Tenía 16 años cuando un príncipe le colocó una corona sobre la cabeza. A los 33, Cantinflas le pidió que se convirtiera en su esposa. A los 62 falleció sola en una habitación de hospital y ningún productor acudió a darle el último adiós. Se llamaba Iraneori y lo que México le hizo a esta mujer fue un crimen que quedó impune.
Esta es la investigación que la industria del espectáculo sepultó durante décadas. Hoy vas a conocer cuatro verdades que transforman por completo todo lo que pensabas saber sobre ella. La primera, la grabación de una entrevista en la que Irán revela con su propia voz qué fue exactamente lo que echó por tierra su romance con Cantinflas.
No fue la profesión, no fue la distancia geográfica, fue algo mucho más siniestro. La segunda, el secreto que Cantinflas mantuvo oculto durante cuatro décadas sobre su hijo Mario Arturo. Un secreto que involucra a una mujer estadounidense, una suma de dinero y un suicidio en un hotel de la Ciudad de México. La tercera, la carta que Irán conservó hasta su último día, escrita tras abofetear a Cantinflas y que jamás llegó a su destino.

Y la cuarta, el documento médico que revela con exactitud qué enfermedad fue destruyéndola a lo largo de 3 años, mientras la industria actuaba como si ella no existiera. Te avisaré cuando llegue cada una. Si abandonas antes de llegar al final, te perderás la parte que los productores de Televisa más han querido hacer desaparecer.
Porque esta mujer conquistó tres continentes. Fue figura estelar en España cuando ese país aún no tenía estrellas de proyección internacional. Fue figura estelar en México, cuando México era el referente indiscutible de la televisión latinoamericana. Cientos de millones de personas la vieron actuar y sin embargo murió sin que nadie le devolviera una llamada.
Nadie la puso en primer lugar jamás, ni una sola vez en 62 años. Iraneori nació el 21 de octubre de 1938, pero no en España como muchos creen ni en México. Nació en Teerán, la capital de Persia. Y su nombre verdadero no era Irán, sino Elvira Teresa Eori, su padre se llamaba Frederick Emil Eori, diplomático austríaco, destinado en embajadas de Oriente Medio.
Era un hombre cultivado, políglota, capaz de comunicarse en media docena de idiomas, que había consagrado su existencia al servicio diplomático de Austria. Su madre se llamaba Ángela Sidi. Necesito que prestes mucha atención a este nombre porque va a reaparecer una y otra vez. Ángel Asidi era una mujer judía Sefardí, originaria de Estambul, descendiente directa de aquellos judíos que España expulsó en 1492 y que encontraron refugio en el Imperio Otomano.
Los sefardíes preservaron durante siglos el español antiguo entrelazado con el hebreo, una lengua llamada Ladino, que Ángela hablaba con sus padres en las calles de Estambul. La historia de cómo se conocieron Frederick y Ángela parece extraída de una película. En 1936, Frederick se encontraba destinado en la embajada austriaca de Estambul.
Una tarde, en un evento social, posó sus ojos en una joven sefardí de belleza excepcional. El enamoramiento fue inmediato. Se casaron ese mismo año y dos años más tarde, cuando Frederick fue trasladado a Teerán, Ángela llevaba en su vientre a quien sería su única hija. Guarda el nombre de la madre, Ángela Sidi.
Lo necesitarás para comprender todo lo que viene después. Porque esta mujer gobernó la vida de Irán durante 64 años hasta el mismísimo final. Ángela nunca puso a Irán en primer lugar. Siempre prevalecieron sus propios temores, sus exigencias, sus condiciones. En marzo de 1938, 7 meses antes de que naciera Elvira, ocurrió algo que alteraría el destino de millones de personas.
Adolf Hitler anexó Austria al tercer Reich mediante el anslus. De la noche a la mañana, Austria dejó de existir como nación soberana. Frederick Eori recibió la noticia en Teerán y tomó una decisión que salvaría a su familia. Renunció a su cargo diplomático. No estaba dispuesto a representar al régimen nazi.
No iba a ponerse al servicio de Hitler. Piensa en lo que eso implicaba. un diplomático en la cima de su carrera con una esposa embarazada renunciando a todo, quedándose sin trabajo, sin patria, sin un porvenir seguro, sin la red de protección que el servicio diplomático le ofrecía. Pero Frederick veía algo que muchos se negaban a admitir, que los nazis perseguirían a los judíos.
