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DOCE HORAS EN LA PLAZA MAYOR

PRIMERA PARTE

El reloj de la Casa de la Panadería marcaba las ocho de la tarde y el cielo de Madrid se desangraba en tonos violetas y anaranjados. La Plaza Mayor era un hervidero de turistas engullendo bocadillos de calamares, mimos cubiertos de pintura dorada y carteristas bailando su silenciosa coreografía entre la multitud. Para cualquiera, era una tarde de primavera perfecta en la capital española. Para Mateo, era el escenario de su funeral en vida.

Sentado en la terraza de una cafetería, con un café cortado intocable frente a él, Mateo comprobó su billete de avión por enésima vez. Vuelo IB6841. Madrid (MAD) – Buenos Aires (EZE). Salida: 08:00 am. Doce horas. Eso era todo lo que le quedaba en España. Doce horas antes de desaparecer para siempre, de borrar su nombre, su pasado y la sombra de una condena que le había robado la juventud. Respiró hondo, cerrando los ojos para memorizar el olor a fritanga, adoquín húmedo y tabaco negro. Cuando volvió a abrirlos, el corazón se le detuvo en el pecho. El aire abandonó sus pulmones como si le hubieran asestado un golpe seco en el estómago.

Allí estaba ella.

Elena no caminaba; partía la multitud en dos. Llevaba una gabardina negra, el pelo oscuro recogido en un moño desordenado que delataba la prisa, y unos ojos que ardían con la intensidad de un incendio forestal. No había casualidad en su mirada. Iba directamente hacia él.

Mateo instintivamente hizo ademán de levantarse, el pánico inyectando adrenalina en sus venas. ¿Cómo le había encontrado? Había borrado su rastro. Nadie sabía que salía de la cárcel esa misma mañana. Nadie sabía lo de Argentina.

Antes de que pudiera articular palabra o salir corriendo, Elena llegó a la mesa. No hubo un “hola”. No hubo vacilación.

Con un movimiento rápido y violento, Elena sacó un grueso fajo de documentos de su bolso y lo estrelló contra la mesa metálica, haciendo volcar la taza de café. El líquido oscuro manchó los papeles y salpicó la camisa de Mateo.

—Siete años —dijo ella. Su voz no era un grito, sino un susurro rasgado, venenoso, que cortó el bullicio de la plaza como una navaja—. Siete putos años, Mateo.

—Elena, por favor, baja la voz… —empezó él, mirando a los lados, aterrorizado de que alguien, cualquiera, estuviera observándolos. Los fantasmas que le perseguían no llevaban placa de policía, llevaban trajes a medida y tenían nóminas en el inframundo de Madrid.

—¿Que baje la voz? —Elena soltó una carcajada seca y desprovista de humor. Se apoyó en la mesa, acercando su rostro al de él. Olía a lluvia y a ginebra, a desesperación cruda—. Llevo siete años creyendo que me abandonaste. Llevo siete años odiándote cada maldito día de mi vida. Siete años pensando que te fuiste con otra a la semana de que mi hermano muriera en aquel accidente de coche. Y hoy… hoy recibo esto.

Señaló los papeles empapados de café. Eran registros penitenciarios. Informes del juzgado. Documentos de la prisión de Soto del Real.

—Elena, vete. No sabes en lo que te estás metiendo. Mi vuelo sale en unas horas y…

—¡Cállate! —le interrumpió ella, agarrándole por las solapas de la chaqueta con una fuerza que él no creía posible en sus manos delgadas—. ¡Tú no conducías esa noche, Mateo! ¡Era yo! ¡Fui yo quien atropelló a ese hombre en la carretera de A Coruña! Yo estaba borracha. Yo lloraba por la discusión que tuvimos. ¡Yo iba al volante del coche de mi hermano!

Las palabras de Elena cayeron como yunques sobre la mesa. Un turista alemán en la mesa de al lado giró la cabeza, incómodo por la tensión, pero Mateo no podía apartar la vista de los ojos anegados en lágrimas de la mujer a la que amaba. La mujer por la que había sacrificado su vida entera.

—Estás histérica. No sabes lo que dices —intentó mentir Mateo, su voz temblando por primera vez—. Te has confundido…

—¡Pagué a un investigador privado, pedazo de imbécil! —Las lágrimas empezaron a derramarse, arruinando su maquillaje—. Cuando descubrí que tu madre murió el mes pasado y no estabas en el entierro, contraté a alguien para buscarte. Quería escupirte a la cara. Quería humillarte. Y en lugar de eso, el detective me trae un informe que dice que te entregaste a la policía a la mañana siguiente del accidente. Que confesaste ir conduciendo. Que dijiste que el coche era robado. Te cayeron siete años por homicidio imprudente y omisión del socorro. Siete años en los que yo, sumida en el trauma y amnesia de aquella noche, creí que simplemente habías huido de mí porque no soportabas mi dolor.

Mateo tragó saliva. La plaza parecía girar a su alrededor. El secreto mejor guardado de su vida, la mentira que había construido ladrillo a ladrillo para proteger a Elena de ir a la cárcel y perder su carrera, su futuro, su vida… se había derrumbado en menos de un minuto.

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