El eco metálico del cierre resonó en el taller vacío como un disparo en la oscuridad.
Mateo se quedó paralizado. Su mano, manchada de grasa y aceite sintético, aún sostenía la tapa del maletero del Ferrari 812 Superfast. La lluvia golpeaba con furia el techo de uralita de su ruinoso taller en el corazón de Vallecas, Madrid, creando una sinfonía ensordecedora que, de repente, le pareció el silencio más absoluto. El aliento se le congeló en los pulmones. El olor a cuero italiano de primera calidad y a motor caliente fue reemplazado instantáneamente por un hedor metálico, dulce y nauseabundo. El olor inconfundible de la sangre fresca y el pánico.
El corazón le latía contra las costillas con la fuerza de un martillo neumático. Sus ojos, acostumbrados a la penumbra de los bajos fondos y a la luz parpadeante de los tubos fluorescentes, se negaban a procesar la imagen que tenía delante. No podía ser real. Todo su cuerpo le gritaba que cerrara el maletero, que bajara la tapa, que se limpiara las manos y fingiera que aquel segundo de curiosidad nunca había existido. Pero la curiosidad es un veneno que paraliza antes de matar.
Allí, encogida en un espacio diseñado para albergar palos de golf de diseño o equipaje de Louis Vuitton, había una mujer.
No era una mujer cualquiera. Mateo la reconoció de inmediato, a pesar de la brutalidad de su estado. Los noticieros de toda España llevaban tres días emitiendo su rostro en bucle. Era Elena Valdés, la fiscal anticorrupción que estaba a punto de desmantelar la red de blanqueo de capitales más grande de la historia del país. La televisión la mostraba siempre impecable, con su traje de chaqueta y su mirada de acero. Ahora, estaba amordazada con cinta americana plateada, con los ojos inyectados en sangre y desorbitados por un terror primario. Su blusa de seda estaba empapada en sangre, cortes profundos y deliberados adornaban sus brazos, y un collar de metal extraño y parpadeante rodeaba su cuello. Una pequeña luz roja en el collar latía con un ritmo sordo. Un explosivo.
Pero eso no era lo más impactante. Lo que hizo que las rodillas de Mateo amenazaran con ceder fue lo que había a los pies de la fiscal. Un maletín de aluminio abierto. En su interior, no había billetes, ni documentos. Había frascos de cristal. Docenas de ellos, perfectamente alineados en una espuma protectora. Cada frasco contenía una cepa líquida de color ámbar y una etiqueta con un código alfanumérico y un sello del Ministerio de Defensa que había sido reportado como robado el mes pasado en un ataque terrorista que dejó veinte muertos. El empresario al que acababa de salvarle el coche, el hombre que estaba bebiendo un café aguado en el bar de la esquina quejándose de la “chusma” del barrio, no era solo un rico arrogante. Era un monstruo que tenía en su maletero a una mujer moribunda y suficiente armamento biológico para borrar Madrid del mapa.
Un sonido a sus espaldas lo sacó de su estupor. El crujido de unos zapatos de cuero de cocodrilo sobre el asfalto mojado.
—¡Eh, tú! ¡Mecánico de pacotilla! —La voz de don Ricardo de la Vega resonó en la entrada del taller, arrastrando las sílabas con esa condescendencia innata de los que se creen dueños del mundo—. ¿Has terminado ya de manosear mi coche o necesitas un manual de instrucciones para entender lo que es un motor de verdad?
Mateo tenía milésimas de segundo para actuar. Si De la Vega veía el maletero abierto, estaba muerto. Si la fiscal hacía un ruido, ambos estaban muertos. Los ojos de Elena Valdés suplicaban, un ruego mudo y desesperado.
Con un movimiento reflejo, entrenado por años de supervivencia en las calles, Mateo bajó la tapa del maletero. No la cerró del todo para no hacer ruido; dejó que descansara suavemente sobre el cierre, a un milímetro de encajar. Se giró sobre sus talones justo cuando la imponente figura del empresario aparecía bajo la luz parpadeante de la entrada.
De la Vega iba enfundado en un abrigo de cachemira que costaba más de lo que Mateo ganaría en cinco años. Su reloj Patek Philippe destellaba con burla. Tenía el rostro afilado, una barba perfectamente recortada y unos ojos fríos y grises que escanearon a Mateo con absoluto asco.
—Señor… —Mateo carraspeó, intentando que su voz no temblara. Se limpió las manos en un trapo sucio, obligándose a mantener la compostura—. Ya está. El problema era la bomba de inyección de alta presión. Se había bloqueado. He tenido que reprogramar la ECU para que acepte la purga de emergencia. Su V12 vuelve a rugir.
—Más te vale —escupió De la Vega, sacando una cartera de piel de cocodrilo—. No sé ni por qué me he detenido en este estercolero. Mi tiempo vale más que toda esta calle junta. ¿Cuánto te debo? Y no intentes timarme, sé cómo sois los de vuestra calaña.
Mateo sintió que la sangre le hervía, pero el terror mantenía a raya la ira. Pensó en la luz roja parpadeante. Pensó en los ojos de la mujer.
—Doscientos euros —dijo Mateo, tirando por lo bajo para que el hombre se largara cuanto antes.
De la Vega soltó una carcajada seca, sacó cinco billetes de cien euros y los tiró al suelo, sobre un charco de aceite.
—Quédate el cambio. Cómprate algo de decencia. —De la Vega avanzó hacia el coche—. ¿El maletero está cerrado? Dejé unos documentos importantes atrás y no quiero que huela a esta pocilga.
El tiempo se detuvo. Mateo vio cómo la mano del empresario, adornada con un anillo de oro macizo, se acercaba a la carrocería roja. Si empujaba la tapa hacia abajo, notaría que no estaba encajada. Si tiraba hacia arriba, vería a su víctima.
—¡Señor, espere! —Mateo dio un paso al frente, casi interponiéndose entre el hombre y el coche—. Le acabo de pulir esa zona porque le había caído líquido de frenos. Si la toca ahora, dejará la marca de grasa. Déjeme abrirle la puerta del conductor.
De la Vega se detuvo en seco, miró su propia mano y luego a Mateo con una mueca de fastidio infinito.
—Ni se te ocurra tocar la manilla con esas manos asquerosas. Aparta.
El empresario rodeó el vehículo y abrió la puerta del piloto, dejándose caer en el asiento de cuero con un suspiro de alivio al recuperar su burbuja de lujo. Insertó la llave inteligente y pulsó el botón de arranque. El motor V12 de 800 caballos cobró vida con un rugido ensordecedor que hizo vibrar las herramientas en las paredes del taller.
Mientras el motor rugía, Mateo vio, a través del cristal trasero, cómo el maletero vibraba ligeramente. Estaba suelto. A la primera aceleración brusca, o al coger el primer bache de las destrozadas calles de Vallecas, el maletero se abriría de golpe, exponiendo su macabro cargamento ante las cámaras de tráfico, la policía, el mundo.
De la Vega bajó la ventanilla.
—Si el coche me deja tirado en la M-30, volveré aquí y haré que te cierren este cuchitril, ¿me oyes?
Aceleró, metiendo la primera marcha. El Ferrari se movió hacia adelante, cruzando el umbral del taller y adentrándose en la lluvia torrencial de la noche madrileña. Mateo corrió hacia la puerta. El coche rojo era un demonio devorando el asfalto negro. Apenas a cien metros, había un badén enorme, famoso en el barrio por destrozar las suspensiones.
El Ferrari aceleró. Cincuenta metros. Treinta metros. Diez.
Los neumáticos delanteros golpearon el badén. El coche rebotó. Y entonces, ocurrió.
La tapa del maletero, que Mateo no había llegado a cerrar, se abrió violentamente hacia arriba como la mandíbula de una bestia herida.
Los frenos cerámicos del Ferrari chillaron de manera espeluznante. El coche derrapó, perdiendo el control durante un segundo antes de que los sistemas electrónicos lo estabilizaran, quedando atravesado en mitad de la calle, bajo la luz mortecina de una farola.
Mateo se pegó a las sombras de su taller. La lluvia caía con violencia, creando una cortina de agua, pero la escena era perfectamente visible bajo el resplandor de los focos rojos traseros.
La puerta del conductor se abrió de una patada. De la Vega salió del coche, bajo el aguacero, furioso. Su abrigo caro se empapó en segundos. Caminó hacia la parte trasera del vehículo, maldiciendo a gritos, dispuesto a cerrar la tapa que, según él, el “inútil mecánico” no había asegurado.
Pero al asomarse al interior, De la Vega se congeló. No miró a la prisionera. No miró los frascos. Miró el maletero, y luego, lentamente, giró su cabeza bajo la lluvia torrencial. Sus ojos, antes fríos y arrogantes, ahora estaban inyectados en una furia homicida y paranoica. Buscaban una sola cosa en la oscuridad de la calle.
Buscaban al mecánico que acababa de ver su secreto.
Mateo retrocedió hacia la oscuridad de su garaje. Sabía que si De la Vega lo encontraba, no viviría para ver el amanecer. El instinto de supervivencia, forjado en una vida de estrecheces y golpes duros, se apoderó de él. Corrió hacia el fondo del taller, donde tenía una vieja puerta de metal que daba a un callejón sin salida, un laberinto de contenedores de basura y chatarra acumulada.
Mientras corría, su mente empezó a rebobinar frenéticamente, intentando encontrar el punto exacto donde su miserable pero tranquila vida se había ido al infierno.
Apenas ocho horas antes, la mañana había comenzado con la rutina de siempre. El olor a café barato y a tostadas quemadas inundaba el pequeño piso que Mateo compartía con el silencio y los recuerdos de un padre que le había enseñado todo sobre motores y nada sobre cómo prosperar en la vida. El “Garaje San Antonio” era su herencia, una cueva de grasa y repuestos de segunda mano que apenas le daba para pagar los impuestos y la comida.
Mateo era un hombre de treinta y pocos años, de hombros anchos moldeados por el esfuerzo físico constante. Tenía el pelo oscuro y revuelto, siempre con un rastro de hollín en alguna parte de su rostro curtido. Sus manos eran un mapa de cicatrices y callos, manos de artesano, manos que podían escuchar el latido de un motor y diagnosticar un fallo con solo oler el humo del escape. A pesar de su talento, que superaba con creces al de los ingenieros de traje y corbata de los concesionarios oficiales, la pobreza y la falta de oportunidades lo habían mantenido anclado en Vallecas.
Esa mañana, el barrio despertó bajo un cielo plomizo, presagio de la tormenta que más tarde desataría el caos. Mateo había levantado la persiana metálica de su taller con un gemido agudo y oxidado que espantó a las palomas cercanas. Se dispuso a empezar el día, esperando, a lo sumo, un par de cambios de aceite o un Seat Ibiza con el embrague destrozado.
Hacia el mediodía, el rugido de un motor alienígena rompió la monotonía del barrio. No era el sonido áspero de los coches viejos del vecindario. Era un aullido gutural, afinado y perfecto. Un sonido que Mateo reconocería en sueños: un bloque V12 atmosférico de Maranello.
Salió a la acera, limpiándose las manos con un trapo, justo a tiempo para ver a la bestia acercarse. Era un Ferrari 812 Superfast rojo. Pero el coche no venía en su máximo esplendor; renqueaba, soltando pequeñas explosiones irregulares por el tubo de escape cuádruple. El motor estaba ahogándose.
El coche de lujo se detuvo torpemente frente al modesto taller de Mateo, bloqueando la mitad de la estrecha calle. La ventanilla descendió con suavidad, revelando el rostro altivo de Ricardo de la Vega. Llevaba unas gafas de sol oscuras a pesar de que el día estaba nublado.
—Tú —dijo el hombre, señalando a Mateo con un dedo enjoyado—. ¿Eres el encargado de esta ruina?
—Soy el mecánico, sí —respondió Mateo, acercándose con cautela. Fascinado por el coche, casi ignoró la actitud del conductor—. Suena como si tuviera problemas con la presión de combustible, señor.
De la Vega se quitó las gafas de sol y lo miró de arriba abajo, evaluando su mono de trabajo manchado y sus botas gastadas. Su expresión era de puro desdén.
—Me importa un carajo a qué suena. Tenía una reunión crítica en la Castellana hace diez minutos. Mi estúpido chófer pilló la gripe y decidí conducir esta máquina inútil yo mismo. Y ahora decide fallar en medio de este gueto. —De la Vega golpeó el volante forrado en Alcántara—. Llamé a la grúa, pero dicen que tardarán dos horas. No tengo dos horas. Necesito que hagas que se mueva, ahora.
Mateo no estaba acostumbrado a ese tono de exigencia, mucho menos de alguien que acababa de irrumpir en su territorio. Sin embargo, el desafío técnico que presentaba el Ferrari era irresistible. Y, francamente, necesitaba el dinero.
—Puedo echarle un vistazo —dijo Mateo, manteniendo la calma—. Meta el coche en el foso.
El empresario resopló, arrancó el motor que protestó con un tosido metálico, y a duras penas logró meter el vehículo en el taller. Una vez dentro, De la Vega salió del coche, sacudiendo su chaqueta como si el aire del lugar estuviera contaminado.
—No toques nada que no sea estrictamente necesario —advirtió, apartándose del coche e inspeccionando el lugar con desagrado—. Este vehículo vale medio millón de euros. Si le haces un solo rasguño, compraré tu vida y la de toda tu familia. ¿Entendido?
