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El toque de queda del domingo

PARTE 1: El toque de queda del domingo

El domingo en casa de Elena y Paco no empezaba con el canto de los pájaros ni con el aroma a café recién hecho. Empezaba con el sonido metálico del estropajo contra la vitrocerámica y un suspiro que bien podría haber movido las aspas de un molino manchego. Elena, armada con un bote de desengrasante y una determinación suicida, repasaba por tercera vez la encimera. No es que estuviera sucia, es que Doña Concha, su suegra, tenía un radar biológico para las partículas de polvo que la NASA envidiaría.

—Paco, ¿has guardado las revistas de la mesa del salón? —gritó Elena desde la cocina, sin dejar de frotar.

Desde el pasillo llegó un ruido sordo, algo parecido a un mueble siendo arrastrado por alguien que ha perdido toda esperanza en la vida. Paco apareció en el umbral de la cocina, con una camiseta de propaganda de un taller mecánico que Elena llevaba años intentando usar como trapo y unos pantalones de chándal que habían conocido tiempos mejores. Lo más llamativo de su anatomía, sin embargo, era esa frente que ganaba terreno hacia la nuca a una velocidad alarmante.

—Ya están en el cajón, Elena. Pero te digo una cosa, mi madre no viene a pasar una inspección de Sanidad. Viene a comer paella. Bueno, a comerse mi paciencia y la paella, en ese orden.

Elena se giró, con el pulverizador en la mano como si fuera un revólver.

—Tu madre no viene a comer, Paco. Tu madre viene a audicionar para el papel de jueza suprema del Tribunal de las Buenas Esposas. Y la última vez me soltó que el suelo del baño estaba “demasiado brillante”, que a saber qué productos químicos estaba usando yo para querer envenenaros a todos. No gano para sustos.

Paco suspiró, se rascó la coronilla donde antes habitaba un tupé digno de una película de los ochenta y ahora solo quedaba una pelusa melancólica, y miró el reloj. Las doce y media. El toque de queda. El timbre de la puerta, un zumbido estridente que siempre parecía sonar con una urgencia de urgencias médicas, rasgó el silencio del piso.

—Ya está aquí —susurró Paco, como el protagonista de una película de terror que oye al monstruo arañar la puerta.

—Ve tú —dijo Elena, quitándose los guantes de goma con un chasquido dramático—. Yo necesito tres minutos para poner mi cara de “soy una mujer equilibrada que no quiere lanzar el mando de la tele por la ventana”.

Paco caminó hacia la puerta con el paso pesado del que va al patíbulo. Al abrir, se encontró con la estampa clásica: Doña Concha, impecable con su collar de perlas de imitación, un bolso que pesaba lo mismo que un yunque y dos táperes que traía “por si acaso la comida se quedaba corta”, un eufemismo para decir que no confiaba en las habilidades culinarias de su nuera ni lo más mínimo. Detrás de ella, el suegro, Pepe, un hombre que había perfeccionado el arte de la invisibilidad social y que solo emitía sonidos para pedir más vino o comentar el resultado del Marca.

—¡Hijo mío! —exclamó Concha, lanzándose al cuello de Paco como si no lo hubiera visto en una década, cuando en realidad se habían mensajeado por WhatsApp esa misma mañana—. ¡Pero qué desmejorado estás! ¿Te están alimentando? Te veo la cara chupada, Paco. Tienes ojeras de esas de no dormir bien, o de no comer lo que toca.

—Hola, mamá. Estoy bien, de verdad. Entrad, pasad.

Concha entró en el salón olisqueando el aire. No era un olfateo discreto; era una inhalación profunda, analítica, como un sumiller buscando notas de roble en un vino barato.

—Huele a… ¿limón? —preguntó con una ceja levantada—. Uy, Elena, hija, qué fuerte el producto que usas. Se me están saltando hasta los empastes. No es bueno tanto químico, que luego se queda en los pulmones y así estamos, que no levantamos cabeza.

Elena salió de la cocina con su mejor sonrisa de compromiso, esa que los dentistas llaman “tensión mandibular severa”.

—Hola, Concha. Qué alegría verla. Es solo un poco de limpieza general, ya sabe, para que estén cómodos.

—Si yo estoy cómoda en cualquier lado, hija, no hace falta que te mates —dijo Concha, depositando los táperes en la mesa del comedor con la precisión de un artificiero—. Traigo unas croquetas de las mías y un poco de pisto, que ya sé que a Paco le encanta y como ahora el pobre está tan… así… pues para que recupere fuerzas.

Paco intentó intervenir, pero su padre ya se había sentado en el sofá y había encendido la televisión sin decir una palabra. El ritual había comenzado. Elena invitó a todos a sentarse para el aperitivo mientras en su cabeza empezaba a sonar una cuenta atrás.

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