Se aprendía escuchando, se aprendía imitando, se aprendía parándote frente a alguien y dejando salir lo que llevabas adentro. Imagina eso. un muchacho de ocho, de 10, de 12 años, parado en la esquina de una cantina de Mazatlán, escuchando a hombres borrachos pedir canciones de amor mientras su padre tocaba el contrabajo, aprendiendo que la música era el lenguaje que cruzaba todos los muros, que un hombre que cantaba bien podía detener una pelea, podía hacer llorar a alguien que llevaba 30 años sin llorar, podía convertir una noche ordinaria en
algo que valía la pena recordar. Lo que Pedro Infante aprendió en esas cantinas fue algo que ninguna escuela podría haberle enseñado, que el arte no es decoración, que el arte es poder y que ese poder, una vez que lo tienes, te cambia para siempre. Guarda este detalle, porque lo que Pedro Infante aprendió de niño en las cantinas de Mazatlán es exactamente lo que lo hizo irresistible 20 años después.
Y es también lo que lo destruyó, porque el mismo hombre que sabía llenar un cuarto con su voz también era el mismo que nunca aprendió a quedarse quieto, que siempre necesitaba otro cuarto, otro público, otra conquista. Para el año 1937, Pedro tenía 19 años y vivía ya en Huamuchil, Sinaloa.
Tocaba en orquestas locales, cantaba donde lo dejaran cantar y soñaba con algo más grande. Fue en Huamuchil, donde conoció a María Luisa León Rosas. Ella tenía 29 años, 10 años más que él. Era una mujer de posición de una familia con recursos que vio en ese muchacho flaco, sonriente y lleno de energía algo que los demás todavía no veían, el futuro.
Los padres de María Luisa se opusieron. argumentaron que Pedro era demasiado joven, que era pobre, que no tenía oficio estable, que era músico de barrio y que los músicos de barrio no daban para vivir. Y tenían razón en casi todo, excepto en lo más importante. Pedro tenía una voz que podía mover montañas y María Luisa lo sabía.
Fue ella quien convenció a Pedro de mudarse primero a Culiacán, luego a la Ciudad de México. Fue ella quien pagó los primeros meses de renta mientras Pedro buscaba oportunidades. Fue ella quien lo inscribió en la XEB, la emisora de radio donde debutó oficialmente el 27 de mayo de 1938 y fue ella quien estuvo parada en el Registro Civil el 19 de junio de 1939, cuando Pedro Infante Cruz firmó el acta de matrimonio y se convirtió en su esposo.
Pedro tenía 21 años, María Luisa 31. Lo que nadie contó en ese momento, lo que ningún periódico de sociales registró, es que María Luisa León Rosas era estéril, no podía tener hijos. En una época donde el valor de una mujer casada se medía en gran parte por su capacidad de dar herederos, María Luisa cargó ese dolor en silencio.
Y Pedro, que desde los 18 años ya había demostrado que su fertilidad no era el problema, también lo cargó, solo que él lo resolvió de una manera diferente. La resolvió buscando afuera lo que el matrimonio no podía darle. Para el año 1945, Pedro Infante ya era una figura reconocida. Ya había filmado sus primeras películas, ya tenía canciones en la radio y ya era para el México de posguerra que soñaba con héroes nacionales y músicos con sombrero, exactamente la imagen de hombre que el país quería ver en la pantalla. Y fue en
ese 1945 en el teatro Folis Berger de la Ciudad de México, donde Pedro Cruz vio bailar a Guadalupe torrentera. Lupita, una muchacha de 14 años de cabello negro y cintura de avispa que no sabía absolutamente nada de lo que estaba a punto de pasarle. La madre de Lupita hizo lo que pudo. Intentó alejar a su hija de aquel hombre casado y famoso que llegaba al teatro a mirarla bailar.
Pero Pedro Infante sabía exactamente cómo funcionar cuando quería algo. Sabía sonreír de la manera correcta, sabía decir las palabras correctas, sabía construir la confianza de una familia antes de construir otra cosa. Y Lupita Torrentera, que tenía 14 años y no sabía que Pedro era un hombre casado, se fue a vivir con él ese mismo año. Piensa en eso un momento.
un hombre de 28 años, una chica de 14, un matrimonio vigente con María Luisa León y una vida doble que Pedro Infante Cruz mantuvo durante años con la misma naturalidad con que cantaba boleros de amor. De esa relación nacieron tres hijos. Graciela Margarita el 26 de septiembre de 1947. Graciela murió el 1 de febrero de 1949 con apenas un año y 4 meses a causa de poliomielitis.
Pedro Cruz, hijo, el 31 de marzo de 1950 y Guadalupe Infante Torrentera el 3 de octubre de 1951. Tres hijos, tres bebés que crecieron en el secreto de una relación que Pedro no podía hacer pública porque tendía que explicar a María Luisa que había estado viviendo una mentira. Pero lo peor aún no había empezado.
En 1948, Pedro Infante filmó Los Trestecos, una de sus películas más famosas. En ese set conoció a Irma Aguirre Dorantes. Irma tenía 13 años, Pedro tenía 30. El detalle que los biógrafos menciona con cuidado, pero que hay que decir con claridad. El hombre más amado de México conoció a la mujer que se convertiría en su gran amor cuando ella era una niña.
Dos años después, cuando Irma tenía 15 años, empezaron una relación que ella recordó toda su vida como la historia más intensa de su existencia. ¿Sabes qué es lo más cruel de toda esta historia? que Pedro Infante no era un villano de película, era un hombre profundamente generoso, profundamente cariñoso, profundamente querido por todos los que lo rodeaban.
Su madre, refugio Cruz Aranda, era para él el amor más importante de su vida. Cuando tuvo dinero, le compró una casa, la rodeó de comodidades, nunca dejó de llamarla. En un México donde los hombres de esa época radamente hablaban de sus emociones, Pedro Cruz lloraba frente a la cámara con una autenticidad que ningún otro actor de su época igualó.