Había escuchado los discursos de Hitler, había leído la prensa alemana, había presenciado el trato que daban a los judíos en Viena tras la anexión y su esposa era judía. Su hija, que estaba por venir al mundo, sería judía según las leyes raciales del régimen. No había alternativa. Quedarse significaba arriesgarlo todo.
Huir significaba comenzar desde cero. Frederick eligió comenzar desde cero. Lo que siguió fue una huida que se prolongó 11 años. 11 años de maletas y fronteras, de documentos falsificados y sobornos, de miedo constante y de una esperanza que se negaba a claudicar. Primero, Francia. Llegaron a París cuando Elvira tenía apenas unos meses de vida, pero en 1940 con la invasión nazi de Francia tuvieron que escapar de nuevo.
Esta vez el destino fue Casablanca, la misma ciudad marroquí de la célebre película de Hamfrey Bogard, que durante la guerra se convirtió en refugio de miles de europeos que huían del nazismo. Espías, fugitivos, aventureros. Diplomáticos caídos en desgracia. Irán vivió su infancia en ese escenario de película desde los dos hasta los 11 años, aprendiendo idiomas en las calles, escuchando relatos de guerra, viendo llegar familias destrozadas que buscaban un barco rumbo a América.
Esa infancia de refugiada la marcó de por vida. Décadas después, cuando los médicos le diagnosticaran la enfermedad que acabaría con ella, seguiría luchando con la misma determinación que había aprendido en Casablanca. Pero eso viene más adelante. Hay un detalle que ella reveló en una entrevista años después, un detalle que define con precisión quién era esta mujer.
Irán hablaba siete idiomas: francés, español, inglés, italiano, portugués, turco y alemán. El alemán era la lengua de su padre, el idioma de su infancia. el de las canciones de Kuna que Frederick le cantaba en Teerán. Pero cuando los nazis comenzaron a masacrar a los judíos, cuando las noticias del holocausto llegaron incluso a Casablanca, Irán tomó una decisión.
Tenía siete u 8 años y resolvió que jamás volvería a a hablar alemán y lo cumplió. Hasta el día de su muerte, 60 años después, no pronunció una sola palabra en ese idioma. Imagina esa determinación en una niña. Imagina lo que tuvo que sentir para tomar semejante decisión. El idioma de su padre, el de su infancia, borrado para siempre.
En 1945, con el fin de la guerra, la familia se instaló en Francia y en 1949, cuando Elvira tenía 11 años, llegaron finalmente a Madrid. España vivía bajo la dictadura de Franco, un país gris, empobrecido, aislado del mundo. Pero para la pequeña Elvira fue el lugar donde descubrió que su destino estaba en los escenarios.
era extraordinariamente bella, rubia, de ojos azules, con una elegancia natural heredada de su madre sefardí y de la educación cosmopolita de hija de diplomático. Pero no era solo belleza, tenía talento, mucho talento. Tocaba el piano, el acordeón y la guitarra. Practicaba danza clásica y moderna y poseía una voz que años después la llevaría a ganar el festival de Benidorm con una canción llamada Eternidad.
Trabajó como modelo en los famosos almacenes Galerías Preciados de Madrid. Las damas de la alta sociedad madrileña quedaban fascinadas con esa chica exótica que hablaba español con un acento indefinible y se desplazaba como si hubiera nacido para ser observada. A los 14 años debutó en el cine con una película llamada El Judas toca la flauta, dirigida por José María Forque.
En los créditos todavía aparecía como Elva Eori, pero lo que lo cambió todo llegó dos años después. 1954, el concurso de Miss Europa en Mónaco. La joven Elvira, con apenas 16 años subió al escenario del principado de Mónaco. El jurado estaba formado por aristócratas, artistas y empresarios, gente acostumbrada a contemplar la belleza, difícil de impresionar, pero quedaron cautivados.
Aquella chica no se parecía a nadie. Nacida en Persia, criada en Marruecos, de sangre austríaca y sefardí. Hablaba siete idiomas, caminaba como si el mundo le perteneciera y tenía apenas 16 años. Y entonces ocurrió algo que parece inventado, pero que está documentado en los archivos de la época. El propio príncipe rainiero tercero de Mónaco le colocó la corona de Miss Montecarlo con sus propias manos.
