El Palacio de Montus, Monterrey, en Salamanca, ejemplo sobresaliente del Renacimiento español. Era una infancia de dimensiones imposibles para la comprensión ordinaria, más palacios que habitaciones en los que la mayoría de los españoles de su generación crecían. La educación de Cayetana fue la de las aristócratas europeas de su tiempo.
Institutriz privada, idiomas, música, París, Londres. Hablaba francés e inglés con fluidez. sabía comportarse en los contextos donde el protocolo era obligatorio y al mismo tiempo desarrolló desde muy joven una segunda educación completamente diferente, la de Sevilla y el flamenco, la de los gitanos del sacromonte de Granada, la de las peñas y las fiestas donde la gente bailaba sin que nadie mirara el reloj.
Eran dos mundos que en teoría no debían coexistir en la misma persona y en Cayetana coexistían sin aparente contradicción, lo que era en sí mismo una declaración de principios. Yo elijo lo que me gusta, no lo que mi clase supone que debo elegir. El 12 de octubre de 1947, Cayetana de Alba se casó con Luis Martínez de Irujo y Artazcoz en la catedral de Sevilla.
La boda fue descrita por la prensa española e internacional como la boda más cara del mundo. Más de 2,500 invitados. una ceremonia en la que participaron aristócratas de toda Europa. Telegrama de bendición del Papa Pío XI y la única vez en la historia moderna en que se había celebrado una boda en ese espacio sagrado de la catedral hispalense que solo había acogido un enlace anterior en toda su historia.
Luis era hijo de los duques de Sotomayor y era exactamente el tipo de marido que la sociedad española de 1947 esperaba que una duquesa eligiera. Bien nacido, bien educado, sin escándalos y sin una sola nota discordante en su historial. Era también, según todas las personas que los conocieron, alguien que amaba genuinamente a Cayetana y con quien vivió 25 años, que los dos describieron como felices.
De ese matrimonio nacieron los seis hijos de Cayetana, Carlos en 1948, que heredaría el ducado y que es hoy el 19o duque de Alba. Alfonso en 1950, Jacobo en 1954, Fernando en 1959, Cayetano en 1963 y Eugenia en 1968. seis hijos en 21 años de matrimonio, lo que significa que Cayetana pasó una parte muy significativa de sus mejores años entre embarazos, partos y lactancias, sin que eso la impidiera mantener la vida social, cultural y política que el apellido y el carácter requerían.
era madre con la misma intensidad con que era duquesa, lo que en la España de la posguerra era ya de por sí extraordinario. La colección de arte que Cayetana heredó, administró y en algunos casos acrecentó durante su vida es una de las razones por las que la casa de Alba ocupa un lugar singular en la historia cultural de España que no tiene equivalente en ninguna otra familia privada.
El palacio de Liria en Madrid con sus más de 3,500 m² distribuidos en cerca de 200 habitaciones, custodia más de 350 pinturas, 52 tapices y obras de Velázquez, Rubens, Titiano, El Greco, Goya, Zurbarán, Murillo, Rembrand, Picasso, Miró y Shagal. En su biblioteca se encuentran los diarios de viaje de Cristóbal Colón con 24 autógrafos del navegante, el testamento de Fernando el Católico, las capitulaciones matrimoniales de Juana de Castilla y Felipe el Hermoso, la primera Biblia traducida al castellano que data de 1430 y se salvó de la Inquisición y la
edición Príncipe del Quijote era el tipo de patrimonio que los estados nacionales custodian en sus museos nacionales y que la casa de Alba tenía en propiedad privada desde antes de que existieran los museos nacionales. El palacio de Liria tuvo que ser reconstruido después de la guerra civil española que lo dejó en ruinas.
Los bombardeos republicanos de Madrid en los años del conflicto destruyeron buena parte del edificio. Cayetana, que heredó el ducado en 1955, tras la muerte de su padre, asumió personalmente la dirección de la reconstrucción con los recursos de la casa de Alba. La reinauguración oficial se produjo el 13 de junio de 1956. Era el primer gran proyecto de la duquesa y también la primera demostración de que Cayetana entendía el patrimonio que administraba, no como un activo económico, sino como una obligación histórica.
Esos palacios, esas obras de arte, esos documentos existían antes que ella y debían existir después. Su papel era custodiarlos con la misma seriedad que sus antecesores los habían acumulado. Luis Martínez de Irujo murió en 1972 a causa de la leucemia. Cayetana tenía 46 años. El marido con quien había construido una vida ordenada y amorosa durante 25 años desapareció con la rapidez que tiene la enfermedad cuando decide que ha llegado el momento.
Y la cayetana que emergió del duelo no era exactamente la misma que había entrado en él. Algo en esa pérdida la liberó de la necesidad de seguir los códigos de la clase que la había formado. No de manera inmediata ni de manera dramática. Pero la siguiente decisión que tomó en materia sentimental lo demostraría de manera que toda España hablaría de ello durante años.
En 1978, 6 años después de enviudar, Cayetana de Alba se casó por segunda vez. Su segundo marido era Jesús Aguirre y Ortiz de Zárate, sacerdote jesuita laicizado, hijo de madre soltera, doctor en teología, intelectual de primera línea y 11 años más joven que ella. La sociedad española, de finales de los 70, todavía en el proceso de procesar la transición democrática, no estaba completamente preparada para una duquesa que se casaba con un escura de madre soltera.
