PARTE 1
El sol de mediodía en Leganés no perdona.
Es ese calor que no solo calienta, sino que juzga.
Elena bajó del coche cargando el maletín del portátil como si fuera una losa de granito.
Javi, a su lado, llevaba dos bolsas de plástico de la pastelería.
—¿Estás lista? —preguntó Javi, secándose el sudor de la frente con la manga de la camisa.
—¿Para el interrogatorio o para la paella? —respondió ella con una sonrisa cansada.
—Paco está hoy de humor. Ha estado toda la mañana en el huerto.
—Eso significa que ya tiene el discurso preparado.
Subieron las escaleras del bloque de pisos, ese olor característico a desinfectante de pino y guiso dominical.
Al abrirse la puerta, el estruendo de la televisión a todo volumen los recibió.
Era un programa de debates donde todo el mundo gritaba.
Paco estaba sentado en su sillón de orejas, con una camiseta de tirantes blanca y un palillo en la boca.
Sus manos eran como raíces de encina: nudosas, oscuras, marcadas por décadas de poner ladrillos.
—Ya están aquí los marqueses —dijo Paco, sin apartar la vista de la pantalla.
—Hola, papá —Javi le dio un beso en la frente.
Elena se acercó con cautela.
—Hola, Paco. ¿Cómo va todo?
El suegro la miró de arriba abajo, deteniéndose en el maletín del ordenador.
—¿Otra vez traes los deberes a casa, Elena?
—No son deberes, Paco. Es que tengo una entrega mañana y quería revisar un par de cosas.
Paco soltó una carcajada seca, una de esas que suenan a grava golpeando un cubo de metal.
—Revisar cosas. Un par de clics. Qué fatiga, por Dios.
Marisa salió de la cocina, con el delantal puesto y una espumadera en la mano.
—Déjala en paz, Paco. Que vienen cansados de toda la semana.
Paco se levantó con una lentitud deliberada, haciendo crujir cada una de sus vértebras.
Se puso frente a Elena, sacándole una cabeza.
—¿Cansados? Marisa, por favor. Mírala.
Señaló las manos de Elena.
—Ni una dureza. Ni una mancha de cemento. Ni una cicatriz.
Elena intentó mantener la compostura, dejando el maletín sobre la mesa del comedor.
—Paco, ya hemos hablado de esto. Mi trabajo es diferente.
—Diferente es la palabra fina para decir que no es trabajo —sentenció el hombre.
Se dirigió a la terraza, donde tenía una hilera de macetas con tomates que cuidaba como si fueran lingotes de oro.
—Trabajar es otra cosa, hija.
—¿Ah, sí? ¿Y qué es trabajar para usted?
Paco se giró, con el sol de espaldas, rodeado de un aura de autoridad de la vieja escuela.
—Sudar. Llegar a casa y que no te sientas las piernas.
—Sentir que los brazos te pesan como si fueran de plomo.
—Eso de estar en casa con el ordenador, con el aire acondicionado puesto y la sillita con ruedas… eso no es trabajar.
Elena sintió un leve tic en el párpado derecho.
Era el mismo tic que le daba cuando un cliente le pedía cambios en un código el viernes a las siete de la tarde.
—Llego cansada mentalmente, suegro.
—Las neuronas también gastan energía, aunque usted no lo crea.
Paco soltó el palillo y lo dejó sobre el cenicero de cristal de Arcopal.
—¿Energía? ¿Qué energía va a gastar darle a una teclita?
—Si gastaras energía de verdad, no necesitarías ir al gimnasio ese donde pagas por correr en una cinta como un hámster.
Javi intentó intervenir, sabiendo que el terreno era pantanoso.
—Papá, que Elena lleva equipos de treinta personas. Es mucha responsabilidad.
—Responsabilidad es que no se te caiga un muro encima de los peones —replicó Paco.
—Responsabilidad es que no se te pase el punto del hormigón y arruines la obra de un mes.
Miró a Elena con una mezcla de lástima y desafío.
—Eso de las neuronas es un cuento chino para no madrugar.
Elena dejó escapar una risa nerviosa.
—¿Que no madrugo? Si a las ocho ya estoy en reuniones con gente de la India.
—¡Con gente de la India! —exclamó Paco, como si hubiera oído la mayor de las tonterías.
—Por favor, Elena. Que te pones el pijama de cintura para abajo y te crees que estás en la oficina.
—Si no te da el aire en la cara, no es curro. Es un pasatiempo caro.
Marisa puso la paellera en el centro de la mesa sobre un salvamanteles de mimbre.
El aroma a azafrán y socarrat inundó la estancia.
—A comer. Y dejad las tonterías, que se enfría el arroz.
Se sentaron a la mesa.
El silencio que siguió no era de paz, sino de tregua armada.
Elena cogió la cuchara, pero sentía la mirada de Paco clavada en sus muñecas.
—¿Te duelen las manos, Elena? —preguntó Paco con ironía, mientras servía el vino con casera.
