Las palabras cayeron sobre el teatro como una cubeta de agua helada. Todo el mundo sabía a qué se refería Pedraza, aunque nadie hubiera dicho nada en voz alta todavía. La vida personal de Pedro Infante era un tema que existía en los susurros de la industria, en las conversaciones que se cortaban cuando él entraba a un cuarto, en los artículos que nunca se publicaban porque nadie quería ser el primero en disparar contra el hombre más querido de México. Pedraza quería ser el primero.
Pedro abrió la boca para responder, pero no llegó a decir nada porque en ese momento algo ocurrió en la cuarta fila del teatro. Un hombre se levantó no con la velocidad dramática de alguien que reacciona por impulso, sino con la lentitud deliberada de alguien que ha tomado una decisión y quiere que todos sepan que la tomó conscientemente.
Pedro Armendari se puso de pie. Nadie lo esperaba. Eso fue lo primero que golpeó a todos los presentes. Armendar y Infante eran colegas, pero nadie los llamaría amigos cercanos. Eran demasiado distintos. representaban demasiadas cosas opuestas en el imaginario de la industria. El actor de escuela y el artista natural, el hombre serio y el hombre alegre.
Durante años habían coexistido en la misma industria con una cortesía profesional que nunca había terminado de convertirse en calidez real. Y sin embargo, ahí estaba Armendaris de pie. Con esa presencia física imponente que tenía, esos hombros anchos, esa mandíbula cuadrada, esa mirada que no pedía permiso para ocupar el espacio que necesitaba.
caminó hacia el pasillo central con pasos lentos y seguros y se dirigió hacia la sección de prensa donde Pedraza seguía de pie con su libreta abierta. La gente se apartaba a su paso sin que él tuviera que pedirlo. “Gonzalo”, dijo Armendaris cuando llegó frente al periodista. lo dijo con una calma que era más amenazante que cualquier grito.
Con la calma de un hombre que no necesita levantar la voz porque tiene razones suficientes para no hacerlo. Pedraza lo miró por primera vez esa noche. La sonrisa vaciló un instante. Lo que estás haciendo continúa Armendaris. No es periodismo, es cobardía con libreta. El teatro conto la respiración colectiva de 200 personas que de pronto entendieron que estaban presenciando algo que no estaba en el programa. Armendaris no había terminado.
Siguió mirando a Pedraza con esa fijeza suya que los directores con los que había trabajado describían como la mirada de un hombre que ya vio el final de la historia y está esperando que los demás lo alcancen. “Llevas años haciendo esto”, dijo. Su voz no subía, pero llegaba a cada rincón del teatro con la claridad de quien ha aprendido a proyectar sin esfuerzo visible, esperando el momento en que alguien está en lo más alto para intentar derribarlo.
No porque tengas razón, sino porque destruir a los que brillan es lo único que te hace sentir que tú también existes. Eso no es crítica, eso es envidia con credencial de prensa. Petraza recuperó su compostura con rapidez. era profesional en eso. Señor Armendaris, respondió con voz controlada, usted defiende a un hombre cuya vida privada contradice públicamente los valores que representa y que el público mexicano merece conocer antes de seguir.
No, lo cortó Armendaris y el monosílabo sonó como una puerta cerrándose de golpe. No vas a terminar esa frase aquí. No esta noche, no en este lugar donde este hombre acaba de recibir un reconocimiento que se ganó con trabajo real, con años de entrega genuina a su oficio. Su vida privada no es tuya, no es mía, no le pertenece a nadie en esta sala, excepto a él.
Y lo que acabas de hacer, levantarte aquí con tu libreta y tu sonrisita ensayada, no es defender ningún valor, es aprovecharte de un micrófono para hacer lo que no podrías hacer si estuvieras solo frente a él en una habitación sin audiencia. Pedraza apretó su libreta. Algo en su expresión cambió. No era vergüenza todavía.
Era el reconocimiento de que este momento no estaba saliendo como lo había planeado. Arriba, en el escenario, Pedro Infante seguía de pie con el premio en los brazos. Lo miraba todo desde esa distancia extraña que da el escenario, donde ves a la gente, pero está separado de ella por algo más que metros.
tenía los ojos fijos en Armendaris, en ese hombre que tres días antes tal vez no hubiera llamado su amigo y que en este momento estaba parado en el pasillo de un teatro lleno diciendo su nombre en voz alta con la misma naturalidad con que se defiende algo que te importa de verdad. Alguien en la audiencia empezó a aplaudir, luego otro, luego otro más.