Los hijos de Cayetana, según las crónicas de la época, expresaron su sorpresa con la frase que quedó para la historia. Mamá se va a case con un cura. Qué fuerte. A la boda no pudieron asistir los Reyes de España, Juan Carlos I y la reina Sofía. que eran amigos cercanos de Cayetana, porque el protocolo de la casa real vedaba la asistencia de los monarcas a segundas bodas.
Cayetana respondió a todas las críticas con la claridad que la definía. Hay gente que no me perdona, que me haya casado con un hombre inteligente, pero somos muy felices juntos. No necesitamos a nadie más. Era una respuesta que decía dos cosas al mismo tiempo, que eligió a Jesús Aguirre porque era extraordinariamente inteligente, no a pesar de su origen, y que la opinión del mundo sobre sus decisiones personales le importaba lo mismo que le habría importado a ella, opinar sobre las decisiones de los demás. El matrimonio con Jesús Aguirre
duró 23 años hasta la muerte de él en mayo de 2001 por una embolia pulmonar. Fue, según todos los testimonios disponibles, una relación intelectualmente estimulante y afectivamente sólida. Jesús Aguirre llegó a ser director general del libro en el gobierno de Felipe González y luego director de la Fundación Juan March.
era el tipo de segundo matrimonio que rompe todos los esquemas de lo que se supone que debe ser un segundo matrimonio, más rico en conversación y más libre de convenciones que el primero. La pasión de Cayetana de Alba por el flamenco es uno de los elementos de su carácter que resulta imposible de disociar del resto de su persona. No era el interés de quien aprecia el flamenco desde la distancia estética de quien lo considera una expresión cultural valiosa.
Era el amor físico inmediato y sin mediación de alguien que desde niña sintió en el flamenco algo que ninguna otra expresión artística le daba. Iba a los tablaos y a las fiestas privadas. Era amiga de Lola Flores, con quien acudía a fiestas flamencas y fue madrina de bautizo del único hijo varón de la faraona. En 1961, cuando la nobleza española de su generación escuchaba zarzuela en el teatro de la zarzuela, Cayetana escuchaba flamenco en sitios donde nadie de su clase iba.
Y cuando le preguntaban sobre esa incongruencia, sonreía como alguien a quien la incongruencia no le parece tal. La posición de Cayetana en la vida cultural de la España del siglo XX fue la de alguien que se tomaba en serio la cultura sin tomarse a sí misma en serio. Esa es una distinción importante. Había en ella una genuina pasión por el arte, la literatura y la música, que no era el consumo estético de quien tiene dinero para comprarlo, sino la familiaridad de quien ha crecido rodeado de obras que tienen 500 años y ha aprendido a leerlas con el mismo
respeto con que un bibliógrafo lee sus manuscritos. Al mismo tiempo, había en ella una impermeabilidad total al esnobismo cultural que convierte el conocimiento del arte en un instrumento de jerarquía social. Podía hablar de Goya con la precisión de una especialista y bailar flamenco en la misma tarde, sin sentir que una de las dos cosas desmentía la otra.
Su relación con Lola Flores es uno de los ejemplos más reveladores de cómo funcionaba el carácter de Cayetana. Lola Flores era en los años 50 y 60 el símbolo más visible de la España popular, de la España del flamenco y la copla, de una cultura que la aristocracia de pedigría europeo tendía a mirar con el condescendiente afecto que los de arriba reservan a las expresiones culturales de los de abajo.
Cayetana y Lola eran amigas de verdad, no la amistad de patronazgo que la duquesa habría podido tener con un artista popular si hubiera sido otra persona. Se querían con el tipo de afecto que ignora las jerarquías porque las dos habían encontrado en la otra algo que no encontraban en su propio mundo.
Cayetana fue madrina de bautizo del único hijo varón de Lola, Antonio, en 1961. Era un gesto que en la España de Franco tenía implicaciones sociales que hoy resulta difícil de imaginar completamente. La relación de Cayetana con la cultura popular española no se limitaba al flamenco. Mantuvo amistades con el mundo del cine, del teatro y de las artes que cruzaban sistemáticamente los límites de lo que la aristocracia española consideraba su territorio natural.
Sofía Loren, Alex Guinness y James Mason visitaron el Palacio de Liria durante el rodaje de la caída del Imperio Romano en 1964. Jackie Kennedy le pintó una acuarela durante su visita a Sevilla en los años 60 que hoy se conserva en el palacio de las Dueñas. Era el tipo de vida que solo es posible cuando alguien tiene los recursos para estar en todos los mundos simultáneamente y el carácter para disfrutar de cada uno de ellos sin que ninguno le resulte más importante que los demás.
La historia de Picasso y Cayetana es una de las más citadas en las biografías de la duquesa y merece más contexto del que normalmente recibe. Picasso, que en los años 50 era el pintor más célebre del mundo, quería pintar a Cayetana desnuda. La petición no era insólita. Picasso pintó desnudas a muchas mujeres y la duquesa de Alba tenía la belleza y el carácter que el pintor malagueño encontraba irresistible.
El primer marido de Cayetana, Luis Martínez de Irujo, se negó rotundamente y Cayetana acató la decisión de su marido, aunque según la versión que circuló durante décadas, no sin dejarle claro a Picasso que la negativa era de Luis, no de ella. Era la imagen perfecta de quién era Cayetana, incluso dentro de un matrimonio convencional.
