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Era un sábado de los que en España llamamos de “justicia”. a

PARTE 1

Era un sábado de los que en España llamamos de “justicia”.

El sol caía sobre el asfalto de la urbanización con la mala leche de quien tiene algo personal contra la humanidad.

En el centro de la calle, reluciendo como un lingote de plata bajo una lupa, estaba el coche.

No era un coche cualquiera.

Era el orgullo de la familia, el símbolo de un ascenso social que Paco, el suegro, todavía no terminaba de procesar.

Paco estaba allí, de pie, con las manos en jarra y la mirada de un cirujano antes de una operación a corazón abierto.

Llevaba puesta su camiseta de tirantes blanca, la de “faena”, y unos pantalones cortos que habían visto mejores décadas.

En la mano derecha sostenía una bayeta de microfibra de color azul eléctrico.

La pasaba por el capó con una delicadeza que jamás había mostrado con sus propios hijos.

El coche olía a concesionario, a plástico virgen y a esa fragancia de “pino mediterráneo” que solo dura tres días pero que cuesta una fortuna.

Paco dio un paso atrás para admirar el brillo de la llanta delantera izquierda.

—Ni un mosquito —susurró para sí mismo, con una sonrisa de satisfacción—.

—Ni una mota de polvo se atreve a posarse en esta maravilla.

En ese momento, la puerta del chalé se abrió con un estruendo que rompió el silencio místico de la mañana.

Elena, su nuera, salió cargada con tres bolsas de la compra, una nevera portátil y una sombrilla que parecía un arma de asedio medieval.

Paco frunció el ceño.

—Elena, cuidado con la sombrilla, que las puntas las carga el diablo —advirtió, sin dejar de mirar el lateral del vehículo—.

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