnótica que antecede a cada partido.

 Todo era orden, ritmo, protocolo y entonces el tiempo se detuvo. No fue gradual, no fue anunciado, fue un corte brusco, como cuando alguien arranca el cable de un altavoz en plena canción. Ronaldinho Gaucho había dejado de correr. Estaba en el área de calentamiento con el balón todavía rodando sin dueño. El asistente técnico le gritaba algo desde la línea.

 El preparador físico levantaba los brazos. Dos compañeros lo llamaban por su nombre, pero Ronaldinho no los escuchaba. Tenía los ojos fijos en la tribuna norte. En la fila 12, en una mujer de cabello completamente blanco que sostenía algo entre las manos con la misma delicadeza con que se sostiene aquello que podría romperse. El árbitro silvó.

 Ronaldinho no se movió. ¿Cómo llegamos hasta aquí? Para entenderlo, hay que retroceder. Exactamente 48 horas. Hay que volver a un pasillo de cemento gris en el Cidadalo. Al momento en que Marco, director deportivo del club desde hacía 19 años, encontró a Ronaldinho solo sentado en un banco de madera al fondo del corredor, sin teléfono, sin música, sin nadie, mirando la pared con esa quietud particular de quien está cargando algo que pesa demasiado para mostrárselo a alguien.

Marco se acercó, se sentó a su lado, le preguntó en voz baja si estaba bien. Ronaldinho tardó un momento antes de responder. Habló en portugués con ese tono pausado que usaba cuando no había cámara ni grabadora que justificara el cuidado de las palabras. La gente ainda me ama pelo que yu fui. La gente todavía me ama por lo que fui.

Marco no supo que responder porque en esas pocas palabras había una cartografía completa de algo que nunca aparece en los análisis tácticos. Había el mapa de una soledad muy específica, la del hombre que ha sido extraordinario y que todavía respira, que todavía entra al estadio y recibe la ovación de 40,000 personas, pero que sabe en los momentos sin cámaras ni micrófonos que ese amor no es completamente suyo.

 Pertenece, en parte importante a alguien que ya no existe exactamente de la misma manera. La gente lo aplaudía, pero aplaudía al Ronaldinho de 2004, al del Camp, al del sombrero a Roberto Carlos, al de la noche en el Bernabéu, cuando hasta los hinchas del Real Madrid se pusieron de pie porque había cosas que no se podían no aplaudir.

Ese Ronaldinho seguía vivo en la memoria colectiva con una claridad que el tiempo no había borrado. Y el que estaba aquí ahora, sentado en este banco frente a esta pared de cemento, era alguien que se le parecía mucho, que tenía su nombre y su sonrisa, pero que también tenía rodillas que tardaban más en recuperarse y un cuerpo que ya no respondía con la misma velocidad.

La presión más brutal no venía de los rivales, venía de los recuerdos, de los propios y de los ajenos. Ronaldinho recogió sus botas del suelo y se fue hacia el campo sin decir nada más. Esa frase quedó flotando en el corredor como el humo de una vela que alguien acaba de apagar. Ronaldinho paró. El asistente volvió a llamarlo, pero Ronaldinho no escuchaba.

El partido era de pretemporada contra el Fluminense, lo que aligeraba en teoría la tensión del resultado. Pero cuando Ronaldinho apareció por el túnel, la ovación que se levantó fue de otra naturaleza completamente distinta. Era ese aplauso especial, casi litúrgico, con el que las multitudes honran a quienes pertenecen a un tiempo que ya pasó, pero que la memoria se niega a soltar.

 Ronaldinho levantó la mano, sonró. esa sonrisa. Pero si uno miraba con atención y Marco lo hacía desde el banquillo, notaba algo que no encajaba. Una fractura mínima entre la sonrisa y los ojos, una pequeña distancia del grosor de una hoja de papel entre el gesto exterior y lo que habitaba dentro de él.

 En la fila 12 de la tribuna norte estaba doña Cleris. Tenía 78 años. Había nacido en Contagem, a 20 km de Velo Horizonte, hija de una familia de siete que vivían con poco de todo, excepto de música y fútbol. Su marido había sido hincha del Atlético durante 42 años con esa fidelidad obstinada que no necesita victorias para sostenerse. Y ella, que nunca entendió del todo las reglas del fuera de juego, había aprendido a amar el fútbol de la única manera que le resultaba natural, amando a quienes lo vivían con alegría genuina.

Cuando vio a Ronaldinho por primera vez en pantalla, era junio de 2002 y su nieto Mateus tenía 6 años y llevaba tres días pegado al televisor. Algo se movió en ella. No fue el gol a Inglaterra puesto en bucle durante días. Fue la risa. fue que ese hombre corría por el césped como si el fútbol fuera un juego que él había inventado esa misma mañana y nadie le había dado todavía las instrucciones, como si cada balón fuera una sorpresa agradable.

17 años después estaba aquí con una bufanda del Atlético anudada al cuello a pesar del calor de enero, porque Mateus, que ya tenía 23 años y trabajaba en la cantera del club, le había conseguido la entrada. Lo que no había dicho en ninguna ventanilla porque no quería que el protocolo institucional se interpusiera, era que doña Cleris llevaba 4 meses recibiendo quimioterapia, que los médicos habían tenido con la familia esa conversación que los médicos tienen cuando las palabras ya no sirven para cambiar el rumbo, sino solo para

preparar el terreno con la mayor suavidad posible. y que cuando todos esperaban que ella pidiera algo difícil, lo que pidió fue esto, ver a Ronaldinho una vez más en un estadio en persona. Entre sus manos sostenía una fotografía impresa en papel doméstico con los bordes ligeramente irregulares de la impresora casera.

Era una imagen de Ronaldinho con la camiseta blaugrana del Barcelona capturada directamente de una pantalla de televisión. Mateus la había imprimido porque ella se lo había pedido para llevarlo conmigo. Había dicho. Fue eso lo que Ronaldinho vio desde el césped. No la ancianidad, no la bufanda en el calor de enero.

 Vio las manos, vio la fotografía sostenida con esa delicadeza que solo se tiene con las cosas que uno llevaría consigo si supiera que no va a volver. Vio la postura de esa mujer, la cabeza ligeramente inclinada. como quien reza, no con palabras, sino con todo el peso del cuerpo. Suscríbete ahora y deja tu comentario, porque lo más poderoso de esta historia todavía está por venir.

 Se quitó el brazalete de capitán, lo hizo despacio, sin dramatismo, sin gestos para la tribuna, como quien descuelga una llave de un gancho porque la necesita para abrir una puerta específica. El cuero estaba gastado en los bordes con esa textura suave de las cosas que han pasado por muchas manos. Había sido de otros capitanes antes que de él.

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