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HARFUCH SUFRE EMBOSCADA en NAYARIT: EXPLOTAN su CONVOY y se ENCUENTRA DESAPARECIDO

7 de la mañana de un domingo. Día de las madres, una carretera perdida en la sierra de Nayarit y una explosión que se escuchó a kilómetros de distancia. Lo que le pasó esta mañana a Omar García Harfuch no es un atentado más, no es un tiroteo como los que hemos visto antes. Esto es algo completamente distinto.

Su convoy fue volado en pedazos por el cártel Jalisco Nueva Generación. Y mientras grabo estas palabras, el secretario de seguridad de México se encuentra desaparecido. Nadie sabe dónde está. Nadie ha podido confirmar si está vivo o muerto. Y el país entero está conteniendo la respiración esperando una respuesta que simplemente no llega.

Te voy a contar todo lo que se sabe hasta este momento, cada detalle que ha salido de fuentes oficiales y extraoficiales, lo que pasó antes, durante y después de esa emboscada, porque lo que ocurrió hoy en la Sierra Nayarita puede ser el punto de quiebre más grave en la historia reciente de la seguridad en México. Quédate hasta el final porque necesitas entender por qué esto nos afecta a todos.

Para dimensionar lo que pasó hoy, primero hay que entender qué estaba haciendo Harfuch en Nayarit y por qué se encontraba ahí un domingo a esa hora. Desde hace varias semanas, las autoridades federales venían ejecutando una cadena de operativos coordinados contra la estructura del cártel Jalisco Nueva Generación en toda la zona del Pacífico mexicano.

Nayarit ha sido durante años un territorio en disputa permanente, un corredor estratégico que conecta Jalisco con Sinaloa y que funciona como ruta de paso para drogas, armas y dinero. Es una pieza clave en el tablero del narcotráfico, porque quien controla las rutas Nayaritas controla el paso entre dos de los cárteles más poderosos del continente.

Y por eso mismo es un territorio donde la violencia nunca ha dejado de estar presente, aunque los titulares nacionales no siempre lo reflejen. Las sierras de ese estado son un terreno difícil para cualquier fuerza que intente operar ahí. Estamos hablando de caminos de terracería angostos que suben y bajan entre montañas cubiertas de vegetación espesa, barrancos que caen cientos de metros sin aviso, tramos donde apenas cabe un solo vehículo y donde dar la vuelta no es opción.

La señal de teléfono desaparece por completo en la mayoría de esas zonas. No hay hospitales cercanos, no hay estaciones de policía, no hay prácticamente nada del Estado mexicano presente de forma permanente. En cambio, los grupos criminales llevan años construyendo una infraestructura propia en esos cerros, campamentos ocultos entre los árboles, laboratorios clandestinos para procesar drogas sintéticas, puntos de vigilancia con halcones que reportan cualquier movimiento sospechoso y brechas alternas que solo ellos

conocen porque las abrieron a machete. El terreno es suyo en un sentido muy real y cualquiera que entre sin conocerlo queda en desventaja desde el primer kilómetro. Harf no es el tipo de funcionario que se queda detrás de un escritorio esperando reportes por correo electrónico. Eso lo sabe cualquiera que haya seguido su trayectoria durante los últimos años.

Desde que asumió la Secretaría de Seguridad Federal ha estado presente en operativos clave a lo largo del país. Ha supervisado desde el terreno, ha coordinado con mandos militares cara a cara. Se ha puesto a síismo en situaciones que otros funcionarios de su nivel evitarían sin pensarlo dos veces. Ha dormido en bases militares ubicadas en zonas de alto riesgo.

Ha volado en helicópteros sobre territorios controlados por el narco y ha revisado personalmente las rutas antes de autorizar los despliegues de sus elementos. Esa forma de trabajar lo convirtió en el funcionario más respetado entre las fuerzas armadas y al mismo tiempo en el blanco principal de las organizaciones criminales más peligrosas del país.

Y es exactamente esa costumbre de estar al frente la que lo puso hoy en una carretera serrana de Nayarit a las 7 de la mañana de un domingo en el que la mayoría del país estaba pensando en felicitar a su mamá, en preparar la comida familiar, en cualquier cosa menos en una emboscada. Según los primeros reportes que comenzaron a circular poco después de las 7:30 de la mañana, el convoy de Harf se desplazaba por una carretera secundaria en la zona montañosa del estado.

No se ha precisado el tramo exacto por razones de seguridad operativa que siguen vigentes, pero fuentes cercanas a la investigación señalan que se trataba de una ruta que conecta comunidades de difícil acceso, donde se habían identificado posiciones activas del cártel Jalisco. Algunas versiones indican que el propio Harfuch había insistido en recorrer esa zona personalmente para evaluar las condiciones del terreno antes de autorizar la siguiente fase de los operativos.

Esa decisión que en otro contexto se habría visto como muestra de compromiso con su trabajo, hoy se convierte en el detalle que lo colocó en el lugar equivocado, en el momento equivocado. El convoy estaba integrado por varios vehículos blindados de alto nivel, camionetas de escolta con elementos de fuerzas especiales seleccionados entre los mejores del ejército y la marina y al menos un vehículo equipado con sistemas de comunicación satelital que permitía mantener contacto constante con el centro de mando en la capital del

país. Era un dispositivo de protección robusto, armado y diseñado específicamente para resguardar al funcionario más amenazado de México en uno de los territorios más hostiles. No era un convoy improvisado ni ligero. Era lo mejor que el Estado mexicano puede poner a disposición en materia de seguridad personal para un funcionario de ese nivel.

Pero lo que los sicarios del cártel Jalisco tenían preparado esa mañana estaba pensado para superar cualquier blindaje. Lo que activaron no fue una emboscada convencional de las que hemos visto tantas veces en carreteras de otros estados. No fue un grupo de pistoleros abriendo fuego desde los cerros, confiando en que alguna bala encontrara su objetivo entre el blindaje.

Fue algo mucho más elaborado, mucho más calculado y mucho más letal. utilizaron explosivos de alto poder, cargas colocadas en puntos estratégicos del camino con una precisión que solo se logra con tiempo y planeación. Esas cargas estaban enterradas bajo la superficie de la terracería, conectadas con sistemas de activación a distancia, esperando con la paciencia de quien sabe que su objetivo va a pasar por ahí en algún momento.

Cuando el convoy llegó a la zona marcada, las detonaciones se activaron en secuencia, una tras otra. Lo que siguió fue una escena que los reportes iniciales describen como devastadora. No fue una sola explosión aislada, sino varias en cadena que levantaron columnas de tierra, piedra y humo negro visibles desde comunidades ubicadas a varios kilómetros del punto del ataque.

Habitantes de poblados cercanos describieron un estruendo que sacudió las paredes de sus casas, seguido de un silencio breve y después otro estallido y otro más. El suelo tembló debajo de sus pies como si fuera un sismo y el cielo se oscureció con el humo durante varios minutos. El impacto fue de tal magnitud que varios vehículos del convoy quedaron completamente destruidos en el acto.

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