En 30 segundos, el teatro entero aplaudía de pie no a Pedro Infante esta vez, sino a Pedro Armendaris, que seguía parado en el pasillo mirando al periodista con esa calma que no cedía ni 1 milímetro. Pedraza recogió sus cosas, no dijo nada más. Salió por la puerta lateral con el paso rápido de alguien que necesita salir antes de que la situación empeore todavía más.
La puerta se cerró detrás de él y el aplauso subió otro grado. Armendaris no se quedó a recibir el reconocimiento. Se giró, volvió a su fila. recuperó su copa de vino que no había tocado en toda la noche y se sentó como si nada hubiera ocurrido, como si levantarse a defender a un colega en público fuera simplemente lo que hace cualquier persona con dignidad cuando ve una injusticia frente a sus ojos.
Pedro bajó del escenario cuando la ceremonia se reanudó. Caminó directamente hacia donde estaba sentado Armendaris. Se paró frente a él. Armendaris levantó la vista. Los dos hombres se miraron un momento sin decir nada. No era necesario decir nada todavía. Después de la ceremonia, el lobby del teatro Arbeu se convirtió en ese caos ordenado de siempre.
Gente moviéndose en grupos, copas en mano, conversaciones que empezaban y se cortaban, abrazos de compromiso y algunas despedidas genuinas. Pero esa noche había algo diferente en el aire, un zumbido. El tipo de energía que genera un momento que todo el mundo sabe que será contado mañana y pasado mañana y dentro de 20 años en las memorias que nadie todavía ha escrito.
Pedro encontró a Armendaris junto a una columna. solo con esa postura suya de estatua, que sabía habitar los espacios sin necesitar a nadie alrededor. “Quiero entender por qué lo hiciste”, dijo Pedro sin preámbulo. Armendaris lo miró. Porque era lo correcto. Eso no es una respuesta, dijo Pedro. “Tú y yo no somos exactamente lo que nadie llamaría amigos, Pedro.
Nos conocemos, nos respetamos, creo. Pero no somos de los que se llaman cuando algo sale mal. No somos de los que se buscan fuera de los ex. Lo que hiciste esta noche no lo hace alguien que simplemente considera correcto intervenir, lo hace alguien que tiene una razón más profunda. Armendaris tardó un momento en responder.
Afuera se escuchaba el ruido de la ciudad, los coches, las bocinas, la vida normal de México continuando sin saber nada de lo que acababa de ocurrir dentro de ese teatro. “Llevo años”, dijo Armendaris finalmente, preguntándome, “¿Por qué tú? ¿Por qué no yo? Estudié en Estados Unidos. Trabajé con los mejores directores del mundo.
Construí mi carrera con una disciplina que pocas personas en esta industria pueden igualar. Y sin embargo, cuando la gente habla de cine mexicano, cuando nombran lo que somos como cultura, el nombre que dicen es el tuyo. Siempre el tuyo. Pedro no respondió. Escuchaba con esa atención completa que tenía y que hacía sentir a la gente que era la única persona en el cuarto.
Durante mucho tiempo eso me consumió, continuó Armendaris. No voy a mentirte diciéndote que nunca sentí algo que se parecía demasiado a la envidia. Lo sentí. Lo sentí más veces de las que me gustaría admitir. Pero esta noche, cuando ese hombre se levantó con su libreta y empezó a hablar, algo ocurrió dentro de mí que no había sentido antes.
Una claridad extraña. ¿Qué tipo de claridad?, preguntó Pedro. La claridad de entender la diferencia entre competir con alguien y destruirlo. Lo que yo sentía hacia ti, esa pregunta de por tú y no yo, esa es competencia. es sana aunque duela. Es el motor que me ha obligado a ser mejor actor del que sería si no existieras.
Pero lo que Pedraza estaba haciendo esta noche no era competencia, era destrucción. Y hay una línea entre las dos cosas que yo nunca he estado dispuesto a cruzar ni a dejar que otros crucen frente a mí sin decir nada. Pedro Infante miró a ese hombre que acababa de describir años de envidia silenciosa con la misma honestidad con que otro hombre hablaría del tiempo y sintió algo que no esperaba sentir. Gratitud.