Esa combinación, el hombre más sensible y el más infiel, el más generoso y el más irresponsable era exactamente la trampa en la que cayó todo el que lo amó. Y en 1953 esa trampa se cerró con el escándalo más grande de su carrera. El 10 de marzo de 1953 en Mérida, Yucatán, Pedro Infante Cruz se casó con Irma Dorantes.
El problema era uno solo, pero era devastador. Nunca se había divorciado de María Luisa León. Los documentos del supuesto divorcio previo obtenido en el municipio de Tetecala, Morelos, en 1951, tenían la firma de María Luisa falsificada. Ella nunca había firmado nada. Ella seguía siendo, ante los ojos de la ley mexicana la señora Pedro Infante.
En julio de 1953, cuando la prensa descubrió la situación, el escándalo devoró al país entero, las portadas de todos los periódicos durante semanas, la palabra vígamo pegada al nombre del hombre que México idolatraba y María Luisa León presentando una demanda ante los tribunales, exigiendo que su matrimonio fuera reconocido como el único válido.
El caso llegó hasta la Suprema Corte de Justicia de la Nación. Y mientras los abogados peleaban su nombre en los tribunales, mientras Irma Dorantes esperaba con su hija Irmita en brazos, mientras María Luisa León envejecía con la amargura de quien ganó el papel legal, pero perdió al hombre hace mucho tiempo, Pedro Infante Cruz siguió trabajando, siguió cantando, siguió filmando y fue en ese contexto, con ese peso encima, con ese laberinto legal que amenazaba con destruir su reputación, que Pedro Infante entró al set de
filmación de una nueva película en junio de 1955. La película se llamaba El inocente y ahí estaba Silvia Pinal Hidalgo. Para entender lo que Silvia Pinal representaba en 1955, hay que entender primero quién era ella antes de ese año. Y para entender quién era ella, hay que ir a Guaimas, Sonora, en el año 1931.
Silvia Pinal Hidalgo nació el 12 de septiembre de 1931, aunque su hijo Luis Enrique Guzmán reconoció décadas después que ella pudo haber alterado su acta de nacimiento en algún momento y que la fecha exacta tenía sus dudas. Lo que no tiene dudas es el lugar. Guaimas, Sonora. Lo que no tiene dudas es la historia.
Su madre, María Luisa Hidalgo Aguilar, tenía 15 años cuando quedó embarazada de Moisés Pasquel. un director de orquesta muy conocido en la estación radiofónica XW de la Ciudad de México. Moisés Pasquel era un hombre casado. María Luisa Hidalgon no lo sabía y cuando lo supo ya era demasiado tarde. Moisés Pasquel nunca reconoció a Silvia, nunca firmó un papel, nunca asumió el papel de padre.
Una madre de 15 años, una familia religiosa y conservadora que consideraba que tener un hijo fuera del matrimonio era una vergüenza y una niña que llegó al mundo sin que nadie la hubiera pedido exactamente. Imagina eso. Una niña de cuatro de 5 años que vive con su madre en casa de su tía Concha, la única hermana de Marilu que se había independizado sin padre, sin apellido del padre, con una madre que tuvo que dejar la escuela a los 16 años para trabajar en una marisquería y poder pagar la renta.
Eso fue lo primero que aprendió Silvia Pinal en esta vida, que los hombres que más admiras son los primeros en fallarte. Cuando Silvia tenía 5 años, su madre conoció al coronel Luis G. Pinal Blanco, periodista, político y militar, 20 años mayor que ella. Se casaron y Luis G. Pinal Blanco adoptó a Silvia, le dio su apellido y la trató como su hija desde el primer día.
Fue él quien le dijo cuando Silvia tenía ya 11 años y la verdad sobre su padre biológico salió a la luz en medio de una discusión doméstica. Yo soy tu papá, tú eres mi hija, no hay nadie que pueda quitarme mi lugar. Pero ya antes de eso, a los 9 o 10 años, la tía Concha había empezado a llevar a Silvia en secreto a la XW bajo el pretexto de visitar a un señor muy amable que le daba regalos.
Ese señor era Moisés Pasquel, su padre biológico, que la recibía con regalos caros, que jugaba con ella, que la llenaba de atenciones, pero que nunca le dijo quién era, que esperó a que la propia situación explotara para que Silvia lo descubriera por su cuenta. Y cuando la prensa publicó que Moisés Pasquel se paseaba por los pasillos de la XEW con una jovencita muy bonita, refiriéndose a Silvia en una nota de cotilleo mal redactada, Moisés Pasquel llamó a Silvia a un lado y le dijo algo que la niña nunca olvidó.
No puedes decirle a nadie que soy tu padre. Mi familia no puede enterarse. Silvia tenía 11 años y escuchó a su padre biológico pedirle que lo borrara de su vida. para proteger la reputación de una familia que él sí había elegido, que sí había registrado, que sí podía mostrar en público. En su autobiografía Esta Soy yo, publicada por Editorial por Rua en 2015, Silvia escribió sobre ese momento como su primera gran desilusión, su primera herida real.
El día en que entendió que en esta vida hay que construirte a ti misma porque nadie más lo va a hacer por ti, guarda este detalle también. Porque una mujer que a los 11 años ya aprendió que el hombre que más admiraba era capaz de negarla en público para protegerse a sí mismo, no es una mujer que vaya a caer fácilmente en los brazos de cualquier hombre que llegue con sonrisa fácil y promesas de amor.
No aunque ese hombre sea Pedro Infante. La vida artística de Silvia empezó casi al mismo tiempo que el dolor de ese rechazo. Estudió ópera. Participó en obras de teatro en el colegio Pestalotzi y en el Instituto Washington. Al mismo tiempo, como su padre adoptivo Luis G. Pinal consideraba que el arte era demasiado incierto como forma de vida.
Silvia trabajó durante un tiempo como secretaria en laboratorios Carlos Stein, empresa farmacéutica de la Ciudad de México. Imagina eso. Silvia Pinal, una de las mujeres más talentosas de su generación, tecleando cartas en una máquina de escribir en una oficina del centro de la Ciudad de México, mientras por dentro ardía la necesidad de estar en otro lugar.