—Me duele la cabeza, Paco. De pensar.
—Ya. De pensar. Yo también pienso dónde voy a poner el siguiente ladrillo, pero además lo pongo.
—Es que tú crees que si no hay un objeto físico al final del día, no has hecho nada.
—Es que es así. Si mañana desaparecen todos los ordenadores, el mundo sigue girando.
—Pero si mañana desaparecen los que sabemos poner un tejado, os mojáis todos.
Elena respiró hondo, tratando de no entrar al trapo, pero el cansancio acumulado de la semana era un combustible traicionero.
—Si mañana desaparecen los ordenadores, Paco, no podrías cobrar la pensión.
—Ni podrías pedir cita en el médico.
—Ni podrías ver ese programa de la tele que tanto te gusta.
Paco hizo un gesto de desdén con la mano.
—Tonterías. Antes no había nada de eso y vivíamos mejor.
—Había orden, había respeto y la gente sabía lo que era doblar el lomo.
—Tú te pasas ocho horas sentada en una silla que vale más que mi primer coche.
—¿Cómo vas a estar cansada? Es imposible.
—Es como decir que me canso de mirar el paisaje por la ventana.
Elena miró a Javi buscando apoyo, pero Javi estaba demasiado ocupado intentando diseccionar una cigala.
—Paco, es un cansancio diferente. Es estrés. Es agotamiento cognitivo.
—Cojitivo… —repitió Paco, paladeando la palabra como si fuera un insulto extranjero.
—Ves, si es que habláis con palabras que no existen para ocultar que os rascáis la barriga.
—Cansado llegaba yo cuando subía cubos de mezcla al cuarto piso porque el montacargas se había roto.
—Eso es fatiga. Lo tuyo es… aburrimiento.
Elena clavó la cuchara en el arroz con un poco más de fuerza de la necesaria.
—¿Aburrimiento? Esta semana he dormido una media de cuatro horas al día.
—¿Y por qué? ¿Te perseguía un capataz con un látigo?
—No, me perseguía un plazo de entrega de un software que controla la logística de una cadena de supermercados.
—Si yo no termino mi trabajo, la gente no tiene comida en las estanterías el lunes.
Paco se tomó un sorbo largo de vino, relamiéndose después.
—Cuentos chinos, Elena. Cuentos chinos.
—El hambre de la gente no depende de tu ordenador, depende de los camiones y de los tíos que descargan las cajas.
—Tú solo haces dibujitos en la pantalla.
—No son dibujitos, es código.
—Peor me lo pones. Si ni siquiera se ve lo que haces, ¿cómo sabes que has trabajado?
La tensión en la mesa se podía cortar con el mismo cuchillo con el que Paco cortaba el pan de hogaza.
Elena se dio cuenta de que no era una discusión sobre el trabajo.
Era una guerra cultural entre dos mundos que se miraban sin entenderse.
El mundo del esfuerzo visible contra el mundo de la complejidad invisible.
—Mira, Paco —dijo Elena, bajando el tono, tratando de ser pedagógica.
—Imagínate que tienes que diseñar un edificio entero tú solo.
—Sin planos, sin ayuda, gestionando a mil proveedores a la vez y todos te gritan por teléfono.
—Y si te equivocas en un solo cálculo, el edificio no se cae hoy, se cae dentro de tres años y es culpa tuya.
—Y mientras lo haces, tienes que estar en cinco reuniones explicando por qué no has terminado todavía.
Paco la miró fijamente, con los ojos entrecerrados.
—Eso no me dice nada.
—Yo he visto edificios caerse porque el arquitecto, uno de esos que tampoco sudaba, se equivocó en un papel.
—Pero al menos el arquitecto iba a la obra. Se manchaba los zapatos.
—Tú no te manchas ni los dedos de tinta, que ya ni escribís a mano.
Marisa suspiró desde el otro extremo de la mesa.
—Paco, deja que la chica coma, que se le va a hacer bola el arroz.
—Si no tiene hambre es porque no ha gastado calorías —insistió Paco.
—El que no quema, no tiene ganas de comer. Es ley de vida.
Elena sintió que el calor de la habitación subía dos grados más.
No era solo el sol de Leganés.
Era la frustración de sentirse minusvalorada por alguien a quien, a pesar de todo, respetaba.
Porque ella sabía que Paco se había dejado la salud en los andamios para que Javi pudiera estudiar.
Pero le dolía que él no viera que ella también se estaba dejando algo en su escritorio.
Tal vez no eran los cartílagos de las rodillas, pero sí la paz mental y la vista.
—Sabes qué pasa, Paco —dijo Elena, dejando la cuchara a un lado.
—Que usted confunde el sudor con el valor.
—Y el valor de un trabajo no se mide solo por los litros de agua que bebes mientras lo haces.
Paco levantó una ceja, sorprendido por la firmeza de la nuera.
—El sudor no miente, Elena. El ordenador sí.
—Puedes estar ocho horas mirando una pantalla y no haber hecho nada más que mirar fotos de gatitos.