Pero también algo más cercano al respeto profundo, el tipo que se gana no con actos grandiosos, sino con verdad dicha en voz alta cuando hubiera sido mucho más fácil callarse. “Eres el actor que más admiro en México”, dijo Pedro. “Y te lo digo sabiendo que probablemente nunca te lo había dicho antes y que debía habértelo dicho hace años.
” La conversación entre los dos Pedros esa noche no terminó en el hobby del Teatro Arbedo. Terminó tres horas después en una fonda de la colonia Santa María la Ribera, donde el dueño los reconoció a los dos. casi se desmaya del impacto combinado y tuvo la sabiduría suficiente para llevarlos a una mesa en el fondo y dejarlos en paz.
Comieron en frijoladas, bebieron mezcal y hablaron con esa honestidad rara que solo se consigue en los lugares sin pretensiones, donde el mantel es de plástico y la luz es demasiado fuerte y no hay ninguna razón para fingir ser más de lo que uno es. Armendaris habló de sus años en Los Ángeles estudiando actuación, del rigor de los maestros americanos, de aprender técnicas que transformaban el cuerpo en instrumento, de entender los textos desde adentro hacia afuera.
Habló de la disciplina con el orgullo tranquilo de alguien que sabe lo que le costó, pero no necesita que nadie más lo valide. Pedro escuchó todo eso con atención genuina, sin defensas, sin el instinto de competir o de minimizar lo que el otro había construido con años de trabajo. “Yo nunca tuve eso,” dijo Pedro cuando Armendaris terminó.
No porque no quisiera, sino porque a los 13 años lo que necesitaba no era un maestro de actuación, sino dinero para que mi familia comiera. Aprendí a cantar en las cantinas porque las cantinas pagaban. Aprendí a actuar viendo a la gente, escuchando sus historias, guardando en algún lugar de aquí adentro cada cara de dolor y cada cara de alegría que veía en los mercados y en las calles y en los velorios.
Mi escuela fue México, no tuve otra. Armendaris lo escuchó con la misma atención con que Pedro lo había escuchado a él. Y en esa escucha mutuo ocurrió algo que ninguno de los dos habría sabido explicar con exactitud, pero que ambos sintieron con claridad. El desmantelamiento lento de una distancia que no había existido por enemistad, sino por la historia que cada uno se había contado sobre el otro durante años.
“¿Sabes lo que más me costó reconocer?”, dijo Armendaris, “que tú no eres menos actor por no haber estudiado. Eres un actor diferente. Yo puedo construir un personaje desde la técnica, desde afuera hacia adentro. Tú lo construyes desde adentro hacia afuera, desde algo que llevas en el cuerpo antes de que nadie te haya enseñado ninguna técnica.
Los dos caminos llegan al mismo lugar, pero por rutas completamente distintas y ninguna de las dos es superior a la otra. Eso tardé años en entenderlo. Años de medirte con mi propio metro sin darme cuenta de que tú usabas uno completamente diferente. Pedro sonrió. Esa sonrisa suya que no se podía imitar porque no venía de ningún músculo particular, sino de algún lugar más interno que los músculos.
Y yo tardé años en entender, respondió, que el respeto que la gente como tú se gana a fuerza de disciplina no es menos real que el que yo me gané a fuerza de instinto. Siempre sentí que los actores de escuela me miraban como si yo fuera un accidente con suerte, como si mi carrera fuera cosa del azar y no del trabajo.
Eso dolía más de lo que dejaba ver. Los dos hombres se miraron sobre la mesa de mantel de plástico y la luz demasiado fuerte y el mezcala medias. “Somos el mismo tipo de terco,” dijo Armendaris. Pedro se rió de verdad. Sí, solo que de distinta escuela. En las semanas que siguieron a esa noche, los dos Pedros comenzaron a verse con una regularidad que sorprendió a quienes los conocían.
No en eventos públicos, no en los lugares donde la industria se reunía a verse y hacer vista. En el estudio de Armendaris en Coyocán, donde había libros de teatro apilados en cada superficie disponible y una colección de discos que cubría una pared entera. En la casa de Pedro en Peralbillo, donde siempre había alguien tocando algún instrumento en alguna habitación y la puerta nunca estaba completamente cerrada para nadie.