Alguien que obedecía las reglas de la institución mientras dejaba claro que las reglas eran externas a ella. Las subvenciones agrícolas que la Casa de Alba recibió de la política agrícola común de la Unión Europea fueron uno de los episodios más incómodos de la vida pública de Cayetana. Según un informe de la ONG Osfam, ella y sus hijos recibieron 1,800,000 € en ayudas de la PAC solo en el año 2003.
era la imagen de uno de los mayores latifundistas de España, heredero de siglos de acumulación de tierra que en algunos casos remontaba a los señoríos medievales, beneficiándose de un sistema de ayudas agrícolas diseñado originalmente para proteger a los pequeños agricultores europeos de la competencia global.
Los sindicatos agrarios y la izquierda española convirtieron ese dato en un argumento recurrente sobre la injusticia estructural de la concentración de tierra en España. Cayetana respondió señalando que la casa de Alba pagaba sus impuestos y cumplía las normativas aplicables, lo cual era cierto. El debate de fondo sobre si ese sistema era justo era otro asunto.
El territorio que la casa de Alba ha poseído a lo largo de su historia es de una extensión que resulta difícil de visualizar en términos modernos. Cayetana era considerada una de las mayores terratenientes de España con unas 34,000 hectáreas bajo su control, una superficie equivalente a más de 170 veces el principado de Mónaco.
incluían fincas agrícolas en Andalucía, Extremadura y Castilla, latifundios que en muchos casos eran los restos de los señoríos jurisdiccionales medievales que la abolición del feudalismo en el siglo XIX había transformado en propiedades privadas sin cambiar fundamentalmente quién las poseía. Era una de las consecuencias más duraderas de la historia medieval española.
El poder señorial se había convertido en propiedad privada, pero seguía siendo de las mismas familias. La expropiación en 1991 por parte de la Junta de Extremadura de las fincas Cabra Alta y Cabra Baja en Badajoz fue el episodio más resonante de la tensión entre el patrimonio de los Alba y las demandas de redistribución de tierra en la España democrática.
La Junta expropió por interés social unas fincas que llevaban desde 1940 siendo explotadas por una asociación de arrendatarios de la localidad de Zainos. La duquesa recibió 400 millones de las antiguas pesetas de indemnización. Era una cantidad significativa, pero estaba lejos de representar el valor que las tierras podían tener en un mercado libre.
La expropiación fue legal, fue contestada judicialmente y fue finalmente ejecutada. Era el tipo de conflicto que en la España de la Transición Democrática ponía sobre la mesa preguntas que la sociedad prefería no formular abiertamente. ¿Cuánta tierra puede poseer una sola familia sin que eso se convierta en un problema político? La posición de Cayetana ante esas críticas era coherente con su carácter general.
No las negaba ni se disculpaba por ellas. Reconocía que el origen histórico del patrimonio de los Alba incluía siglos de acumulación. que en muchos casos habían seguido lógicas que el mundo moderno no considera aceptables y al mismo tiempo señalaba que la casa de Alba pagaba sus impuestos, empleaba a personas en sus fincas y palacios y custodiaba un patrimonio artístico e histórico que de otra manera podría no haberse preservado.
Era la defensa posible de una posición que en el fondo era indefendible en términos de igualdad, pero que en términos prácticos tenía su lógica. Alguien tenía que custodiar esos goyas y esos Velázquez. Y la casa de Alba lo había hecho durante siglos con resultados que podían verse en los salones del Palacio de Liria.
La Cayetana, que el mundo conoció mejor en los años de la democracia española, era la de la prensa del corazón, la duquesa excéntrica, la noble que bailaba descalza, la aristócrata, que hablaba en declaraciones que el periodismo adoraba, porque siempre contenían exactamente lo que el periodismo necesita.
directas, sin adornos innecesarios, sin el lenguaje de la diplomacia que aprendía en su infancia y que conscientemente dejaba de lado cuando hablaba de su propia vida. Era una persona que la cámara encontraba naturalmente fotogénica, no porque posara, sino porque nunca posaba. Siempre era la misma persona, lo que significaba que cualquier foto era auténtica.
Y entonces llegó Alfonso XZ, el capítulo más discutido, más celebrado y más incomprendido de la vida de Cayetana de Alba. Alfonso Díz Caravantes había nacido en Pencia en 1950. Era funcionario del Instituto Nacional de la Seguridad Social. Tenía 60 años cuando se hizo pública su relación con la duquesa, que tenía 82. La diferencia de edad era de 24 años, aunque en algunos artículos de la época la diferencia se amplificaba hasta los 25.
La prensa internacional, incluida la revista Time, cubrió la historia con el tono que reservaba para los escándalos de las casas reales europeas, el beneficio económico como motivo, la diferencia de estatus como escándalo, la edad avanzada de la duquesa como elemento que cuestionaba su capacidad de decisión.
Lo que la prensa no sabía o no quería saber era la historia real. Alfonso Díz y Cayetana se habían cruzado años antes en un contexto ordinario. La ciudad, amigos comunes, el tipo de encuentro que no tiene nada de romántico en el momento en que ocurre. Cuando volvieron a verse a las puertas de un cine, Cayetana fue la que tomó la iniciativa, le cogió de la solapa y le dijo, “No vuelvas a desaparecer.