Pero el cambio llegó por un concurso de belleza. Gana el título de princesa estudiantil de México. En ese evento conoce a los actores Rubén Rojo y Manolo Fábregas. El teatro llama y después del teatro El Cine y antes del cine Rafael Banquels. Rafael Bquels era actor y director cubano, 15 años mayor que Silvia. fue su primer novio formal y también, según reconoció la propia Silvia en entrevista con Gustavo Adolfo Infante para el programa El minuto que cambió mi destino.
La razón por la que a los 15 o 16 años se metió de lleno al mundo artístico, buscando también el cobijo que su padre biológico le había negado. En 1947, cuando Silvia tenía 15 o 16 años y Vanquels tenía 30 o 31, se casaron. Su padrino de bodas fue Cantinflas. El matrimonio con Bankquels produjo a Silvia Pasquel, la primera hija de Silvia, nacida 1948 y terminó en divorcio en 1952, cuando Silvia ya era una figura reconocida del cine mexicano y comprendió que el hombre que la había introducido al mundo del espectáculo no era el hombre con quien quería construir
su vida. Para 1952, Silvia Pinal era libre. Tenía 20 o 21 años. Era hermosa con una intensidad que detenía conversaciones. Era inteligente con una agudeza que asustaba a los hombres que no estaban preparados para eso. Y era ambiciosa con una claridad de propósito que pocas mujeres de su generación se permitían mostrar en público.
Era exactamente el tipo de mujer que Pedro Infante nunca había encontrado, porque todas las mujeres que Pedro había amado hasta ese momento habían dado un paso hacia él. María Luisa León lo había sostenido económicamente. Lupita Torrentera, de 14 años, no había tenido ni siquiera la información suficiente para elegir.
Irmadorantes, de 13 años cuando lo conoció, había caído en el encanto de un hombre que le llevaba 17 años y que sabía exactamente cómo usar ese encanto. Silvia Pinal era diferente. Silvia Pinal daba un paso hacia atrás. La primera vez que Pedro Infante y Silvia Pinal compartieron una pantalla fue en 1949 en La mujer que yo perdí, dirigida por Roberto Rodríguez.
Era una película de reparto con Blanca Estela Pavón como protagonista principal. Pedro hacía su papel habitual de galán sufrido. Silvia hacía un papel menor. No hubo chemistry particular. No hubo nada que alertara al México de 1949 de lo que estaba por venir. Luego vendría un rincón cerca del cielo en 1952, también dirigida por Rogelio a González, también de reparto, también sin que los dos fueran el centro de la historia.
Y después, ahora soy rico en 1952. Y sí, mi vida en 1953. y por ellas, aunque mal pagen, también de 1953, cinco películas. Y en ninguna de las cinco, según los registros de la época y las declaraciones posteriores de ambos, había pasado nada que mereciera mayor atención. Pero algo se estaba construyendo en silencio, algo que tiene que ver con la proximidad, con las horas en el set, con los descansos entre toma y toma, donde dos personas que se conocen profesionalmente empiezan a conocerse de otra manera, con la mirada que dura un
segundo más de lo necesario, con el chiste que uno dice y que el otro entiende antes de que llegue el remate. Pedro Infante notó algo en Silvia Pinal que lo desconcertó, que no lo buscaba, que llegaba al set con su energía propia, con su manera de ocupar el espacio, con esa presencia que no necesitaba de la aprobación de nadie para existir, que se iba al terminar la jornada sin mirada hacia atrás, que no dejaba puertas abiertas, que no mandaba señales, que simplemente estaba ahí y luego no estaba. Un hombre que toda su
vida había tenido que apagar el interés de las mujeres que lo rodeaban. que había tenido que construir muros para que no todo se le fuera de las manos. De repente encontraba una mujer que ni siquiera le pedía que construyera un muro porque nunca había intentado entrar y eso lo enloqueció. Para junio de 1955, cuando empezó el rodaje de El inocente en los estudios Churubusco, Pedro Infante ya había decidido algo.
Había decidido que Silvia Pinal era la mujer más fascinante que había visto en su vida y que esta vez iba a hacer algo diferente. No iba a cantar, no iba a enviar flores, no iba a declararse. Iba a hacer lo que hacía cuando era un chico de barrio de Mazatlán que quería llamar la atención de alguien. Una travesura.
Aquí viene lo primero que te prometí. Era junio de 1955, los estudios Churubusco al sureste de la Ciudad de México. Las 6:30 de la tarde, Silvia Pinal salió del set buscando su automóvil. Era un Hilman Mingx verde, el coche de una mujer de moda de aquella época. Tenía que llegar a otra filmación a las 7 de la noche. Ya estaba tarde.
Buscó el coche en el lugar donde lo había dejado. No estaba. Buscó en el estacionamiento completo. No estaba. Lo buscó durante 15 minutos que se fueron haciendo más angustiantes a medida que el reloj avanzaba. No estaba en ningún lado porque Pedro Infante había mandado que lo escondieran. Había ordenado que le quitaran las llantas al Hilman Ming verde y lo levantaran sobre cuatro cajones de madera en algún rincón del estudio donde Silvia no fuera a mirar.
No para lastimarla, no para causarle un daño real, sino para lo único que a Pedro Infante se le ocurrió en ese momento, para que Silvia no tuviera más opción que pedirle a él que la llevara. Pedro apareció como caído del cielo, escribió la propia Silvia en esta soy yo. Y ella, desesperada, sin tiempo, sin otra opción, aceptó subirse a la motocicleta del hombre que la había dejado sin coche, la motocicleta de Pedro Infante, el vehículo que Silvia había esquivado durante meses con perfecta consistencia, porque Pedro la había invitado muchas
veces a subirse a su moto y ella siempre había encontrado una excusa. Silvia no quería ir en moto. Silvia, que tomaba sus decisiones con la claridad de quién sabe exactamente qué quiere y qué no quiere, había establecido desde el principio una distancia cortés pero sólida. Y Pedro le había robado el coche para derribar esa distancia por 20 minutos.
