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La Deuda de la Culpa

La Deuda de la Culpa

La noche se estiraba pesadamente sobre aquella esquina fría. Marcela, con el cansancio pesándole en los párpados, miró a su compañera y suspiró.

—Yo creo que veinte minutos más y nos vamos —dijo con voz apagada—. Ya es de día y estoy agotada.

En ese momento, un motor elegante rompió el silencio del amanecer. Un hombre de aspecto reservado bajó el cristal de su auto y la observó en silencio por un segundo.

—¿Cuánto la hora? —preguntó él.

—Doscientos pesos —respondió Marcela, recuperando su máscara profesional.

—Aquí tienes mil seiscientos por ocho horas.

Marcela arqueó una ceja, desconfiada. Aquello no era habitual.

—Ocho horas… —repitió ella—. Mira, no hago fiestas privadas ni tríos por ese precio.

—Es solo para que estés conmigo —aclaró el hombre, extendiendo los billetes.

—Cobro por adelantado y yo elijo el hotel —sentenció ella.

—En mi casa y sin hoteles —replicó él con calma. Ante la duda de la mujer, sacó más dinero—. Toma ochocientos más para que se te quite la desconfianza. Vamos.

Marcela aceptó el fajo de billetes, pero antes de subir al vehículo, se acercó a su amiga y le susurró al oído:

—Si no te escribo en dos horas, ya sabes qué hacer. Dale, amiga.

Una vez dentro del auto, el silencio se volvió denso. Marcela no dejaba de observar al extraño.

—Oye, detente —ordenó ella de repente—. ¿Qué buscas exactamente? Nadie paga tanto dinero sin pedir nada raro. No soy de las que cumplen fantasías extrañas.

—Te lo voy a explicar en el auto —respondió él sin apartar la vista del camino.

—¿Y si tomo todo este dinero y corro? ¿Qué harías? No me conoces, soy capaz de muchas cosas.

—Es exactamente por eso que te he buscado —dijo él con una nota de misterio—. Vamos, ven.

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