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Pombo Rompió el Silencio y Reveló lo que dijo el Che Guevara Antes de Morir

 

Las declaraciones de Harry Villegas, mejor conocido como Pombo, emitidas poco antes de su fallecimiento en 2019, sacudieron al mundo como si hubiera destapado una fisura en el relato histórico que por décadas se mantuvo ignorada a propósito. No se expresaba como un ídolo o un sacrificado, sino como un observador que había soportado por demasiado tiempo un secreto que trascendía su propia carga.

 Mientras su voz, marcada por los años ordenaba los ecos del pasado, se hacía obvio que su historia no era de triunfos ni caídas, sino algo más perturbador, una realidad que había permanecido sepultada durante 50 años en un velo de mutismo. Por mucho tiempo, Pombo había esquivado ciertos episodios, como si su mente resguardara compartimentos sellados que no deseaba reabrir.

 Sin embargo, al colocarse ante la lente en La Habana en marzo de 2017, era plenamente consciente de que sus días se agotaban. Con 80 primaveras acuestas, un físico menguado y manos inestables, lo más vulnerable era el contenido de su confesión. Sabía que sus expresiones destrozarían una figura pulida meticulosamente a lo largo de generaciones.

 La urbe continuaba su ajetreo, pero en esa habitación muda, los fantasmas del ayer emergían con una nitidez casi opresiva. Pombo no intentaba excusar sus elecciones ni predicar desde una altura ética. Simplemente buscaba esclarecerse a sí mismo el motivo de su prolongado silencio, por qué había priorizado el temor sobre la honestidad y por qué, tras medio siglo, percibía que ese mutismo lo estaba consumiendo por dentro.

 Al iniciar su narración lo hizo sin aspavientos con la calma de quien ha agotado sus temores. Rememoró como desde 1967 custodió un recado que Ernesto Guevara le encomendó en las sierras bolivianas, un recado que jamás alcanzó a Fidel Castro, uno que, a su juicio podría haber alterado la interpretación histórica de esa separación callada entre los dos.

 Era un texto conciso, casi misterioso, que lo acosó durante toda su existencia. Ese pombo de edad avanzada contemplaba la cámara como si dialogara con su reflejo, reviviendo los sucesos no en busca de absolución, sino para registrar algo que se desvanecería con su partida. Al aludir a Ernesto Guevara, no lo hacía con fervor idolátrico, sino con la frialdad de quien trató al icono antes de que se convirtiera en leyenda.

 Y al referirse a Fidel Castro, su entonación carecía de idolatría ciega o amargura. Solo transmitía una separación temporal. A medida que desgranaba su historia, una idea se imponía con claridad. Su admisión no pretendía glorificar al Chen y vilipendiar a Fidel, sino exponer la vulnerabilidad de la revolución al chocar con la crudeza de la vida real, el realismo político y las traiciones reales o imaginadas.

 Pombo enfatizaba que no aspiraba a reescribir el ayer, sino a iluminar las fisuras que siempre existieron, camufladas bajo retóricas de cohesión, mientras el silencio encubría lo irremediable. En ese instante de su declaración, Pombo se detuvo no por vacilación ante lo venidero, sino porque intuía que lo próximo demandaría un coraje distinto.

 Era el preludio a una divulgación que había eludido por media vida. Consciente de que su perspectiva chocaba con el canon oficial, con la visión idealizada global del Che y con la efigia austera que Fidel había forjado de su persona. La entonación de Pombo ganaba solidez al retroceder en el tiempo, como si evocar los inicios junto al Chele infundiera mayor nitidez para relatar Bolivia.

 afirmaba que para descifrar la expresión que Ernesto le legó en 1967, convenía mirar al pasado a la Sierra Maestra de 1958. Evocaba su arribo con una amalgama de inocencia y perplejidad. Apenas contaba 17 años y más que convicciones políticas, lo impulsaba la urgencia y la escasez de opciones. Yara, su terruño, era un rincón tan insignificante que parecía extraviado en el mapa, estigmatizado por la miseria y el desamparo.

 Allí, una sola chance de transformar la existencia era un privilegio y la guerrilla encarnaba esa puerta entreabierta. En el enclave insurgente, según describía, halló un universo ignoto, hombres y mujeres que discurseaban sobre horizontes, honor y una nación renovada. Pero lo que más le impactó fue percatarse de que la revolución no se erigía en proclamas, sino en la rutina compartida, el ayuno, el fatiga, la rigidez, las interrogantes y las elecciones perpetuas.

 Fue en ese hábitat donde captó por primera vez los nombres que regirían su destino, Fidel Castro y Ernesto Guevara. Pombo narraba que su primer encuentro visual con ambos ocurrió en una asamblea vespertina. Fidel oraba con su vigor habitual, rebosante de ímpetu y certeza. Ernesto, por contraste, se mantenía en silencio la mayor parte del encuentro, interviniendo solo cuando era preciso, con un estilo lacónico y lógico, desprovisto de florituras.

 En esa dualidad, un estratega político y un guía ético, Pombo discerní una sinergia que en esos días aparentaba inquebrantable. La dinámica entre esos tres personajes era intrincada, tejida de aspiraciones comunes, roces mudos y resoluciones que forjaron senderos divergentes. Pombo lo atestiguaba porque había estado presente en diálogos que no figuraban en arengas públicas ni en crónicas épicas.

 Lo que había atestiguado no era el guion que el orbe recitaba en rituales y textos educativos. Esa aparente solidez, a su decir, ya albergaba disidencias veladas. Fidel priorizaba tácticas y dominio, Ernesto, valores y consistencia. Aunque no estallaban choques frontales, el rose entre esas perspectivas latía en las pausas, aguardando el instante en que la coyuntura las obligara a bifurcarse.

 Una de las vivencias que Pombo rememoraba con mayor viveza fue su lesión en una celada. La herida no revistaba gravedad, pero sangró profusamente. Lo condujeron ante el Che, quien según su recuerdo lo socorrió con escasas verbalizaciones. Tras vendarlo, inquirió si sabía decifrar letras.

 La negación provocó una réplica cortante. Desde el alba siguiente iniciaría lecciones. Ese episodio demarcó un quiebre. No porque el Che pretendiera educarlo, sino porque, a juicio de Pombo, Ernesto sostenía que un insurgente analfabeto era un eslabón débil. Con el transcurso de los meses, Pombo comenzó a percibir que Fidel y Ernesto se requerían mutuamente, pero no siempre se entendían.

 Fidel era realista, Ernesto, intransigente en principios clave. Aún así, colaboraban por un fin compartido. Eran los albores de la revolución y ambos se precisaban incluso cuando sus principios empezaban a divergir sutilmente. Pero lo que Pombo aseguraba con la perspectiva de los años era que tras esas fricciones menores ycía una fricción latente que con el tiempo expondría una realidad que la revolución se resistía a confesar.

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