Posted in

¿Pedro Infante Fingió su Muerte? La Evidencia que Sugiere que se Escondió de la Fama

Pero desde ese primer día hubo quienes no pudieron cerrar esa historia, quienes sintieron  que algo no cuadraba, que todo había sido demasiado repentino, demasiado conveniente, demasiado definitivo para un hombre al que apodaban el inmortal. Un hombre que ya había sobrevivido  dos accidentes de aviación anteriores.

 Un hombre que llevaba una vida tan complicada que desaparecer. Para él no era solo una fantasía, era casi una solución lógica. Lo que vas a escuchar a continuación es la historia  de ese rumor, un rumor que tiene casi 70 años de vida, que ha pasado de generación en generación, que ha sobrevivido  a todos los que lo protagonizaron.

Es importante decirlo desde el principio con toda claridad.  Esto es un rumor. No es una verdad probada. No hay documentos  que lo confirmen. No hay pruebas científicas que lo sostengan. La versión oficial dice que Pedro Infante murió aquel 15 de abril y todos los registros legales e históricos así lo establecen.

 Pero el rumor sigue vivo. Y para entender por qué, primero  hay que entender la vida que Pedro llevaba cuando ese avión despegó aquella mañana gris sobre Mérida, porque esa vida, aunque pocos la conocían en su totalidad, era una bomba con la mecha  ya encendida. Pedro Infante Cruz nació el 18 de noviembre de 1917 en Mazatlán, Sinaloa.

 Creció en una familia trabajadora. Aprendió  carpintería de su padre, aprendió música casi solo y desde joven supo que  quería algo más grande que el barrio donde nació. Llegó a la ciudad de México sin dinero y sin contactos, con una guitarra y una voz que hacía  que la gente se detuviera en la calle a escuchar.

 En pocos años se convirtió en el hombre más famoso y más querido de  todo el país. Sus películas llenaban cines. Sus discos  se agotaban antes de llegar a los aparadores. Su nombre aparecía en revistas, en carteles, en conversaciones de sobremesa en todo México. interpretó personajes que eran como el pueblo, hombres humildes, trabajadores, capaces de amar con fiereza y de llorar sin avergonzarse.

Y el pueblo lo reconoció en esos personajes  y lo amó con la misma intensidad. Pero detrás de esa imagen impecable había una vida  que ningún publicista habría podido ordenar. Pedro Infante era, en términos legales y sentimentales, un desastre de proporciones épicas. Y no por maldad, sino por exceso, por esa incapacidad de decir no  que tienen ciertos hombres que dan demasiado de sí mismos y terminan enredados en todo lo que han dado.

 Estaba casado legalmente  con María Luisa León desde 1939. Ella lo había acompañado  desde los tiempos sin fama, desde Sinaloa, desde antes de que hubiera dinero ni aplausos. Era su esposa oficial, reconocida por la ley, respetada por su historia en común. Pero esa relación llevaba años convertida  en formalidad fría.

 No hubo hijos entre ellos porque María Luisa no podía tenerlos. Adoptaron a Dora Luisa, sobrina  de Pedro, y la vida siguió hacia adelante, cada uno por caminos que ya no se cruzaban demasiado, unidos  solo por un papel que nadie había cancelado. Mientras ese matrimonio existía como fantasma legal, Pedro construyó otra vida, otra familia,  otro hogar, como si el primero no existiera o como si existir en silencio fuera lo mismo que no existir.

Con Lupita  Torrentera la relación comenzó en 1945. Ella tenía apenas  14 años. Pedro tenía 27. Para los estándares de aquella época, en ciertos contextos,  eso no levantaba las alarmas que levantaría hoy, pero tampoco era algo que se anunciara en los periódicos. Con Lupita tuvo  tres hijos, Graciela Margarita, Pedro Infante Junior y María Guadalupe.

 Los reconoció, los quería, los visitaba, pero esa relación tampoco se consolidó  como un hogar estable y duradero. Después llegó Irma Dorantes, actriz joven,  talentosa, originaria de Yucatán. Con ella hubo algo diferente, algo que parecía más definitivo, más declarado, más público. En 1953,  Pedro e Irma se casaron en Mérida.

 Hubo boda, hubo testigos, hubo registro. El problema era  que esa boda era completamente ilegal. Pedro seguía casado con María Luisa León y nadie había disuelto nada. El matrimonio  con Irma era nulo ante la ley, aunque los dos lo vivieran como si fuera lo contrario. Con Irma tuvo más hijos y vivía con  ella públicamente, presentándola como su esposa, actuando como si lo anterior no existiera o como si la fama pudiera doblar las leyes igual que doblaba voluntades.

Durante años, esa situación se sostuvo en el equilibrio frágil que da la celebridad. Nadie quería meterse con Pedro Infante. Nadie quería  ser el que le complicara la vida al ídolo de México. Los jueces eran fans. Los periodistas preferían hablar de sus películas. El país entero miraba hacia otro lado porque era más fácil amar al personaje que enfrentar al hombre.

 Pero los tribunales no  funcionan con adoración popular, funcionan con leyes y las leyes,  tarde o temprano cobran lo que se les debe. El 9 de abril de 1957,  apenas 6 días antes del accidente, la Suprema Corte de Justicia de la Nación falló a favor  de María Luisa León. El matrimonio entre Pedro e Irma fue anulado oficialmente y  con esa resolución llegó algo peor que el escándalo, la posibilidad real de enfrentar cargos por Vigamia, un delito que en aquel momento  podía

significar prisión. Pedro Infante, el hombre que todo México amaba, estaba a se días de convertirse en un escándalo judicial y fue entonces cuando abordó ese avión. La mañana  del 15 de abril de 1957, Pedro se encontraba en Mérida. Necesitaba regresar urgentemente a la ciudad  de México.

 Tenía problemas que atender, conversaciones que no podía  seguir postergando, una vida entera que empezaba a desmoronarse en los juzgados mientras él seguía sonriendo en las marquesinas de los  cines. No había vuelos comerciales disponibles que le sirvieran a tiempo, así que hizo lo que haría cualquier  hombre con licencia de piloto y acceso a los aviones de su propia compañía.

 Se subió a uno de ellos. El avión era un quensitbull TB24J. Matrícula  XK. Un bombardero de la Segunda Guerra Mundial reconvertido para uso civil y transporte de carga. Esa mañana llevaba pescado  del Golfo hacia la capital. No era un vuelo glamoroso, era un vuelo de trabajo urgente y sin ceremonias. La tripulación era de tres personas.

 El capitán Víctor Manuel Vidal Lorca comandaba la aeronave. Era un piloto con amplia experiencia, conocedor de esas rutas. Marciano  Bautista viajaba como mecánico de vuelo y Pedro Infante iba como copiloto  en funciones activas con su licencia renovada apenas el 2 de abril de ese mismo mes con casi 3,000 horas de vuelo acumuladas.

Read More