Llegó al siguiente set con el cabello completamente alborotado. “Como de bruja”, dijo ella décadas después, todavía con ese tono de quien no puede estar completamente enojada. Y Pedro, satisfecho, la vio entrar y se rió con la risa de quien acaba de hacer exactamente lo que se propuso. Esa noche, después del rodaje, Pedro admitió que había mandado a esconder el coche.
¿Sabes qué es lo más revelador de esta anécdota? No es la travesura, es la planeación. Porque un hombre que ordena esconder el coche de una mujer que coordina que le quiten las llantas, que aparece en el momento exacto con su motocicleta lista, que ejecuta todo esto en el espacio de 20 minutos entre una escena y la siguiente, no está siendo gracioso con una compañera de trabajo, está desesperado.
está buscando la manera de tener a esa persona cerca de él, aunque sea por el trayecto entre dos estudios de cine, aunque sea por 20 minutos de carretera con el cabello de ella moviéndose en el viento de la ciudad de México de 1955, un hombre de 37 años que ya había amado a cuatro mujeres y que tenía a dos de ellas peleando su nombre en la Suprema Corte de Justicia de la Nación, haciendo travesuras de adolescente para subir a una chica de 23 a su moto.
Eso es lo que Silvia Pinal le provocaba. Y ahora entendamos la otra parte de esta historia, la parte que está en el mismo libro, la parte que Silvia contó con humor, pero que hay que leer en serio. Aquí viene lo segundo que te prometí. Pedro Infante llegaba a la casa de Silvia Pinal. No llamaba antes, no enviaba recado, simplemente aparecía, tocaba la puerta y ahí abría la abuela Jovita, la abuela materna de Silvia, que vivía con ella y que desde el primer día que vio a Pedro Infante Cruz, quedó encantada con aquel hombre amable,
sencillo, que saludaba con respeto y que comía tacos de cualquier cosa con el entusiasmo de un chico de rancho. La abuela Jobita lo invitaba a pasar. le servía algo de comer. Y Pedro se sentaba en la sala y esperaba. Esperaba una hora, esperaba dos horas, esperaba el tiempo que hiciera falta. Y Silvia no llegaba, no porque no supiera que él estaba ahí.
Llegaba el momento en que Silvia llamaba por teléfono a su casa para saber cómo estaban todos y su abuela le decía, “Hija, aquí está el señor infante esperándote. ¿Qué le digo?” Y Silvia respondía, “Pues que se coma unos tacos, porque voy a llegar tardísimo y muy cansada.” Y colgaba y seguía con lo que estaba haciendo. ¿Y qué estaba haciendo Silvia Pinal mientras Pedro Infante esperaba en su sala comiendo tacos que la abuela Jovita le calentaba con cariño? Estaba en el restaurante Montecasino de la zona rosa de la ciudad de México con su amiga
Gloria, con el novio de Gloria que se llamaba Felipe y con Emilio Azcárraga Milmo. Emilio Azcárraga Milmo, el tigre, hijo de Emilio Azcárraga Vidaurreta, el fundador del imperio de telesistema mexicano, que se convertiría años después en Televisa. Uno de los hombres más poderosos, más ricos y más influyentes de México.
Un hombre que podía ofrecerle a Silvia Pinal algo que Pedro Infante no podía ofrecerle nunca. Libertad, sin escándalo, sin dos esposas peleando en los tribunales, sin motocicletas y travesuras de adolescente. Poder real. Silvia Pinal tenía los ojos bien abiertos, siempre los tuvo. Una mujer que a los 11 años había aprendido que los hombres que admiras son capaces de negarte en público para proteger su reputación, no se lanza al primer hombre apasionado que aparece.
Evalúa, mide, decide con la cabeza, además del corazón. Y la cabeza de Silvia Pinal en 1955 decía con total claridad: “Pedro Infante es un hombre extraordinario, un amigo maravilloso, un compañero de trabajo incomparable y también es un hombre casado con dos mujeres cuyo caso está en la Suprema Corte. Un hombre que lleva décadas con una vida amorosa que es un campo minado.
Un hombre que llegará a tu puerta a cualquier hora sin avisar y te esperará horas en tu sala, pero que si algún día cedes, tendrás que compartirlo con todo lo que ya viene con él. Así que mientras Pedro comía tacos en su sala, Silvia comía en el monte casino de la zona rosa. Pero hay algo más en esta historia que Silvia también contó.

Con humor, sí, pero lo contó. En algunas ocasiones, Silvia y sus amigos llamaban al teléfono de la casa mientras Pedro esperaba. Y Felipe, el novio de Gloria, ponía voz de encargado y le decía al cantante, “Ay, señor infante, qué gusto. Figúrese que seguimos esperando a Silvia. No ha salido, sigue grabando. Un hombre de 37 años, el ídolo de México, el hombre con el que soñaban millones de mujeres, siendo entretenido por teléfono, con excusas de la mujer que estaba en un restaurante de la zona rosa, comiéndose una cena tranquila con
sus amigos. Y la reacción de la abuela Jovita lo adoraba, siempre lo invitaba a comer y a él, por supuesto, le encantaba. Mi abuelita lo adoraba, escribió Silvia en esta soy yo, y a él le encantaba y yo nunca estaba en casa. Esa frase, esa frase con el signo de interrogación y la respuesta que viene después, nunca estaba en casa.
Hay en esas cuatro palabras toda la explicación de por qué este amor no pudo ser. No porque no hubiera sentimiento, sino porque Silvia Pinal, con la precisión quirúrgica de quien ya sabe cómo funcionan los hombres que llegan a tu vida a las horas que les conviene, eligió deliberadamente no estar.
Y la clave de todo está en por qué elegía no estar. No porque no sintiera nada. Una mujer que no siente nada simplemente le dice a su abuela que no reciba a esa persona. No hay necesidad de inventar excusas. No hay necesidad de organizar llamadas de teléfono donde el novio de la amiga le dice al aspirante que la chica sigue grabando.
Eso no es indiferencia, eso es una estrategia y las estrategias se construyen cuando hay algo que proteger. Entramos ahora al corazón del rodaje de El inocente. Junio de 1955. Los estudios Churubusco para las escenas de interior, Acapulco para las escenas en el mar, la carretera México Cuernavaca, la exclusiva colonia del Pedregal de San Ángel, donde se filmaron las escenas en la lujosa mansión de la familia de Mané, el personaje de Silvia.