” Era el tipo de gesto que solo hacen las personas que saben exactamente lo que quieren y que llevan demasiado tiempo en el mundo para desperdiciar tiempo en protocolos sociales que no sirven a sus verdaderos propósitos. Alfonso D no era la duquesa de Alba. Cayetana lo sabía perfectamente. Lo que Cayetana vio en Alfonso fue a una persona, no a un título o a una fortuna.
Los hijos de Cayetana reaccionaron con la mezcla de preocupación genuina y resistencia a lo desconocido que es habitual en los hijos adultos cuando sus padres toman decisiones que ellos no habrían tomado. Cayetano Martínez de Irujo, el quinto hijo, se puso hecho un basilisco, según las propias palabras de Alfonso, décadas después.
Otros fueron más receptivos. La posición de la duquesa era absolutamente clara. Los hijos podían opinar, pero las decisiones sobre su vida personal las tomaba ella. para Tintos garantizar que sus hijos no tuvieran motivos financieros para bloquear el matrimonio. Cayetana repartió anticipadamente una gran parte de su patrimonio personal e histórico ante notario en julio de 2011 antes de la boda.
Alfonso DZ, por su parte, firmó unas capitulaciones matrimoniales con 15 cláusulas por las que renunciaba a cualquier título, derecho u honores, que el matrimonio pudiera conferirle. Era el gesto más elocuente disponible. casarse con la persona más rica de España sin quedarse con nada de lo suyo. El 5 de octubre de 2011, en la capilla del Palacio de las Dueñas de Sevilla, Cayetana de Alba se casó con Alfonso Díz ante una trintena de invitados.
La ceremonia fue pequeña, íntima, casi privada en comparación con las bodas anteriores de la duquesa, pero los fotógrafos que esperaban en la calle pagaban hasta 2000 € por alquilar los balcones del entorno para fotografiar el momento. Y cuando la ceremonia terminó y los novios salieron a saludar a los presentes, Cayetana de Alba hizo lo que ninguna otra aristócrata de su generación habría hecho.
se quitó los zapatos, empezó a bailar flamenco al aire libre y arrojó el ramo de flores a la multitud. Era la escena más calletana posible. Era exactamente ella, siendo exactamente ella, con 85 años, tr días después de publicar sus memorias y 4 años antes de morir. Era la demostración viva de que algunas personas no cambian porque nunca tuvieron que cambiarse para ser lo que eran.
La historia de los tres matrimonios de Cayetana de Alba es también la historia de tres versiones diferentes de la libertad que fue conquistando a lo largo de su vida. El primero con Luis Martínez de Irujo en 1947 fue el matrimonio del mundo que la había formado con alguien del mismo mundo, con la misma clase, con el mismo protocolo.
Fue también, según todos los testimonios, un matrimonio genuinamente feliz. El segundo, con Jesús Aguirre en 1978 fue el matrimonio de la primera ruptura, alguien del mundo intelectual con un pasado como sacerdote que escandalizaba a quienes necesitaban escandalizarse y que era 11 años más joven que ella.
El tercero, con Alfonso Díz en 2011, fue el matrimonio de la libertad total. alguien sin ningún título, sin ningún apellido reconocible, sin ninguna red social que lo conectara con su mundo. 24 años más joven y dispuesto a afirmar que renunciaba a todo lo que el matrimonio pudría darle materialmente. Era la progresión de alguien que fue aprendiendo a elegir con menos miedo a medida que envejecía, lo que es exactamente lo contrario de lo que el mundo espera que ocurra.
Alfonso Díz cuenta en el documental que se hizo sobre la duquesa, que lo primero que le impresionó de Cayetana no fue la duquesa, sino la mujer. A él nunca le había gustado la duquesa de Alba como imagen pública. Le había gustado Cayetana como persona cuando se cruzaron en los contextos donde las personas se cruzan sin que nadie planifique el encuentro.
Y esa distinción entre la persona y el título era exactamente la que Cayetana había defendido toda su vida, que ella era Cayetana primero y duquesa de Alba después, y que quien no podía ver a Cayetana detrás del título no la estaba viendo en absoluto. Alfonso la vio, ella lo notó y lo demás fue consecuencia natural de lo primero.
Los años finales de Cayetana de Alba no fueron fáciles en términos de salud, pero fueron, según todos los que la rodearon, completamente coherentes con quien había sido siempre. Viajó con Alfonso por Egipto, Jordania, Sicilia, Tailandia. Siguió apareciendo en eventos públicos. Siguió siendo fotografiada. Siguió generando titulares con la naturalidad de alguien que no pone en marcha ningún aparato de comunicación para generarlos.
En noviembre de 2014 fue ingresada por una neumonía complicada en la clínica del Sagrado Corazón de Sevilla. Sus hijos decidieron trasladarla al palacio de las Dueñas para que pasara los últimos días en el lugar que más amaba con su familia a su alrededor. El 20 de noviembre de 2014 murió en Sevilla. Tenía 88 años.
Por su capilla ardiente pasaron más de 70,000 personas. No eran aristócratas, ni políticos, ni celebridades, aunque también estuvieran. Eran personas corrientes que habían seguido su vida durante décadas en las páginas de las revistas, en los telediarios, en las noticias que Cayetana generaba con la regularidad de quien simplemente vive sin preocuparse de las consecuencias mediáticas de vivir.

La enorme concurrencia era el mejor indicador del tipo de personaje que había sido, alguien que la gente ordinaria sentía que conocía de verdad, no porque se hubiera acercado a ella deliberadamente, sino porque ella nunca había puesto la distancia que la aristócrata convencional coloca entre sí misma y el mundo que la observa. Sus cenizas fueron depositadas por su propio deseo en la hermandad de gitanos de Sevilla.