Mateo apretó los dientes, pero asintió en silencio. Se acercó al capó, largo y agresivo, y buscó la palanca de apertura. El corazón le dio un vuelco al ver el majestuoso motor bajo la cubierta. Era una obra de arte de la ingeniería. Pero la obra de arte estaba enferma.
Durante las siguientes cuatro horas, Mateo se sumergió en su elemento. Olvidó al hombre arrogante que paseaba impaciente por el taller, haciendo llamadas telefónicas en un tono bajo y tenso. Olvidó la lluvia que había empezado a caer con fuerza fuera. Solo existía la máquina, los cables, las conexiones.
Conectó su antiguo pero confiable escáner OBD al puerto del coche. La pantalla arrojó una serie de códigos de error complejos. Mateo no tenía el software oficial de la marca, pero no lo necesitaba. Su cerebro trabajaba conectando los síntomas con la mecánica pura. Sabía que estos modelos sufrían a veces de un bloqueo en el sistema de inyección directa debido a impurezas en el combustible o un fallo en el sensor de presión.
Empezó a desmontar los colectores, sus manos moviéndose con una precisión quirúrgica asombrosa para alguien de aspecto tan rudo. Desconectó las líneas de combustible, purgó el sistema, limpió el sensor milimétricamente y reprogramó la unidad de control engañando al sistema para reiniciar los parámetros de inyección. Era un trabajo maestro, digno de los mejores boxes de Fórmula 1, realizado en un taller con goteras.
Mientras trabajaba, la actitud de De la Vega se volvía cada vez más errática. Miraba su reloj constantemente, caminaba en círculos y hablaba por teléfono con un nerviosismo que contrastaba con su arrogancia inicial.
—¡Te he dicho que todo está bajo control! —gritó De la Vega en una de las llamadas, alejándose hacia la puerta para que no lo oyeran, aunque Mateo escuchaba perfectamente—. El paquete está seguro, joder. Nadie sospecha nada. Solo tuve un contratiempo logístico. Estaré en el punto de encuentro esta noche.
Mateo no prestó mucha atención. Los ricos y sus negocios le importaban poco. Estaba en la fase final de la reparación, volviendo a ensamblar todo.
—Ya casi está —anunció Mateo, limpiándose la frente con el antebrazo—. Necesito hacer una comprobación de presión en la línea trasera, cerca del depósito. Voy a abrir el maletero un segundo para acceder al compartimento de servicio.
De la Vega cortó la llamada abruptamente y se giró, blanco como la pared.
—¡No! —gritó, dando un paso rápido hacia Mateo—. ¡Al maletero no le pasa nada! ¡No lo toques!
Mateo lo miró, sorprendido por la reacción desproporcionada.
—Solo es para comprobar el aforador, señor. Si no lo hago, el coche podría volver a fallar en unos kilómetros.
De la Vega pareció dudar. Su respiración era agitada. Miró el coche, luego a Mateo, evaluando la situación. Finalmente, soltó un suspiro tembloroso y adoptó una postura tensa.
—Yo tengo que salir un momento —dijo rápidamente, mirando hacia la calle lluviosa—. Hay una farmacia en la esquina, ¿verdad? Necesito algo para este maldito dolor de cabeza. Termina tu trabajo. No tardes. Y por el amor de Dios, cierra bien todo cuando termines.
Sin esperar respuesta, el empresario salió apresuradamente del taller, subiéndose el cuello del abrigo, perdiéndose bajo la cortina de lluvia.
Fue entonces cuando el silencio volvió al garaje. Y fue entonces cuando Mateo, obedeciendo a la necesidad técnica, presionó el botón de apertura del maletero. El clic. El horror. La mujer. Los viales.
Y ahora, el presente, devolviéndole a la cruda realidad del callejón oscuro y el eco de los gritos de De la Vega en la calle principal.
—¡HIJO DE PUTA! —El bramido de De la Vega desgarró la noche. Se oyeron pasos fuertes chapoteando en los charcos, corriendo hacia la entrada del taller.
Mateo no miró atrás. Cruzó la puerta trasera, la cerró de un golpe y echó el pesado cerrojo de hierro justo en el momento en que un cuerpo chocaba contra el otro lado de la puerta con una fuerza bruta.
—¡Abre la puerta, escoria! ¡Estás muerto! ¡Tú y todos los que conoces! —gritaba el empresario desde el interior del taller.
Mateo corrió por el callejón. Estaba a oscuras, lleno de palés rotos y neumáticos viejos. Resbaló en el fango, cayendo de rodillas, pero se levantó instantáneamente, impulsado por la adrenalina pura. Su mente funcionaba a mil por hora. No podía ir a la policía, no directamente. Si De la Vega tenía en su poder armas bacteriológicas y a la fiscal anticorrupción, significaba que tenía contactos al más alto nivel. Políticos, policías corruptos, mercenarios. Si iba a la comisaría de distrito, probablemente lo estarían esperando con una bolsa de plástico para la cabeza.
Salió del callejón hacia una calle secundaria, empapado hasta los huesos por la lluvia fría. No llevaba nada. Ni abrigo, ni cartera. Solo su móvil viejo y manchado de grasa en el bolsillo del mono de trabajo. Sacó el aparato. La pantalla estaba resbaladiza por el agua. Marcó un número de memoria. El único número en el que podía confiar.
El tono dio llamada tres veces antes de que una voz ronca y somnolienta respondiera.
—¿Sí? Más te vale que haya un coche en llamas o una invasión alienígena, Mateo. Son las malditas… no sé qué hora es, pero llueve a cántaros.
—Paco —jadeó Mateo, refugiándose bajo el toldo roto de una frutería cerrada—. Paco, necesito ayuda. Ha pasado algo muy jodido.
Paco era un viejo ex-policía de la Brigada de Estupefacientes. Lo habían jubilado anticipadamente tras recibir un disparo en la rodilla que le destrozó la pierna y, según él, le quitó las ganas de aguantar las tonterías de sus superiores. Ahora regentaba un pequeño desguace en las afueras, un lugar donde a nadie se le hacían preguntas. Había sido el mejor amigo del padre de Mateo y lo consideraba como a un hijo.
El tono de Paco cambió instantáneamente, perdiendo cualquier rastro de sueño.
—¿Dónde estás? ¿Estás herido?
—Estoy en la calle de atrás del taller. No, estoy bien, pero… Paco, he visto algo. En el maletero de un coche. Un Ferrari. Era el coche de Ricardo de la Vega, el empresario ese que sale en las revistas.
Hubo un silencio largo al otro lado de la línea. Solo se escuchaba el golpeteo de la lluvia.
—Escúchame muy bien, chaval —dijo Paco, su voz tensa como una cuerda de piano—. ¿Qué has visto?
—Elena Valdés. La fiscal. Está viva, pero destrozada. Lleva un collar con explosivos. Y un maletín… lleno de frascos con el sello del Ministerio de Defensa.
Paco soltó una maldición ahogada.
—Hijo de la gran puta… Lo han hecho. Mateo, no te muevas, pero escóndete. De la Vega no trabaja solo. Es parte del Círculo de la Castellana. Llevan años comprando a medio Madrid y ahora parece que quieren dar el golpe de gracia. Si te ha visto la cara, ya eres un hombre muerto.
—Lo sé. Me está buscando. Intentó echar abajo la puerta trasera del taller.
—Ve hacia la estación de cercanías de Asamblea de Madrid-Entrevías. No uses las calles principales. Me planto allí en diez minutos con mi furgoneta. Apaga el móvil en cuanto colguemos. Pueden rastrearlo si de verdad están usando tecnología militar.
—Paco… si esto es tan grande, ¿qué hacemos? No podemos dejar a esa mujer ahí. Y esos viales…
—Primero te salvamos el culo a ti. Luego salvamos el mundo. Corre.
La llamada se cortó. Mateo apagó el teléfono, sacó la batería y lo guardó en su bolsillo. Se asomó a la esquina. Las luces de un coche de policía pasaron a toda velocidad por la avenida principal, con las sirenas aullando. Por un segundo, Mateo sintió alivio. Quizás habían visto el coche bloqueando la calle. Quizás De la Vega había huido.
Pero su alivio duró poco. Los dos coches patrulla que pasaron no eran de la Policía Nacional. Eran vehículos negros, SUV de alta gama sin logotipos, con cristales tintados y sirenas ocultas en la parrilla. Coches de escolta privada o agentes del gobierno no identificados. Y se dirigían exactamente hacia su taller.
Paco tenía razón. El hombre no estaba solo. Tenía un ejército a su disposición.
Mateo respiró hondo, tragándose el pánico, y echó a correr hacia la estación de trenes.
El trayecto fue una pesadilla de sombras y paranoia. Cada crujido, cada ruido de un motor le hacía saltar detrás de los cubos de basura o esconderse en los portales oscuros. Vallecas, su barrio de toda la vida, se había transformado en un terreno hostil, un campo de caza donde él era la presa.
Llegó a los aledaños de la estación completamente empapado y exhausto. El reloj de la fachada marcaba la una y media de la madrugada. El lugar estaba desierto, iluminado solo por unas pocas farolas parpadeantes que proyectaban sombras alargadas y amenazantes en el suelo mojado.
Se refugió bajo la marquesina de una parada de autobús, temblando por el frío y el miedo. Cinco minutos después, unos faros amarillentos rompieron la oscuridad. Una furgoneta Nissan Vanette del año noventa, destartalada, con parches de óxido y el logotipo descolorido de “Desguaces Paco”, frenó en seco frente a él.
La puerta del copiloto se abrió desde dentro.
—¡Sube, rápido! —gritó Paco.
Mateo saltó al interior y cerró la puerta de golpe. La furgoneta olía a tabaco negro, perro mojado y ambientador de pino. Paco, un hombre corpulento de unos sesenta años, con barba canosa y una cicatriz que le cruzaba la ceja izquierda, engranó la marcha rascando la caja de cambios y pisó el acelerador a fondo.
—¿Te han seguido? —preguntó Paco, mirando constantemente por el espejo retrovisor.
—No lo creo. Fui por los callejones. Pero he visto dos SUV negros dirigiéndose al taller. No eran policía normal.
—Servicios de Inteligencia, o peor, la guardia pretoriana de De la Vega —gruñó Paco, sacando un cigarrillo y encendiéndolo con un mechero Zippo de un solo movimiento fluido—. Te has metido en la boca del lobo, chaval. Lo que has visto no es un simple secuestro. Es el inicio de un golpe de estado encubierto.
Mateo lo miró, incrédulo.
—¿Un golpe de estado? Paco, estamos en España en el siglo XXI, no en una película de espías.
—No seas ingenuo, Mateo. Las armas han cambiado. Ya no necesitan tanques en las calles. Tienen dinero, información y miedo. La fiscal Valdés iba a presentar mañana pruebas de que el Círculo de la Castellana —un grupo de élite de banqueros, políticos y empresarios, entre ellos De la Vega— había estado financiando grupos radicales para desestabilizar el gobierno y lucrarse con la reconstrucción y la seguridad privada. Si la matan con un explosivo y liberan un arma biológica, crearán tal estado de pánico que la población suplicará por un estado de sitio. Y adivina quién controlará los hilos durante el caos.
Mateo sintió un escalofrío que no tenía nada que ver con la lluvia.
—Tenemos que ir a la comisaría central. Tenemos que decírselo al comisario.
—¡El comisario jefe cena con De la Vega todos los viernes en el Club de Campo! —estalló Paco, golpeando el volante—. ¿Quién te crees que le dio la información para interceptar a la fiscal? No, Mateo. Estamos solos en esto. El sistema está podrido hasta la médula. Si asomamos la cabeza, nos la cortan.
—¿Entonces qué hacemos? ¿Huir y dejar que maten a millones de personas?
Paco exhaló una nube espesa de humo, sus ojos clavados en la carretera, brillante por la lluvia.
—No he dicho eso. He dicho que no podemos ir por las vías oficiales. Hay algo que De la Vega no sabe. Y es que cometió un error garrafal al llevar ese coche a tu taller.
Mateo frunció el ceño.
—¿Qué quieres decir? Yo solo le arreglé la inyección.
Paco sonrió de medio lado, una sonrisa que parecía una mueca fiera.
—Eres el mejor mecánico que conozco, chaval. Pero no eres solo mecánico. Tu padre, antes de morir, era un mago de la electrónica, y tú heredaste su don. Dime, cuando le conectaste el escáner al Ferrari, ¿qué más hiciste?
Mateo pensó por un momento. Su memoria muscular repasó los pasos mecánicos que había realizado horas antes.
—Le purgué el sistema… y tuve que conectar mi ordenador portátil al puerto OBD para forzar la lectura profunda de la ECU. El coche estaba bloqueado, y como yo no tengo el software oficial, utilicé un troyano que creé hace años para puentear los cortafuegos de los coches de lujo y acceder a los mapas del motor.
Paco soltó una carcajada ronca.
—¡Exacto! ¿Y ese troyano, genio, se quedó en la computadora de abordo del Ferrari?
Mateo abrió los ojos de par en par.
—Sí… normalmente se borra cuando desconecto el cable, pero como me apresuró tanto, y luego vi lo del maletero… dejé el portátil escondido bajo el mostrador, conectado por bluetooth al puerto del coche. Si el coche está encendido y tiene conexión a la red satelital de emergencia, el troyano crea una puerta trasera. Sigue enviando datos.