El director era Rogelio A. González, el mismo que había dirigido un rincón cerca del cielo en 1952. El mismo que conocía la química entre los dos actores desde hacía 3 años. Un hombre que sabía exactamente lo que tenía entre manos cuando los ponía frente a la misma cámara. La historia de El inocente es, en el fondo, una comedia de malentendidos construida sobre la alquimia entre una pareja que no se supone que se enamore, pero que inevitablemente se enamora.
Silvia interpretaba a Mané, una joven de clase alta, caprichosa y divertida. Pedro interpretaba a Cudberto Gaudazar, Cruci, un mecánico sencillo de barrio. Se encuentran por accidente en Nochevieja, en una carretera cuando el coche de ella se descompone. Él la ayuda. Ella lo invita a pasar el año nuevo en la mansión familiar que está vacía.
Se pone en una borrachera monumental. Amanecen en la misma cama y todo se complica cuando llegan los padres. Escucha a Pedro Infante cantando con más emoción que nunca. Pedro infante, como a usted le gusta verlo, alegre, simpático y sobre todo enamorado. Decía el cartel que se publicó en las páginas de El Universal cuando se anunció la película.
Enamorado. Esa fue la palabra que eligieron. Y no estaban hablando solo del personaje. Aquí viene lo tercero que te prometí. Existe una entrevista de televisión de aquella época recuperada en archivos de video donde Pedro Infante habla sobre el rodaje de El inocente. El periodista le pregunta sobre la experiencia de trabajar con Silvia Pinal y Pedro responde con esa sonrisa característica y esa energía de hombre que acaba de ganarle al mundo.
Dice, “Usted sabe que entre juego y juego se tiene cariño entre los compañeros.” Y entonces a veces se pone uno de acuerdo y dice, “Bueno, tú echas a perder siete escenas y yo he echo a perder 15.” ¿Te pones de acuerdo? Eso lo hicimos con una actriz muy linda que ustedes la han visto mucho, Silvia Pinal.
Repetimos 29 veces una escena y no salía. 29 veces. Piensa en eso un momento. En el fine de los años 50, con presupuestos ajustados, con equipos que trabajan 12 horas diarias, con directores que cuentan cada metro de película que se gasta, nadie repite una escena 29 veces por accidente. No existe esa posibilidad. Si una escena sale mal cuatro o cinco veces, el director detiene todo, identifica el problema y lo resuelve.
Si una escena sale mal 10 veces, hay una conversación seria sobre qué está pasando. Si una escena se repite 29 veces, es porque alguien lo está decidiendo. Y Pedro Infante lo dijo sin el menor pudor. Lo admitió en televisión con una sonrisa. dijo que ellos lo habían planeado, que uno echaba a perder unas y el otro echaba a perder otras, que era un acuerdo, que era un juego que los dos decidieron jugar, un juego entre compañeros, tal vez.
Eso fue lo que el México de 1956 creyó cuando lo escuchó. Pero aquí viene la pregunta que nadie se hizo en ese momento. Si era un juego inocente entre compañeros de trabajo, ¿por qué lo hacían? ¿Cuál era el chiste? ¿Qué le daba a Pedro Infante repetir 29 veces una escena con Silvia Pinal? Le daba tiempo, le daba 28 oportunidades más de estar cerca de ella bajo la cobertura perfecta del trabajo profesional.
28 veces más de mirarla al foco, 28 veces más de hablarle, de tocarle la mano si la escena lo requería, de estar en el mismo espacio sin que fuera un encuentro personal, sino un rodaje, sin que nadie pudiera decir que Pedro Infante estaba cortejando a Silvia Pinal, porque técnicamente estaban trabajando. Y Silvia también lo decidió.
Silvia también echaba a perder escenas de su parte. Silvia, la misma mujer que nunca estaba en casa cuando Pedro llegaba sin avisar que se iba al monte Casino para no tenerlo que enfrentar, también eligió repetir 29 veces una escena con él. ¿Por qué? Eso es lo que Silvia Pinal nunca explicó. Lo que tampoco explicó cuando en una entrevista de 2019 con el periodista Javier Poza para Radio Fórmula dijo con 87 o 88 años encima y la distancia que da el tiempo que no había contado todo lo que vivió con Pedro y luego cambió de tema.
No había contado todo. Silvia Pinal, que fue abierta sobre sus cuatro matrimonios, sobre sus amores con Emilio Azcárraga Milmo, sobre sus dolores y sus pérdidas, guardó algo sobre Pedro Infante. Algo que ni el libro, ni las entrevistas, ni la serie biográfica que Televisa hizo sobre su vida lograron extraer completamente.
Eso es exactamente la naturaleza de este amor. sobrevivió décadas sin dejar rastro definitivo. Solo gestos, solo la aritmética de 29 repeticiones de una escena. Solo un hombre esperando horas en una sala comiendo tacos mientras la mujer se va al monte Casino deliberadamente. Y una película que lleva 70 años pasando en televisión cada año nuevo, porque algo en esa pantalla convence a quien la mira de que lo que está viendo es real.
Pero lo peor aún no había empezado. Para entender cómo terminó todo, hay que comprender el estado en que Pedro Infante llegó al año 1957. Tenía 39 años. Acumulaba ya más de 50 películas, de las cuales al menos 20 eran referentes permanentes del cine mexicano. Tenía más de 300 canciones grabadas.
Tenía fans en todo México y en buena parte de América Latina. tenía una empresa de aviación propia llamada Transportes Aéreos Mexicanos, Tamsa. Tenía propiedades en Mérida, en la Ciudad de México, en Acapulco, y tenía dos accidentes de avión encima. El primero había sido en 1947 en el aeropuerto de Wasabe, Sinaloa. Pedro intentó despegar de una pista improvisada y el avión no pudo ganar a altura.