—Pero no puedes estar ocho horas picando una zanja sin que se note.
—En mi mundo, el trabajo es verdad. En el tuyo, es humo.
Elena se reclinó en la silla, sintiendo que la batalla no había hecho más que empezar.
Miró el maletín del portátil en la mesa de la entrada.
Allí dentro había miles de líneas de código, meses de esfuerzo y la solución a problemas que Paco ni siquiera sabía que existían.
Pero para él, eran solo píxeles. Humo.
—Pues ese humo, Paco, es el que paga este vino que nos estamos bebiendo —soltó Elena sin pensar.
El silencio que siguió fue absoluto.
Javi dejó de comer. Marisa contuvo el aliento.
Paco dejó el vaso en la mesa con una lentitud que daba miedo.
La tensión cómica del inicio se había transformado en algo más pesado.
PARTE 2
Paco no retiró la mirada.
Sus ojos, acostumbrados a medir niveles y plomos a ojo, buscaban una grieta en la armadura de Elena.
—Ah, que ahora resulta que el vino lo pagas tú con tus “clics” —dijo con una voz peligrosamente baja.
—Papá, no ha querido decir eso —intervino Javi rápidamente.
—He querido decir —continuó Elena, recuperando el control pero sin retroceder— que el mundo funciona gracias a esos “clics”.
—Y que el hecho de que no me vea sudar no significa que no esté agotada.
Paco soltó un bufido y se sirvió un poco más de paella, aunque ya tenía el plato lleno.
—El cansancio de verdad se cura durmiendo. Lo tuyo se cura con unas vacaciones en Benidorm.
—Lo mío se cura con desconexión, Paco. Algo que mi ordenador no me deja hacer.
—Usted cuando terminaba la jornada, dejaba la paleta y el nivel en el cajón y se olvidaba de la obra.
—Yo me llevo la oficina en el bolsillo.
Elena sacó su móvil y lo puso sobre la mesa, justo al lado de la aceitera.
—Este cacharro vibra a las once de la noche, a las tres de la mañana si hay un servidor caído en San Francisco.
—Eso no es vida, Paco. Eso es estar encadenada a una máquina invisible.
Paco miró el móvil como si fuera un bicho raro que acabara de aterrizar en su casa.
—Pues apágalo. A mí no me vengas con milongas.
—Si yo no quería trabajar horas extras, le decía al patrón que se buscara a otro y me iba al bar.
—Ustedes sois esclavos modernos porque queréis.
—No es porque queramos, es porque el sistema ahora es así —explicó Elena, intentando no sonar condescendiente.
—Si no contesto, el proyecto se para. Si el proyecto se para, la empresa pierde dinero.
—Si la empresa pierde dinero, me voy a la calle.
—Y hoy en día no hay otra obra a la vuelta de la esquina para ponerse a poner ladrillos.
Paco se encogió de hombros, imperturbable.
—Siempre hay muros que levantar. Siempre habrá gente que necesite un techo.
—Pero no siempre habrá gente que necesite… ¿cómo dijiste que se llamaba lo tuyo?
—Desarrollo de sistemas de gestión logística —respondió ella, suspirando.
—Eso. Palabras huecas. Aire.
Paco se levantó de la mesa y fue hacia el aparador del salón.
Sacó una botella de coñac barato y cuatro copitas pequeñas de cristal tallado.
—Vamos a ver, Elena. Vamos a hacer una prueba.
—¿Una prueba de qué?
—De lo que es útil y lo que no.
Paco llenó las copas con un pulso de cirujano, a pesar de sus setenta y tantos años.
—Tú dices que tu trabajo es muy difícil porque piensas mucho.
—Yo digo que mi trabajo es difícil porque te dejas los riñones.
—Dime una cosa que hayas hecho esta semana que sea… tangible.
Elena se quedó un momento en silencio, buscando la forma de traducir su semana a un lenguaje que Paco respetara.
—He optimizado un algoritmo que reduce el tiempo de entrega de los camiones de reparto en un doce por ciento.
Paco la miró en blanco.
—¿Un doce por ciento de qué?
—De tiempo, Paco. Los camioneros llegan antes a su casa, ahorran gasolina y se cansan menos.
Paco se rascó la barbilla, pensativo.
—O sea, que tu trabajo consiste en que otros trabajen menos.
Elena abrió la boca para replicar, pero se dio cuenta de que, desde la lógica de Paco, tenía razón.
—Bueno, visto así… sí. Hago que el sistema sea más eficiente.
—Pues entonces me estás dando la razón —triunfó Paco, señalándola con la copita.
—Tu trabajo es una ayuda para el que trabaja de verdad.
—Tú eres como el que le lleva el botijo al albañil.
—Es necesario, sí. Se agradece, también.
—¿Pero es el que levanta la pared? No.
Javi se tapó la cara con las manos. Marisa soltó un suspiro de resignación.
—Paco, no seas burro. Elena es la que manda sobre los que llevan los botijos y sobre los que conducen los camiones.