El mismo príncipe que dos años después contraería matrimonio con Grace Kelly y convertiría Mónaco en el reino del glamur. Imagina ese instante, una adolescente refugiada, una niña que había huído del nazismo y pasado su infancia en Casablanca entre espías y desesperados, recibiendo una corona de manos de un príncipe europeo.
Irán siempre afirmó que ese fue el comienzo de todo el momento en que dejó de ser Elvira y empezó a ser Iraneori. 1954. Una corona de manos de un príncipe en Mónaco. 2002. Una cama de hospital donde nadie importante fue a despedirla. 48 años de la cima al abismo. Pero eso vendría después. En los años 60 conquistó España, se convirtió en una de las actrices más populares del cine español y protagonizó más de 30 películas, comedias, dramas, musicales.
Trabajó con Los Bravos, el grupo español que triunfó internacionalmente con Black Black. Isiza e hizo giras con ellos por toda Europa. Trabajó con el dúo dinámico en una chica para dos. Trabajó con Paco Martínez Soria. ¿En qué hacemos con los hijos? Trabajó con Tony Leblanc y Concha Velasco en Fray Escoba. España la adoraba, pero España no sería su destino definitivo.
Al otro lado del Atlántico, un hombre la estaba esperando sin saberlo. Un hombre que le daría el amor más grande de su vida y que se lo arrebataría de la peor manera posible. En 1964 ganó el festival de Benidorm, uno de los certámenes musicales más importantes de España. La canción se llamaba Eternidad y la interpretó junto a José Casas.
Ganó la Sirenita de Oro. Fue un momento histórico. Una mujer nacida en Persia, criada en Marruecos, de sangre austríaca y sefardí, cantando en español perfecto y alzándose con el festival musical más importante del país. España la adoptó como propia. Grabó varios discos de música romántica que hoy son objetos de colección.
Cuando aparecen en el mercado se venden a precios que sorprenden a los coleccionistas. discos de vinilo que capturaron la voz de una mujer que sabía transmitir emoción con cada nota. Pero la fama tiene un precio. Y en 1967 ocurrió algo que escandalizó a toda España, algo que marcaría su carrera para siempre. Prepárate, porque lo que te voy a contar fue el principio del fin de su trayectoria en ese país.
El programa se llamaba Historia de la frivolidad. Lo dirigía Narciso Ibáñez Serrador, el genio que después crearía un, dos, tres. Era una sátira brillante sobre la historia del erotismo y la censura a lo largo de los siglos. Irán apareció en una de las escenas más memorables, vestida con una armadura medieval completa, casco, pechera, guanteletes, todo.
Y entonces, lentamente, ante millones de españoles que contemplaban sus televisores en blanco y negro, comenzó a desprenderse de cada pieza de metal, una por una, hasta quedar en bikini. Fue el primer striptis transmitido en la televisión española. El escándalo fue mayúsculo. Francisco Gil Muñoz, el censor oficial de Teboshinee, amenazó con dimitir si el programa se emitía.
El especial, que originalmente iba a llamarse Historia de la censura, tuvo que cambiar de nombre. Finalmente se transmitió a medianoche tras el himno nacional y el supuesto cierre de la programación. La gente se quedaba despierta esperando. La noticia corrió de boca en boca. Millones de españoles lo vieron. Al día siguiente, el país entero hablaba de Irane Oriori, en los cafés, en las oficinas, en los mercados.
La mujer de la armadura se convirtió en tema de conversación nacional. Visto hoy, era un estriptis muy pudoroso, un bikini conservador, nada que no pudiera verse en cualquier playa mediterránea. Pero en la España de Franco, donde la censura vigilaba cada centímetro de piel, fue una revolución. Irán recibió críticas feroces de los sectores conservadores, pero también admiración de quienes veían en ella un símbolo de libertad, una mujer que se atrevía a desafiar las reglas en un país donde las reglas lo controlaban todo. Y aquí viene algo que
casi nadie sabe. Algunos historiadores del cine español creen que este escándalo influyó en la decisión de Irán de abandonar España. Dos años después recibió una invitación que cambiaría su vida para siempre. Yolanda Vargas Dulchet, la reina de las historietas mexicanas, creadora de Memín Pingüí y de decenas de cómics que se convertían en telenovelas.