Armendaris le prestó libros. Le habló de Stanislavski, de la memoria emotiva, de las técnicas que había aprendido en Los Ángeles para construir personajes desde la raíz psicológica hacia afuera. Pedro escuchó todo con esa capacidad suya de absorber información sin tomar notas, guardándola en algún lugar interno donde se mezclaba con todo lo que ya sabía y producía algo nuevo que no era ni lo uno ni lo otro, sino una tercera cosa sin nombre todavía.
Pedro le cantó, no en el sentido de performance, sino en el sentido más simple y más verdadero de la palabra. le cantó una noche en la cocina de la casa de Peralvillo mientras Armendaris leía sentado a la mesa y la luz de fuera se iba apagando lentamente. Le cantó canciones que no estaban en ningún disco, canciones que había aprendido de su madre, de borrachos melancólicos en cantinas de Sinaloa, de viejos que se sabían los corridos desde antes de que existieran los micrófonos para grabarlos. Armendaris dejó el libro
sobre la mesa y escuchó. Después de un rato dijo algo que Pedro no olvidaría. dijo, “Cuando cantas así, sin que nadie te esté viendo, entiendo todo lo que no pude entender en todos estos años. Entiendo de dónde viene lo que haces frente a una cámara. No es técnica y tampoco es suerte.
Es que llevas esto dentro y no tienes manera de no mostrarlo.” Pedro dejó de cantar un momento. “¿Y tú?”, preguntó, “¿Qué llevas tú dentro que no has mostrado todavía?” Armendaris tardó en responder. Era una pregunta que no esperaba y que tocaba algo que no había nombrado en mucho tiempo. Miedo dijo finalmente.
Llevo miedo de que si me alejo demasiado de la técnica, si me permito ser tan vulnerable como tú lo eres cada vez que abres la boca, descubra que debajo de todo el entrenamiento no hay nada que valga la pena ver. Pedro lo miró con esa seriedad que la gente no esperaba de él porque estaban demasiado acostumbrados a la sonrisa.
Eso que acabas de decir”, le dijo, “rekó más valentía que todo lo que hiciste la noche del Teatro Arbeo. Y te digo algo más. El día que te atrevas a mostrar ese miedo en un personaje, vas a hacer la mejor actuación de tu vida.” Armendaris no respondió, pero algo en su expresión cambió de una manera sutil y permanente, como cuando ajustas levemente el marco de un cuadro y de pronto todo lo que está dentro de él se ve diferente.
Gonzalo Pedraan nunca publicó su columna sobre Pedro Infante. Nunca se supo exactamente por qué. Algunos decían que el director del periódico lo había frenado después de lo ocurrido en el teatro. Otros decían que el propio Pedraza había reconsiderado. Lo cierto era que la historia que había ido a soltar esa noche quedó guardada para siempre en una libreta que nadie más leyó.
Y el hombre más querido de México siguió siéndolo sin que nadie le arrebatara eso. Los periódicos cubrieron la noche del Teatro Arbeu con el entusiasmo desigual que tienen los periódicos cuando algo ocurre que no encaja bien en ninguna categoría simple. No era un escándalo completo porque Pedraza no había terminado de lanzar su acusación.
No era una historia de reconciliación porque Infante y Armendaris nunca habían sido enemigos declarados. Era algo más incómodo y más interesante que cualquiera de las dos cosas. Era la historia de un hombre que eligió defender a alguien que tenía todas las razones del mundo para dejar caer. Algunos columnistas lo trataron como un gesto de caballerosidad.
Otros, los más perspicaces, notaron algo más complejo en la intervención de Armendaris. Notaron que ese hombre no había defendido a un amigo íntimo. Había defendido a alguien con quien lo separaban años de distancia silenciosa, con quien competía por el mismo espacio en el imaginario cultural de México, con quien tenía todas las razones profesionales para dejar que la situación se desarrollara sin intervenir.
Esa era la parte de la historia que no cabía bien en los titulares, pero que la gente que pensaba en ella un poco más encontraba la más reveladora. En la industria el efecto fue inmediato, aunque difícil de medir. La gente que había estado presente esa noche lo contaba. Lo contaba en los sets, en los camerinos, en las comidas de trabajo donde se mezclan el negocio y el chisme con esa naturalidad particular del mundo del espectáculo.