—¿Puedes rastrearlo? —preguntó Paco, deteniendo la furgoneta bruscamente bajo un puente oscuro cerca de la autovía A-4, lejos del alcance de las cámaras de tráfico.
—Si recupero mi portátil o si me conecto desde otro dispositivo con las mismas credenciales… sí. Puedo saber su posición exacta, velocidad, e incluso activar el micrófono del habitáculo si lo puenteo desde el sistema de infoentretenimiento.
—Pues ahí tienes nuestra ventaja. —Paco abrió la guantera y sacó una pistola negra y pesada, una Heckler & Koch USP. Quitó el cargador, comprobó la munición y lo volvió a meter con un sonido seco y amenazante—. Vamos a cazar a un multimillonario, Mateo. Pero primero, necesitamos equipo. Vamos a mi guarida.
El desguace de Paco, situado en un terreno industrial abandonado al sur de Madrid, parecía el cementerio de mil máquinas rotas. Montañas de chasis oxidados se alzaban bajo la lluvia como esqueletos de bestias antediluvianas. La furgoneta serpenteó por un camino de tierra embarrado hasta detenerse frente a una nave de chapa metálica de aspecto ruinoso.
Por dentro, sin embargo, el lugar era radicalmente distinto. Detrás de una falsa pared de herramientas, Paco había construido un refugio envidiable. Un banco de trabajo repleto de ordenadores de alta gama, monitores encendidos mostrando mapas, armas cortas y largas desmontadas sobre paños de terciopelo verde, e inhibidores de frecuencia zumbando suavemente. Era la cueva de un hombre que nunca dejó de ser policía, pero que había aprendido a odiar las reglas.
—Toma asiento —le ordenó Paco, señalando una silla de cuero giratoria—. Conéctate a mi red. Usa mi terminal. Está encriptada a través de tres servidores en Europa del Este. Nadie puede rastrear lo que salga de esta IP. Encuentra ese maldito coche.
Mateo, aún temblando, se sentó frente a la pantalla. Sus dedos, ágiles y fuertes, comenzaron a teclear comandos. La familiaridad del código le dio una falsa sensación de control en un mundo que acababa de volverse completamente loco.
Introdujo las claves de su troyano. La pantalla parpadeó. Una barra de progreso avanzó lentamente, conectándose con los servidores en la nube que gestionaban los datos telemáticos del Ferrari.
—Vamos, vamos… —murmuraba Mateo, sintiendo el sudor frío en su frente.
Ping.
Un mapa satelital apareció en el monitor principal. Un punto rojo comenzó a parpadear intermitentemente.
—Lo tengo. —Mateo sintió un nudo en la garganta—. El Ferrari está en movimiento.
Paco se inclinó sobre él, apoyando sus manos pesadas en los hombros del joven.
—¿Dónde están?
—Salieron de Vallecas. Han tomado la M-40 hacia el norte. Van rápido, muy rápido. Ciento ochenta kilómetros por hora. Se dirigen hacia la sierra.
Paco entrecerró los ojos.
—La sierra de Guadarrama. De la Vega tiene una finca privada cerca de Navacerrada. Una mansión amurallada. Es una puta fortaleza. Si meten a la fiscal allí, será imposible sacarla, y tendrán todo el tiempo del mundo para preparar el ataque bacteriológico en Madrid.
—Paco, mira esto —dijo Mateo, tecleando más deprisa—. Puedo interceptar el audio del coche. El micrófono del manos libres está encendido por defecto. Voy a desviar la señal de audio hacia aquí.
Un ruido estático llenó la habitación, seguido rápidamente por el inconfundible rugido grave del motor V12 y el sonido de la lluvia golpeando el parabrisas a alta velocidad. Y entonces, voces.
—… te dije que había un problema, joder. El mecánico vio el maletero. —Era la voz de De la Vega, cargada de pánico e ira.
Otra voz masculina, fría y calculada, le respondió. Debía estar hablando por el manos libres.
—Eres un estúpido arrogante, Ricardo. ¿Cómo dejas un vehículo con un cargamento de Nivel 5 en un taller de mala muerte?
—¡Se rompió la inyección! ¡Y tú prometiste que la logística de transporte estaría cubierta! ¡Mandad a alguien a limpiar ese taller! Quemad a ese mecánico y a cualquiera que haya hablado con él.
Mateo palideció y cruzó una mirada aterrada con Paco. Paco solo le devolvió una mirada de hierro.
—Ya están en ello, —respondió la voz fría al otro lado de la línea en el coche—. Han registrado el local. El chico huyó. Pero tenemos su identidad. Mateo Ruiz. Huérfano, sin antecedentes. Lo encontraremos en cuestión de horas. Concéntrate en llegar al punto de extracción. El helicóptero llegará a tu finca en treinta minutos. Cargaremos a la mujer y los viales, y procederemos con la Fase 2 del plan al amanecer en el sistema de metro de Madrid.
—¿Y qué hago con esta zorra mientras tanto? Está sangrando sobre la tapicería y el puto collar no deja de parpadear.
—Si intenta algo, detona el collar y tira el cuerpo en la cuneta. Los viales están en cajas a prueba de explosiones. Y Ricardo… no vuelvas a cagarla. El Jefe no perdona dos veces.
La comunicación se cortó, dejando solo el sonido del motor y la respiración entrecortada de De la Vega en la cabina del coche.
Mateo retiró las manos del teclado como si quemara.
—Un helicóptero. En treinta minutos. Van a soltar esa mierda en el metro de Madrid por la mañana. Son millones de personas, Paco. Y a mí… me están buscando para matarme.
Paco no dijo nada. Se giró hacia su arsenal, cogió un fusil de asalto G36, lo revisó minuciosamente y se lo colgó al hombro. Luego, cogió dos chalecos antibalas de kevlar y le lanzó uno a Mateo.
—Póntelo.
—Paco, no sé disparar un arma. No soy un soldado. Soy un mecánico.
—Y yo soy un viejo cojo. Pero esta noche, somos todo lo que se interpone entre la vida de millones de inocentes y unos psicópatas de traje y corbata. —Paco lo miró a los ojos, agarrándolo firmemente por los brazos—. Tu padre nunca huyó de una pelea que sabía que era justa. Tú tampoco lo harás. Además, no necesitamos ganar una guerra. Solo necesitamos averiar el coche. Eres mecánico. Piensa como uno. ¿Puedes parar ese coche a distancia?
Mateo miró la pantalla.
—Puedo… intentar acceder a los sistemas de control de tracción, o cortar la inyección de combustible desde la centralita electrónica. Pero el software de seguridad de Ferrari es un muro. Mi troyano solo me da acceso de lectura de datos y a sistemas secundarios como el audio o el GPS. Para sobrescribir las órdenes de la ECU en movimiento, necesitaría el código de autorización del fabricante, o al menos un ataque de fuerza bruta que tardaría horas.
—No tenemos horas. Tenemos veinte minutos antes de que llegue a la finca.
Mateo cerró los ojos, visualizando el esquema eléctrico del 812 Superfast. Cada cable, cada relé, cada fusible.
—Espera. —Los ojos de Mateo se abrieron de golpe—. El coche es un sistema fly-by-wire. Todo es electrónico. Freno, acelerador, dirección. Cuando le reparé la bomba de inyección, engañé a los sensores de presión de combustible para que la centralita pensara que todo estaba bien. Si entro al módulo de telemetría secundaria… y provoco un pico de voltaje en el bus CAN…
—Habla en cristiano, chaval.
—Puedo enviarle cientos de miles de falsas alarmas de choque al sistema central simultáneamente. Si el ordenador principal del coche cree que está sufriendo un accidente múltiple o que el motor está ardiendo, sus protocolos de seguridad se activarán automáticamente. Entrará en modo “limp” o cortará totalmente el suministro eléctrico y desplegará los airbags. Lo paralizará.
—¡Hazlo! —bramó Paco.
Mateo sus dedos volaron sobre el teclado. Abrió terminales oscuros en la pantalla, insertando líneas de código.
—Necesito que el coche pase por una zona de mala cobertura para que los sistemas de emergencia intenten reconectarse a la red satelital, creando una brecha en su firewall. Mira el mapa, ¿dónde está ahora?
Paco se inclinó sobre el mapa.
—Está pasando el túnel de Guadarrama. Está bajo la montaña. La cobertura ahí es intermitente. Es ahora o nunca.
—Preparando el ataque de saturación en el bus CAN. Tres, dos, uno… Ejecutando.
En la pantalla, un torrente de números y comandos verdes empezó a desplazarse a velocidad de vértigo. Mateo estaba inyectando gigabytes de datos basura directamente al cerebro electrónico de la máquina de medio millón de euros, convenciéndola de que el fin del mundo automovilístico estaba ocurriendo en sus entrañas.
A través del audio interceptado, el sonido del motor cambió de repente. Dejó de ser un rugido continuo para convertirse en un chirrido agudo, seguido de un sonido electrónico incesante. Las alarmas del habitáculo de De la Vega empezaron a chillar.
—¿Qué coño…? —se oyó la voz de De la Vega—. ¡Maldita sea! ¡El cuadro de mandos parece un árbol de Navidad! ¡No, no, no!
A través del ordenador de Mateo, los datos telemáticos mostraron cómo la velocidad pasaba drásticamente de 180 km/h a 120, luego a 80.
—¡Falla el acelerador! ¡Maldito mecánico, juro que lo mataré!
Y entonces, el golpe de gracia.
Mateo pulsó la tecla “Enter” por última vez, enviando la orden crítica que simulaba un impacto frontal masivo.
A través de los altavoces de la cueva de Paco, se escuchó un estampido ensordecedor: el despliegue simultáneo de los airbags del conductor, el pasajero, las rodillas y las cortinas laterales del Ferrari, todo ello a 80 kilómetros por hora, seguido por el chillido agónico de los frenos antibloqueo activándose al máximo y, finalmente, el choque metálico del vehículo contra el guardarraíl de la autopista oscura y solitaria.
El silencio sepulcral siguió al estruendo. Solo la lluvia seguía escuchándose en el audio.
—Ha chocado —susurró Mateo, con el pulso a cien por hora.
Paco agarró las llaves de un segundo coche que tenía preparado en el exterior, un SUV robusto y modificado.
—Lo has detenido, pero no está muerto. Y el helicóptero sigue en camino. Recoge el portátil. Vamos a ir a presentar nuestros respetos a don Ricardo.
La autovía A-6 en dirección a la sierra estaba sumida en la oscuridad, azotada por la tormenta. Paco conducía el SUV todoterreno a una velocidad suicida, sus manos firmes en el volante, mientras Mateo iba en el asiento del copiloto, tecleando furiosamente en el portátil, monitorizando la ubicación del Ferrari.
—Estamos a tres kilómetros —anunció Mateo.
—Prepara tu mente, chaval. Lo que vamos a ver no será bonito, y lo que tendremos que hacer, menos. Si De la Vega sigue con vida, estará armado. Y nosotros debemos recuperar el detonador de ese collar y sacar a la chica.
—¿Y los viales?
—Me aseguraré de que no lleguen a Madrid. Aunque tenga que quemar ese coche con mis propias manos.
De repente, a lo lejos, en el arcén derecho, vieron el destello parpadeante de las luces de emergencia. Un bulto rojo contra el quitamiedos deformado. El Ferrari.
Paco apagó las luces de su SUV y se deslizó sigilosamente hasta detenerse a unos cincuenta metros por detrás del coche siniestrado. Se bajaron del vehículo en silencio, ocultándose bajo la cortina de lluvia y amparados en la negrura de la noche. Paco levantó el fusil de asalto, avanzando con pasos tácticos y precisos que desmentían su edad y su cojera. Mateo le siguió de cerca, sosteniendo la pistola negra que Paco le había entregado, sintiéndola fría, pesada y alienígena en sus manos de mecánico.
El Ferrari 812 Superfast estaba destrozado. El morro, antaño un prodigio de la aerodinámica, era un amasijo de fibra de carbono astillada y aluminio doblado incrustado en el acero del guardarraíl. El parabrisas estaba resquebrajado, opaco por el polvo blanco de los airbags desplegados.
Se acercaron por los lados. Paco al conductor, Mateo al lateral trasero derecho, apuntando su arma temblorosamente.
Paco llegó a la ventanilla del piloto, que estaba destrozada. Miró al interior.
—Despejado. El conductor no está —susurró Paco por la radio comunicadora que se habían puesto.
Mateo rodeó el coche y llegó al maletero. El golpe había deformado el chasis, y el maletero, milagrosamente, estaba atascado pero parcialmente entreabierto. A través de la ranura, Mateo vio la luz roja intermitente. El collar. La fiscal seguía allí dentro.
—Paco, está viva. La veo.
Paco llegó a su lado. Entre los dos, hicieron palanca en el capó trasero. Con un crujido metálico que sonó como un grito, la tapa cedió y se abrió.
Elena Valdés estaba en un estado lamentable. Pálida, temblando incontrolablemente, pero viva. Al verlos, el pánico volvió a sus ojos. Intentó gritar a través de la mordaza de cinta americana.
—Tranquila, señora, tranquila. Somos amigos —dijo Paco, guardando el fusil y sacando una navaja táctica para cortar las ataduras de sus manos y piernas, con cuidado de no rozar el collar explosivo.
Mateo se asomó. El maletín plateado estaba volcado en un rincón del maletero. Los frascos de cristal, asombrosamente, estaban intactos gracias a la gruesa capa de espuma protectora.
