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La Tregua del Turrónn

PARTE 1: La Tregua del Turrón

El salón de Concha olía a una mezcla letal de ambientador de pino y cordero asado.

Era esa hora peligrosa de la tarde en la que el café ya no hace efecto y el pacharán empieza a nublar el juicio.

Marta, sentada en el borde del sofá de escay, sentía que el respaldo le devoraba la paciencia.

Había intentado ser la nuera perfecta durante tres años, cuatro meses y cinco días.

Pero la Navidad en esa casa era un deporte de riesgo.

Concha, con su bata de boatiné impecable, presidía la estancia desde su sillón orejero.

Era como una reina exiliada vigilando sus dominios, que en este caso eran doce figuritas de Lladró y un belén con demasiados pastores.

Paco, el marido de Marta, estaba en una esquina intentando pelar una mandarina sin hacer ruido.

Sabía que cualquier movimiento en falso podía desencadenar el apocalipsis.

Marta sacó su teléfono móvil con una mezcla de valentía y desesperación.

—He pensado una cosa para este año —dijo Marta, tratando de que su voz no temblara.

Concha ni siquiera desvió la mirada del especial de Nochebuena que repetían en la tele.

—Tú siempre pensando, hija, qué fatiga —respondió Concha con ese tono que era mitad caricia y mitad puñalada.

—Es sobre los regalos de Reyes —continuó Marta, ignorando el dardo.

—¿Qué les pasa a los Reyes? —preguntó Concha, frunciendo el ceño—. ¿Es que ahora también los van a cancelar los de la alcaldía?

—No, suegra, no es eso. Es que somos muchos.

—Muchos y muy bien avenidos —sentenció la mujer, ajustándose las gafas de cerca.

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