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La Foto de Boda No Tomada en Sitges

El clic del obturador sonó como el chasquido de una guillotina.

El sol de media tarde en Sitges caía a plomo sobre las aguas cristalinas del Mediterráneo, creando un tapiz de diamantes destellantes que herían la vista. El aire estaba impregnado de sal, del aroma a pinos centenarios y del inconfundible perfume de la opulencia. Todo era perfecto. Excesivamente perfecto. Yo, Mateo Vargas, estaba agazapado detrás de mi cámara, una extensión de mi propio cuerpo, ajustando el enfoque de la lente de cincuenta milímetros. Mi objetivo: la novia.

Estaba de espaldas a mí, contemplando el horizonte desde el balcón de la villa del siglo XIX que su futuro esposo había alquilado por una cifra que obscenamente superaba todo lo que yo había ganado en mi vida. El vestido, una obra maestra de encaje de Chantilly y seda pura, se ceñía a su figura con una gracia etérea. La brisa marina jugaba con el velo, elevándolo como las alas de un ángel a punto de abandonar la tierra. Era la imagen de la felicidad absoluta, la postal perfecta que cualquier fotógrafo de bodas de lujo mataría por capturar en su portafolio.

—Gírate lentamente, por favor. Deja que la luz del sol acaricie tu perfil —pedí, con la voz ensayada y profesional que reservaba para mis clientes de alta sociedad.

Ella obedeció. El movimiento fue fluido, casi cinematográfico. Primero, la curva de su hombro, luego el delicado arco de su cuello, y finalmente, su rostro.

Mi corazón se detuvo. Literalmente, sentí un golpe sordo en el centro del pecho, seguido de un vacío glacial que me cortó la respiración. La cámara, pesada y familiar entre mis manos, de repente se sintió como un bloque de plomo. Mis dedos temblaron. El mundo a mi alrededor, el rumor de las olas, la música clásica que sonaba de fondo en la villa, el calor del sol… todo desapareció, succionado por el agujero negro de sus ojos.

Era Lucía.

Seis años. Habían pasado dos mil ciento noventa días desde la última vez que vi ese rostro. Y en ese instante, el tiempo se colapsó sobre sí mismo, aplastándome con el peso de la culpa, el remordimiento y un amor que creía haber enterrado bajo capas de cinismo y ambición profesional.

La última vez que vi a Lucía, no llevaba seda ni encaje. Llevaba una camiseta empapada por la lluvia torrencial de Madrid. Estaba de rodillas en el asfalto frío, aferrada a la puerta de mi taxi, con el rímel corriendo por sus mejillas mezclado con lágrimas de pura agonía.

“¡Mateo, no me hagas esto! ¡No puedes simplemente irte! ¡Te amo, por el amor de Dios, te amo!”, había gritado con una voz desgarrada que aún me despertaba en medio de la noche, empapado en sudor frío.

Yo no dije nada. No la consolé. No la abracé. Con la arrogancia de un joven de veintidós años obsesionado con ganar un premio de fotografía en París, aparté sus manos temblorosas de la manija del coche, cerré la puerta y le dije al taxista que arrancara. La dejé allí, rota en mil pedazos bajo la lluvia, sacrificando a la única mujer que me había amado incondicionalmente en el altar de mi egoísmo. Durante meses me llamó. La bloqueé. Me escribió cartas que devolví sin abrir. La borré de mi existencia porque su dolor era un espejo en el que no quería mirar mi propia monstruosidad.

Y ahora, el destino, en un giro de crueldad digno de una tragedia griega, me había traído hasta aquí. Había sido contratado a través de mi agencia en Barcelona. El nombre en el contrato era “Señorita L. Navarro y Don Alejandro de la Vega”. Nunca indagué. Nunca miré las fotos de referencia que mi asistente había archivado. Solo vi el cheque, la localización exclusiva en Sitges y acepté.

A través del visor de mi cámara, mi ojo se encontró con el suyo. La resolución del lente era implacable. Pude ver el momento exacto en que la cortesía en su rostro se transformó en estupor, y luego, en una frialdad absoluta y cortante. Ella me reconoció. Por supuesto que me reconoció. El aire entre nosotros se electrificó, denso y sofocante.

Esperé el grito. Esperé que llamara a seguridad, que me arrojara la copa de champán que descansaba en la barandilla, que revelara al mundo al monstruo que se escondía detrás de la lente. Pero Lucía, la nueva Lucía, la futura Señora de la Vega, hizo algo mucho más devastador.

Sonrió.

Fue una sonrisa helada, carente de cualquier atisbo de calor humano, una sonrisa de diseño creada específicamente para las portadas de las revistas de sociedad. Levantó ligeramente la barbilla, desafiándome, y su mirada me atravesó con la fuerza de un puñal. El mensaje era mudo pero ensordecedor: No eres nadie. No me afectas. Mírame ser feliz sin ti.

—¿Está bien la luz así, fotógrafo? —preguntó. Su voz, que antes era una melodía cálida que me arrullaba por las noches, ahora sonaba pulida, metálica y distante. Me llamó “fotógrafo”. No Mateo.

Tragué saliva, sintiendo como si tuviera cristales rotos en la garganta. El instinto de huida me gritaba que soltara la cámara, saliera corriendo de esa villa y me arrojara al mar. Pero el sadismo del destino me obligaba a quedarme clavado en el suelo. Yo era el verdugo de mi propia alma.

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