—Es la jefa —insistió Javi.
—Peor todavía —dijo Paco, dándole un trago al coñac.
—Los jefes de antes al menos sabían cómo se cogía una pala.
—Los de ahora solo saben hacer gráficas de colores.
Elena sintió que el desafío personal se estaba convirtiendo en una cuestión de honor profesional.
—Sabe qué, Paco. Me gustaría que un día se viniera conmigo a la oficina.
—¿Yo? ¿A un sitio de esos que huelen a ambientador de coco y donde la gente va en zapatillas de deporte?
—Ni muerto. Me daría alergia tanta moqueta.
—Se lo digo en serio. Solo un día.
—Para que vea lo que es estar en una sala con seis personas gritándose porque un sistema ha fallado.
—Para que sienta la presión de tener a un cliente japonés exigiéndote algo que es físicamente imposible.
—Y todo eso mientras tienes que sonreír y parecer “profesional”.
Paco soltó una carcajada que le hizo toser.
—¡Presión! —dijo cuando recuperó el aire.
—Presión es cuando tienes al arquitecto municipal midiendo la profundidad de los cimientos y sabes que si te has quedado corto, tienes que picar el hormigón a mano.
—Eso es presión. Lo tuyo es… estrés de oficina.
—Es un invento de los psicólogos para que la gente de ciudad se sienta importante.
Elena se levantó y fue hacia su maletín.
Lo abrió y sacó el portátil, un modelo de última generación, fino como una revista.
Lo puso sobre la mesa, apartando el plato de las cáscaras de cigala.
—Mira esto, Paco.
Abrió la tapa y la pantalla se iluminó, mostrando una maraña de código en un editor de texto con fondo oscuro.
Líneas de colores verdes, azules y naranjas se sucedían en una cascada infinita.
Paco se acercó, entornando los ojos.
—¿Eso qué es? ¿La Matrix?
—Es el trabajo de mi última semana. Miles de líneas. Cada una tiene que estar perfecta.
—Si falta un punto y coma, el sistema no arranca.
—Si pongo un paréntesis donde no toca, el camión del que hablábamos antes acaba en un barranco en Cuenca.
Paco miró el código con una mezcla de sospecha y curiosidad.
Pasó un dedo tosco por la pantalla, dejando una huella de grasa de paella sobre el cristal.
—Parece el lenguaje de los marcianos.
—Es un lenguaje, sí. Pero no es de marcianos. Es el lenguaje que hace que el mundo moderno no se detenga.
—Usted usaba cemento para unir ladrillos. Yo uso esto para unir procesos.
—Y créame, me deja la cabeza como si me hubieran dado con un martillo de siete kilos.
Paco se quedó callado un momento, mirando la pantalla.
Elena pensó que tal vez, solo tal vez, le había convencido.
Pero Paco volvió a sentarse, impasible.
—Muy bonito. Muchos colores.
—Pero sigo sin ver el sudor, Elena.
—En mi época, si un hombre llegaba a casa con la camisa limpia, es que ese día no había hecho nada.
—Tú estás impecable. Ni una gota de sudor en la frente.
—¿Cómo voy a creer que eso es cansado?
—Es como si me dices que te cansa leer el periódico.
Elena cerró la tapa del portátil con un chasquido seco.
—Es que el cansancio mental no se ve, Paco. Se siente por dentro.
—Es una pesadez en los ojos, un nudo en el estómago, una falta de paciencia constante.
—Usted llegaba a casa y le dolían los músculos, pero su cabeza estaba tranquila.
—Yo llego a casa y mis músculos están bien, pero mi cabeza es una feria de ruidos y problemas.
Paco la miró con una sombra de duda por primera vez.
—¿Y tú prefieres eso? —preguntó con una curiosidad genuina.
—¿Prefieres que te duela el alma antes que la espalda?
Elena se quedó descolocada por la pregunta.
No se esperaba ese giro existencial de un hombre que solía hablar solo de fútbol y de la huerta.
—No sé si lo prefiero, Paco. Es lo que hay ahora.
—Es el trabajo que he elegido y el que me permite vivir.
—Pero no me diga que no es trabajar. Porque me duele.
—Me duele que piense que me lo regalan todo.
Marisa, que había estado escuchando en silencio, intervino con suavidad.
—Paco, acuérdate de tu hermano Manolo.
Paco frunció el ceño.
—¿Qué pasa con Manolo?
—Manolo era contable. No ponía ladrillos.
—Y se murió de un infarto a los cincuenta y dos sentado en su escritorio.
—Tú tienes ochenta y estás como un roble porque el aire libre te ha dado la vida.
—A lo mejor el trabajo de ellos es más peligroso de lo que pensamos.
Paco guardó silencio.
La mención de su hermano siempre le tocaba la fibra.
Miró sus propias manos y luego miró a Elena.
—Manolo siempre estaba de mal humor —admitió Paco en voz baja.
—Decía que los números no le dejaban dormir.