Era el gesto más revelador que podía hacer. la mujer con más títulos nobiliarios del mundo, eligiendo que su cuerpo descansara en el lugar que representaba la parte de España que más amaba, la parte que ningún título ni ningún palacio podría haber comprado si no hubiera sido recibido con el corazón abierto.
Años después, una parte de sus cenizas fueron trasladadas al panteón familiar de la casa de Alba en Madrid. Las dos mitades estaban en los dos lugares que habían sido las dos mitades de ella misma. La relación de Cayetana con los medios de comunicación españoles fue durante décadas una de las más productivas que ningún personaje público no político ha mantenido.
No porque ella alimentara deliberadamente ese ciclo mediático, sino porque su vida era genuinamente más interesante que la de cualquier personaje que los medios pudieran construir artificialmente. Cada vez que Cayetana aparecía en público, algo ocurría. dijo algo que nadie esperaba, llevó a alguien que nadie esperaba, hizo algo que nadie esperaba.
Era la fuente inagotable de los editores de las revistas del corazón, porque era exactamente lo que las revistas del corazón necesitan. Una persona que vive en el extremo de las convenciones sin calcularlo, sin una estrategia de comunicación, sin un equipo de asesores que gestionen su imagen. Las fotos de interview que se publicaron en 2011, dos días antes de su tercera boda, son un ejemplo perfecto de esa relación con los medios.
Las imágenes tomadas en 1982 en una playa de Ibiza mostraban a Cayetana sin la parte de arriba del bañador. Tenía 56 años en esas fotos. La publicación las vendió como una revelación escandalosa. Cayetana las comentó con la misma indiferencia que habría usado para comentar el tiempo. Eran fotos de hacía casi 30 años en una playa privada en un verano de hace tres décadas.
No eran el escándalo que la revista quería que fueran porque Cayetana se negaba a experimentarlas como un escándalo. Era el mecanismo que usaba sistemáticamente con todo lo que el mundo intentaba convertir en problema para ella. Simplemente no lo convertía en problema, lo cual era en la práctica la respuesta más eficaz posible. El patrimonio que Cayetana dejó, valorado por Forbes en aproximadamente 3,000 millones de euros en el momento de su muerte, era uno de los mayores en manos privadas de España.
Lo que quedó en la fundación Casa de Alba incluye los tres palacios principales, Liria en Madrid, Dueñas en Sevilla y Monterrey en Salamanca. más castillos, fincas y propiedades repartidas por España. Sus herederos recibieron en vida de la duquesa las partes del patrimonio que ella decidió repartir con el acuerdo de que Carlos, el primogénito, administrara la fundación y preservara el legado histórico.
Era la última decisión de gestión de una mujer que durante décadas había administrado uno de los patrimonios culturales privados más extraordinarios de Europa, con la mezcla de sentido práctico y responsabilidad histórica que ese patrimonio requería. La duquesa de Alba dejó también dos libros de memorias.
El primero, Yo, Cayetana, publicado el 11 de octubre de 2011, una semana después de su tercera boda. El segundo, lo que la vida me ha enseñado en abril de 2013. En ellos escribió exactamente lo que había hecho en vida, sin filtros, con la direcnez de alguien que no necesita proteger ninguna imagen, porque la imagen que proyecta es la que es.
El epitafio que eligió para sí misma. aparece en esas memorias y es la síntesis más exacta de una vida que resistió todas las etiquetas. Aquí yace Cayetana, que vivió como sintió. Lo que la historia de Cayetana de Alba dice sobre España, sobre la aristocracia y sobre el siglo XX es algo que ningún libro de texto puede resumir completamente.
Era el producto de un sistema de acumulación de riqueza y títulos que llevaba siglos operando sin interrupción. con toda la injusticia estructural que ese sistema implica. Y era también una persona que usó los privilegios de ese sistema para vivir de la manera más libre que su tiempo y su contexto permitían, sin pedir permiso a nadie, sin disculparse por sus elecciones, sin ajustar su carácter a las expectativas de ninguna clase social.
era simultáneamente una beneficiaria del sistema más tradicional de la España aristocrática y la persona que con más naturalidad se saltaba todas las reglas de ese sistema cuando esas reglas interferían con lo que ella quería hacer. El baile de flamenco descalza en el patio del palacio de las Dueñas después de casarse con Alfonso Díz es la imagen con que la mayoría de la gente recuerda a Cayetana de Alba.

Es también la imagen más exacta de quién fue. Una mujer de 85 años con más títulos que ningún noble del mundo, casándose con quien quería, bailando donde quería, exactamente como quería, sin que el apellido, el linaje, los palaciones, los Goyas y los Velázquez la obligaran a ser otra cosa que lo que siempre había sido.
Aquí Yace Cayetana, que vivió como sintió. En 2026, en el año del centenario de su nacimiento, la Fundación Casa de Alba ha organizado una serie de actos conmemorativos que incluyen una exposición en el palacio de las dueñas y un documental titulado Cayetana, duquesa de todos, que se estrenó en el cine Cervantes de Sevilla y se emitió después en Canal Sur y Netflix.