—El maletín está a salvo —dijo Mateo, agarrándolo con cuidado.
Paco retiró suavemente la cinta de la boca de la fiscal. Ella tomó una bocanada de aire profundo, tosiendo sangre.
—Gracias… —susurró, con la voz rota—. Pero tienen que irse. Tienen que… huir. Él… él no está muerto. Salió del coche. Me dejó aquí con el temporizador activado.
Mateo miró el collar. La luz roja ya no solo parpadeaba. Ahora mostraba unos números digitales que descendían rápidamente.
04:59… 04:58… 04:57…
—Cinco minutos —dijo Mateo, sintiendo que la sangre se le helaba en las venas—. ¡Tiene un temporizador!
—¡Desactívalo, muchacho! —le gritó Paco, analizando el dispositivo alrededor del cuello de la mujer.
—¡No sé hacerlo! Es tecnología militar, no un puto motor diésel. Si corto el cable equivocado, le volaré la cabeza.
—¿Dónde está De la Vega? —Paco sacudió suavemente a la fiscal.
—Huyó… hacia el bosque… —jadeó Elena, señalando con un dedo tembloroso hacia la densa y oscura masa de pinos que bordeaba la autovía—. Llevaba… llevaba un mando a distancia. Un detonador negro. Lo activó antes de salir.
Paco se levantó de un salto, empuñando de nuevo su fusil, y miró hacia la negrura absoluta del bosque lluvioso.
—El detonador seguro que puede pausar o cancelar la cuenta atrás. De la Vega lo quiere tener vivo por si necesita usar a la fiscal como rehén para su extracción.
—Paco, son cuatro minutos —dijo Mateo, presa del pánico—. Tienes que llevarte a la fiscal lejos de aquí, y los viales. Yo me quedaré a intentar encontrar una manera de quitar el collar físico.
—¡Ni hablar! Si detona, y estás cerca, morirás también. ¡Tú coge el maletín y ponlo a salvo! Yo iré a cazar a ese hijo de puta al bosque y le arrancaré el mando de las manos.
—¡No! —Mateo agarró el brazo del viejo policía—. Estás cojo. Y él tendrá ventaja en la oscuridad. Yo voy. Soy más rápido. Y sé rastrear en la oscuridad.
Paco dudó, mirando el temporizador letal: 04:12.
—Mateo, no es un juego. Si lo ves, dispara a dar. No dudes.
Mateo asintió, su corazón golpeando como un tambor de guerra. Agarró la pistola USP con ambas manos, se giró y corrió hacia el talud embarrado que conducía al denso pinar, adentrándose en la más absoluta de las oscuridades.
La lluvia en el bosque era distinta. Se filtraba a través de las ramas de los pinos como un goteo incesante y helado. El suelo estaba resbaladizo, cubierto de hojas de pino y barro espeso. Mateo avanzaba lo más rápido que podía, usando la linterna de su móvil de forma intermitente para no revelar su posición.
—De la Vega… ¡De la Vega! —gritó Mateo en la oscuridad, su voz sonando desesperada y ahogada por la tormenta—. ¡Ríndete! ¡La policía está en camino!
Solo el silencio y la lluvia respondieron.
Tres minutos y medio.
Mateo avanzaba cuesta arriba, la respiración cortada. De repente, vio algo brillar débilmente en el suelo. Se agachó. Era un teléfono móvil destrozado, aplastado por un zapato caro. El empresario no podía estar lejos. Se había caído o había tirado el teléfono para evitar ser rastreado.
Escuchó el crujido de una rama seca a su izquierda.
Mateo se tiró al suelo detrás del grueso tronco de un pino, levantando la pistola. Su respiración sonaba demasiado fuerte en sus propios oídos. Asomó la cabeza lentamente.
A unos veinte metros, recortada contra un claro donde la luz de la luna intentaba perforar las nubes negras, vio la silueta del empresario. Ricardo de la Vega cojeaba visiblemente. Sostenía su brazo derecho contra el pecho, probablemente roto por el impacto de los airbags. En su mano izquierda, aferraba un pequeño dispositivo rectangular con una antena corta. El mando.
Mateo no podía permitirse fallar. Si disparaba y fallaba, De la Vega, en pánico, pulsaría el botón de detonación inmediata. Tenía que quitarle el mando o matarlo instantáneamente.
Dos minutos y quince segundos.
Mateo se levantó despacio, manteniendo el arma apuntada a la espalda del hombre. Salió de su escondite y avanzó con pasos cautelosos sobre el barro blando. Diez metros. Ocho metros.
—¡Baja eso al suelo! —gritó Mateo con toda la fuerza de sus pulmones, deteniéndose a cinco metros de distancia con el arma en alto.
De la Vega dio un respingo, tropezó y cayó de rodillas sobre el fango. Giró la cabeza, su rostro una máscara de dolor, lluvia y una furia enloquecida. Su elegante abrigo estaba destrozado, cubierto de barro y sangre.
Al ver que quien lo encañonaba era el mecánico del taller, soltó una carcajada ronca y demente.
—¡Tú! ¡Puta escoria barriobajera! ¿Cómo coño me has encontrado? ¡Tú arruinaste mi coche! ¡Has arruinado todo el plan!
—Tira el puto mando, ahora mismo. —El dedo de Mateo temblaba sobre el gatillo. No era un asesino. Nunca había disparado a nada que estuviera vivo. De la Vega lo sabía. Lo vio en los ojos aterrorizados del joven mecánico.
—No tienes agallas, chaval —escupió De la Vega, levantándose a duras penas, alzando el dispositivo negro hacia el cielo—. No sois más que cucarachas. ¿Sabes lo que va a pasar? Voy a pulsar este botón. La fiscal volará por los aires, y tus amigos con ella. Luego el helicóptero llegará, mis hombres te despellejarán vivo y el plan seguirá su curso. Madrid arderá, y nosotros construiremos una ciudad nueva sobre vuestras cenizas.
El pulgar del empresario se posó sobre un botón rojo en el mando.
Un minuto.
—¡Dije que lo sueltes! —Mateo cerró los ojos y apretó el gatillo.
El retroceso de la pesada pistola del calibre .45 casi le arranca el arma de las manos. El estruendo ensordecedor rebotó contra los árboles, haciendo huir a los pájaros nocturnos.
Mateo abrió los ojos, aterrorizado por lo que había hecho.
De la Vega miraba incrédulo su propio pecho. El disparo no había sido letal instantáneamente, pero había destrozado su hombro izquierdo, justo por encima del corazón. La fuerza del impacto lo lanzó de espaldas contra el barro. El mando a distancia saltó de sus manos y cayó al suelo, deslizándose por el fango.
Mateo corrió hacia el hombre caído. Pateó el arma que De la Vega llevaba en la cintura lejos de su alcance y se tiró al barro para recoger el mando negro.
El dispositivo estaba empapado, pero funcionaba. Tenía una pequeña pantalla digital que replicaba la cuenta regresiva del collar:
00:34… 00:33…
Bajo la pantalla había tres botones: uno verde (“Pausar/Abortar”), uno rojo (“Detonar”) y un teclado numérico para el código de desactivación definitivo.
Mateo no sabía el código. Su dedo tembloroso se dirigió directamente al botón verde. Lo pulsó con todas sus fuerzas.
La pantalla parpadeó. Un mensaje de “ERROR” apareció durante un segundo agónico antes de que la pantalla volviera a mostrar la cuenta atrás.
00:25… 00:24…
—¡No funciona! —gritó Mateo, aterrorizado. Agarró a De la Vega, que yacía en el barro, ahogándose con su propia sangre—. ¡Dime el puto código, cabrón! ¡El código!
De la Vega sonrió con los dientes manchados de sangre roja, una sonrisa macabra y victoriosa.
—No… hay… código de aborto… —susurró, escupiendo sangre—. El botón verde era de adorno. Cuando pulsas el inicio, solo hay detonación. El Jefe… nunca deja cabos sueltos. Sois hombres muertos.
00:15.
El pánico absoluto se apoderó de Mateo. Soltó al empresario y corrió como un loco colina abajo, de vuelta hacia la autovía, resbalando, cayendo, cortándose con las ramas, sin importarle nada más que llegar al coche.
—¡PACO! ¡PACO, NO PUEDO PARARLO! ¡SÁCALA DE AHÍ! —gritaba, su voz rompiéndose.
Llegó al arcén saltando el guardarraíl, con las rodillas destrozadas. Paco estaba junto a la fiscal, intentando inútilmente apalancar el grueso collar de metal con una barra de hierro. Al oír el grito de Mateo, miró el temporizador en el cuello de Elena Valdés.
00:08…
Paco tomó una decisión instantánea, de las que separan a los hombres de las leyendas. Soltó la barra de hierro. Miró a la fiscal a los ojos con una calma absoluta.
—Lo siento mucho, señora. He hecho lo que he podido.
Luego se giró, agarró el maletín de aluminio con los viales y corrió hacia Mateo, empujándolo violentamente lejos del coche y arrojándose sobre él, cubriendo el cuerpo del joven mecánico con el suyo propio justo en la cuneta, a quince metros del Ferrari.
00:03. 00:02. 00:01.
El destello de luz fue tan intenso que atravesó los párpados cerrados de Mateo como agujas de fuego.
La explosión no fue un sonido, fue una onda de choque física que golpeó el pecho de Mateo como el puñetazo de un titán. El estruendo llegó un milisegundo después, una detonación tan potente que destrozó los tímpanos de Mateo, dejando solo un pitido agudo e insoportable. El Ferrari 812 Superfast se desintegró en una bola de fuego anaranjado y negro. Trozos de metal incandescente, fibra de carbono ardiendo y fragmentos del guardarraíl llovieron sobre la autovía y el bosque circundante, siseando al chocar contra la lluvia.
Mateo sintió el peso asfixiante de Paco sobre él, inerte. La onda expansiva había pasado por encima de ellos, pero la metralla y el calor extremo habían rozado sus espaldas.
Lentamente, mientras el fuego devoraba los restos del coche y la carne, iluminando la noche lluviosa con un resplandor dantesco, Mateo consiguió moverse. Apartó con delicadeza el cuerpo pesado de su viejo amigo.
Paco no respondía. Un fragmento de metralla del tamaño de un puño se había incrustado profundamente en el chaleco de kevlar en la espalda de Paco, justo a la altura del cuello, donde la protección terminaba. Un reguero de sangre oscura se mezclaba con la lluvia y el barro del arcén.
—Paco… no. No, Paco, por favor. —Mateo intentó taponar la herida inútilmente, llorando, gritando en un silencio ensordecedor provocado por sus tímpanos reventados.
Paco abrió un ojo a medias. Su respiración era un gorgoteo agónico. Con un esfuerzo sobrehumano, levantó su mano temblorosa, manchada de su propia sangre, y la posó sobre el maletín de aluminio intacto que había protegido con su cuerpo. Miró a Mateo, un mandato mudo y férreo en sus ojos moribundos.
Llévatelos. Salva a los demás. Huye.
Ese fue el último mensaje de Paco. Su mano cayó inerte sobre el barro. El viejo expolicía, el hombre que le había dado un refugio, había muerto para salvarle y asegurar que las armas biológicas no cayesen en las manos de los conspiradores.
Mateo se quedó arrodillado bajo la lluvia, con el cuerpo de su amigo en brazos y la mujer que intentaba salvar carbonizada a pocos metros de distancia. El mundo parecía haber terminado allí mismo.
Pero un sonido rompió su duelo. Un sonido rítmico, pesado, abriendo las nubes negras sobre ellos.
Un foco inmenso e hiriente bajó desde el cielo, barriendo el arcén destrozado. Mateo alzó la vista, cegado. Era un helicóptero táctico negro sin insignias. Descendía rápidamente sobre la autopista cortada, levantando un huracán de agua y escombros. Hombres armados, vestidos completamente de negro, se preparaban para saltar desde los patines antes incluso de que el aparato tocara el suelo. Venían a por los viales. Venían a limpiar la escena.
El miedo, puro y animal, se apoderó de Mateo. Pero ya no era el miedo de un mecánico asustado de Vallecas. Era el miedo transformado en furia blanca y gélida.
Agarró el asa del maletín de aluminio con una fuerza sobrehumana. Recogió la pistola de Paco del suelo. Miró por última vez el cuerpo de su amigo y el infierno en llamas en el que se había convertido el Ferrari.
Mateo se dio la vuelta y corrió hacia la oscuridad del bosque, desapareciendo entre las sombras justo cuando las botas de los mercenarios tocaban el asfalto. Ya no era un simple ciudadano. Era un fantasma portando el destino de todo un país en sus manos manchadas de aceite y sangre.
Y el verdadero infierno, apenas acababa de empezar.
SEIS MESES DESPUÉS
Las calles de París estaban cubiertas por un fino manto de nieve. El aire de diciembre era cortante, pero el café en la terraza climatizada del barrio de Le Marais desprendía un aroma reconfortante.
En una de las mesas del fondo, apartado de las miradas indiscretas y con el cuello del abrigo subido, un hombre leía el periódico francés Le Monde. Su rostro estaba más afilado, endurecido, y sus ojos, antes llenos de la inocencia de quien solo se preocupa por la junta de culata de un motor, ahora observaban su entorno con la vigilancia constante de un depredador.
El titular de la portada, en letras grandes y negras, rezaba:
“El Fin del Círculo: Cae el Gobierno Español tras la Mayor Filtración de Corrupción de la Historia Europea. Altos Cargos Arrestados por Intento de Golpe Biológico”.