Y en cada versión de la historia, el gesto de Armendaris crecía un poco, no porque la gente lo exagerara conscientemente, sino porque cada quien encontraba en ese momento algo que resonaba con su propia experiencia de lo que significa elegir la generosidad cuando la mezquindad hubiera sido más cómoda.
Pedro Infante siguió siendo Pedro Infante. Siguió llenando cines, siguió grabando canciones que la gente cantaba en las bodas y en los velorios y en los viajes largos cuando la radio agarraba mal y había que poner algo de memoria. Pero las personas que lo conocían bien notaron algo diferente en él durante los meses que siguieron a esa noche.
Una soltura nueva, como si algo que había cargado sin saber que lo cargaba se hubiera aligerado. Armendaris notó lo mismo en sí mismo, aunque no lo hubiera descrito con esas palabras. Lo notó en los ensayos, en la forma en que se preparaba para los personajes, en los momentos frente a la cámara donde antes hubiera consultado la técnica y ahora a veces simplemente se dejaba ir hacia algo que no tenía nombre en ningún manual de actuación, pero que los directores reconocían de inmediato porque producía tomas que no querían cortar. La
pregunta que había cargado durante años, ¿por qué él y no yo, no desapareció del todo. Las preguntas de ese tipo nunca desaparecen del todo, pero cambió de naturaleza. dejó de ser una herida y se convirtió en algo más parecido a un motor. En la diferencia entre mirarte en el espejo del otro para sentirte menos y mirarte en el espejo del otro para ver lo que todavía puede ser.
El 15 de abril de 1957, Pedro Armendaris estaba en un set de filmación en los estudios Churubusco cuando alguien entró con un periódico. No tuvo que leer nada. El nombre en la portada era suficiente. El avión bimotor en que viajaba Pedro Infante se había desplomado sobre los suburbios de Mérida a las 10 de la mañana.
No había sobrevivientes. Armendari se sentó en su silla de director, la silla con su nombre bordado en la lona, y no dijo nada durante un tiempo que nadie en el set se atrevió a medir. El director se acercó para decirle algo y Armendaris lo detuvo con un gesto de la mano sin mirarlo.
No era un gesto de rudeza, era el gesto de alguien que necesita un momento que no puede compartir con nadie porque no tiene palabras todavía y las palabras ajenas en ese instante serían insoportables. Pedro Infante tenía 39 años. Tenía películas sin terminar, tenía canciones sin grabar, tenía conversaciones a medias con gente que no sabía que eran las últimas.
Tenía toda la vida que no vivió extendiéndose delante de él como un camino que se cortó sin explicación ni aviso un martes de abril sobre la ciudad de Mérida. Armendaris no fue a las ceremonias de homenaje donde la industria se reunía a llorar en público con esa mezcla extraña de dolor genuino y performance colectiva que tienen los funerales de los famosos.
Fue al velorio privado con la familia, sin cámaras, sin periodistas, sin el aparato del duelo oficial. Estuvo un momento junto al ataú. Nadie supo qué dijo, si es que dijo algo. La familia respetó ese momento con la misma discreción que Armendaris había traído consigo. En los días que siguieron, no habló con la prensa.
Cuando alguien le preguntaba, respondía con frases breves y definitivas que no dejaban espacio para el seguimiento. Era un gran artista, era un hombre bueno. Eso era todo lo que tenía que decir en público sobre alguien cuya pérdida no cabía en ninguna frase que pudiera decirse frente a un micrófono.
Lo que no dijo en público, lo guardó en el único lugar donde tenía sentido guardarlo. En su trabajo siguió filmando. Eso fue lo que hizo. Siguió construyendo personajes con esa disciplina suya inquebrantable que había sido siempre el centro de su identidad profesional. Pero la gente que lo conocía bien, los directores que lo habían visto trabajar antes y después de esa fecha, notaron algo en su actuación que no estaba ahí antes y que no tenía nombre preciso en el vocabulario técnico que Armendaris usaba
para hablar de su oficio. Una porosidad nueva, una disposición a dejar que algo sin nombre y sin técnica se colara dentro de los personajes que construía, una vulnerabilidad que antes mantenía controlada detrás de la armadura del método y que ahora aparecía a veces en las tomas sin que él lo buscara conscientemente.
como agua que encuentra su camino a través de la piedra, no por fuerza, sino por tiempo y por la forma particular de cada grieta. Los críticos lo notaron. Lo describieron con el lenguaje que tenían disponible. Hablaron de una madurez nueva en su trabajo, de una dimensión emocional que enriquecía su ya considerable dominio técnico.