La exposición fue inaugurada con la presencia del rey Felipe VI, lo que subrayó la dimensión institucional del homenaje a alguien que había sido amiga personal de su padre Juan Carlos I y de su madre, la reina Sofía. El documental recorre los lugares más ligados a su vida: los palacios, las fincas, la Real Maestranza de Sevilla, el santuario de los gitanos, el corral de la morería en Madrid.
Era el retrato de una mujer que había habitado el espacio entre la aristocracia más formal y la España más popular, sin que ninguno de los dos mundos pudiera reclamarla completamente. El legado de Cayetana de Alba en la cultura popular española es difícil de medir con precisión porque se manifestó en formas muy diferentes.
Fue motivo de coplas, la canción como la noche y el día que dice quedan unidos dos nombres para la historia de España. Uno se llama Sevilla y el otro es Cayetana. La convirtió en un personaje de la cultura popular flamenca a la altura de los iconos que ella misma admiraba. Fue personaje de ópera. El compositor Xavier Monsalvatge escribió su ópera El gato con botas antes de que nadie.
Pero la duquesa de Alba fue objeto de obras teatrales, musicales y documentales que intentaron capturar una personalidad que resistía todas las reducciones. Fue portada de Bog en 1962 con un vestido de Elio Beranger, fotografiada por Henry Clark, siendo la primera aristócrata española que aparecía en la revista como modelo de moda, en lugar de como sujeto de las páginas sociales.
La imagen que Cayetana proyectó de sí misma con el tiempo no era la de la duquesa magnánima, que abre sus palacios al pueblo. Era la de alguien que simplemente no entendía por qué el palacio y el tablao flamenco no podían ser el mismo mundo. La distinción entre alta cultura y cultura popular que el siglo XX convirtió en un sistema de clases dentro del mundo cultural, era para ella tan incomprensible como la distinción entre aristócratas y no aristócratas cuando se trataba de decidir con quién pasaba el tiempo.
Tenía la capacidad específica de hacer que todos los que la rodeaban se sintieran importantes sin que eso fuera una estrategia. Simplemente prestaba la misma atención a todos. era el origen de la extraordinaria popularidad que la llevó a generar colas de 70,000 personas en su capilla ardiente.
El contraste entre Cayetana de Alba y el resto de la aristocracia española de su generación y de las generaciones posteriores, es uno de los más reveladores sobre por qué ella sigue siendo una figura de fascinación, mientras la mayoría de sus contemporáneos de clase son completamente desconocidos para el gran público. La aristocracia española del siglo XX tendió a la invisibilidad como estrategia de supervivencia.
No aparecer en los medios, no generar polémica, no mezclarse con el mundo que estaba más allá de los círculos tradicionales. Era una lección aprendida del siglo XIX, cuando los excesos de visibilidad aristocrática habían alimentado el republicanismo y el anticlericalismo. Cayetana hizo exactamente lo contrario.
Fue siempre visible, siempre presente, siempre dispuesta a generar la polémica que su carácter genuino inevitablemente generaba. Y paradójicamente esa visibilidad la hizo más querida que protegida por la invisibilidad. La Biblioteca del Palacio de Liria merece más atención de la que normalmente recibe en los análisis del patrimonio de los Alba, porque es quizás el elemento más extraordinario de toda la colección.
Los 24 autógrafos de Cristóbal Colón, que custodia son la concentración más grande de documentos de puño y letra del navegante que existe en ningún archivo del mundo. Incluyen sus diarios de viaje al nuevo mundo, cartas y notas que permiten seguir el pensamiento de Colón durante los viajes que cambiaron la historia del planeta.
Están ahí porque el tercer duque de Liria, Jacobo Francisco, Fitz James Stuart y Colón, era descendiente de Cristóbal Colón por línea femenina y los documentos del navegante entraron en la colección de los Alba por ese camino genealógico que unía a los Fit James Stuart con el descubridor de América. Es el tipo de coincidencia que solo ocurre cuando las familias tienen suficiente historia detrás como para que las coincidencias se acumulen durante siglos.
El testamento de Fernando el Católico que guarda la biblioteca de Liria es otro de los documentos que hacen de esa colección algo único. Fernando fue el rey que junto a Isabel la Católica unificó España y patrocinó el viaje de Colón. Que su testamento esté en una colección privada y no en el archivo de la Corona de Aragón. o en el Archivo General de Simancas es la prueba de hasta qué punto la historia de España y la historia de la casa de Alba son inseparables.
Durante siglos, los duques de Alba fueron el eje sobre el que giró buena parte de la política española, lo que significaba que los documentos más importantes de esa política terminaban en sus archivos por las razones más diversas. La decimotercera duquesa de Alba, María del Pilar Teresa Cayetana de Silva y Álvarez de Toledo, a quien Goya pintó en el famoso retrato, donde apunta hacia abajo con un dedo y aparece la inscripción Solo Goya.
Es el antecedente más directo de la Cayetana del siglo XX en términos de carácter. La decimotercera duquesa era también conocida por su independencia de carácter, por su relación con el pueblo de Madrid, que iba más allá de lo que su posición hacía previsible. y por la fascinación que generaba en los artistas de su tiempo.
Goya la pintó varias veces y aunque la relación entre los dos nunca ha sido establecida con certeza documental como algo más que una relación artística intensa, la imaginación popular la ha convertido en una historia de amor que en realidad no está demostrada. Laoctava duquesa, Cayetana heredó el nombre y heredó la fascinación que el mundo tenía por esa figura histórica, añadiéndole su propio siglo y su propia personalidad.