Mateo Ruiz dio un sorbo a su café amargo. Sonrió levemente.
La historia de cómo había sobrevivido aquella noche en la sierra de Guadarrama era un relato de dolor puro y pura voluntad. Durante tres días y tres noches, había evadido a las fuerzas paramilitares de De la Vega en el bosque, bebiendo agua de lluvia y alimentándose de la ira por la muerte de Paco y de la fiscal Valdés.
Cuando finalmente logró cruzar a Francia, de contrabando en la caja de un camión de mercancías, no acudió a la policía. Había aprendido la lección de Paco. Sabía que las instituciones estaban comprometidas.
En su lugar, acudió a las sombras. Utilizando las habilidades informáticas que había heredado de su padre, contactó con los mayores colectivos de hackers y periodistas de investigación independientes de Europa a través de la red oscura. No les entregó los viales —esos los había enterrado profundamente bajo el hormigón de unas ruinas en un lugar que solo él conocía, un seguro de vida perpetuo—. Les entregó la información.
Había despiezado el teléfono móvil destrozado de De la Vega que había recogido en el bosque. Consiguió extraer la tarjeta SIM y la tarjeta de memoria, desencriptando horas de conversaciones grabadas, planos logísticos, y la lista completa del “Círculo de la Castellana”, un listado de nombres que incluía a ministros, generales y presidentes de bancos.
La filtración había sido una bomba nuclear mediática. Las pruebas eran irrefutables: transferencias bancarias en paraísos fiscales, audios planeando el ataque en el metro, la orden de asesinar a la fiscal Valdés y al mecánico Mateo Ruiz. El gobierno entero se había derrumbado en menos de una semana bajo la presión internacional. De la Vega, a quien creían muerto en el bosque por la herida de bala, había sido encontrado vivo pero escondido en Suiza, y ahora esperaba la extradición en una prisión de máxima seguridad, enfrentándose a cargos de crímenes contra la humanidad.
Un camarero se acercó a la mesa, interrumpiendo sus pensamientos.
—¿Un autre café, monsieur? —preguntó educadamente.
—Non, merci. La cuenta, por favor —respondió Mateo en un francés oxidado.
Dejó un billete sobre la mesa, se levantó y se mezcló con la multitud de la calle parisina.
El mundo creía que la amenaza había terminado. Creían que los cabecillas estaban en prisión y que los viales de armamento biológico habían sido destruidos en la explosión del coche, tal y como Mateo había hecho creer a los periodistas filtrando una historia falsa sobre su destrucción en el incendio.
Pero él sabía la verdad. Mientras caminaba por las calles nevadas, su mano se introdujo en el bolsillo profundo de su abrigo, acariciando una pequeña llave de metal forjado. La llave de un casillero en una estación de tren en Marsella, que a su vez contenía un mapa encriptado de las ruinas donde el maletín original seguía enterrado.
El Círculo de la Castellana había caído, sí. Pero los hombres poderosos nunca mueren realmente, solo cambian de forma y de nombre. Y Mateo sabía, con una certeza fría y absoluta, que el “Jefe”, aquel hombre de la voz gélida al otro lado del teléfono en el Ferrari, el arquitecto de toda la operación, nunca había sido identificado en las filtraciones. Era un fantasma. Un hombre sin rostro que seguía libre, controlando los hilos desde las sombras más profundas.
Y ese hombre, sin lugar a dudas, lo estaba buscando. No por venganza, sino por el arma del juicio final que Mateo tenía escondida.
Mateo llegó a un puente sobre el río Sena. Miró el agua oscura y helada fluir bajo él. El mecánico de Vallecas había muerto en la sierra de Guadarrama junto a Paco y la fiscal. El hombre que ahora miraba el río era otra cosa. Alguien que no iba a huir más.
Sacó su teléfono, uno nuevo, encriptado con tecnología de grado militar. Abrió una aplicación de mensajería segura que conectaba directamente con un contacto anónimo conocido solo como ‘Valkiria’, la periodista de investigación en Berlín que lo había ayudado a soltar la filtración masiva.
Escribió un mensaje corto y lo envió.
“El Jefe sigue vivo. Y yo tengo la llave de su imperio. Prepárate. Vamos a cazar.”
Guardó el teléfono. La guerra fría había comenzado. Y esta vez, el mecánico de Vallecas tenía las manos al volante. Pase lo que pase, el mundo pronto sabría que no se debe abrir el maletero de los secretos de los dioses, a menos que estés dispuesto a quemarlo todo hasta los cimientos. El infierno que desató Ricardo de la Vega fue solo la chispa de un incendio que Mateo Ruiz estaba dispuesto a extender por toda Europa hasta que no quedara ni un solo político corrupto en pie.
Y su viaje, la verdadera venganza por Paco, solo acababa de empezar. No se detendría ante nada. Su vida en Vallecas le parecía ahora una película antigua vista por otra persona. Sus manos, que antes curaban motores, ahora desarmarían los engranajes de los imperios más siniestros del continente. Un tornillo a la vez. Un secreto a la vez. Hasta que la maquinaria del mal quedara reducida a chatarra.
Caminó hacia la neblina invernal, desapareciendo entre las sombras, convertido en la pesadilla de aquellos que se creían intocables. La tormenta no había terminado; la tormenta, ahora, era él.
CAPÍTULO 1: Sombras en Berlín
El tren de alta velocidad cruzaba la campiña francesa como una bala de plata cortando la niebla del amanecer. En el interior del vagón de primera clase, Mateo Ruiz observaba el paisaje monótono a través del cristal doble, pero sus ojos no veían los campos cubiertos de escarcha. Veían las llamas consumiendo el Ferrari. Veían la sangre de Paco mezclándose con el barro. Escuchaban el tic-tac incesante de un collar explosivo que ahora resonaba en su propia cabeza como un metrónomo maldito.
Habían pasado tres semanas desde su mensaje a Valkiria en París. El punto de encuentro fijado no era digital, sino analógico, paranoico y meticulosamente planeado. Berlín. La ciudad de los espías, una metrópolis dividida por su historia y cosida con cicatrices de hormigón y secretos de la Guerra Fría. Era el lugar perfecto para cazar a un fantasma.
Mateo no viajaba con su nombre real. En su bolsillo reposaba un pasaporte impecablemente falsificado a nombre de “David Martín”, ingeniero de sistemas de una empresa ficticia con sede en Lyon. Valkiria le había proporcionado la identidad a través de una red de buzones ciegos distribuidos por Europa occidental.
Al llegar a la Hauptbahnhof, la imponente estación central de Berlín, el bullicio lo envolvió. Pasajeros apresurados, turistas desorientados y el frío penetrante del invierno alemán creaban un caos organizado. Mateo se movió con la naturalidad de quien no tiene nada que esconder, aunque su cuerpo entero era un resorte tenso. Llevaba una pequeña mochila negra, un abrigo de lana gruesa y una gorra que ocultaba parcialmente su rostro.
El protocolo dictaba que debía caminar durante dos horas sin rumbo fijo, utilizando técnicas de contra-vigilancia que había memorizado de manuales desclasificados de la Stasi que Valkiria le había hecho llegar. Entró en grandes almacenes, salió por puertas de servicio, cogió tres líneas diferentes del U-Bahn en direcciones opuestas y se reflejó en innumerables escaparates para comprobar si alguien lo seguía. Nada. Solo ciudadanos comunes sumidos en su rutina.
A las tres de la tarde, bajo un cielo plomizo que amenazaba tormenta de nieve, entró en un viejo café en el barrio de Kreuzberg, un lugar impregnado de olor a tabaco añejo y café tostado oscuro. Se sentó en una mesa esquinera, de espaldas a la pared y con visión directa a la puerta. Pidió un expreso doble y sacó un ejemplar viejo de una revista de automovilismo en alemán, dejándolo sobre la mesa con la portada boca abajo. La señal.
Diez minutos después, una mujer se sentó frente a él sin pedir permiso.
No era como Mateo la había imaginado. No tenía el aspecto de una hacker pálida ni de una periodista de gabardina. Era una mujer de unos cuarenta años, de rasgos afilados, piel cetrina y ojos de un verde tan pálido que parecían de hielo. Llevaba el pelo corto y oscuro, y vestía una cazadora de cuero desgastada que ocultaba cualquier rasgo de feminidad bajo una armadura de pragmatismo.
—Tu café se está enfriando, David —dijo ella, con un acento alemán áspero, pronunciando el nombre falso con una leve sonrisa burlona.
—Los motores en frío rinden mejor si sabes cómo tratarlos —respondió Mateo, utilizando la frase de contraseña.
Valkiria asintió lentamente. Su mirada escrutó cada centímetro de la cara de Mateo, evaluando al hombre detrás del mito mediático.
—Has causado un gran revuelo, chico. Medio continente te busca. La Interpol cree que eres un terrorista solitario que robó las armas biológicas; la inteligencia española cree que eres un agente doble extranjero; y el remanente del Círculo de la Castellana sabe exactamente quién eres y te quiere muerto a cualquier precio. Eres el hombre más buscado de Europa.
—No me importa quién me busque —murmuró Mateo, inclinándose sobre la mesa—. Solo me importa a quién busco yo. Dijiste que tenías una pista sobre el “Jefe”.
Valkiria suspiró y sacó un pequeño pendrive de metal oscuro de su bolsillo, deslizándolo por la mesa hasta dejarlo bajo la revista de Mateo.
—No ha sido fácil. El hombre que daba las órdenes a De la Vega no existe en los registros oficiales. No usa teléfonos a su nombre, no tiene propiedades, no paga impuestos. Es un espectro. Pero los espectros necesitan dinero para operar. Y el dinero siempre deja un rastro si sabes en qué tuberías mirar.
—¿Quién es?
—Su nombre real es Alexander Voss. Ex coronel de las fuerzas especiales de inteligencia del ejército alemán, el KSK. Fue dado por muerto en una misión clasificada en Oriente Medio hace quince años. Pero no murió. Se convirtió en un contratista privado en la sombra. Creó un imperio mercenario llamado Aegis Protocol. Oficialmente, proporcionan seguridad a corporaciones en zonas de guerra. Extraoficialmente, son un ejército privado que desestabiliza gobiernos para crear crisis y luego lucrarse vendiendo la solución.
Mateo sintió que la sangre le hervía al recordar la voz fría en el teléfono de De la Vega.
—El Círculo de la Castellana era solo uno de sus clientes —continuó Valkiria—. Voss les proporcionó el armamento biológico robado al Ministerio de Defensa español a cambio de una suma estratosférica y concesiones futuras en la reconstrucción del país tras el caos. Cuando tú arruinaste el plan en la sierra de Madrid, le costaste a Voss miles de millones de euros y su mejor red de influencia en el sur de Europa.
—Entonces no se va a quedar quieto.
—En absoluto. —Valkiria miró a su alrededor con cautela—. Voss es un perfeccionista. De la Vega fue un error de cálculo, un idiota arrogante al que utilizó. Ahora, Voss está intentando recuperar sus pérdidas. Hemos interceptado comunicaciones encriptadas en la red profunda. Va a subastar algo.
—¿Subastar qué? ¿No me digas que…?
—Sí, Mateo. —El nombre real sonó como un látigo en el ambiente—. Los viales que tú tienes enterrados no eran los únicos. El Ministerio de Defensa español no fue la única víctima. Voss tiene una segunda cepa del virus, modificada, perfeccionada. Y la va a vender al mejor postor la próxima semana en una cumbre secreta en los Alpes suizos. Terroristas, oligarcas, dictadores… todos estarán allí.
Mateo cerró los ojos. La imagen de la fiscal Valdés sangrando en el maletero volvió con fuerza. Si esa subasta se llevaba a cabo, no sería solo Madrid la que ardería. Sería el mundo entero.
—Tenemos que detenerlo —dijo Mateo, abriendo los ojos, ahora duros como el acero de un cigüeñal—. Dime dónde es.
—Château de Glace. Una fortaleza construida en la roca a tres mil metros de altura en el cantón de Valais. Acceso solo por un funicular privado fuertemente custodiado o en helicóptero. Tienen inhibidores de señal, seguridad perimetral de grado militar y docenas de mercenarios de élite. Es un suicidio, Mateo. Tú eres mecánico, no un operativo de operaciones especiales.
—Paco también me dijo eso. Y murió por protegerme. No voy a permitir que su sacrificio sea en vano. Si es una máquina, tiene un punto débil. Todo sistema se puede romper.
Valkiria lo observó durante un largo momento. Vio en él algo que iba más allá de la venganza; vio una determinación absoluta, una frialdad forjada en el fuego de la pérdida.
—Bien. Te ayudaré. El pendrive contiene los planos arquitectónicos de la fortaleza que logré extraer de los servidores de la empresa constructora que la reformó hace diez años, antes de que Voss la comprara a través de empresas fantasma. También hay identidades falsas de alto nivel. Pero hay un problema.
—¿Cuál?
—Para entrar en la subasta, no basta con una cara bonita y un traje caro. Se requiere un “token” físico de autenticación. Una llave criptográfica que solo se entregó a los invitados seleccionados por Voss. Sin ese token, los sensores de la entrada te detectarán como un intruso y te freirán a balazos antes de que pises la alfombra roja.
—¿Y de dónde sacamos uno?
Valkiria sonrió, una sonrisa predatoria que heló la sangre de Mateo.