Ninguno de ellos sabía de dónde venía exactamente ese cambio. Ninguno sabía de las noches en Coyoacán, ni de las noches en Peralvillo, ni de la pregunta que un hombre le había hecho en una cocina mientras la luz de fuera se apagaba lentamente. ¿Qué llevas tú dentro que no has mostrado todavía? Pedro Armendaris murió el 18 de junio de 1963 en Los Ángeles, California. Tenía 51 años.
Había sido diagnosticado con cáncer de cadera el año anterior mientras filmaba una película con Sean Connery en España. Terminó esa filmación a pesar de todo, moviéndose con dificultad creciente entre toma y toma, sosteniéndose en la silla de director entre escenas, usando cada reserva de disciplina que había construido en 30 años de oficio para terminar lo que había empezado.
Eso era lo que hacía, era lo que siempre había hecho. Cuando el dolor se volvió insoportable, tomó una decisión que era completamente suya y que nadie que lo conocía bien pudo decir que no correspondía al hombre que había sido toda su vida. Era un hombre que había elegido siempre la forma de sus finales con la misma deliberación con que elegía cada gesto de cada personaje que interpretaba.
En los 6 años que vivió después de la muerte de Pedro Infante, hizo el trabajo que los críticos consideraron el más profundo y el más libre de su carrera. Trabajo donde la técnica y la vulnerabilidad coexistían con una naturalidad que antes no había estado disponible para él. personajes que tenían el peso específico de alguien que ha aprendido que debajo del entrenamiento hay algo que vale la pena ver, que siempre estuvo ahí esperando permiso para salir.
Nadie escribió sobre la conexión entre esos años de trabajo y lo que había ocurrido aquella noche de octubre de 1952 en el Teatro Arbeu. Nadie tenía los elementos completos para hacerlo. La historia de lo que ocurrió entre los dos Pedros después de esa ceremonia vivió en los testimonios fragmentados de gente que estuvo cerca de ambos.
En anécdotas contadas décadas después con la imprecisión inevitable de la memoria y la nitidez igualmente inevitable de las cosas que importaron de verdad, lo que quedó fue esto. Dos hombres que representaban caminos opuestos hacia el mismo destino se encontraron en el momento más improbable, impulsados por la acción de un tercero que quiso destruir y sin saber lo construyó.
Armendaris eligió defender cuando tenía todas las razones para no hacerlo. Infante eligió agradecer con honestidad cuando hubiera sido más fácil agradecer con cortesía y los dos eligieron seguir, encontrarse, escucharse, prestarse algo del mundo del otro sin pedirle al otro que renunciara al suyo.
Eso es lo que hace la amistad verdadera cuando llega tarde y sin aviso. No borra los años de distancia. No finge que la envidia nunca existió ni que el orgullo nunca dolió. Simplemente decide que lo que queda por vivir merece más que lo que se perdió, esperando el momento perfecto para acercarse. Y a veces ese momento llega disfrazado de crisis.
de un hombre de traje gris que se levanta con una libreta en una ceremonia de premios y sin saberlo, sin quererlo, empuja a dos hombres que llevaban años mirándose de lejos hacia la única conversación que ambos necesitaban tener. El cine mexicano perdió a los dos en el mismo decenio. Los perdió jóvenes con trabajo todavía dentro, conversiones de sí mismos que nunca llegaron a existir en pantalla.
Pero lo que dejaron no fue solo películas, fue la demostración de que la grandeza no necesita destruir a la grandeza ajena para ser real, que el reconocimiento genuino del talento del otro no te hace más pequeño, te hace más grande de la única manera que importa, por dentro, donde nadie puede ver, pero donde todo comienza.
Si esta historia sobre envidia honesta, sobre valentía inesperada y sobre la amistad que llega cuando menos espera te llegó a algún lugar, compártela. Porque hay alguien a quien admiras desde lejos y al que nunca le has dicho lo que aquella noche Armendaris le dijo a Infante frente a 200 personas que no esperaban verlo. Tal vez ya es momento.
Hasta la próxima historia. M.