La España, que Cayetana de Alba habitó durante 88 años, cambió más que ningún otro periodo comparable en la historia española. Nació en la dictadura de Primo de Rivera, vivió la Segunda República, sobrevivió a la guerra civil, vivió 40 años de franquismo y 20 de democracia. A lo largo de todos esos regímenes políticos, el apellido y el patrimonio de los Alba siguieron siendo exactamente lo que habían sido, un hecho de la geografía social española que los distintos gobiernos toleraban, aprovechaban o combatían según su posición política, pero que ninguno de
ellos fue capaz de eliminar. La democracia trajo las críticas más articuladas sobre el patrimonio y la tierra, pero también trajo la libertad que permitió a Cayetana ser públicamente la persona que siempre había sido en privado. Fue paradójicamente en la democracia donde la duquesa de Alba encontró el espacio público para vivir exactamente como quería vivir.
El papel de los hijos de Cayetana en la historia familiar después de su muerte es en sí mismo un capítulo que el documental del centenario intenta retratar. Carlos, el primogénito y actual duque, se ha dedicado con seriedad a la gestión del patrimonio cultural de la fundación. Alfonso gestiona las finanzas. Jacobo vive en el mundo del arte.
Fernando ha sido el más discreto y el más cercano a Alfonso Díz en los años posteriores a la muerte de su madre. Cayetano, el más polémico de los hijos durante los años del noviazgo y la boda con Alfonso X terminó ganándose el afecto de su exmujera, madre de sus hijos y en 2025 anunció una nueva boda con Bárbara Mirhan.
Eugenia, la más flamenca de los hermanos, continúa la conexión de la familia con el mundo del arte y el flamenco que su madre cultivó. Son los herederos de alguien imposible de imitar, lo que los libera de la obligación de intentarlo. La amistad de Cayetana con la familia real española fue uno de los hilos que recorrieron toda su vida adulta.
Asistió en 1962 a la boda de Juan Carlos de Borbón y Sofía de Grecia en Atenas. fue amiga cercana de los reyes durante décadas y al mismo tiempo mantuvo siempre esa distancia específica que mantienen las personas que no necesitan la proximidad al poder para validarse. Era amiga de los reyes porque le caían bien, no porque le diera algo ser amiga de los reyes.
Era la distinción que definiría su relación con todos los que conoció, famosos o no. La gente que le interesaba le interesaba por lo que era, no por lo que representaba. La estatua que le dedicaron en Sevilla en mayo de 2011, meses antes de su tercera boda, es la demostración más física del lugar que Cayetana ocupaba en el imaginario de una ciudad.
Sevilla pone estatuas a sus toreros, a sus cantadores, a sus santos y a sus figuras históricas. Que pusiera una estatua a la duquesa de Alba en vida decía algo sobre la relación que esa ciudad tenía con ella. No era la aristócrata que venía a Sevilla, era la sevillana que resultaba ser aristócrata. Era la suya y no de una manera protocolar, sino de la manera en que una ciudad siente que alguien le pertenece cuando esa persona ha demostrado con sus acciones que pertenece a ella.
La cuestión de los títulos nobiliarios de Cayetana de Alba merece una explicación adicional porque la cifra exacta genera confusión. El libro Guinness de los Records la certificó como la noble con más títulos legalmente reconocidos del mundo. El número que más circula es 51, pero la descripción más precisa es la que el propio libro usó.
cinco veces duquesa, 18 veces marquesa, 20 veces condesa, más vizcondesa, condesaduquesa y con destablesa, y 14 veces grande de España. Los títulos se habían ido acumulando a lo largo de siglos de matrimonios estratégicos, herencias, servicios a la corona y transacciones nobiliarias que convirtieron a la casa de Alba en el receptor de más títulos que ninguna otra familia noble española.
Muchos de ellos los había cedido en vida a sus hijos como parte del reparto patrimonial previo a su tercera boda. Pero incluso después de esas cesiones, la cantidad de títulos que retenía superaba la de cualquier otro noble europeo vivo. El derecho real, aunque no ejercido nunca en la historia moderna, de entrar a caballo en la catedral de Sevilla, viene del papel que los duques de Alba jugaron históricamente en la defensa y el patronazgo de esa institución.
Era el tipo de privilegio feudal que la historia había convertido en curiosidad y que Cayetana nunca usó, entre otras razones, porque le habría parecido extravagante en el sentido que a ella no le gustaba la extravagancia. La extravagancia que busca llamar la atención. Lo que ella hacía nunca buscaba llamar la atención.
Llamaba la atención como consecuencia de hacerlo. El epitafio que Cayetana eligió para sí misma. Aquí yace Cayetana, que vivió como sintió. Es en apariencia simple y en realidad extraordinariamente difícil de cumplir. Vivir como se siente requiere para empezar saber lo que se siente. Requiere la capacidad de distinguir entre lo que uno quiere de verdad y lo que el mundo le dice que debería querer.
requiere la valentía de actuar en consecuencia cuando lo que uno quiere de verdad no coincide con lo que el mundo espera y requiere la consistencia de hacer eso, no en un momento de rebeldía juvenil, sino durante 88 años, desde la niñez en los palacios de Sevilla hasta la vejez, bailando descalza en el patio de uno de esos palacios con el marido que había elegido contra la opinión de sus hijos y del mundo entero.
