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El Flamenco Negro de Triana

El aire en el diminuto camerino del tablao más prestigioso de Triana olía a laca, a polvo de arroz, a sudor frío y a la cera derretida de las velas a medio consumir. Pero esta noche, bajo el sofocante calor de la primavera sevillana, el olor predominante para Isabella era otro. Olía a hierro. Olía a traición. Olía a la sangre derramada sobre el asfalto mojado hace exactamente doce años.

Isabella, con el vestido de volantes negros ajustado a su figura como una segunda piel, se miró en el espejo rodeado de bombillas cegadoras. Su respiración era errática, un jadeo ahogado que amenazaba con desgarrar el corsé de encaje. Sus manos, temblorosas y frías como el mármol de una tumba, sostenían un pequeño trozo de papel amarillento y un reloj de bolsillo destrozado. Las manecillas del reloj estaban congeladas para siempre en las 11:42 p.m. La hora exacta.

Había estado buscando un imperdible en la chaqueta de Alejandro. Su maestro. Su mentor. El hombre al que amaba en secreto con una pasión tan violenta y oscura que a menudo le quitaba el sueño. Alejandro Vargas, la leyenda viva del flamenco, “El León de Sevilla”. Él le había pedido que le guardara la chaqueta mientras afinaba su guitarra. Isabella, al palpar el bolsillo interior forrado de seda, había encontrado un doble fondo desgarrado. Allí, oculto como un pecado mortal, estaba el recorte de periódico de hace doce años: “Mujer atropellada mortalmente en la calle Betis. El conductor se da a la fuga”. Y envuelto en el recorte, el reloj. El reloj de su padre, el que su madre llevaba consigo la noche en que murió, el que la policía nunca encontró en la escena del crimen porque, evidentemente, el asesino se lo había llevado como un trofeo macabro o por un pánico ciego tras el impacto.

El mundo de Isabella se detuvo. El zumbido del público al otro lado del telón, el rasgueo lejano de las guitarras, el tintineo de las copas de jerez… todo se desvaneció en un silencio ensordecedor. Un pitido agudo perforó sus oídos.

—No… —susurró, y la palabra sonó como el crujido de un hueso al romperse. —No puede ser. Él no.

Pero la tinta del periódico no mentía. Y las manchas oscuras, oxidadas, en la cadena de plata del reloj tampoco. Eran la firma indeleble de la muerte. Alejandro, el hombre que le había enseñado a canalizar su dolor a través del zapateado, el hombre cuyas manos ásperas y fuertes habían corregido su postura rozando su cintura, provocando incendios en su piel… ese mismo hombre era el monstruo que la había dejado huérfana bajo una lluvia torrencial cuando ella solo tenía diez años.

La bilis le subió por la garganta. Cayó de rodillas sobre las baldosas de ajedrez del camerino, ahogando un grito desgarrador contra sus propias manos. El dolor que había enterrado bajo capas de disciplina, sudor y música volvió a surgir con la fuerza de un tsunami. Recordó la lluvia de aquella noche. Recordó el sonido espantoso del metal contra la carne, el chirrido de los neumáticos, las luces traseras de un coche negro perdiéndose en la niebla del río Guadalquivir, dejando el cuerpo de su madre destrozado como una muñeca de trapo.

Y luego, recordó los ojos de Alejandro. Esos ojos oscuros, insondables, llenos de un duende que hechizaba a cualquiera que lo mirara. Recordó cómo él la había mirado hace apenas una hora, acariciándole la mejilla con el pulgar y diciéndole con esa voz ronca: “Esta noche, Isabella, no bailes para el público. Baila para tus fantasmas. Destrúyelos”.

Una carcajada seca, histérica y carente de toda alegría escapó de los labios pintados de rojo carmesí de la bailaora. Destrúyelos. Qué ironía tan cruel, tan macabra. El destino, en su infinita maldad, había tejido una red perfecta. La había empujado a los brazos del asesino de su madre, haciéndola depender de él, haciéndola amarlo. Un amor prohibido, silencioso, que ella guardaba como un tesoro y que él, aparentemente, ignoraba, aunque en cada ensayo, en cada roce en el escenario, saltaban chispas invisibles que quemaban a ambos.

De repente, la puerta del camerino vibró con tres golpes secos.

—Cinco minutos, Isabella —gritó el regidor desde el pasillo—. Alejandro ya está en el escenario. El público está impaciente.

Isabella cerró los ojos. Sus lágrimas, negras por el rímel, surcaron sus mejillas pálidas, creando un contraste dramático, aterrador. Se puso en pie lentamente, como una sonámbula, como una mujer que acaba de resucitar de entre los muertos con un único propósito en sus venas. Metió el recorte y el reloj en el escote de su vestido, justo sobre su corazón acelerado, para sentir el filo del metal frío contra su piel, para no olvidar ni por un segundo la traición.

Se acercó al espejo y, con un pañuelo, limpió con fiereza las lágrimas negras. Sus ojos, antes llenos de una adoración ciega, ahora eran dos abismos de obsidiana ardiente. Ya no había amor. O quizás sí lo había, pero ahora estaba irremediablemente envenenado, mutando en algo mucho más peligroso: una sed de venganza pura, primitiva y absoluta.

—Bailaré para mis fantasmas, Alejandro —susurró a su propio reflejo—. Y tú serás el primero en caer.

El crujido de la madera bajo sus tacones resonó en el pasillo estrecho y oscuro que conducía al escenario. Cada paso que daba era un martillazo en la forja de su ira. Doce años de orfandad. Doce años de pobreza, de llanto en la oscuridad, de rabia contenida. Todo ese tiempo, él había estado ahí. La había acogido en su academia de baile cuando ella era solo una adolescente desgarbada pero con fuego en las entrañas. Le había dado una beca. Se había erigido como su salvador.

¿Fue la culpa? ¿Fue el remordimiento lo que lo llevó a acoger a la hija de la mujer que había masacrado en la carretera? Isabella apretó los puños hasta que las uñas se clavaron en sus palmas. Sentía asco. Asco de las veces que había fantaseado con sus besos, asco de las horas que había pasado embelesada mirándolo tocar la guitarra, asco de su propia ignorancia.

Al llegar a las cortinas de terciopelo granate que la separaban del público, se detuvo. Al otro lado, el silencio era expectante, pesado, reverencial. Y entonces, comenzó.

Un solo acorde de guitarra rasgó el aire. Oscuro. Profundo. Lúgubre. Era una Seguiriya, el palo más trágico y doloroso del flamenco, el canto a la muerte y a la desesperación. Alejandro dominaba la guitarra con una maestría sobrenatural. Cada nota que arrancaba a las cuerdas era un lamento.

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