—Ese es el trabajo de esta noche. Uno de los invitados, un traficante de armas serbio llamado Goran Dragić, está en Berlín. Vino a cerrar unos tratos paralelos y a disfrutar de la vida nocturna. Tiene su token con él. Se aloja en el ático del Hotel Adlon Kempinski, frente a la Puerta de Brandeburgo. Cincuenta pisos. Máxima seguridad. Guardaespaldas armados hasta los dientes.
Mateo cogió el pendrive y lo guardó en el bolsillo de su abrigo.
—A mí no me asustan los matones. Crecí esquivándolos en Vallecas. —Mateo apuró su café frío—. Vamos a hacerle una visita al señor Dragić.
CAPÍTULO 2: El Robo en el Adlon
La noche cayó sobre Berlín como un telón de terciopelo negro. La nieve había comenzado a caer suavemente, cubriendo los tejados y las calles iluminadas por las farolas ambarinas. El Hotel Adlon Kempinski se alzaba majestuoso, un símbolo de lujo opulento y poder.
Desde una furgoneta de mantenimiento aparcada en un callejón adyacente, Valkiria tecleaba furiosamente en su portátil. Mateo, en la parte trasera, se ajustaba un arnés negro sobre un traje táctico ajustado. Habían decidido que un asalto frontal era imposible. La única forma de entrar en la suite del serbio sin alertar a todo el edificio era desde arriba. Desde el tejado.
—He logrado infiltrarme en el sistema de cámaras del hotel, pero sus cortafuegos son impresionantes. Solo puedo congelar la imagen de los pasillos de la planta superior durante ciclos de cuarenta y cinco segundos antes de que el algoritmo de seguridad detecte la anomalía y reinicie los servidores —informó Valkiria por el auricular que Mateo llevaba en la oreja.
—Cuarenta y cinco segundos es una eternidad si sabes a dónde vas —respondió Mateo, comprobando el seguro de una pistola con silenciador que había comprado en el mercado negro berlinés esa misma tarde. Odiaba las armas, odiaba sostenerlas, pero sabía que Dragić no negociaría con palabras.
Salió de la furgoneta y se fundió con las sombras del callejón. Utilizando sus manos encallecidas y su fuerza física, escaló por una cañería de desagüe externa del edificio colindante hasta llegar al tejado de un bloque de oficinas. Desde allí, disparó un pequeño gancho silencioso con un cable de kevlar hacia la azotea del hotel Adlon, salvando el vacío de diez metros entre ambos edificios.
El viento helado le cortaba la cara mientras cruzaba el cable suspendido a decenas de metros del suelo. Abajo, el tráfico nocturno de Berlín parecía un río de luces diminutas. No miró hacia abajo. Su mente estaba concentrada en los planos que había memorizado.
Llegó a la azotea del hotel, aterrizando suavemente sobre la grava nevada.
—Estoy en el techo. Posición Delta —susurró por el comunicador.
—Recibido. Dragić está en la suite 5001. Hay dos guardaespaldas en la puerta principal del pasillo y uno en el balcón de la habitación, fumando. Tienes que neutralizar al del balcón antes de que dé la alarma.
Mateo se acercó al borde de la azotea, justo encima del ático de Dragić. Ancló su arnés a un conducto de ventilación robusto y se deslizó por la fachada del edificio, descendiendo en un rápel silencioso e invertido, al estilo de las fuerzas especiales. La sangre le latía en las sienes.
Bajó hasta quedar suspendido justo por encima de la barandilla del balcón. A través de la cristalera, vio el interior de la lujosa suite: muebles de época, obras de arte y, en el centro, el corpulento traficante serbio rodeado de botellas de champán y dos mujeres de compañía.
Abajo, en el balcón, un hombre enorme vestido con traje oscuro exhalaba humo de un puro, de espaldas al abismo.
Mateo no podía dudar. La duda era la muerte. Se impulsó ligeramente contra la pared de cristal, soltó unos metros de cuerda y cayó silenciosamente detrás del guardaespaldas. Antes de que el hombre pudiera girarse, Mateo le rodeó el cuello con el brazo en una llave de estrangulamiento perfecta, presionando las arterias carótidas. El gigante se debatió brutalmente, intentando sacar su arma, pero la fuerza de la sorpresa y la técnica de Mateo prevalecieron. En menos de diez segundos, el hombre cayó inconsciente al suelo de mármol del balcón.
Mateo lo arrastró hasta una zona de sombra y sacó un dispositivo de pirateo que Valkiria le había construido a partir de piezas de desguace. Lo adosó al panel de control electrónico de la puerta corredera de cristal del balcón.
—Valkiria, puerta localizada. Necesito anular los sensores acústicos.
—Inyectando código… Listo. Tienes un minuto antes de que la centralita note la caída de voltaje. Entra.
La puerta se abrió con un leve siseo. Mateo penetró en la suite, pegándose a la pared como una sombra. El sonido de la música clásica y las risas amortiguaban sus pasos. Se movió con la fluidez de una pantera hacia el dormitorio principal, donde suponía que Dragić guardaba sus objetos de valor.
El dormitorio estaba sumido en la penumbra. En la mesita de noche, junto a una pistola Desert Eagle chapada en oro, había una pequeña caja de seguridad biométrica.
Mateo se acercó a la caja. Escaneó la estructura con una linterna ultravioleta. El teclado numérico y el escáner de huellas no tenían señales de desgaste reciente, lo que significaba que la caja había sido traída hace poco o que Dragić la limpiaba obsesivamente.
Sacó de su cinturón una pequeña lata de aire comprimido, la misma que usaba para limpiar los sensores de flujo de aire en los motores, y roció la pantalla biométrica. El frío extremo del gas congeló las trazas de sudor microscópico. Con una cinta adhesiva especial, logró levantar la huella dactilar del serbio del propio escáner.
Colocó la cinta sobre el sensor. La luz roja parpadeó… y luego se volvió verde. La caja fuerte emitió un clic metálico.
Mateo abrió la puerta. En su interior, sobre una almohadilla de terciopelo, descansaba el “token”. No era una tarjeta inteligente ni un USB. Era un intrincado reloj de bolsillo de platino, fabricado a medida. Mateo lo examinó rápidamente. Reconoció el trabajo de un maestro relojero suizo, pero el mecanismo interno era diferente. En lugar de engranajes normales, alojaba un microchip cuántico que emitía un código dinámico indescifrable sincronizado por satélite con los servidores de Voss en los Alpes.
Tomó el reloj y lo guardó en un compartimento seguro de su traje.
De repente, la puerta del dormitorio se abrió.
La luz del pasillo irrumpió en la estancia, revelando la silueta de Goran Dragić. El traficante, al ver la sombra de Mateo junto a la caja fuerte abierta, rugió como un oso herido.
—¡Intruso! ¡Seguridad! —bramó, lanzándose hacia la mesita de noche para coger su pistola de oro.
Mateo reaccionó instintivamente. No podía disparar, el silenciador no evitaría el ruido de la corredera ni el impacto de la bala en un lugar tan lujoso; alertaría a los matones del pasillo. En su lugar, se lanzó hacia adelante y pateó la mesita de noche con todas sus fuerzas. El mueble impactó contra las rodillas de Dragić, haciéndole perder el equilibrio.
El serbio cayó al suelo, pero era un veterano de las guerras balcánicas. Rodó sobre sí mismo, sacando un cuchillo de combate que llevaba oculto en la bota, y se abalanzó sobre Mateo.
La hoja de acero pasó a milímetros de la garganta del mecánico. Mateo esquivó el ataque rotando su cuerpo y usó el propio impulso de Dragić para agarrarle el brazo armado, aplicando una llave de torsión que había aprendido a las malas en las peleas de bar en Vallecas. El codo del serbio crujió de forma espeluznante.
Dragić soltó el cuchillo con un alarido de dolor, pero con su mano libre lanzó un puñetazo devastador que impactó en las costillas de Mateo. El aire abandonó los pulmones del español, que trastabilló hacia atrás, estrellándose contra un gran espejo de pie que se hizo añicos con un estruendo ensordecedor.
—¡Valkiria! ¡El sigilo se ha ido al cuerno! —gritó Mateo por el comunicador, esquivando otro golpe desesperado del serbio herido.
—¡Los guardias del pasillo están echando abajo la puerta principal! Tienes diez segundos para salir de ahí, Mateo.
Mateo sabía que estaba acorralado. Con un movimiento rápido, cogió una gruesa lámpara de bronce del suelo y la estrelló contra la cabeza de Dragić, que cayó al suelo inconsciente, sangrando profusamente por una brecha en la frente.
Los disparos comenzaron a astillar la puerta doble de madera noble del dormitorio. Los guardaespaldas estaban usando armas automáticas.
Mateo no miró atrás. Corrió hacia el ventanal del dormitorio, que daba a la calle, lejos del balcón por donde había entrado. Cogió una pesada silla de roble y la lanzó contra el cristal blindado. La silla rebotó, agrietando ligeramente la superficie. El cristal era a prueba de balas.
Las bisagras de la puerta cedieron y los guardaespaldas irrumpieron en la habitación, apuntando sus subfusiles.
Mateo sacó su pistola con silenciador, no para dispararles a ellos, sino para disparar a los anclajes del marco de la ventana, donde el cristal era más débil. Tres disparos precisos debilitaron la estructura. Luego, retrocedió dos pasos, cogió carrerilla y se lanzó de hombro contra el cristal agrietado.
La ventana estalló en mil pedazos. Mateo salió despedido hacia el vacío de la fría noche berlinesa, a cincuenta pisos de altura, justo cuando el cuarto se llenaba de balas.
—¡Estoy cayendo! —gritó Mateo.
—¡Despliega el paracaídas base! ¡Ahora! —bramó Valkiria por el auricular.
Mateo tiró de la anilla de su arnés. Un pequeño dosel negro se abrió con un chasquido violento a su espalda, frenando su caída en seco y rompiéndole casi los hombros. Planear en medio de una ciudad densamente construida era un suicidio táctico, pero no le quedaba otra opción.
Maniobró el paracaídas esquivando los cables eléctricos y los edificios adyacentes, guiándose hacia el parque Tiergarten, un inmenso pulmón verde sumido en la oscuridad. Aterrizó pesadamente sobre las ramas desnudas de un roble centenario, rompiendo varias de ellas antes de golpear el suelo helado y rodar entre los arbustos.
Estaba magullado, sangrando por un corte en la mejilla causado por el cristal, y con las costillas ardiendo. Pero estaba vivo. Y en su bolsillo, el reloj cuántico de platino latía con un ritmo inaudito.
Se puso en pie a duras penas, cortó los cordajes del paracaídas y lo enterró bajo un montón de hojas húmedas.
—Valkiria. Lo tengo. El token es nuestro.
—Buen trabajo, chico. Vuelve a la base de seguridad. Tenemos que prepararte para tu viaje a Suiza.
CAPÍTULO 3: El Nido del Águila
Tres días después, el paisaje urbano de Berlín había sido reemplazado por la majestad abrumadora y letal de los Alpes suizos.
El Château de Glace hacía honor a su nombre. Era un castillo de pesadilla, tallado directamente en la roca oscura de la montaña, rodeado de glaciares eternos y acantilados insondables. Parecía el refugio de un villano de las antiguas películas que Mateo solía ver con su padre en la vieja televisión de tubo del taller. Solo que esto era espantosamente real.
Mateo, asumiendo la identidad de Goran Dragić —aprovechando que el serbio aún estaba en coma inducido en un hospital clandestino de Berlín gracias a los contactos de Valkiria—, iba sentado en el opulento vagón del funicular privado que ascendía por la escarpada ladera hacia el castillo.
Llevaba un traje a medida italiano, un abrigo de vicuña que costaba más que todo Vallecas junto, y unas gafas de sol oscuras para ocultar sus rasgos, que Valkiria había modificado ligeramente con prótesis faciales temporales para asimilarse al robusto perfil balcánico del traficante.
Frente a él, en el funicular, iban otros dos hombres. Uno parecía un general de alguna república exsoviética, el otro un banquero árabe. Nadie hablaba. La tensión en la cabina se podía cortar con un cuchillo. Todos sabían a lo que iban: a comprar el fin del mundo para utilizarlo como herramienta de poder.
Al llegar a la cima, las pesadas puertas de acero del funicular se abrieron con un sonido hidráulico. Un comité de bienvenida los aguardaba: hombres inmensos, armados con fusiles de asalto FN SCAR, vestidos de blanco camuflaje ártico. Llevaban el emblema de Aegis Protocol en el hombro: un escudo atravesado por una espada negra.
—Documentación y tokens, por favor, señores —dijo un oficial con voz metálica.
Mateo entregó su pasaporte falso y el reloj de platino. El oficial escaneó el reloj con un dispositivo portátil complejo. El aparato emitió un pitido afirmativo.
—Bienvenido, señor Dragić. El anfitrión los espera en el Gran Salón.
Mateo fue escoltado al interior de la fortaleza. El lujo del interior era grotesco en comparación con la brutalidad de su ubicación. Suelos de mármol negro veteado en oro, enormes chimeneas ardiendo con troncos de pino, y paredes forradas de paneles de madera tallada que ocultaban, Mateo lo sabía gracias a los planos, redes de sensores y nidos de ametralladoras automatizadas.
El Gran Salón era una caverna palaciega. Unas cincuenta personas, la élite del crimen organizado, la política corrupta mundial y el terrorismo de estado, charlaban en voz baja mientras camareros uniformados servían champán Cristal.