Cayetana de Alba no fue una revolucionaria en ningún sentido político del término. No desafió el sistema de la nobleza, ni cuestionó la legitimidad de la herencia. No renunció a sus títulos ni repartió su tierra entre los campesinos. Era, en ese sentido, completamente de su clase. Creía en la Penbus, institución nobiliaria.
Creía en la continuidad histórica que representaba y administró su patrimonio con la seriedad de quien entiende que es la custodiana de algo que tiene que sobrevivir más allá de ella. Lo que fue revolucionaria fue en el orden personal, en la convicción de que la vida era suya para vivirla como quisiera, que el apellido no era una prisión, sino una herramienta, y que ninguna convención social tenía autoridad para decirle a quién amar, con quién bailar o qué clase de persona ser.
Era la revolución más pequeña y más difícil, la de ser uno mismo, sin que ningún contexto lo impida. En el año de su centenario, la pregunta que la historia de Cayetana de Alba sigue haciendo es quizás la misma que ella misma habría formulado con su directness característica. ¿Cuántas personas en su lugar habrían vivido como ella vivió? La respuesta es que muy pocas.
No porque el valor sea raro, sino porque la combinación específica de carácter, posición y circunstancias que produjo a Cayetana de Alba es irrepetible. Pero que sea irrepetible, no la hace menos instructiva, al contrario, la hace más valiosa, como ejemplo de algo que la mayoría de las personas solo logran de manera parcial a lo largo de sus vidas y que ella logró de manera completa y consistente.
Vivir como se siente, no como se espera. Hay una anécdota sobre Cayetana y los toreros, que resume perfectamente su relación con el mundo, que no era el suyo por nacimiento, pero que era el suyo por elección. Era aficionada a la tauromaquia con la seriedad de alguien que había crecido en Sevilla y que entendía la corrida como una forma de arte que requería conocimiento y respeto para ser juzgada.
tenía amigos toreros, los visitaba en las plazas y cuando alguien de su entorno aristocrático comentaba que ese mundo no era para ella, lo miraba con la misma expresión que ponía cuando le decían que los gitanos no eran para ella o que los funcionarios de Palencia no eran para ella. la expresión de quien lleva oyendo esa frase toda la vida y ha llegado a la conclusión de que la frase dice más sobre quién la pronuncia que sobre el mundo que intenta delimitar.
El palacio de Arba y Cenea en San Sebastián, donde los Alba pasaban temporadas, es uno de los espacios menos conocidos del patrimonio de los Fitz James Stuart, pero es también uno de los más reveladores del tipo de vida que Cayetana llevó lejos de los focos. San Sebastián en el verano era el lugar de la aristocracia española y vasca, los veranos junto al mar que mantenían el tejido social de las clases altas del norte de España desde el siglo XIX.
Cayetana era parte de ese mundo como era parte de todos los mundos, sin distancia, sin la condescendencia que algunos de sus contemporáneos de clase no podían evitar. Con la familiaridad de alguien que genuinamente encontraba a las personas interesantes, independientemente de quiénes fueran. Su hijo Cayetano Martínez de Irujo, que fue el más visible de sus hijos en los medios durante los años de la boda con Alfonso X, es también el heredero más directo del carácter de su madre.
en términos de pasión por el mundo del flamenco y la fiesta. Casado primero con Genoveva Casanova, con quien tuvo sus dos hijos y ahora comprometido con Bárbara Mirhan, Cayetano ha continuado la línea familiar de elegir con el corazón, sin demasiada consideración por lo que el mundo piensa. Era la herencia más genuina que Cayetana podía dejar a sus hijos, no los títulos ni los palacios, que también dejó, sino la convicción de que la vida propia es exactamente eso, propia, y que vivirla de otra manera sería el único error
imperdonable. Vivió como sintió, con todos los títulos del mundo y sin deberle nada a ninguno de ellos. Esa es la historia de Cayetana Fitz James Stewart. En el año del centenario, con la exposición abierta en el Palacio de las Dueñas y el documental circulando por Canal Sur y Netflix, lo que el mundo redescubre de Cayetana de Alba es algo que ningún título nobiliario puede resumir.
El libro Guinness puede certificar que tenía más títulos que nadie. Los inventarios de la Fundación Casa de Alba pueden listar sus Goyas y sus Velázquez y sus diarios de Colón. Los archivos de la hemoteca española pueden documentar cada boda, cada polémica, cada declaración que generó titulares. Pero lo que ninguno de esos documentos puede capturar completamente es la cualidad específica que hacía que 70,000 personas hicieran cola para despedirse de ella.
La sensación de que Cayetana era de verdad. En un mundo lleno de personajes que construyen su imagen con cuidado y la gestionan con estrategia, ella era simplemente ella. con toda la inconveniencia y toda la libertad que eso implica. Era la aristócrata que bailaba flamenco descalza. Era la madre que se casó con quien quiso a los 85.
Era la mujer que eligió su propio epitafio y lo cumplió. Aquí Cayetana que vivió como sintió. Si esta historia te ha llegado, si en algún momento te has preguntado cómo es posible que una persona con ese linaje y ese patrimonio haya vivido con esa libertad, deja tu opinión en los comentarios.
¿Crees que Cayetana fue el último gran personaje de la aristocracia española o el primero de algo diferente? El debate está abierto. Y si quieres más sobre las mujeres que vivieron fuera de todas las reglas que su mundo les imponía, en este canal tienes más historias como esta. Suscríbete.