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MARCO ANTONIO BARRERA: LO DIERON POR MUERTO Y ASÍ LE RESPONDIÓ AL MUNDO

MARCO ANTONIO BARRERA: LO DIERON POR MUERTO Y ASÍ LE RESPONDIÓ AL MUNDO

Manchester, 18 de abril de 1998. Hay noches en el boxeo que uno no olvida aunque quiera. Manchester, 18 de abril de 1998. Hay noches en el boxeo que uno no olvida aunque quiera. Usted sabe a cuáles me refiero. Esas noches donde algo se rompe adentro del pecho y no es el corazón. Es algo más difícil de nombrar, algo que tiene que ver con lo que uno creyó posible. Y de repente ya no es posible.

Esa noche en Manchester fue una de esas. El Manchester Evening News Arena tenía 12,000 personas, casi todas inglesas, casi todas ahí para lo mismo. Ver a Nasem Hamed destruir a un mexicano que, según ellos, no debería haber cruzado el Atlántico. El ambiente era eso que uno siente cuando entra a una cancha de fútbol en tierra contraria, una hostilidad que no necesita palabras porque se respira, se mete por la nariz y le aprieta a uno el estómago desde que baja del autobús.

 Seem Hamed, 24 años, invicto en 35 peleas, campeón mundial, pluma de la WO, inglés de padres y gemeníes, criado en Sheffield, con esa boca enorme y esa arrogancia que los medios británicos habían convertido en espectáculo de exportación, Hamed llegaba al ring montado en Palanquín. Hacía piruetas sobre las cuerdas antes de que sonara la campana.

 le decía al rival con cámaras de por medio en qué round lo iba a noquear y lo noqueaba. Eso era lo peor, que tenía razón casi siempre. El mexicano se llama Marco Antonio Barrera, también 24 años, campeón del mundo superpluma del CMB, un boxeador de verdad, de esos que usted y yo reconocemos, aunque no seamos expertos, de los que tienen algo en los ojos antes de subir al ring, que le dice a uno que ese hombre sabe exactamente qué va a hacer cuando suene la campana.

Esa noche en Manchester Barrera cayó dos veces. La segunda caída fue en el undécimo round. Fue de esas caídas que los comentaristas narran con la voz baja, casi en silencio, porque saben que están viendo a un hombre que ya dio todo lo que tenía y el cuerpo simplemente no le alcanzó para más.

 El árbitro Steve Smoger no lo dudó, paró la pelea. Hamed celebró con los brazos arriba, dando vueltas por el ring el lugar fuera suyo, que en ese momento lo era. Los 12,000 ingleses festejaron como si hubieran ganado algo ellos. Los periodistas americanos y británicos escribieron al día siguiente que Barrera había terminado, que era un buen peleador, sí, pero que le había tocado el mejor del mundo en el peor momento, que quizás era hora de buscar peleas menos ambiciosas, que quizás era hora de una salida ordenada. Una salida ordenada. Yo quiero

que usted se quede con esas dos palabras un momento, porque esas dos palabras le llegaron a Barrera y lo que hizo con ellas en los siguientes 3 años es exactamente de lo que vamos a hablar hoy. Marco Antonio Barrera nació el 17 de enero de 1974 en la ciudad de México. Creció en Tepito.

 Y antes de que usted haga ese gesto que hacen los que no son de ahí cuando escuchan Tepito, déjeme decirle que ese barrio le dio a barrera cosas que ningún gimnasio del mundo le hubiera podido dar. Tepito es un barrio donde el espacio hay que ganárselo desde chico, donde la economía informal lleva décadas siendo la única economía real para miles de familias, donde el código de la calle tiene más peso que cualquier otra institución.

 Los que crecen ahí aprenden cosas que los de afuera no aprenden. Que la dignidad se defiende con el cuerpo si hace falta. Que la lealtad al barrio es sagrada y que cuando te caes te levantas, porque si no te levantas el barrio no te recuerda bien. Su padre Aurelio Barrera, había peleado box de aficionado. No llegó a profesional, pero conocía el deporte desde adentro.

Conocía la diferencia entre un peleador que tiene algo y uno que solamente quiere tenerlo. Cuando Marco empezó a asomarse al gimnasio que quedaba a dos cuadras de la casa con 8 años, Aurelio vio lo que tenía que ver. Manos rápidas, un equilibrio natural sobre los pies que en un niño de esa edad es rarísimo, y una concentración fría de las que no se aprenden, de las que o tienes o no tienes.

 Marco fue profesional a los 16 años. 16. Cuando la mayoría de los chavos de Tepito todavía están averiguando qué van a hacer con su vida, Barrera ya estaba cobrando por pelear y a los 19 años ganó su primer título mundial. El CMB de peso Super Pluma contra Daniel Zaragoza. Una pelea que los que la vieron en directo todavía recuerdan, porque fue de las que a uno le doblan las rodillas de la emoción, aunque esté sentado.

 La velocidad de ese ascenso fue tan rápida que el mundo del boxeo americano tardó en entender lo que estaba viendo. Cuando los analistas de HBO y SPN empezaron a hablar de barrera con seriedad, él ya llevaba años siendo campeón. Ya había defendido el cinturón varias veces. Ya era un peleador formado con criterio, con una manera de leer una pelea que muy poca gente tiene a los 22 años.

 Pero había algo en esa carrera que crecía en paralelo con los títulos, algo que los que estaban cerca de barrera conocían, aunque no se hablara de ello públicamente. La vida fuera del ring de Marco Antonio Barrera tenía una irregularidad que eventualmente iba a pasarle la factura. Tepito no suelta a sus hijos así como así.

 Las amistades del barrio siguen ahí cuando uno se vuelve campeón, los compromisos también. Y un chico de 19 años con dinero y fama en un ambiente como ese tiene que tener una estructura muy sólida para no perder el hilo. La estructura que Barrera tenía en esos años era su manager Luis Espota, que conocía el negocio y sabía llevar una carrera.

 Pero entre pelea y pelea, cuando las cámaras no estaban y los campamentos terminaban, había cosas que Spota no podía controlar, porque ningún manager puede controlar todo. Llegó a la pelea con Jamed con el físico en buenas condiciones. Eso hay que decirlo. Barrera siempre se preparó físicamente con seriedad, pero hay una diferencia entre estar bien físicamente y estar bien del todo.

 Y los que estuvieron en ese campamento de preparación saben que no todo estaba al 100%. cosas de la cabeza, del entorno, de decisiones que se tomaron fuera del gimnasio y que tienen manera de meterse adentro del ring, aunque uno no quiera. Hamed lo explotó. Para entender lo que pasó esa noche, hay que entender quién era Nasem Hamed en 1998.

Y no solamente el boxeador, sino el fenómeno. El boxeo de los años 90 fue el boxeo de la televisión premium. HBO y Showtime convirtieron cada pelea grande en un evento de cultura popular. Don King seguía siendo el hombre que movía los hilos más gruesos. Y en ese ecosistema de espectáculo y dinero y narrativa construida por las televisoras, Hamed era el producto perfecto, fotogénico, bilingüe, provocador, con una habilidad real que hacía que sus fanfarronadas no fueran solamente teatro, tenía sustancia detrás

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