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Promesas Bajo el Mar Negro de la Costa da Morte

El mar escupía muerte. No era una metáfora; en la Costa da Morte, el océano Atlántico nunca ha sido un poeta, sino un verdugo implacable. Esa noche de noviembre, el viento aullaba con la ferocidad de mil demonios desatados, golpeando los acantilados de Cabo Fisterra como si quisiera arrancar la roca misma desde sus raíces subterráneas. Xoán se aferraba al timón de su pequeña embarcación, A Lúa Negra, con los nudillos blancos y la mandíbula tensa. Las olas, muros de agua negra y espuma hirviente de más de diez metros de altura, amenazaban con tragarlo entero.

Pero Xoán no temía a la muerte. Desde hacía tres años, cuando el mar le devolvió el cadáver mutilado de su hermano menor, Brais, Xoán vivía con un pie en la tumba. A Brais no lo había matado una tormenta, ni un naufragio accidental. Lo habían ejecutado. Un tiro en la nuca y un ancla atada a los pies. El sello inconfundible de los narcos de las rías, los señores del contrabando que habían podrido las venas de Galicia con cocaína y sangre.

Un relámpago rasgó el firmamento, iluminando la negrura absoluta durante una fracción de segundo. En ese instante estroboscópico, el corazón de Xoán se detuvo.

No era una roca. No era un tronco flotante.

Allí, entre la furia del oleaje, a merced de la resaca que succionaba todo hacia el fondo del abismo, había restos de una planeadora. Los cascos de fibra de vidrio de las lanchas rápidas de los narcos, destrozados como cáscaras de nuez contra los afilados “petóns” (arrecifes ocultos). Flotando alrededor de los restos, esparcidos como confeti macabro, había fardos rectangulares envueltos en plástico negro. Cocaína. Millones de euros disolviéndose en la furia de la Costa da Morte.

Xoán giró el timón instintivamente para alejarse. Nada bueno salía de cruzarse con los negocios de los cárteles. Si los sicarios gallegos o los colombianos descubrían que había estado cerca de su cargamento perdido, su vida no valdría ni el precio de una bala.

Pero entonces, otro relámpago estalló, más brillante, más cercano. Y la vio.

Un brazo pálido, casi translúcido, se aferraba desesperadamente a un bidón de combustible a medio hundir. El mar jugaba con el cuerpo de una mujer como un gato sádico con un ratón herido, hundiéndola bajo la espuma helada y dejándola salir apenas para que tragara una bocanada de aire salado.

La lógica gritaba. El instinto de supervivencia le ordenaba dar la vuelta y huir. Salvar a alguien ligado a una narcolancha era firmar su propia sentencia de muerte. Pero los ojos de Xoán se clavaron en esa figura inerte. En su mente, por un segundo de locura, no era una desconocida; era Brais, ahogándose en la oscuridad, pidiendo auxilio mientras él no estaba allí para salvarlo.

Un rugido gutural escapó de la garganta del pescador. Con un movimiento brusco, aceleró el motor y lanzó A Lúa Negra directo hacia el vórtice de la tormenta, esquivando fardos de droga y restos de fibra de vidrio afilados como cuchillas.

Las olas golpeaban la cubierta, amenazando con volcar la barca. Xoán abandonó el timón, ató una cuerda gruesa alrededor de su cintura y, con un gancho en la mano, se asomó a la borda. El agua helada le golpeó la cara como perdigones de hielo. La mujer estaba a menos de tres metros. Su rostro estaba cubierto por una maraña de cabello negro, su piel tenía el tono azulado de la hipotermia severa. Ya no luchaba. Sus dedos estaban resbalando del bidón. Estaba cediendo a la paz letal del abismo.

—¡Aguanta! —rugió Xoán, aunque el viento silenciaba su voz—. ¡Maldita sea, no te rindas!

Se lanzó a la cubierta resbaladiza, arrojando el gancho hacia el chaleco salvavidas que la chica llevaba a medias. El metal enganchó la tela sintética con un desgarro sordo. Xoán tiró con toda la fuerza de sus músculos curtidos por años de pesca. El mar tiraba en dirección contraria, un demonio celoso que no quería soltar su presa.

Los músculos de los brazos de Xoán ardían, amenazando con desgarrarse. La vena de su cuello palpitaba peligrosamente. Con un último y agónico tirón, arrastró el cuerpo de la mujer por encima de la borda justo en el momento en que una ola colosal estrellaba el bidón de combustible contra la cubierta, destrozándolo en mil pedazos.

Cayeron juntos sobre la madera mojada. Ella no respiraba.

Xoán se apresuró a llevarla al interior de la pequeña cabina, lejos del azote del viento. La luz parpadeante del panel de instrumentos iluminó su rostro. Era joven, de una belleza salvaje, aristocrática incluso, pero ahora deformada por el frío de la muerte. Llevaba ropa cara, destrozada por las rocas. En su cuello, una gruesa cadena de oro blanco sostenía una medalla con una figura incomprensible.

—No, no, no. Conmigo no te vas a morir —masculló Xoán, presionando el pecho de la chica con ambas manos—. ¡Respira, joder, respira!

Bombeó su pecho con fuerza. Uno, dos, tres. Nada.

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