Se fue de frente contra un cultivo de maíz. De ese accidente le quedó una cicatriz a la altura de la barbilla que los fotógrafos de la época aprendieron a encuadrar de manera que no saliera. El segundo fue en 1949, cerca de Citácuaro, Michoacán. Ese fue mucho más grave. El resultado fue una placa de platino implantada quirúrgicamente en una parte del cráneo y un bisoñé, una peluca parcial que Pedro usaba desde entonces para las filmaciones porque la cirugía había afectado la línea del cabello.
Dos accidentes de avión, una placa de platino en el cráneo, un diagnóstico de diabetes melitus que lo obligó a eliminar el azúcar de su dieta y beber el café mezclado con sacarina. El mismo café que Irma Dorantes le preparaba en un jarrito mezclando Nescafé con Sakarina, porque Irma sabía exactamente cómo lo quería su hombre.
Y Pedro Infante seguía volando, porque así era Pedro Cruz. Así había sido desde Mazatlán. No sabía vivir a media velocidad. No sabía decirle que no a ninguna emoción, a ningún impulso, a ninguna pasión. El mismo hombre que cantaba hasta las lágrimas en la pantalla era el mismo que piloteaba aviones con dos accidentes previos encima y una placa de metal en el cráneo.
Era el mismo que se enamoraba de tres mujeres al mismo tiempo. Era el mismo que escondía coches y repetía escenas 29 veces. Ese era Pedro Infante. Y ese exceso, esa imposibilidad de contención era exactamente lo que lo hacía irresistible y también lo que lo iba a matar. Para el 9 de abril de 1957, la Suprema Corte de Justicia de la Nación emitió su fallo definitivo en el caso que María Luisa León había iniciado 4 años antes.
El matrimonio entre Pedro Infante e Irma Dorantes, celebrado el 10 de marzo de 1953 en Mérida, Yucatán, quedaba oficialmente anulado. Pedro Infante y la madre de su hija Irita, con quien había vivido los últimos 7 años, nunca habían sido legalmente esposos. La noticia llegó primero a Irma Dorantes, que estaba en la Ciudad de México.
Ella llamó a Pedro, que estaba en Mérida, Yucatán, manejando asuntos de su empresa de aviación. Pedro escuchó y Pedro decidió de manera inmediata que tenía que regresar a la capital. Había que hablar con los abogados, había que buscar la manera de legalizar lo que la Suprema Corte acababa de destruir. Había que volver, pero no había vuelo comercial disponible de inmediato que se acomodara a su urgencia.
Entonces tomó el que tenía a la mano. Aquí viene lo cuarto que te prometí. Y te aviso antes de decírtelo, esto duele. La mañana del lunes 15 de abril de 1957 amaneció con claridad en Mérida, Yucatán. El cielo sobre la ciudad era azul sin una sola nube. Era una mañana perfecta para volar. Pedro Infante llegó al aeropuerto internacional de Mérida antes de las 7 de la mañana.
llevaba su licencia de piloto con número 447, que había renovado apenas el 2 de abril, 13 días antes. En esa renovación le computaron 2989 horas de vuelo. El avión en que iba a volar esa mañana era el Consolidated Bulti B24J, matrícula X K. un bombardero de la Segunda Guerra Mundial que había sido modificado para uso civil como avión de carga de la empresa Transportes aéreos Mexicanos Tamsa, de su propia empresa.
Esa mañana el XA-K llevaba una carga de pescado del Golfo de México que la empresa transportaba hacia la Ciudad de México. El piloto principal era el capitán aviador Víctor Manuel Vidal Lorca, titular de la licencia de transportes públicos número 102 con 11389 horas de vuelo registradas. El mecánico de vuelo era Marciano Bautista Escárcega, titular de la licencia de mecánico grado A número 2874.
Y Pedro, registrado en la bitácora bajo el nombre de Capitán Cruz, iba como copiloto. Antes de subir al avión, Pedro Infante se acercó a uno de los mecánicos del aeropuerto que estaba por ahí. Le dio una camiseta estampada con caracolitos y le dijo, “Ten, para qué eches tipo con las muchachas.” Esa frase, ese gesto, ese hombre que a las 7 de la mañana de un lunes, con la decisión judicial más importante de su vida encima, todavía encontraba humor para regalar ropa y hacer reír a un desconocido.
Esas fueron las últimas palabras registradas de Pedro Infante Cruz. A las 7 de la mañana, el XA-KN rodó por la pista número 10 del aeropuerto internacional de Mérida. Despegó con dirección al poniente Oriente rumbo a la Ciudad de México. Alcanzó unos 200 m de altura y entonces el motor izquierdo falló. El Consolidated multi B24J con una carga de varias toneladas de pescado a bordo con una distribución de peso que requería precisión absoluta para compensar la pérdida de uno de sus motores, perdió sustentación de manera
inmediata. La investigación posterior de la Dirección General de Aeronáutica Civil determinó que la causa probable fue un error de maniobra. Dos virajes ejecutados hacia el rumbo de la Ciudad de México, por debajo de las altitudes y velocidades indicadas, sin conformarse a los procedimientos reglamentarios. El avión cayó en picada.
impactó boca abajo en el patio de una vivienda en el cruce de las calles 54 sur y 87 sur del centro de Mérida, un barrio habitacional a unos minutos del aeropuerto. En ese patio, en ese momento exacto, estaba Rut Rosel Chan, de 16 años lavando ropa y estaba Isidro Baltazar Martín Cruz, de 13 años. Los tanques de combustible explotaron al impacto.
El fuego se extendió en segundos. Murieron todos. Víctor Manuel Vidal Lorca, piloto. Marciano Bautista Escárcega, mecánico. Ru Rosel Chan, 16 años. Isidro Baltazar Martín Cruz, 13 años. Y Pedro Infante Cruz, 39 años. El ídolo de México, el hombre que hacía llorar a multitudes con su voz, el hombre que había escondido el coche verde de Silvia Pinal para tenerla 20 minutos en su moto.
El hombre que había repetido 29 veces una escena que ya salía bien. El hombre que esperaba horas en una sala comiendo tacos de la abuela Jovita. Los restos de Pedro fueron tan destruidos por el fuego que solo fue posible identificarlos por dos cosas. La placa de platino que los médicos le habían implantado en el cráneo después del accidente de Citácuaro.