La mujer más poderosa del entretenimiento mexicano de la época. quería a Irán para protagonizar la versión cinematográfica de su historia más célebre. Rubí, el personaje era perfecto para ella. Una mujer extraordinariamente bella, pero despiadada, ambiciosa hasta la médula, manipuladora, capaz de destruir amistades, matrimonios y familias enteras, con tal de alcanzar riqueza y poder.
Irán llegó a México en 1969 para lo que se suponía sería un trabajo temporal, unas semanas de rodaje, un cheque generoso y de vuelta a España. Pero algo ocurrió. Se enamoró de México, del clima, de la comida, de la gente, de las oportunidades que se abrían ante ella. México vivía una época dorada del cine y la televisión y necesitaba actrices como Irán.
La película Rubí fue un éxito rotundo en toda Latinoamérica. Hay un detalle curioso. Como Irán conservaba su acento español, su voz tuvo que ser doblada por la actriz Norma Lazareno. Aunque esto no impidió que el público la adorara. Lo que iba a ser un viaje temporal se convirtió en una decisión de vida. Irán decidió quedarse.
México se convertiría en su segunda patria, como ella misma lo llamaba. Aprendió a amar la gastronomía mexicana, los tacos, los chiles, las salsas que ardían, pero que no podía dejar de probar. Aprendió a amar el clima de eterna primavera de la Ciudad de México, los volcanes nevados que se divisaban desde las azoteas, las jacarandas en flor en marzo y sobre todo aprendió a amar a su gente.
Los mexicanos la recibieron con los brazos abiertos, sin importarles que fuera extranjera. La adoptaron como propia, la querían en la pantalla y en la calle. la reconocían y la saludaban con genuino cariño. Quizás tú también has tomado decisiones así, algo que parecía pasajero y que terminó definiéndote para siempre.
Un viaje que iba a durar semanas y que se convirtió en toda una vida, un lugar que visitaste y del que nunca te marchaste. Pero lo que Irán no sabía era que México le daría el amor más grande de su vida. Y también la traición más cruel fue durante la grabación de El amor tiene cara de mujer, una telenovela que estuvo al aire casi 3 años entre 1971 y 1973, 3 años.
Hoy las telenovelas duran meses. Esta llegó a casi 1000 episodios. Irán compartía pantalla con Irma Lozano, Lucy Gallardo, Silvia Dervez y Anel. Formaron una amistad que duraría décadas. Irán siempre dijo que fue su telenovela favorita, precisamente por ese grupo de mujeres que se convirtió en familia. Y fue ahí, en los pasillos de Televisa, donde conoció al hombre más famoso de México, Mario Moreno, Cantinflas.
Él tenía 60 años, ella 33, 26 años de diferencia. Cantinflas había enviudado en 1966. Su esposa, Valentina Ivanova, había muerto de cáncer óseo tras una larga enfermedad. La había amado profundamente y su muerte lo hundió en una depresión que duró años. Cuando conoció a Irán, algo se encendió dentro de él. El flechazo fue instantáneo.
Atención, porque aquí llega la primera de las cuatro cosas que casi nadie se atreve a contar sobre Irane Oriori. ¿Qué vio Cantinflas en ella? Los cronistas de la época manejaban una teoría que nunca se atrevieron a publicar abiertamente. Irán reunía todas las características que atraían al comediante. Rubia, de ojos azules, elegante, culta, cosmopolita.
Pero había algo más, algo que quienes conocían bien a Cantinflas advirtieron de inmediato. Irán tenía un parecido con Natasha Gelman. ¿Quién era Natasha Gelman? La esposa de Jack Gelman, socio y mejor amigo de Cantinflas durante décadas. Jack era el cerebro financiero detrás del imperio del comediante y Natasha era su esposa.
Una mujer rubia, de ojos azules, elegante, culta, de origen europeo. Y aquí viene lo que nadie dice en voz alta. pero que circulaba en los corrillos de la industria. Cantinflas estuvo secretamente enamorado de Natasha Gelman toda su vida. Un amor imposible. La esposa de su mejor amigo Irán era su reflejo, su versión alcanzable, la mujer a quien podía amar sin traicionar a nadie.
Y aquí llega de inmediato la segunda revelación. Porque estas dos verdades están enlazadas. El secreto que Cantinflas guardó durante 40 años. La verdad sobre el origen de su hijo. Cantinflas era de la vieja escuela. Flores llegaban al camerino de Irán cada día. No cualquier flores, rosas rojas importadas, orquídeas exóticas, arreglos que costaban fortunas y llenaban el pequeño camerino de color y perfume.
