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El silencio antes de la tormenta de café

Parte 1: El silencio antes de la tormenta de café

Era un domingo de esos que en Madrid se sienten como una tregua necesaria, o como una resaca mal curada, según se mirase. El sol entraba por el ventanal del salón en Malasaña con una timidez que no encajaba con el ruido de las persianas metálicas de los bares de abajo empezando a subir. Marcos estaba en la cocina, batallando con una cafetera italiana que parecía tener más años que la propia democracia y que, por algún motivo, ese día había decidido que no pensaba filtrar el agua sin antes soltar un soplido sibilante que recordaba a una locomotora de vapor con asma.

—Marcos, ¿has visto mi cargador? —gritó Lucía desde el dormitorio, con esa voz que tienen las personas que llevan despiertas diez minutos pero ya han planeado mentalmente las próximas tres décadas de su vida.

—En el tercer cajón, tía. Al lado de las pilas que no funcionan y los tickets del Mercadona de 2019 —respondió él, sin apartar la vista del fuego.

Marcos era un tipo que vivía en un estado de equilibrio precario entre el caos absoluto y una organización obsesiva que solo él entendía. Trabajaba como consultor “de lo que surja”, una forma elegante de decir que pasaba muchas horas delante del portátil gestionando crisis de reputación para empresas que no sabían usar Twitter o montando estrategias de marketing para negocios de dudosa viabilidad, como una tienda de calcetines de lana orgánica en pleno agosto sevillano.

Lucía, por el contrario, era la personificación del orden pragmático. Trabajaba en una agencia de seguros, lo que le había dado un superpoder algo molesto: era capaz de oler una inconsistencia en un relato a tres kilómetros de distancia. Para ella, la vida era un contrato con cláusulas que debían cumplirse a rajatabla.

Ella entró en la cocina, con el pelo hecho un nido de cigüeña y una camiseta tres tallas más grande que él sospechaba que le había robado a él hacía meses. Se acercó a la mesa, donde el móvil de Marcos descansaba boca arriba, brillando con la impertinencia de una pantalla que acaba de recibir una notificación.

—Oye, Marcos, déjame el tuyo un segundo, que el mío ha decidido que hoy no quiere cargar y tengo que mirar si el chino de la esquina abre hoy para pillar un cable nuevo —dijo ella, alargando la mano con una naturalidad que, en otras circunstancias, habría sido inofensiva.

Marcos sintió un escalofrío que le recorrió la espina dorsal, un calambre eléctrico que le llegó hasta las puntas de los dedos. En un movimiento que habría envidiado un portero de la selección en una final de Mundial, dejó la cafetera de lado y se lanzó hacia el teléfono, pero llegó un segundo tarde. Lucía ya lo tenía en la mano.

—Pero qué… —murmuró ella, deslizando el dedo por la pantalla—. Marcos, ¿qué es esto?

Él tragó saliva. El sonido fue tan fuerte que juraría que se oyó en el piso del vecino.

—¿Qué es el qué, cari? Es un móvil. Marca coreana. Pantalla OLED. Muy moderno todo.

—No me vaciles —respondió Lucía, girando la pantalla hacia él—. ¿Por qué me pide un código de seis dígitos? Tú siempre has tenido el patrón ese que era una “L” de Lucía, muy cursi pero muy práctico. Y ahora hay un teclado numérico.

Marcos intentó poner su mejor cara de “soy un ciudadano responsable preocupado por la ciberseguridad”, una expresión que en su rostro solía confundirse con el estreñimiento crónico. Se apoyó en la encimera, tratando de parecer relajado, mientras la cafetera empezaba finalmente a escupir café con un gorgoteo amenazante.

—Ah, eso. Sí. Seguridad, Lucía. Pura seguridad digital. ¿No has visto las noticias? El phishing, el malware, los troyanos rusos… Estamos expuestos, tía. Vivimos en el Salvaje Oeste de los datos y yo no quiero que cualquier mindundi que me robe el móvil en el metro pueda acceder a mis fotos de pies o a mis facturas de la luz.

Lucía entrecerró los ojos. Sus pupilas se convirtieron en dos rendijas de escepticismo puro.

—¿Seguridad? Marcos, tú pierdes las llaves de casa tres veces por semana. El otro día te dejaste la tarjeta del banco puesta en el cajero y tuviste que volver corriendo en calzoncillos porque te diste cuenta mientras te cambiabas. ¿Y ahora de repente eres el jefe de contrainteligencia del CNI?

—Precisamente por eso —insistió él, ganando confianza en su propio delirio—. Porque soy un desastre, necesito medidas externas que me protejan de mí mismo. He activado la encriptación de doble factor, el cambio de contraseña dinámico y un protocolo de borrado remoto en caso de intrusión no autorizada.

—¿Y desde cuándo yo soy una “intrusión no autorizada”? —preguntó ella, dejando el móvil sobre la mesa de madera, pero sin apartarle la vista de encima, como si el aparato fuera una granada a punto de perder la anilla—. Llevamos tres años juntos. Sé que tu primera mascota se llamaba “Pipo” y que el PIN de tu tarjeta de crédito es el año en que el Atleti ganó el doblete. ¿Me estás diciendo que ahora necesito pasar un control de la CIA para mirar el horario de un bazar?

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