Y una pulsera de oro que Pedro nunca se quitaba. Una pulsera que el fuego no pudo consumir. Irmadorantes estaba en su casa de la ciudad de México preparando un estofado de conejo para cuando Pedro llegara. llamó a Tamsa para calcular la hora de arribo y ahí le dijeron que había habido un accidente, que no había sobrevivientes.
Tomó el primer avión hacia Mérida, llegó al hospital donde estaban los restos y encontró a hombres con cascos y sopletes soldando una caja de lámina. Cuando le dijeron que ahí adentro estaban los restos de Pedro, Irma Dorantes recordó décadas después que en ese momento se volvió loca. Se le pidió que por prudencia no viajara en el mismo avión que transportaría los restos del artista de Mérida a la Ciudad de México.
Aceptó porque en ese momento todavía no sabía que esa prudencia era solo el principio de una humillación más larga. El 17 de abril de 1957, en el velorio en la ciudad de México, María Luisa León recibió el pésame como la viuda legal. 150,000 personas asistieron. Cantinflas llegó, el indie Fernández llegó, la ciudad de México se detuvo y María Luisa León, que llevaba años sin ser la mujer de Pedro en ningún sentido real, recibía el abrazo de las multitudes como la señora infante.

Mientras Irma Dorantes, a quien Pedro llamaba su ratón, la mujer con quien había vivido 7 años, la madre de su hija Irmita, lloraba sola en algún rincón de esa ciudad que no le reconocía ningún lugar oficial en ese duelo. Y Silvia Pinal, que en abril de 1957 tenía 25 años y toda la vida por delante, estaba en algún lugar de esa ciudad de México que lloraba a Pedro, procesando en silencio lo que nadie le iba a preguntar.
Porque nadie pensó en preguntárselo, porque para el México de 1957, Silvia Pinal era solo una compañera de reparto de Pedro Infante, otra actriz en un elenco largo, otra colega que lo iba a extrañar profesionalmente. Nadie la buscó esa tarde. Nadie le extendió el pésame por lo que fuera que hubiera perdido ese 15 de abril de 1957.
Y Silvia, con la discreción que había aprendido a los 11 años cuando su padre biológico le pidió que lo borrara de su historia para proteger su reputación, guardó silencio. Recapitulemos esta historia en números fríos. 1917. Nace Pedro Infante Cruz en Mazatlán, Sinaloa. Tercero de 15 hijos. 1931. Nace Silvia Pinal Hidalgo en Guaimas, Sonora.
sin que su padre biológico la reconozca. 1936, Pedro tiene su primera hija, Guadalupe Infante López, con Guadalupe López. Él tiene 18 años. 1939, Pedro se casa con María Luisa León Rosas, 10 años mayor que él. Son inseparables 6 años. 1942. Empieza la distancia, las infidelidades, la doble vida. 1945, Pedro conoce a Lupita Torrentera de 14 años.
Inicia una relación paralela que durará 6 años y producirá tres hijos. 1947, primera hija con Lupita, Graciela Margarita. Muere a los 16 meses de poliomielitis. 1948, Pedro conoce a Irma Dorantes en el set de los tres huastecos. Ella tiene 13 años. 1949, Silvia Pinal y Pedro comparten pantalla por primera vez en La mujer que yo perdí. 1950, Pedro e Irma inician su relación.
Ella tiene 15 años, él tiene 32. 1951, Pedro intenta divorciarse de María Luisa con documentos falsificados. 1952, segunda película de Pedro y Silvia, Un rincón cerca del cielo. Y la tercera Ahora soy rico. 1953, El escándalo. Pedro se casa con Irma Dorantes sin estar divorciado de María Luisa. La prensa lo llama bígamo.
El caso llega a la Suprema Corte. 1953. Cuarta y quinta película de Pedro y Silvia. Sí, mi vida. Por ellas, aunque mal paguen. 1955, junio. Empieza el rodaje de El inocente. Pedro esconde el coche de Silvia, la lleva en su moto, le roba los tamales, la espera horas en su sala. 1955, Silvia se va al monte Casino con Emilio Azcárraga Milmo.
Pedro come tacos de la abuela Jovita. 1955, 29 repeticiones de una escena que ya salía bien. 1956, 20 de septiembre. El inocente se estrena en el cine México. Permanece 7 semanas en cartelera. La pareja romántica del año. 9 de abril de 1957. La Suprema Corte anula el matrimonio de Pedro con Irma Dorantes. María Luisa León gana. 15 de abril de 1957.
Pedro sube a un avión de carga en Mérida para regresar urgente a la Ciudad de México. El avión cae 200 m después de despegar. Son las 7 de la mañana. Pedro tiene 39 años. 17 de abril de 1957. 150,000 personas asisten al sepelio en la Ciudad de México. María Luisa León recibe el pésame como viuda legal. Irma Dorantes llora sola.
Silvia Pinal guarda silencio. 39 años, tres accidentes de avión, una placa de platino en el cráneo, dos esposas legales, seis hijos reconocidos, más de 300 canciones, más de 50 películas, una empresa de aviación, seis películas con Silvia Pinal, un coche escondido, 29 repeticiones de una escena, horas sin número esperando en una sala.
y cero conversaciones que llegaron a decir lo que tenían que decir. ¿Es esto mala suerte? ¿Es el karma de quien vivió amando demasiado en demasiados lugares al mismo tiempo? No es el resultado predecible de vivir con una intensidad que no cabe en los límites de una sola vida. de ser el tipo de persona que ama con la misma generosidad desordenada con que canta, que no sabe decirle que no a ninguna emoción, que construye cuatro vidas paralelas porque es incapaz de elegir solo una y que cuando la única mujer que no lo elige aparece en su
horizonte, no sabe qué hacer con esa novedad. Solo sabe esconder coches, solo sabe esperar en salas ajenas, solo sabe repetir 29 veces una escena que ya salía bien. Y Silvia, del otro lado de esa ecuación aprendió demasiado joven que los hombres que más te emocionan son los que más daño te pueden hacer, que la pasión sin estructura es un incendio y que el fuego, por más hermoso que sea, termina quemando todo lo que toca.
