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Cantinflas intentó humillar a María Félix en un restaurante Lujoso- Nadie esperaba su respuesta

 Esta historia estuvo contenida 70 años. Imaginen la fuerza con la que sale ahora. Por cierto, no olvides suscribirte a este canal para seguir escuchando más historias como esta para que la época de oro siga viva y nunca se apague. Octubre de 1953. Ciudad de México vivía su momento más glamoroso. La época de oro del cine mexicano estaba en su punto más alto.

Las estrellas brillaban con una intensidad que hoy parece imposible. Y esa noche en el restaurante Ambasaders del Hotel Reforma se celebraba el evento social más importante del año, la cena anual de la Asociación de Productores y actores de México. Era la noche donde el cine se reunía con el poder, donde los artistas cenaban con políticos, donde los millonarios se sentaban junto a las estrellas que admiraban en la pantalla grande.

 Las mesas estaban cubiertas con manteles de lino italiano. La vajilla era porcelana francesa importada. Los centros de mesa eran arreglos de orquídeas blancas traídas desde Veracruz esa misma mañana. Candelabros de cristal cortado lanzaban destello sobre los rostros de la élite mexicana. En las esquinas, un cuarteto de cuerdas tocaba piezas de Agustín Lara y el aroma del filete Mignón se mezclaba con el perfume francés de las mujeres más elegantes del país.

 Mario Moreno Reyes tenía 42 años y era, sin discusión posible, el hombre más querido de México. No el más respetado, no el más temido, no el más admirado, el más querido. Cantinflas había logrado algo que ningún otro artista mexicano había conseguido, hacer reír a todo un continente. Desde los barrios más pobres de Tepito hasta los salones más lujosos de Polanco, su nombre provocaba sonrisas.

 Había hecho más de 40 películas. Llenaba cines en toda Latinoamérica. Charles Chaplin lo había llamado el mejor cómico del mundo. Hollywood le había abierto las puertas. ganaba más dinero que cualquier otro actor en la historia del cine mexicano y lo sabía. Vaya que lo sabía. Ganaba más dinero que cualquier otro actor en la historia del cine mexicano y lo sabía.

Vaya que lo sabía. Era dueño de propiedades en Pedregal, en Acapulco, en Los Ángeles. Tenía una colección de automóviles que incluía un Rolls-Royce y tres Cadilac. Sus trajes eran hechos a medida en la Ciudad de México por el mismo sastre que vestía a los presidentes. Y todo esto lo había conseguido un hijo de cartero nacido en la pobreza de Tepito.

 La historia de Mario Moreno era, en muchos sentidos, la historia del sueño mexicano hecho realidad, del niño que no tenía zapatos al hombre más rico del espectáculo. Pero el éxito tiene un precio y el precio de Mario fue un ego que creció al mismo ritmo que su fortuna. Un ego alimentado durante décadas por aduladores, por productores que le decían que sí a todo, por un público que lo idolatraba incondicionalmente, un ego que nunca había sido confrontado porque nadie se atrevía a confrontar al hombre más querido de México hasta aquella noche. Pero detrás de la sonrisa

y los bigotes, detrás del personaje torpe y encantador que todo México amaba, había un hombre con un ego formidable. Mario Moreno no era Cantinflas. Cantinflas era el peladito inocente que tropezaba con las palabras. Mario Moreno era un empresario astuto, un negociador implacable, un hombre que había acumulado poder real en la industria del cine.

 Era dueño de su propia productora, controlaba su imagen con mano de hierro y tenía una opinión muy clara sobre quién merecía estar en la cima del cine mexicano. Y esa opinión, esa noche iba a chocar frontalmente con la mujer más poderosa que México había producido jamás. María Félix llegó al Ambasaders a las 9:30 de la noche.

 Llegó tarde, como siempre, porque María Félix nunca llegaba a tiempo a ningún lugar. El tiempo esperaba por ella, no al revés. Su limusina negra se detuvo frente a la entrada del hotel Reforma y el portero, un hombre que llevaba 20 años abriendo puertas para la élite mexicana. sintió que las manos le temblaban cuando la vio descender del auto.

 Después le contaría a su esposa, “En 20 años he visto a las mujeres más bellas de este país entrar por esa puerta. Pero María Félix es otra cosa. No es belleza lo que tiene. Es algo más grande, algo que no tiene nombre, algo que te obliga a mirarla y a sentir que el mundo se vuelve más pequeño a su alrededor. Tenía 39 años y estaba en el momento más devastador de su belleza.

 No era la belleza fresca de los 20 años, ni la belleza madura de los 50. Era esa belleza feroz de los 39. Cuando una mujer sabe exactamente quién es, exactamente cuánto vale y exactamente cómo usar cada centímetro de su presencia como arma, llevaba un vestido negro de valenciaga que había sido diseñado específicamente para ella durante su última estancia en París.

 En el cuello, un collar de esmeraldas colombianas que había pertenecido a una condesa europea. su cabello negro a zabache recogido en un moño que exponía ese cuello que los pintores habían intentado capturar sin éxito durante dos décadas. Y esos ojos, esos ojos oscuros que parecían contener todo el fuego y todo el hielo del mundo al mismo tiempo.

 Cuando entró al restaurante, el cuarteto dejó de tocar por un instante. No fue una decisión consciente del primer violinista, fue un reflejo involuntario. Sus dedos simplemente dejaron de moverse sobre las cuerdas porque sus ojos no podían apartarse de la mujer que acababa de cruzar el umbral. Los meseros se detuvieron con las charolas en alto, equilibrando copas de champañe y platos de entrada como estatuas de cera en un museo.

 Las conversaciones bajaron de volumen como si alguien hubiera girado una perilla invisible. No era miedo exactamente, era algo más complejo que eso. Era la presencia de alguien que ocupaba más espacio del que su cuerpo físico requería. María Félix no entraba a los lugares, los conquistaba. Esa noche, María tenía un motivo especial para asistir.

 Tres semanas antes se había casado con Jorge Negrete, el ídolo de México, en una ceremonia que había paralizado al país entero. La boda del siglo la llamaron los periódicos. La mujer más bella de México con el hombre más apuesto de México. Una unión que parecía diseñada por los dioses del cine. Pero lo que nadie sabía era que Jorge Negrete ya estaba enfermo.

 Una hepatitis que avanzaba silenciosamente, que escondía con la misma determinación con la que cantaba sus rancheras. María lo sabía. Era quizás la única persona en México que lo sabía. Y esa noche, mientras caminaba entre las mesas del Ambasaders con su sonrisa de diosa, por dentro cargaba un peso que nadie podía imaginar.

 Se sentó en la mesa principal, la mesa uno, reservada para las estrellas más grandes. A su derecha, el productor Gregorio Bayerstein. A su izquierda, la actriz Dolores del Río, quien había regresado de Hollywood convertida en leyenda. Frente a ella, un asiento vacío, el asiento de Jorge Negrete, quien no había podido asistir porque esa noche se sentía demasiado débil, pero le había pedido a María que fuera.

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