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Un científico del Vaticano investiga un milagro y confirma lo que Carlo Acutis mostró antes de morir

La saqué del tubo con pinzas estériles y la puse bajo la luz de la lámpara de trabajo. A simple vista aparecía un fragmento de tejido orgánico, color marrón rojizo, algo reseco en los bordes, con una textura que me resultó familiar, pero que no pude identificar inmediatamente. unos 2 cm de largo por uno de ancho. No era grande.

Lo primero que hice fue tomar una porción microscópica para el análisis histológico. La fijé, la teñí con hematoxilina y eosina, que es la tinción estándar para identificar tejidos, y la puse bajo el microscopio óptico y ahí empezó todo. Lo que vi a través del lente fue tejido muscular estriado, específicamente fibras musculares cardíacas.

Lo reconocí de inmediato. Llevo 20 años mirando tejidos. Las fibras cardíacas tienen un patrón de ramificación único con discos intercalares que las conectan entre sí. Es imposible confundirlas con músculo esquelético o músculo liso. Son inconfundibles. Anoté tejido miocárdico, músculo cardíaco. No me sorprendió particularmente.

Podía ser una biopsia cardíaca de un paciente, podía ser una muestra de autopsia. No tenía contexto, así que seguí trabajando sin darle más importancia. o pasé al análisis sanguíneo. Extraje una micromuestra del fluido presente en el tejido y la procesé para determinar el grupo sanguíneo. El resultado fue claro.

Grupo AB. Anoté. Grupo sanguíneo AB. Luego hice el análisis celular detallado y ahí fue donde las cosas dejaron de tener sentido. Los glóbulos blancos estaban intactos, no degradados, no fragmentados. intactos, con sus núcleos visibles, con sus membranas celulares completas, macrófagos, linfocitos, neutrófilos, todos presentes, todos en un estado de conservación que no correspondía con ningún tejido que yo hubiera visto en 20 años de carrera.

¿Por qué esto es importante? Porque los glóbulos blancos son las primeras células en degradarse después de la muerte del tejido. Cuando un tejido muere, los leucocitos se descomponen en horas, no en días, en horas. Y su presencia intacta en una muestra indica una de dos cosas. O el tejido fue extraído de un organismo vivo muy recientemente, o fue preservado con técnicas criogénicas o químicas de altísima precisión. Revisé los datos.

No había rastro de ningún agente preservante, ni formaldeído, ni glútaraldeído, ni dimetil sulfóxido, nada. Ningún químico conocido estaba presente en la muestra. El tejido no había sido preservado artificialmente y sin embargo los glóbulos blancos estaban ahí intactos, como si el corazón del que provenían estuviera latiendo en ese mismo momento.

Sentí una incomodidad que no sabía cómo nombrar. No era miedo, era más bien la sensación de que algo en mis instrumentos estaba fallando, que había un error en el protocolo, que yo había contaminado la muestra o que la tinada y o que el microscopio tenía un defecto que me estaba mostrando algo que no era real. Repetí todo el proceso desde cero.

Nueva porción de tejido, nueva fijación, nueva tinción, nuevo análisis, mismo resultado. Tejido miocárdico del ventrículo izquierdo. Grupo AB, glóbulos blancos intactos, sin preservantes. Me quité los guantes, me senté en el taburete y me quedé mirando la muestra sobre la mesa durante un largo rato. En el silencio del laboratorio vacío, con el zumbido del refrigerador de muestras como único sonido, algo dentro de mí empezó a registrar que esto no era normal, que esto no encajaba, que había algo en esa muestra que desafiaba lo que

yo sabía. Pero soy científico y los científicos no saltan a conclusiones. Los científicos buscan explicaciones. Así que busqué. Pasé las tres horas siguientes realizando pruebas adicionales. Análisis de ADN para confirmar que era tejido humano. Lo era. Análisis de degradación proteica para estimar la antigüedad del tejido.

Y aquí vino la segunda anomalía. Los marcadores de degradación no correspondían con tejido fresco, pero tampoco correspondían con tejido antiguo. estaban en un estado intermedio que no tiene nombre en ningún manual de patología, como si el tejido estuviera suspendido en un punto entre la vida y la muerte que la biología no reconoce como posible, no conservado, no descompuesto, algo entre ambas cosas, algo que mi formación no me había preparado para encontrar.

A las 11 de la noche cerré el laboratorio y me fui a casa. No cené, no pude. Me senté en el sofá de mi departamento con un vaso de whisky que no toqué y la mente funcionando a mil revoluciones por minuto. ¿Qué era esa muestra? ¿De dónde venía? ¿Por qué el doctor Fabri estaba nervioso? ¿Por qué me pidió confidencialidad? ¿Y por qué por todos los principios de la bioquímica esa muestra tenía glóbulos blancos intactos sin ningún preservante? Necesito explicar algo sobre mí para que entiendan la magnitud de lo que estaba sintiendo. Yo no soy un hombre de dudas,

nunca lo fui. Mi exesposa Elena, me dejó hace 6 años precisamente por eso. Me dijo que vivir conmigo era como vivir con un muro, que yo tenía respuesta para todo, que nunca admitía no saber, que mi arrogancia intelectual hacía imposible cualquier intimidad real. Elena era creyente, católica, no practicante estricta, pero tenía fe.

Y yo durante los 8 años de nuestro matrimonio, me dediqué sistemáticamente a ridiculizar esa fe con datos, con argumentos, con esa superioridad tranquila del que cree que la ciencia lo explica todo y que la fe es un residuo evolutivo para mentes débiles. Cada vez que ella mencionaba a Dios, yo le respondía con biología. Cada vez que ella encendía una vela en una iglesia, yo le recordaba que la cera y el oxígeno producen dióxido de carbono y agua, no milagros.

Cada vez que ella me pedía que la acompañara a misa en Navidad, yo le decía que prefería usar ese tiempo leyendo publicaciones científicas. Elena aguantó 8 años, después se fue y cuando se fue me dijo algo que en ese momento me pareció absurdo, pero que esa noche en el sofá con el whisky sin tocar y la muestra imposible en la cabeza me golpeó como un puñetazo.

Me dijo, “Marco, un día vas a encontrar algo que tu ciencia no pueda explicar y ese día vas a entender lo que perdiste.” 6 años después de esa frase, sentado en la oscuridad de mi departamento, la recordé palabra por palabra y sentí algo que un científico no debería sentir, miedo de que Elena tuviera razón. A la mañana siguiente, a las 7, estaba en el laboratorio antes que nadie.

Quise hacer una última prueba antes de presentar el informe. Una prueba que normalmente no hago en análisis de rutina. Pero que mi instinto me pedía a gritos. Puse la muestra bajo el microscopio electrónico de barrido. Este microscopio permite ver la estructura tridimensional de las células con una resolución que el microscopio óptico no alcanza.

Es como pasar de ver una fotografía borrosa a estar parado dentro de la imagen y lo que vi quitó el habla. Literalmente me quedé con la boca abierta, las manos sobre la mesa, quité los ojos pegados al monitor durante cuánto tiempo. La estructura del tejido cardíaco estaba entrelazada con otra estructura que no pude identificar.

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