Silvia Pinal vivió más de 90 años. Se casó cuatro veces con Rafael Banquels, con Gustavo Ala Triste, con Enrique Guzmán, con Tulio Hernández. Con Gustavo Alatriste hizo las películas de Luis Buñuel que la convirtieron en actriz internacional. Viridiana en 1961, que ganó la palma de oro en el festival de Kans de ese mismo año.
El ángel exterminador en 1962, Simón del Desierto en 1965. Esas tres películas la pusieron en una dimensión que muy pocos actores mexicanos de cualquier época han alcanzado. Fundó el Teatro Silvia Pinal, fue diputada federal, fue senadora, fue presidenta del Consejo de Administración de la Empresa Familiar. Produjo durante 21 años el programa Mujer, Casos de la vida real, que contó las historias de miles de mujeres mexicanas que enfrentaban la injusticia y que no tenían voz en ningún otro espacio de la televisión nacional.
Fue hasta el final una mujer que no se dobló ante nada y perdió hijos. Perdió a Viridiana a la Triste, su segunda hija, en un accidente automovilístico en octubre de 1982. Cuando Billy Diana tenía 19 años y era ya una promesa del cine y la televisión mexicana, un dolor que Silvia cargó el resto de su vida y que definió buena parte de lo que hizo después.
Sobre Pedro Infante dijo siempre lo mismo en su autobiografía, en entrevistas de televisión, en radio, siempre la misma historia bien calibrada, que era bromista, que era comelón, que era un encanto de persona, que su abuela lo adoraba, que llegaba sin avisar que ella nunca estaba, que nunca fueron novios. Pero en aquella entrevista de 2019 con el periodista Javier Poza para Radio Fórmula, Silvia Pinal, con más de 80 años encima y la distancia que da el tiempo sobre las cosas que duelen, dijo algo que nadie tomó como lo que era.
Dijo que no había contado todo lo que vivió con Pedro Infante y luego cambió de tema. Sus labios se cerraron antes de terminar la idea. Y eso es exactamente lo que hace la gente cuando algo todavía pesa. cuando ya no importa, no cuando ya se superó y se guardó en su cajón, sino cuando todavía a los 87 años y con 70 años de distancia hay algo ahí que no terminó de resolverse, que no terminó de decirse, que se quedó en el trayecto entre los estudios Churubusco y ese otro set de cine, mientras el viento de la ciudad de
México movía el cabello de una mujer de 23 años que no iba a dejar que ese hombre supiera lo que le provocaba. Pedro Infante merecía una vida que estuviera a la altura de lo que sentía. No la tuvo. Nadie se la dio. Él mismo fue el primer arquitecto de su propio caos, es cierto. Pero también lo fue el sistema de un México que construyó ídolos de barro y luego no supo qué hacer con los hombres reales que había detrás de esas estatuas.
María Luisa León lo vio durante años como una posesión legal que defender. Lupita Torrentera lo amó a los 14 años sin saber lo que amaba. enadorantes lo amó con una fidelidad que el Estado mexicano declaró sin valor jurídico el 9 de abril de 1957, 6 días antes de que él muriera. Y Silvia Pinal lo vio con ojos abiertos y quizá por eso se alejó, porque a veces la persona que más te entiende es la que sabe exactamente por qué no puede quedarse.
Y el mundo, ese México que llenaba los cines y compraba los discos y lloraba con Pepe el Toro cada domingo, también lo falló. lo convirtió en símbolo antes de conocerlo como persona. Le pidió que fuera el mexicano ideal en la pantalla y no le preguntó nunca cómo le estaba yendo al hombre real que había detrás. Quizá tú también conoces a alguien así, alguien que da todo lo que tiene con una generosidad que no de consecuencias, que ama en todas partes al mismo tiempo y se queda sin suficiente para un solo lugar.
Alguien cuyo mayor defecto y su mayor virtud son exactamente la misma cosa. Esa gente siempre muere demasiado joven, no porque el destino sea cruel, sino porque viven a una velocidad que el cuerpo eventualmente no puede sostener. Pero la historia de Pedro e Silvia no existe en el vacío. Existe en el contexto de una época de oro que tuvo muchas sombras, donde los ídolos eran construidos por una industria que los necesitaba brillantes y los dejaba solos, donde las mujeres que los amaban pagaban precios que la historia oficial
se encargó de olvidar, donde los escándalos se medían en ventas de periódicos y no en el dolor de las personas involucradas. Y hablando de amores imposibles que la historia enterró bajo el mito, hay una historia que México necesita escuchar. La próxima semana, el precio de ser perfecta, María Félix y los hombres que intentaron domar a la doña.
Porque en la misma época de oro que adoró a Pedro Infante, hubo una mujer que entendió algo que Pedro nunca pudo entender, que la única manera de no ser devorada por ese mundo es ser más feroz que el mundo mismo. Una mujer que se casó cuatro veces también, no que en cada matrimonio fue siempre la que mandaba, la que elegía, la que se iba cuando quería irse y la que cuando el fine mexicano intentó encasillarla en el papel de la mujer bella que llora, eligió ser la mujer bella que cobra.
Porque en el México de los años 50 las estrellas o ardían con la intensidad de Pedro Infante o brillaban con la frialdad calculada de María Félix. y los dos pagaron un precio diferente por ser exactamente lo que eran. Si esta historia te movió algo, si crees que los amores que no se dicen también merecen contarse, dale like. Suscríbete porque la próxima semana vamos hasta el fondo de una historia que el cine mexicano conoce a medias y que tiene capítulos que nadie se ha animado a contar.
Y deja en comentarios una sola pregunta. ¿Tú crees que Silvia Pinal sintió algo por Pedro Infante que nunca confesó? ¿O crees que de verdad fue solo amistad y admiración profesional y que el encanto de esta historia está precisamente en que no pasó nada? Porque esa pregunta no tiene respuesta definitiva y quizás eso es exactamente lo que la hace tan interesante todavía, porque las leyendas son humanas y los amores que no se nombran también dejan cicatriz.
Nos vemos la próxima semana.