—Yo le decía que era un flojo, que se viniera conmigo a la obra a airearse.
Elena asintió suavemente.
—Pues eso es, Paco. El estrés te va comiendo por dentro sin que te des cuenta.
—Es un enemigo invisible.
Paco se terminó su copa de coñac de un trago.
—Un enemigo invisible… —repitió.
—A mí me gustan los enemigos que se ven. A los que les puedes dar un martillazo.
—Eso de pelearse con fantasmas en una pantalla… no sé yo.
Parecía que la tensión se relajaba, pero Paco no era hombre de dar su brazo a torcer tan fácilmente.
—De todos modos, sigo pensando que madrugáis poco.
—Si entras a las nueve, ya has perdido media mañana.
Elena se rió. Ya no era una risa nerviosa, sino de aceptación.
—Paco, si entro antes, me encuentro con los de la India que se van a dormir.
—¡Otra vez con los indios! —Paco volvió a agitar la mano.
—¿Es que en España ya no queda nadie que sepa hacer un programa de esos?
—¿Tenemos que llamar a la otra punta del mundo para que un camión llegue a su hora?
Elena empezó a explicarle la globalización, pero se detuvo.
Sería como intentar explicarle la física cuántica a un gato.
—Es el mercado, suegro.
—El mercado es una estafa —sentenció Paco.
—El mercado es el que hace que un tomate de mi huerta valga un euro y uno de plástico del supermercado valga tres.
En eso, Elena no pudo más que darle la razón.
—Ahí le doy la razón al cien por cien, Paco.
Paco sonrió, satisfecho por el pequeño triunfo.
—¿Ves? Al final vas a tener cabeza para algo más que para las teclas.
La comida continuó en un tono más distendido, pero Elena sabía que el tema no estaba cerrado.
Paco todavía guardaba un as en la manga.
Lo conocía demasiado bien.
Estaba esperando el momento justo para dar la estocada final de su lógica de “hombre de antes”.
Y ese momento llegó con el café.
PARTE 3
Marisa trajo la cafetera italiana, esa que tiene más años que la democracia y que hace un ruido de locomotora vieja.
El aroma del café quemado, muy al estilo español, llenó el salón.
Paco sacó un puro de una caja de madera, aunque sabía que Marisa no le dejaba fumar dentro.
Simplemente lo olió, como si buscara consuelo en el tabaco.
—Dime una cosa, Elena —dijo, mientras servía una gota de anís en su café.
—Si tu trabajo es tan, tan importante… ¿por qué no tienes un uniforme?
Elena parpadeó, confundida.
—¿Un uniforme?
—Claro. Un albañil tiene su mono, sus botas con punta de acero, su casco.
—Un médico tiene su bata. Un policía su uniforme.
—Incluso el del gas lleva algo que dice quién es.
—Tú vas vestida como si fueras a dar un paseo por la calle Preciados.
Elena soltó un suspiro, buscando paciencia en el fondo de su taza de café.
—Paco, no necesito botas de acero para no romperme un dedo con el teclado.
—Ya, pero el uniforme significa algo —insistió el suegro.
—Significa que cuando te lo pones, entras en otro estado. Que estás dispuesta a sacrificarte.
—Tú trabajas en vaqueros. El que trabaja en vaqueros está a medio camino entre el sofá y el curro.
—No hay una barrera. Por eso dices que te llevas el trabajo a casa.
—Porque nunca te quitas el traje de curranta.
Elena se quedó pensativa. Tenía que admitir que, de una forma retorcida, Paco tenía un punto.
La falta de fronteras físicas entre su vida personal y profesional era lo que la estaba matando.
—En eso tiene parte de razón, Paco. No hay desconexión física.
—Pero eso lo hace más difícil, no más fácil.
—Si yo pudiera dejar mi cerebro en una taquilla al salir de la oficina, sería la mujer más feliz del mundo.
Paco soltó una humareda imaginaria (ya que no había encendido el puro).
—Eso es porque tu trabajo no tiene fin.
—Un muro se termina. Una casa se entrega. Le pones la bandera arriba y te vas a otra cosa.
—Lo tuyo es… una rueda de hámster.
—Por eso estás cansada. No por el esfuerzo, sino por la falta de victoria.
Esa frase golpeó a Elena con más fuerza que cualquier crítica anterior.
“La falta de victoria”.
Era exactamente eso. En el desarrollo de software, nunca nada está terminado.
Siempre hay un error que arreglar, una actualización que hacer, un nuevo requisito del cliente.
Era una lucha constante contra el caos que nunca se ganaba del todo.
—Es verdad —dijo Elena con voz suave.
—Nunca terminamos. Siempre hay un “siguiente paso”.
Paco la miró con una especie de ternura ruda.
—Ves, hija. Al final nos vamos entendiendo.
—Vuestro cansancio es el cansancio de los que corren en una cinta sin llegar a ningún sitio.
—El mío era el cansancio de los que suben una montaña.
—Al final del día, yo miraba hacia atrás y veía lo que había construido.
