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El rojo sangre y la dictadura del alquiler

Parte 1: El rojo sangre y la dictadura del alquiler

Mira que yo no soy de las que se quejan por vicio. He sobrevivido a tres mudanzas en el centro de Madrid —que eso es como intentar meter un piano de cola en un brik de leche mientras un taxista te pita porque estás bloqueando un carril bus—, he aguantado cenas de Navidad con mi cuñado explicándome por qué el bitcoin es el futuro mientras se le cae el langostino en el regazo y, lo que es más importante, he llegado a final de mes cobrando como autónoma en este bendito país. Eso te curte. Te da una piel de rinoceronte y una capacidad de aguante que ya la quisieran los espartanos. Pero lo que me tocó hacer el viernes pasado… eso no hay cuerpo humano que lo procese sin que se le desajuste el alma.

Todo empezó con el armario abierto y una desesperación que me subía por la garganta como el reflujo de un kebab de tres euros. Me puse el vestido más bonito que tenía.

No era un vestido cualquiera, no te vayas a creer. Era una pieza de seda roja, de un color tan intenso que parecía que el diseñador hubiera ordeñado una herida. Me lo compré en una de esas tiendas de la calle Fuencarral en un momento de delirio de grandeza, cuando pensaba que la vida me iba a sonreír y que los contratos de diseño gráfico iban a lloverme como el confeti en las fiestas de San Isidro. El vestido me quedaba como una segunda piel, de esas que te cortan la respiración pero te hacen sentir que eres la dueña de la Gran Vía. Un escote en uve que decía “mírame pero no me toques” y una caída que me llegaba justo por encima de las rodillas, lo suficiente para que mis piernas parecieran más largas que la lista de espera de la Seguridad Social.

—Elena, nena, vas a causar un infarto de miocardio masivo en cuanto pises la calle —me soltó Mari Jose, mi compañera de piso, desde el umbral de la puerta mientras masticaba una barrita de cereales que olía a cartón mojado.

—Esa es la idea, Mari Jo. Necesito que el mundo se detenga cuando me vea. O al menos, que se detenga el que tenga la cartera más gorda —le contesté, peleándome con el cierre de la espalda que se negaba a subir, como si el propio vestido tuviera conciencia y supiera a dónde me dirigía.

—¿Seguro que no quieres que hable con mi primo el de Móstoles? Dicen que necesita a alguien para la gestoría. Es un curro de mierda, sí, pero no tienes que ponerte el uniforme de “femme fatale” de película de serie B.

—Mari Jo, el primo de Móstoles me ofrece un sueldo que no me da ni para pagar la comunidad de vecinos. Porque necesitaba dinero urgente… y cuando digo urgente, es para antes de que el reloj dé las doce y el casero, que tiene la cara de un gremlin estreñido, me ponga las maletas en la acera.

La situación era la que era. Tres facturas de luz que daban miedo, el alquiler de un piso en Malasaña que cuesta lo mismo que un riñón en el mercado negro y una deuda con el banco que me perseguía como un ex tóxico que no entiende lo que significa “bloquear”. Necesitaba dinero, y lo necesitaba esa misma noche. No me servía un “mañana te hago el ingreso” o un “estamos procesando su solicitud”. Necesitaba billetes, de los que crujen, de los que te sacan de un agujero negro con el que Madrid te amenaza cada vez que pestañeas.

Me miré al espejo. Mis ojos, maquillados con una sombra oscura que intentaba ocultar las ojeras de llevar tres noches sin dormir, me devolvieron una mirada que me dio escalofríos. Estaba seductora, sí. Estaba imponente. Pero por dentro me sentía como si me estuviera preparando para ir a la guerra con un tenedor.

—Vaya tela, Elena… —susurré para mis adentros mientras me pintaba los labios de un rojo a juego con la tela.

El plan era sencillo de decir pero de esos que te revuelven las tripas al ejecutarlos. Había un evento privado en un club de la zona alta, cerca del Bernabéu. Uno de esos sitios donde la entrada cuesta lo que yo gano en un mes y donde el aire huele a perfume de mil euros y a tratos que se firman en servilletas de papel. Me habían dicho que buscaban “chicas de imagen”, una forma elegante y madrileña de decir que quieren que seas el jarrón más bonito de la habitación para que los tíos con traje se sientan más importantes. No era mi estilo, ni de coña. Yo soy de vaqueros, cañas en Lavapiés y discutir sobre tipografías, pero el hambre tiene un sentido del humor muy negro y el orgullo se te pasa en cuanto ves el aviso de desahucio.

—Toma, lleva esto por si las moscas —dijo Mari Jose, tendiéndome un bote de spray de pimienta—. Que en esos sitios hay mucho lobo con piel de cordero y mucho baboso con tarjeta de platino.

—No te preocupes, tía. Voy, sonrío, cobro el extra que me han prometido por “presencia VIP” y me vuelvo a casa antes de que se me convierta el vestido en harapos —le dije, intentando sonar convencida, aunque por dentro me sentía más frágil que una copa de cristal en un concierto de rock.

Salí del piso y el aire frío de Madrid de finales de octubre me pegó en la cara. Bajé las escaleras con cuidado, que en estos edificios antiguos los peldaños son una trampa mortal si llevas unos tacones de doce centímetros que parecen estiletes. Mientras esperaba el taxi en la esquina de Pez, me sentí observada. El vestido rojo bajo las farolas amarillentas era como una señal de neón.

Unos chavales que pasaban por allí soltaron un silbido.

—¡Vaya monumento! ¡Eso es un vestido y lo demás son trapos! —gritó uno, riendo con sus colegas.

Hace un mes, les habría soltado un corte que los habría dejado mudos hasta el próximo siglo. Pero esa noche, apreté los dientes y seguí mirando al horizonte. Tenía una misión. Tenía un dolor en el pecho que no se quitaba con el maquillaje y una necesidad que me obligaba a caminar derecha, con los hombros hacia atrás y la cabeza alta, aunque por dentro solo quisiera ovillarme bajo la manta y desaparecer.

El taxi llegó. Era de esos que tienen la radio puesta a todo volumen con una tertulia política donde todo el mundo gritaba. El conductor me miró por el retrovisor con una mezcla de curiosidad y respeto.

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