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PRIMERA PARTE: LAS SOMBRAS DE GAUDÍ

CAPÍTULO I: El Eco del Abismo

El terror tiene un sabor metálico, a sangre vieja y cobre, y una vez que se instala en la base de la garganta, es imposible de tragar. Para Lucía, ese sabor llegó exactamente a las 19:43 de un martes de noviembre, bajo las inmensas y abrumadoras bóvedas de la Sagrada Familia.

Las colosales puertas de bronce de la Fachada de la Pasión acababan de cerrarse. El estruendo metálico había reverberado por toda la nave central, rebotando contra las columnas arborescentes antes de morir en el ábside. Ese sonido, que durante cinco años había significado para ella el final de su jornada como guía principal del templo, esa noche sonó como la losa de un sepulcro cayendo sobre su propia tumba.

El templo estaba vacío. O eso dictaba el protocolo. Lucía, con su linterna táctica en la mano y el frío suelo de pórfido bajo sus botas, comenzó la última ronda de seguridad. Las luces artificiales se habían apagado, dejando que el interior de la basílica fuera engullido por la penumbra. Solo la luz mortecina de las farolas de Barcelona se filtraba a través de las inmensas vidrieras de Joan Vila-Grau. El lado del Nacimiento sangraba un azul profundo y espectral, mientras que la Fachada de la Pasión vomitaba un rojo carmesí sobre el suelo, como si la propia piedra estuviera sufriendo una hemorragia.

Fue entonces cuando lo escuchó.

No fue el crujido habitual de la piedra asentándose, ni el eco del viento colándose por las torres aún en construcción. Fue un susurro. Un susurro húmedo, ronco y desesperado, que parecía brotar directamente de la tumba de Antoni Gaudí en la cripta subterránea.

Lucía se paralizó. El corazón le golpeó las costillas con la fuerza de un martillo hidráulico.

—¿Hola? —su voz tembló, sonando patéticamente débil en la inmensidad de la nave de cuarenta y cinco metros de altura—. El templo está cerrado. Debe salir inmediatamente.

Silencio. Un silencio tan pesado que asfixiaba. Lucía encendió su radio. —Control, aquí Lucía. Creo que tenemos un rezagado en la nave central. Cerca del transepto. Solo estática. Un siseo eléctrico que helaba la sangre. Lo intentó de nuevo, golpeando el aparato. Nada. Estaba completamente sola.

Avanzó con lentitud, levantando la gruesa linterna de metal negro, lista para usarla como arma. La luz de la linterna cortó la oscuridad, barriendo los bancos vacíos y las columnas que se alzaban como un bosque de huesos petrificados. El haz de luz llegó a la base de una de las columnas de pórfido rojo, las más fuertes, las que sostenían el peso del crucero.

Lo que vio allí desafiaba toda lógica, toda cordura y toda ley de la física. Lucía dejó de respirar. Sus pulmones se cerraron en un espasmo de puro pánico.

De la piedra sólida, rugosa y milenaria de la columna, estaba brotando una forma. No estaba escondida detrás; estaba saliendo de ella. Primero fue un hombro, luego un brazo pálido, casi translúcido, que se aferró a la piedra como si estuviera desgarrando la membrana de un útero materno. La piedra a su alrededor parecía líquida, un barro oscuro que latía.

Lucía quiso gritar, quiso correr hacia la salida de emergencia, pero sus piernas eran de plomo. El terror la había anclado al suelo.

La figura terminó de emerger con un gemido agónico que heló hasta la última gota de sangre de Lucía. Cayó al suelo de rodillas, tosiendo, envuelto en jirones de sombras que parecían disiparse lentamente como humo negro.

Lentamente, el intruso levantó la cabeza. La luz roja de la vidriera bañó su rostro. No era un monstruo. No era un demonio. Era un hombre. Un hombre de una belleza tan devastadora y trágica que el pánico de Lucía sufrió una sacudida, transformándose en una fascinación morbosa y paralizante. Tenía el cabello oscuro, desordenado, cayendo sobre unos pómulos afilados y unos ojos… unos ojos que eran un abismo. Eran negros, insondables, y albergaban el dolor de cien años de soledad.

—Gaudí… —susurró el hombre, su voz era un crujido de hojas secas, áspera, como si no hubiera usado las cuerdas vocales en décadas—. El maestro… la obra…

Lucía retrocedió un paso, tropezando con un reclinatorio. El ruido fue ensordecedor. Los ojos insondables del hombre se clavaron en ella. En un milisegundo, la fragilidad del desconocido desapareció. Con una velocidad imposible para un ser humano, se puso en pie y acortó la distancia entre ellos. Antes de que Lucía pudiera levantar la linterna para golpearle, él la agarró por las muñecas.

Su tacto fue un shock eléctrico. Sus manos estaban frías, frías como el mármol del altar en invierno, pero la fuerza de su agarre era sobrenatural.

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