—Tú miras hacia atrás y solo ves más pantalla.
Javi, viendo que la conversación se ponía profunda, intentó aligerar el ambiente.
—Bueno, pero Elena construye cosas que usa todo el mundo.
—Esa aplicación que usas para ver los resultados del fútbol la hizo gente como ella, papá.
Paco hizo un gesto de desprecio.
—¿El fútbol? Para ver el fútbol me bajo al bar. No necesito una maquinita que me lo diga.
—Me gusta que me lo diga el Pepe, que le pone más emoción.
—Pero Paco —saltó Elena—, incluso el Pepe usa un terminal para cobrarte la cerveza.
—Y ese terminal funciona con un software que alguien ha tenido que diseñar con mucho “cansancio de neuronas”.
Paco se rascó la cabeza.
—Vale, aceptamos barco.
—Es necesario. Pero no me digas que es tan duro como descargar un camión de sacos de cemento de cincuenta kilos a las tres de la tarde en agosto.
—No me lo digas, porque entonces es cuando perdemos el respeto por las palabras.
Elena decidió que era hora de cambiar de táctica.
—Está bien, Paco. Hagamos un trato.
—A ver, qué trato.
—Usted dice que lo mío no es cansado.
—Yo digo que lo suyo es un cansancio que, al menos, te deja dormir.
—Mañana es lunes. Yo no puedo llevarlo a mi oficina porque me despedirían por meter a un inspector no autorizado.
—Pero Javi me ha dicho que usted quiere arreglar el murete de la entrada de la parcela en el pueblo el sábado que viene.
Paco asintió con orgullo.
—Así es. Se está cayendo por la humedad y hay que levantarlo de nuevo.
—Pues yo voy a ir. Y voy a ayudarle.
Paco soltó una carcajada que casi hace que se le caiga el café.
—¿Tú? ¿Poniendo ladrillos?
—Tus manos de seda no aguantan ni el primer palet de arena.
—A la media hora vas a estar pidiendo un masaje y un batido de esos de colorines.
Elena apretó los dientes.
—Iré. Y trabajaré todo el día con usted. Sin quejarme.
—Pero a cambio, el domingo que viene, usted se va a sentar conmigo dos horas.
—Y voy a enseñarle a programar algo básico. Una página web sencilla.
—Algo que requiera que usted use su lógica y su atención de forma constante.
—Sin levantarse, sin mirar los tomates, sin coñac.
—Solo usted contra la lógica de la máquina.
Paco la miró con el desafío brillando en sus ojos.
Le encantaba un buen reto, especialmente si podía demostrar que los jóvenes eran unos flojos.
—Trato hecho —dijo, tendiéndole la mano.
La mano de Elena desapareció dentro de la mano de Paco.
Era como una rama de mimbre intentando saludar a un tronco de olivo.
—Pero te advierto una cosa, nuera —dijo Paco, apretando con firmeza pero sin hacer daño.
—Si a mediodía lloras porque se te ha roto una uña, el trato se rompe.
—Y admitirás delante de toda la familia, con el altavoz de la televisión puesto, que lo tuyo es un hobby.
—Acepto —dijo Elena con una sonrisa de tiburón.
—Y si usted a la hora de estar frente al ordenador empieza a decir que le duele la cabeza y que prefiere irse a dormir la siesta…
—Usted admitirá que mi trabajo es, al menos, tan agotador como el suyo.
Javi y Marisa se miraron con preocupación.
Sabían que esto solo podía acabar de dos maneras: o con un gran entendimiento familiar o con Elena en urgencias y Paco con un ataque de nervios informático.
—Esto va a ser mejor que la final de la Copa del Rey —murmuró Javi.
El resto de la tarde transcurrió entre anécdotas de Paco sobre sus años en la construcción.
Habló de cuando no había grúas y todo se subía a hombros.
Habló de los compañeros que se cayeron y de los que se hicieron ricos vendiendo parcelas.
Elena escuchaba con respeto, porque entendía que esa era la épica de una generación.
Pero en su interior, ya estaba repasando tutoriales mentales de cómo explicarle a un hombre de setenta años qué es una variable y qué es un bucle “if-then”.
Sabía que Paco tenía una lógica aplastante para las cosas físicas.
La pregunta era si esa lógica se traduciría al mundo de lo abstracto.
—El sábado a las siete de la mañana paso a buscarte —dijo Paco cuando Elena y Javi se disponían a irse.
—¿A las siete? ¿Tan tarde? —bromeó Elena.
Paco le dedicó una media sonrisa.
—No te pases de lista, que a esa hora todavía no han puesto las calles.
—Trae ropa vieja. Y prepárate para saber lo que es tener hambre de verdad.
Elena bajó las escaleras con una mezcla de miedo y determinación.
—¿De verdad vas a hacerlo? —le preguntó Javi una vez en el coche.
—Claro que sí. Estoy harta de que piense que mi vida es un spa constante.
—Vas a tener unas agujetas que no te vas a poder mover en una semana, Elena.