En el centro del salón, sobre un pedestal iluminado por un foco solitario y protegido por un cilindro de cristal blindado de diez centímetros de grosor, descansaba un cilindro de titanio cromado. En su interior, un líquido de un color verde fosforescente, hipnótico y mortal. La segunda cepa. El virus Nemesis.
Una campana sonó, silenciando a la multitud.
Desde la gran escalera de mármol que presidía la sala, descendió un hombre. No llevaba uniforme ni traje de combate. Vestía un impecable esmoquin negro. Era alto, de cabello rubio platinado casi blanco, peinado hacia atrás con precisión militar. Su rostro era atractivo pero carente de cualquier atisbo de calidez humana; sus ojos eran dos estanques helados de crueldad absoluta.
Alexander Voss. El Jefe.
—Señores. Bienvenidos al Château de Glace —su voz era aterciopelada, educada, pero irradiaba una autoridad escalofriante—. La historia de la humanidad se ha forjado a través de cataclismos y renacimientos. El fuego purifica. La plaga limpia. Lo que tienen ante ustedes no es un simple patógeno. Es el botón de reinicio de la civilización moderna.
Voss caminó majestuosamente hacia el pedestal.
—La cepa Nemesis es altamente contagiosa por vía aérea. Tiene un periodo de incubación de setenta y dos horas, durante las cuales el portador es asintomático. Después, la tasa de mortalidad es del noventa y nueve por ciento. Sin embargo, no he venido a venderles solo la muerte. El paquete completo incluye la única patente de la vacuna viable. Quien controle esto, decidirá qué imperios caen y cuáles sobreviven. Podrán arrodillar a superpotencias sin disparar un solo misil.
La sala murmuraba con una codicia enfermiza. Mateo, mezclado entre la multitud, apretaba los puños hasta que los nudillos se le pusieron blancos. La audacia, la pura maldad del hombre lo asqueaba.
—La subasta comenzará en una hora en la sala de juntas —anunció Voss—. Por favor, disfruten de los aperitivos. Mi jefe de seguridad, el comandante Kross, estará a su disposición para cualquier necesidad.
Voss se retiró hacia una puerta lateral de doble hoja, fuertemente escoltada. Ese era el despacho privado. El centro de control desde donde se gestionaba la subasta y la seguridad de la fortaleza.
Mateo sabía que la fuerza bruta era inútil aquí. Tenía que usar el cerebro. Tenía que pensar como un mecánico.
Antes de llegar, había estudiado meticulosamente los planos que Valkiria le había conseguido. Una fortaleza impenetrable por fuera suele tener debilidades en sus entrañas. Un motor, no importa lo grande o caro que sea, falla si le cortas la refrigeración o adulteras su lubricante. El Château de Glace era un sistema inmenso, impulsado por generadores geotérmicos y ventilado por un complejo sistema de conductos de aire purificado para mantener un ambiente presurizado y seguro.
Mateo se dirigió a los aseos de la planta baja. Una vez dentro, entró en un cubículo y cerró con pestillo. Sacó de su zapato un pequeño estuche de cuero que había pasado los escáneres al no contener metales. Dentro había un juego de ganzúas de fibra de carbono y un diminuto dispositivo USB.
Desatornilló la rejilla de ventilación del techo del baño usando una moneda de un franco suizo. Con agilidad, se encaramó al retrete y se coló en el conducto, arrastrándose por el vientre oscuro y metálico de la fortaleza.
El polvo y el frío le resecaban la garganta. Avanzó a ciegas, guiándose por el mapa que tenía grabado a fuego en la memoria. Se dirigía al nivel B3, las entrañas del monstruo: la sala de servidores y el control climático central.
Tardó veinte minutos en llegar. A través de la rejilla que daba a la sala de control, observó a dos técnicos sentados frente a paneles de monitores que mostraban cada rincón del castillo. Un guardia armado patrullaba el pasillo exterior.
No podía noquearlos a todos sin hacer ruido. Necesitaba crear una distracción masiva, un fallo sistémico.
Mateo localizó el conducto principal de refrigeración de los servidores centrales de Aegis Protocol. Si esos servidores se sobrecalentaban, el sistema de seguridad de la fortaleza entraría en modo de autoprotección, abriendo las puertas blindadas y desactivando los sistemas de armas automáticas para evitar un incendio eléctrico masivo. Sería el caos.
Con sumo cuidado, Mateo manipuló las válvulas del conducto de refrigeración. Sus manos, acostumbradas a ajustar milimétricamente inyectores de combustible y válvulas de escape, trabajaron con una rapidez asombrosa. Cerró el flujo de líquido refrigerante a base de glicol hacia los servidores y desvió el fluido hacia el sistema de calefacción general del castillo.
Luego, conectó el pequeño USB a un puerto de diagnóstico oculto en el panel del conducto. El USB contenía un virus informático diseñado por Valkiria que enmascararía el aumento de temperatura en los monitores de los técnicos hasta que fuera demasiado tarde.
—El motor está trucado —susurró Mateo para sí mismo.
Volvió a arrastrarse por los conductos, esta vez en dirección al piso superior, hacia el despacho privado de Voss. Su plan era sencillo y suicida: mientras el caos reinara en la fortaleza, él irrumpiría en el despacho de Voss, robaría el cilindro con el virus de la sala principal y volaría el complejo entero con los explosivos plásticos C4 que había introducido ocultos en las suelas gruesas de sus elegantes zapatos italianos.
Cuando llegó encima del despacho de Voss, a través de la rejilla de ventilación, vio al fantasma en persona.
Alexander Voss estaba de pie frente a un ventanal panorámico, mirando la tormenta de nieve que arreciaba en el exterior, hablando por un teléfono satelital.
—Todo está listo. La subasta superará mis expectativas. El mundo está ansioso por autodestruirse, y nosotros vamos a cobrar la entrada para ver el espectáculo.
De repente, una alarma estridente, un aullido sordo y penetrante, rompió la calma del castillo. Las luces blancas parpadearon y fueron sustituidas por el resplandor rojo de la iluminación de emergencia.
Voss se giró bruscamente, su rostro imperturbable resquebrajándose por un segundo de confusión. Agarró un comunicador de su escritorio.
—Kross, ¿qué demonios es eso?
La voz de su jefe de seguridad sonó distorsionada por la estática.
—¡Señor, los servidores centrales están en fusión crítica! ¡El sistema de refrigeración ha fallado, y alguien nos ha inyectado un malware! Las puertas de seguridad de los sectores norte y sur se han desbloqueado solas. ¡Las ametralladoras del perímetro están offline! ¡Es un sabotaje!
—¡Asegura el virus! ¡Ponlo en la cámara acorazada, ahora! ¡Mata a cualquiera que no lleve nuestro uniforme! —Voss sacó una pistola SIG Sauer P226 de un cajón y se dirigió a la puerta de su despacho.
Era el momento de Mateo.
Pateó la rejilla de ventilación con furia, cayendo pesadamente sobre la alfombra persa del despacho justo a espaldas de Voss.
El líder mercenario, a pesar de la sorpresa, demostró los reflejos de un soldado de élite. Se giró sobre sus talones y disparó.
Mateo se lanzó tras el pesado escritorio de caoba. Las balas destrozaron la madera y el monitor del ordenador. Sabiendo que estaba en desventaja táctica, Mateo cogió un pesado pisapapeles de mármol y lo lanzó por encima de su cabeza como señuelo.
Voss disparó dos veces al aire, destrozando el mármol en vuelo.
Ese medio segundo fue suficiente. Mateo se asomó por el otro lado del escritorio y disparó tres veces con su pistola silenciada. Dos balas impactaron en el hombro de Voss y la tercera le rozó la sien, derribándolo.
El alemán cayó al suelo profiriendo un grito ahogado. Su pistola resbaló por el parqué. Mateo saltó sobre el escritorio y le pateó el arma lejos, apuntándole directamente a la cabeza.
—Alexander Voss. El fantasma. El Jefe —Mateo escupió las palabras con asco—. Parece que tu motor acaba de gripar.
Voss, sangrando abundantemente por el hombro y la cabeza, lo miró con una mezcla de furia y reconocimiento.
—Tú no eres Goran Dragić —siseó Voss, tosiendo sangre—. Eres él. El mecánico español. El hijo de puta que me costó mis inversiones en Madrid. Sobreviviste al bosque.
—Paco sobrevivió al bosque. La fiscal sobrevivió al bosque. Yo soy la factura que te ha llegado para cobrártelo todo —Mateo apretó el cañón de la pistola contra la frente del terrorista—. ¿Dónde está el código de anulación para abrir el cilindro del virus en el Gran Salón?
Voss soltó una carcajada amarga y sanguinolenta.
—Eres un idiota. Crees que has ganado porque me tienes a punta de pistola. La subasta era solo una fachada. El virus que está en el Gran Salón es agua tintada.
El corazón de Mateo se detuvo.
—¿Qué?
—El verdadero virus Nemesis no está aquí. Está en un dron estratosférico de alta resistencia sobrevolando la atmósfera de Europa Central. Se programó para descender y liberar la carga sobre París, Berlín y Londres simultáneamente si mis biosensores fallaban… o si yo no introducía una clave de aborto cada doce horas. Al matarme, solo adelantarás el apocalipsis. He construido un mecanismo de hombre muerto perfecto.
Mateo sintió que el suelo se abría bajo sus pies. Todo había sido un engaño. Una trampa a escala global. Voss nunca pensó en vender el arma. Pensó en usarla él mismo para destruir el viejo orden mundial y reinar sobre las cenizas.
—¡Estás mintiendo! —Mateo le golpeó la herida del hombro con la bota. Voss aulló de dolor pero su sonrisa sádica no desapareció.
—Comprueba el terminal de mi escritorio. El protocolo Ícaro. Míralo tú mismo, mecánico.
Mateo, sin apartar la pistola de Voss, se inclinó para mirar la pantalla del portátil del alemán que había sobrevivido a los disparos. Efectivamente, una interfaz gráfica mostraba un mapa de Europa y un punto rojo parpadeante a 80.000 pies de altura, descendiendo lentamente. Un contador marcaba el tiempo de despliegue: 15 minutos.
—Maldita sea… —murmuró Mateo. La desesperación amenazó con paralizarlo. Pero recordó a su padre. Cuando un motor pierde compresión, no lloras por la pérdida. Buscas la fuga y la sellas. Si el sistema te falla, puenteas el sistema.
Mateo analizó la situación con una frialdad robótica.
—El protocolo de aborto. Necesito la clave.
—Prefiero ver el mundo arder antes que rendirme ante un don nadie con las manos manchadas de grasa —escupió Voss, cerrando los ojos, preparándose para la muerte.
Mateo lo agarró por las solapas del esmoquin, levantándolo del suelo.
—No te vas a ir tan fácil. Vas a introducir la clave.
—No hay dolor que puedas infligirme que me haga cambiar de opinión, chico. Fui entrenado para resistir la tortura. Adelante.
Mateo miró a su alrededor. El despacho era lujoso. Había un pequeño bar, estanterías llenas de libros antiguos y una chimenea encendida. Sus ojos se clavaron en la chimenea, y luego en los conductos de ventilación que él mismo había saboteado. El sistema de calefacción central ahora estaba conectado al fluido refrigerante de los servidores. El glicol, a altas temperaturas bajo presión, era altamente volátil e inflamable.
Una idea demencial, digna de un mecánico suicida, se formó en su mente.
—No voy a torturarte, Voss —dijo Mateo, arrojando al alemán contra la pared—. Voy a hacer algo peor. Voy a volar esta montaña entera contigo dentro y voy a detener ese dron con la terminal.
—No puedes acceder a la terminal sin mis datos biométricos y vocales. El sistema está encriptado a nivel cuántico. —Voss sonreía, creyéndose intocable.
—Tienes razón. Pero sí puedo puentear físicamente la antena de transmisión satelital del tejado de este castillo y conectarla al portátil que llevo en la mochila. Valkiria tiene un programa de ataque de denegación de servicio (DDoS) listo. Si saturo el receptor del dron con suficiente ruido blanco en su banda de frecuencia antes de que entre en la atmósfera baja, sus sistemas de navegación de respaldo se reiniciarán y se autodestruirá en la estratosfera por protocolo de seguridad de fallo crítico.
Voss palideció por primera vez. Esa era una solución técnica que él no había previsto. Un ataque de fuerza bruta analógico.
—No llegarás al tejado. Kross y mis hombres te despedazarán. La puerta del despacho está sellada y ellos la están intentando derribar ahora mismo.
Los golpes ensordecedores en la pesada puerta de caoba confirmaron sus palabras. Los mercenarios estaban usando arietes y explosivos direccionales.
—¿Quién dijo que iba a usar la puerta? —Mateo se agachó y sacó los bloques de C4 de sus zapatos.
Comenzó a moldear el explosivo plástico alrededor de la base del enorme ventanal de cristal blindado que daba al precipicio y la tormenta.
—¡Estás loco! —gritó Voss, intentando arrastrarse lejos—. ¡Si rompes ese cristal a esta altitud, la despresurización y el viento a doscientos kilómetros por hora nos matarán!
—Abróchate el cinturón, jefe. Hay turbulencias.
Mateo insertó un detonador de impacto en el C4. Cogió su mochila, donde llevaba su portátil encriptado y un cable coaxial grueso que había robado de la sala de servidores. Se puso el arnés y el paracaídas que milagrosamente había recuperado tras su huida en Berlín y que Valkiria había re-empaquetado.
