Posted in

El mecánico, la fiscal y el virus

El eco metálico del cierre resonó en el taller vacío como un disparo en la oscuridad.

Mateo se quedó paralizado. Su mano, manchada de grasa y aceite sintético, aún sostenía la tapa del maletero del Ferrari 812 Superfast. La lluvia golpeaba con furia el techo de uralita de su ruinoso taller en el corazón de Vallecas, Madrid, creando una sinfonía ensordecedora que, de repente, le pareció el silencio más absoluto. El aliento se le congeló en los pulmones. El olor a cuero italiano de primera calidad y a motor caliente fue reemplazado instantáneamente por un hedor metálico, dulce y nauseabundo. El olor inconfundible de la sangre fresca y el pánico.

El corazón le latía contra las costillas con la fuerza de un martillo neumático. Sus ojos, acostumbrados a la penumbra de los bajos fondos y a la luz parpadeante de los tubos fluorescentes, se negaban a procesar la imagen que tenía delante. No podía ser real. Todo su cuerpo le gritaba que cerrara el maletero, que bajara la tapa, que se limpiara las manos y fingiera que aquel segundo de curiosidad nunca había existido. Pero la curiosidad es un veneno que paraliza antes de matar.

Allí, encogida en un espacio diseñado para albergar palos de golf de diseño o equipaje de Louis Vuitton, había una mujer.

No era una mujer cualquiera. Mateo la reconoció de inmediato, a pesar de la brutalidad de su estado. Los noticieros de toda España llevaban tres días emitiendo su rostro en bucle. Era Elena Valdés, la fiscal anticorrupción que estaba a punto de desmantelar la red de blanqueo de capitales más grande de la historia del país. La televisión la mostraba siempre impecable, con su traje de chaqueta y su mirada de acero. Ahora, estaba amordazada con cinta americana plateada, con los ojos inyectados en sangre y desorbitados por un terror primario. Su blusa de seda estaba empapada en sangre, cortes profundos y deliberados adornaban sus brazos, y un collar de metal extraño y parpadeante rodeaba su cuello. Una pequeña luz roja en el collar latía con un ritmo sordo. Un explosivo.

Pero eso no era lo más impactante. Lo que hizo que las rodillas de Mateo amenazaran con ceder fue lo que había a los pies de la fiscal. Un maletín de aluminio abierto. En su interior, no había billetes, ni documentos. Había frascos de cristal. Docenas de ellos, perfectamente alineados en una espuma protectora. Cada frasco contenía una cepa líquida de color ámbar y una etiqueta con un código alfanumérico y un sello del Ministerio de Defensa que había sido reportado como robado el mes pasado en un ataque terrorista que dejó veinte muertos. El empresario al que acababa de salvarle el coche, el hombre que estaba bebiendo un café aguado en el bar de la esquina quejándose de la “chusma” del barrio, no era solo un rico arrogante. Era un monstruo que tenía en su maletero a una mujer moribunda y suficiente armamento biológico para borrar Madrid del mapa.

Un sonido a sus espaldas lo sacó de su estupor. El crujido de unos zapatos de cuero de cocodrilo sobre el asfalto mojado.

—¡Eh, tú! ¡Mecánico de pacotilla! —La voz de don Ricardo de la Vega resonó en la entrada del taller, arrastrando las sílabas con esa condescendencia innata de los que se creen dueños del mundo—. ¿Has terminado ya de manosear mi coche o necesitas un manual de instrucciones para entender lo que es un motor de verdad?

Mateo tenía milésimas de segundo para actuar. Si De la Vega veía el maletero abierto, estaba muerto. Si la fiscal hacía un ruido, ambos estaban muertos. Los ojos de Elena Valdés suplicaban, un ruego mudo y desesperado.

Con un movimiento reflejo, entrenado por años de supervivencia en las calles, Mateo bajó la tapa del maletero. No la cerró del todo para no hacer ruido; dejó que descansara suavemente sobre el cierre, a un milímetro de encajar. Se giró sobre sus talones justo cuando la imponente figura del empresario aparecía bajo la luz parpadeante de la entrada.

De la Vega iba enfundado en un abrigo de cachemira que costaba más de lo que Mateo ganaría en cinco años. Su reloj Patek Philippe destellaba con burla. Tenía el rostro afilado, una barba perfectamente recortada y unos ojos fríos y grises que escanearon a Mateo con absoluto asco.

—Señor… —Mateo carraspeó, intentando que su voz no temblara. Se limpió las manos en un trapo sucio, obligándose a mantener la compostura—. Ya está. El problema era la bomba de inyección de alta presión. Se había bloqueado. He tenido que reprogramar la ECU para que acepte la purga de emergencia. Su V12 vuelve a rugir.

—Más te vale —escupió De la Vega, sacando una cartera de piel de cocodrilo—. No sé ni por qué me he detenido en este estercolero. Mi tiempo vale más que toda esta calle junta. ¿Cuánto te debo? Y no intentes timarme, sé cómo sois los de vuestra calaña.

Mateo sintió que la sangre le hervía, pero el terror mantenía a raya la ira. Pensó en la luz roja parpadeante. Pensó en los ojos de la mujer.

—Doscientos euros —dijo Mateo, tirando por lo bajo para que el hombre se largara cuanto antes.

De la Vega soltó una carcajada seca, sacó cinco billetes de cien euros y los tiró al suelo, sobre un charco de aceite.

—Quédate el cambio. Cómprate algo de decencia. —De la Vega avanzó hacia el coche—. ¿El maletero está cerrado? Dejé unos documentos importantes atrás y no quiero que huela a esta pocilga.

El tiempo se detuvo. Mateo vio cómo la mano del empresario, adornada con un anillo de oro macizo, se acercaba a la carrocería roja. Si empujaba la tapa hacia abajo, notaría que no estaba encajada. Si tiraba hacia arriba, vería a su víctima.

Read More