—Me da igual. Prefiero el dolor de espalda a que me siga mirando como si fuera una vaga con suerte.
Javi arrancó el coche, negando con la cabeza.
—Mi padre es muy cabezón, lo sabes.
—Yo también, Javi. Yo también.
Durante la semana siguiente, Elena trabajó con una intensidad inusual.
Cada vez que se sentía cansada frente a la pantalla, recordaba la cara de Paco.
“¿Esto es humo?”, se preguntaba a sí misma mientras depuraba un error crítico.
“No, esto es arquitectura. Solo que no se ve”.
Llegó el sábado.
El aire frío de la sierra de Madrid a las siete de la mañana cortaba la respiración.
Paco ya estaba esperando en la puerta, con un mono de trabajo azul descolorido y unas botas que parecían haber sobrevivido a tres guerras civiles.
Elena bajó del coche vestida con una sudadera vieja y unos vaqueros que ya daban por perdidos.
—Vaya —dijo Paco, examinándola—. Al menos pareces lista para la batalla.
—Lo estoy, Paco. ¿Dónde empezamos?
PARTE 4
La jornada en el pueblo fue una tortura de proporciones bíblicas.
Paco no tuvo piedad.
No la puso a mirar, la puso a trabajar.
—Trae arena. No, tanta no, que te vas a romper.
—Ahora el cemento. Despacio, que el polvo te cierra los pulmones.
—Y ahora, a batir. A mano, como se hacía antes de que todos os volvierais unos blandos.
Elena sentía que sus brazos se convertían en gelatina a la media hora.
El movimiento constante de la pala, el peso de los materiales, el sol que empezaba a castigar…
Cada vez que intentaba erguirse para estirar la espalda, veía la mirada de reojo de Paco.
Él trabajaba a un ritmo constante, casi hipnótico.
No sudaba tanto como ella, porque su cuerpo sabía cómo ahorrar energía.
Era la eficiencia de la experiencia contra el entusiasmo del novato.
—¿Cómo vas, marquesa? —preguntaba Paco cada vez que Elena soltaba un bufido.
—Perfectamente. Esto es como hacer crossfit, pero útil.
Paco soltó una carcajada.
—Crossfit… si es que le ponéis nombres raros a todo.
Al llegar el mediodía, el murete ya tenía tres filas de ladrillos perfectamente alineadas.
Elena tenía las manos rojas, la espalda crujiendo y una capa de polvo gris sobre el pelo.
—Pausa para el bocadillo —anunció Paco.
Se sentaron sobre unas cajas de fruta bajo la sombra de un higueral.
Paco sacó un cuchillo de Albacete, un trozo de chorizo y un pan que crujía como el alma de un pecador.
Elena mordió el bocadillo y juró que nunca nada le había sabido tan bien.
—Tienes buen saque, para no haber trabajado nunca —dijo Paco, con un tono que casi parecía un cumplido.
—Le he dicho que es cansado, Paco. Muy cansado.
—Pero tiene razón en algo: al final del día veo el muro. Y eso da gusto.
Paco asintió, masticando lentamente.
—Es lo que te decía. El trabajo de verdad te devuelve algo que puedes tocar.
—Lo tuyo es como… escribir en el agua.
Terminaron el muro al atardecer.
Elena apenas podía entrar en el coche para volver a casa.
Tenía agujetas en músculos que ni siquiera sabía que existían.
—Mañana te espero —dijo ella, con un hilo de voz—. En mi oficina improvisada.
—Allí estaré. Prepárate, que voy a aprender a hacer eso en diez minutos.
El domingo por la mañana, Paco apareció en casa de Elena y Javi.
Se había puesto su camisa de “ir a misa” y se había afeitado con esmero.
Parecía un hombre a punto de enfrentarse a un tribunal.
Elena lo sentó en su silla ergonómica de trescientos euros.
—Cuidado, Paco, que esta silla tiene más palancas que un avión.
—Demasiadas tonterías para estar sentado —gruñó él, aunque se acomodó con curiosidad.
Elena abrió el ordenador y puso un entorno de desarrollo muy simplificado.
—Vale, Paco. El reto es este.
—Vamos a crear una pequeña aplicación que calcule cuántos ladrillos necesitas para un muro según los metros que me digas.
Paco arqueó las cejas.
—Eso lo hago yo de cabeza.
—Ya, pero ahora quiero que lo haga la máquina por usted.
Elena empezó a explicarle los conceptos.
Le habló de las variables: “Esto es como un cubo donde guardas un dato”.
Le habló de las funciones: “Esto es como una orden que le das a un peón”.
Al principio, Paco se reía.
—Es muy fácil, Elena. Escribes ‘ladrillo = 10’ y ya está.
Pero luego empezaron los problemas.
Elena le pidió que escribiera el código para que, si el muro medía más de dos metros, la máquina avisara de que hacía falta un refuerzo de hierro.
Paco empezó a teclear con un solo dedo, con una concentración feroz.