Corrió hacia la chimenea, que ahora emitía un calor insoportable debido al fallo del sistema. Pateó los leños ardientes. Luego, con la culata de su pistola, rompió la válvula de presión de los conductos de calefacción que pasaban detrás del muro de piedra.
Un chorro de glicol a presión y a altísima temperatura salió despedido, rociando la habitación. Al entrar en contacto con las brasas de la chimenea, el líquido comenzó a vaporizarse y a generar una nube tóxica y altamente inflamable que llenó el despacho en segundos.
—¡No! —Voss tosía, asfixiándose, intentando gatear hacia la puerta donde sus hombres estaban a punto de irrumpir.
La puerta de caoba cedió con una explosión sorda. Kross y media docena de mercenarios fuertemente armados irrumpieron en la sala.
—¡Fuego a discreción! —gritó Kross al ver a Mateo junto a la ventana.
Mateo no dudó. Pulsó el botón del detonador.
El C4 reventó el marco del ventanal. El cristal blindado, de tres toneladas de peso, salió despedido hacia la tormenta de nieve exterior. La despresurización fue instantánea y apocalíptica. Un huracán de viento helado a doscientos kilómetros por hora irrumpió en el despacho, succionando todo lo que no estaba atornillado al suelo.
Los muebles, los libros, los jarrones y dos de los mercenarios fueron arrancados del suelo y lanzados al vacío oscuro y helado de los Alpes.
Pero lo peor no fue el viento. Al disparar los mercenarios sus fusiles en la habitación llena de vapor de glicol, la chispa de los cañones encendió la nube inflamable. Una explosión termobárica masiva devoró el despacho. Kross, los mercenarios restantes y Alexander Voss, el fantasma intocable, fueron incinerados en una fracción de segundo antes de que la onda expansiva los escupiera por el ventanal roto.
Mateo, anticipándose a la succión, había anclado su mosquetón a una pesada columna estructural de acero cerca del ventanal antes de detonar. La onda expansiva lo golpeó con la fuerza de un tren de mercancías, quemándole la espalda a través del abrigo, pero la columna aguantó. Quedó colgando en el vacío, fuera del castillo, azotado por la ventisca y sostenido solo por su arnés y el cable de acero.
Sobre él, el tejado del castillo ardía en llamas, el sistema eléctrico colapsando bajo el infierno de glicol y fuego.
El dron. Tengo que detener el dron.
Mateo usó toda la fuerza que le quedaba para trepar por la pared exterior de roca y acero, luchando contra la gravedad y la hipotermia instantánea. Sus manos, destrozadas y quemadas, se aferraban a los salientes con la tenacidad de un hombre que se niega a morir.
Llegó al tejado. Era una plataforma plana cubierta de nieve y rodeada de enormes antenas de comunicación satelital. El caos en el interior del castillo había provocado que la seguridad de la azotea huyera o muriera en los incendios que se propagaban por el sistema de ventilación.
Mateo se arrastró hacia el mástil de la antena principal. El viento aullaba como un coro de demonios. Sus dedos estaban rígidos por el frío, perdiendo sensibilidad a cada segundo.
Sacó el portátil de su mochila y el grueso cable coaxial. Abrió el panel de control de la antena con un destornillador. Conectó los terminales con un empalme rápido y chapucero que habría avergonzado a su padre, pero que era funcional.
Encendió el portátil. La batería marcaba un 15% bajo el frío extremo. Valkiria estaba conectada, esperando la señal.
—Valkiria… —susurró por el comunicador, apenas audible sobre la tormenta—. Enlace establecido. Inicia el ataque de saturación. Manda toda la basura digital que tengas. Fríele el cerebro a ese puto dron.
—Iniciando ataque DDoS masivo por banda ancha satelital. Desviando tráfico de botnets rusas hacia la IP del dron de Voss. Esto va a hacer mucho ruido, Mateo. Todos los radares de la OTAN van a iluminarse como árboles de Navidad.
—Que se iluminen. Háganlo estallar.
En la pantalla de su portátil, Mateo vio la barra de progreso del ataque telemático. El porcentaje subía lentamente, luchando contra los cortafuegos militares del dron letal.
70%… 80%… 90%…
El tiempo se agotaba. El dron estaba a punto de entrar en la troposfera, donde soltaría los contenedores del virus Nemesis. Si la señal de aborto forzado no entraba ahora, millones morirían.
95%… 98%… 100%
Señal de sobrecarga crítica detectada. Protocolo Ícaro: Falla Catastrófica. Autodestrucción iniciada.
Una luz verde parpadeó en la pantalla. Y en lo alto de la atmósfera, a kilómetros de distancia, un destello minúsculo, invisible a simple vista pero detectado por los radares meteorológicos, marcó la desintegración del dron y la incineración a miles de grados del virus Nemesis en la fría soledad del cielo nocturno.
El arma biológica había sido destruida. Europa estaba a salvo.
Mateo se dejó caer sobre la nieve del tejado, exhausto más allá de la comprensión humana. El frío le calaba los huesos. Sentía la sangre caliente brotar de sus heridas, enfriándose instantáneamente.
Abajo, el Château de Glace era un infierno de llamas, gritos y el rugido de helicópteros militares suizos que finalmente se acercaban a investigar la anomalía. El Círculo estaba roto. El Fantasma estaba muerto.
Mateo cerró los ojos y, por primera vez en seis meses, la imagen que apareció en su mente no fue la de la fiscal ensangrentada, ni la del Ferrari en llamas, ni el rostro moribundo de Paco.
Vio a su padre, en el viejo taller “San Antonio”, sonriendo con la cara manchada de grasa, entregándole una llave inglesa. Los motores se arreglan de uno en uno, hijo. Pieza por pieza. Solo tienes que encontrar el tornillo suelto.
Mateo sonrió con los labios agrietados. Abrió los ojos. No iba a morir aquí, congelado en una montaña suiza. Aún tenía que volver a Marsella. Aún tenía unos viales que destruir definitivamente en un horno crematorio. Y aún tenía un mundo de tornillos sueltos, de hombres de traje y corbata que se creían por encima del bien y del mal, a los que tenía que desmontar.
Se desenganchó el arnés. Observó el precipicio. Detrás de él, los soldados suizos irrumpían en la azotea, apuntando con focos deslumbrantes.
—¡Levante las manos! ¡Ríndase! —gritó un soldado en francés.
Mateo Ruiz, el mecánico de Vallecas, el hombre que había salvado el mundo con una ganzúa, un portátil y una pistola robada, se giró hacia ellos. Les hizo un saludo militar irónico con dos dedos en la frente.
Luego, se dio la vuelta y saltó al vacío helado de los Alpes, desapareciendo en la tormenta, convirtiéndose él mismo en el nuevo fantasma. Un espectro vengador armado con una caja de herramientas, listo para reparar un mundo roto, cueste lo que cueste.
EPÍLOGO: El Guardián de Hierro
CUATRO AÑOS MÁS TARDE
El puerto de Génova, Italia, era un hervidero de actividad bajo el sol abrasador del Mediterráneo. Grúas ciclópeas movían contenedores de carga de colores brillantes como si fueran bloques de lego gigantescos, mientras el olor a salitre, gasoil y pescado podrido inundaba el aire espeso.
En uno de los talleres clandestinos de reparación naval ubicados en los muelles menos regulados del puerto, un hombre trabajaba en el motor diésel de dos tiempos de un viejo remolcador.
Estaba sin camisa, revelando un cuerpo esculpido por el trabajo físico y marcado por innumerables cicatrices. Una larga y pálida quemadura le recorría la espalda entera, un recuerdo permanente del infierno en las montañas suizas. Llevaba el pelo ligeramente más largo, y una densa barba ocultaba la mandíbula endurecida.
Con un movimiento preciso, apretó la última tuerca de la bomba de inyección marina con una enorme llave inglesa. El sudor le caía por la frente, limpiándolo con el antebrazo lleno de tatuajes marineros destinados a ocultar su verdadera identidad.
—¡Listo, capitán Rossi! —gritó, su voz ronca compitiendo con el ruido de las gaviotas y las sirenas de los barcos—. Intente arrancarlo ahora. La presión del combustible está optimizada.
Desde la cabina superior del remolcador, un anciano marinero de piel curtida giró la llave de contacto. El enorme bloque de hierro tosió, escupió una nube de humo negro que asfixió momentáneamente la cubierta y, finalmente, comenzó a ronronear con un latido profundo, poderoso y constante.
El viejo Rossi se asomó por la borda, sonriendo con una boca desdentada.
—¡Eres un maldito mago, Mateo! Llevaba semanas intentando que esta chatarra volviera a la vida. ¿De dónde sacaste esas manos? Parecen bendecidas por San Telmo.
Mateo Ruiz bajó de un salto al muelle, limpiándose la grasa con un trapo raído.
—Mi padre me enseñó un par de trucos, capitán. Nada de magia. Solo entender la máquina.
Rossi asintió, agradecido. Le lanzó un fajo de billetes arrugados.
—Te has ganado cada céntimo. Esta noche invito yo a las cervezas en la taberna del puerto.
—Se lo agradezco, capitán, pero esta noche tengo otro trabajo pendiente. Un coche de importación en el desguace del norte. Necesitan que desmonte un chasis bastante terco.
Mateo se despidió del marinero y caminó hacia su pequeña caseta de herramientas, ubicada bajo un puente de hormigón oxidado.
Al cerrar la puerta de chapa, el estruendo del puerto desapareció repentinamente. Las paredes del interior de la caseta estaban revestidas de paneles acústicos y material aislante. Era su santuario.
Dejó la caja de herramientas en el suelo y se acercó a una caja fuerte oculta detrás de un panel falso bajo su banco de trabajo. Introdujo una combinación de doce dígitos y abrió la pesada puerta de acero.
En el interior no había dinero. Había pasaportes de seis nacionalidades diferentes, fajos de billetes en diferentes divisas, un arsenal meticulosamente cuidado de armas cortas y largas, y un sofisticado equipo de comunicaciones satelitales.
Mateo sacó un teléfono móvil negro, tosco, de grado militar, y lo encendió. Una sola notificación parpadeaba en la pantalla encriptada. Era de Valkiria.
A pesar de los años transcurridos, su alianza se había mantenido intacta. Después de la destrucción de Voss y de la posterior quema en un alto horno industrial de los últimos viales recuperados de Marsella, ambos habían comprendido que su trabajo no había terminado. El Círculo de la Castellana y Aegis Protocol habían sido desmantelados, pero la hidra siempre engendraba nuevas cabezas. Nuevos oligarcas, políticos corruptos, corporaciones traficando con vidas humanas.
Mateo abrió el mensaje. Era un archivo adjunto que mostraba la fotografía de un político sudamericano prominente, rodeado de guardaespaldas paramilitares, y un diagrama de un oleoducto recién construido en la selva amazónica. Debajo de las imágenes, un breve texto:
“Ministro de Defensa de la República. Financiando escuadrones de la muerte locales usando fondos desviados de ONG internacionales. Han asesinado a tres periodistas y a decenas de líderes indígenas esta semana para asegurar la ruta del petróleo. Está organizando un traslado de fondos de doscientos millones de dólares en diamantes en sangre esta noche, en una hacienda fuertemente custodiada en los suburbios de Bogotá. Es intocable por las vías legales.”
Mateo leyó el dossier con una expresión impasible. Los crímenes cambiaban de geografía, de idioma, pero la avaricia y la crueldad seguían siendo el motor defectuoso que impulsaba el mundo oscuro de los poderosos.
Miró sus propias manos. Estaban ásperas, sucias de grasa de motor, fuertes. Las manos de un trabajador. Las manos de un mecánico. Ya no temblaban cuando sostenían un arma, ni sudaban cuando debían cortar el cable de un sistema de seguridad avanzado.
Se había convertido en el engranaje necesario para detener la maquinaria del mal. Un justiciero sin nombre que viajaba de puerto en puerto, de ciudad en ciudad, arrastrando la memoria de un viejo policía de Vallecas y de una fiscal que se atrevió a destapar la caja de Pandora.
Escribió una respuesta rápida, uniendo sus dedos tatuados sobre el pequeño teclado:
“Entendido, Valkiria. Consígueme un vuelo de carga a Bogotá esta noche. Y prepara los planos del sistema de seguridad de la hacienda. Voy a desmontarles el motor.”
Envió el mensaje, apagó el teléfono y lo guardó en un bolsillo oculto de su chaqueta de cuero gastada.
Cogió una vieja y pesada llave inglesa de su banco de trabajo, la hizo girar en su mano con la familiaridad de una espada forjada en mil batallas, y la metió en su petate táctico, junto con unas cuantas granadas cegadoras, un silenciador y un inhibidor de frecuencias.
Salió de la caseta, cerrando el candado con un golpe seco. El sol de Génova comenzaba a ponerse, tiñendo el mar de un rojo intenso, del color de la sangre y el fuego. Mateo se perdió entre los contenedores de carga, una sombra errante que vigilaba a los que se creían invisibles. El mundo seguía siendo un motor enorme y ruidoso, lleno de piezas rotas y engranajes corruptos. Y él, Mateo Ruiz, era el único mecánico dispuesto a bajar a la fosa, ensuciarse las manos y arreglarlo, pieza por pieza. Sin piedad, sin descanso, hasta que la máquina por fin girase como debía.