—¡Me cago en la leche! ¿Por qué sale esta línea roja? —exclamó a los diez minutos.
—Porque le falta cerrar un paréntesis, Paco.
—¿Un paréntesis? ¿Por esa minucia se enfada el aparato?
—Es muy tiquismiquis, suegro. No perdona un error.
Pasó media hora. La frente de Paco empezó a perlarse de sudor.
No era el sudor del sol de la sierra, era un sudor frío, de frustración contenida.
Sus manos, que movían ladrillos de diez kilos con soltura, temblaban ligeramente al intentar acertar con la tecla de la barra inclinada.
—Esto es un lío, Elena. Me dice que la variable no está definida, pero si la acabo de poner ahí arriba.
—Es que la ha escrito con mayúscula y arriba estaba en minúscula. Para el ordenador son cosas distintas.
Paco soltó un bufido y se echó hacia atrás, frotándose los ojos.
—¡Pero qué tontería! Todo el mundo sabe lo que quiero decir.
—La máquina no sabe nada, Paco. Solo hace lo que usted le dice exactamente.
—Tiene que prever todos los fallos. Todos.
A la hora y media, Paco estaba visiblemente agotado.
Se quitó las gafas y se pasó la mano por la cara, exactamente de la misma forma que Elena lo hacía los martes a las ocho de la tarde.
—Me arde la cabeza —confesó Paco en voz baja.
—Es como si tuviera un enjambre de abejas ahí dentro.
—Y lo peor es que no he avanzado nada. ¡Llevo una hora para que me diga cuántos ladrillos necesito!
Elena le puso una mano en el hombro.
—¿Está cansado, suegro?
Paco la miró. Sus ojos ya no tenían ese brillo de superioridad burlona.
Tenían una mirada de fatiga intelectual, de agotamiento por el esfuerzo de mantener la atención en algo invisible y rígido.
—Es… es un cansancio muy raro, Elena.
—Me duelen los ojos y tengo el cuello como si me hubieran dado un garrotazo.
—Y lo que me da más rabia es que no tengo nada que enseñar.
—Si dejo de mirar la pantalla, el trabajo desaparece. No hay muro.
Elena sonrió con ternura.
—Ese es el cansancio de las neuronas, Paco.
—Es la presión de que todo sea perfecto en un mundo donde un solo error lo rompe todo.
Paco se levantó de la silla con la misma lentitud con la que se levantaba después de una jornada en la obra.
Se fue hacia la ventana y miró a la calle.
—Sabes qué pasa, nuera…
—Que vuestro trabajo es una condena de perfeccionistas.
—En mi mundo, si un ladrillo queda un milímetro torcido, le das un golpe con el mango de la paleta y se arregla.
—Aquí, si te tuerces un milímetro, tienes que tirar todo el edificio abajo y empezar de nuevo.
Se giró hacia ella, con una expresión de derrota digna.
—Tenías razón. Es trabajo. Y es jodido.
Elena sintió que un peso inmenso se levantaba de sus hombros.
Mucho más pesado que los sacos de arena que había cargado el día anterior.
—¿Entonces? —preguntó ella.
Paco suspiró y gritó hacia la cocina, donde estaban Marisa y Javi.
—¡Marisa! ¡Ven aquí!
Su mujer apareció secándose las manos en el delantal.
—¿Qué pasa ahora, Paco? ¿Ya has roto el ordenador?
—No lo he roto. Pero quiero decir una cosa.
Paco miró a Elena a los ojos, con toda la seriedad de un notario.
—El trabajo de oficina es una mierda —sentenció.
—Pero es una mierda muy cansada.
—Prefiero mil veces picar una zanja que estar peleándome con un paréntesis que no se quiere cerrar.
Miró a su hijo Javi.
—Trata bien a la chica, que tiene más paciencia que un santo Job.
—Yo a los diez minutos ya quería darle un martillazo a la pantalla.
Elena se rió y le dio un abrazo a su suegro.
Él se quedó rígido un momento, porque no era hombre de muchas muestras de afecto, pero luego le dio dos palmaditas fuertes en la espalda.
—Eso sí —añadió Paco, recuperando un poco de su esencia—. Mañana a las siete no te quiero ver en el ordenador.
—Te quiero ver durmiendo, que las neuronas también necesitan vacaciones.
—Y el sábado que viene volvemos al pueblo, que el murete ha quedado bien, pero le falta el remate.
Elena aceptó el trato.
Esa noche, cuando se acostó, le dolía todo el cuerpo.
Le dolía la espalda de poner ladrillos y le dolía la cabeza del estrés de la semana.
Pero por primera vez en mucho tiempo, durmió de un tirón.
Porque ahora sabía que, al menos en su familia, su “trabajo de verdad” ya no era un cuento chino.
Era, simplemente, otra forma de sudar.
Invisible, pero real.
Y mientras el sueño la vencía, solo pudo pensar en una cosa:
“Mañana tengo que arreglar ese paréntesis… pero mañana será otro día”.