Regalos costosos aparecían sin previo aviso. Joyas de las mejores casas de la Ciudad de México, vestidos diseñados especialmente para ella. Cantinflas quería que Irán supiera lo que significaba para él. Le escribía cartas de amor a mano con una caligrafía impecable que había perfeccionado con los años.
Cartas largas donde le hablaba de sus sentimientos, donde le prometía un futuro juntos, donde le juraba que ella era la mujer que había esperado toda su vida. Las cenas románticas eran legendarias, los restaurantes más exclusivos de la ciudad, mesas privadas donde nadie los molestara, horas conversando de todo y de nada, descubriéndose, enamorándose.
Irán cayó rendidamente enamorada. Años después, cuando todo terminara, escribiría una carta que nunca envió. una carta que conservó hasta el día de su muerte. Llegaremos a esa carta y cuando la escuches entenderás todo. Hay algo importante que comprender aquí. Irán no era una cazafortunas. No necesitaba el dinero de Cantinflas.
Tenía su propia carrera exitosa, sus propios contratos, su propia fama. Lo amó por él, por el hombre detrás del personaje, por el Mario Moreno que muy pocos conocían. Cantinflas estaba decidido a casarse con ella. Le habló de matrimonio, de formar una familia, de envejecer juntos. Por primera vez en su vida, Irán creyó que alguien la pondría en primer lugar, pero había un obstáculo que ninguno de los dos pudo superar.
Un obstáculo con nombre y apellido. Mario Arturo Moreno Ivanova, el hijo de Cantinflas. Y aquí viene la segunda revelación. El secreto que Cantinflas guardó durante 40 años. La verdad sobre el origen de su hijo. Guarda esto, porque cuando entiendas quién era Mario Arturo, comprenderás por qué destruyó el único amor verdadero de su padre.
Mario Arturo no era hijo adoptivo como rezaban los comunicados oficiales, como repetían los publicistas, como sostenía la versión edulcorada que Cantinflas ofrecía en las entrevistas. era su hijo biológico de su propia sangre. La madre se llamaba Marion Roberts, una joven estadounidense de 21 años que había llegado a México buscando trabajo en el cine.
Era hermosa, era ingenua y se cruzó en el camino de Mario Moreno en el momento equivocado. Cantinflas tuvo una aventura con ella. Ella quedó embarazada. Y lo que siguió fue un arreglo que hoy sería impensable, pero que en el México de los años 50 era más común de lo que nadie admitía. Cantinflas le compró el bebé por cierta suma en efectivo, una fortuna que en aquella época podía adquirir una casa entera.
Marion aceptó el dinero a cambio de firmar documentos que la borraban de la vida de su hijo para siempre. a cambio de no reclamar jamás, a cambio de fingir que nada había ocurrido. ¿Qué fue de Marion Roberts? Dilapidó el dinero con rapidez. Las malas lenguas de la época, las que murmuraban en los cafés de la zona rosa, decían que lo gastó en drogas, que llegó a México soñando con ser estrella y terminó atrapada en la adicción.
Y después, en un hotel de la Ciudad de México, cuyo nombre nadie quiere recordar, Marion Roberts se arrojó por una ventana, cayó varios pisos y murió en el acto. Una joven estadounidense de veintitantos años que había tenido un hijo con el hombre más famoso de México y que terminó destruida. Nunca se investigó como homicidio.
El caso se cerró como suicidio. Los periódicos no publicaron una sola línea y Cantinfla se aseguró de que la historia no viera la luz. Pagó lo que hubo que pagar, habló con quien hubo que hablar y Marion Roberts fue borrada de la historia. Mario Arturo creció creyendo que era adoptado, que su madre biológica era una desconocida que lo había abandonado.
No supo la verdad hasta 1978, cuando cumplió la mayoría de edad y alguien le mostró los documentos. Y ahora que sabes esto, lo que viene cobra todo su sentido. Porque un niño que carga con ese origen, con esa mentira, con esa madre muerta a quien nunca conoció, es una bomba de tiempo. Pero en 1971, cuando su padre comenzó a salir con Irán, Mario Arturo tenía 11 años y aunque ignoraba la verdad sobre su madre, algo dentro de él se quebró al ver a otra mujer ocupando el lugar de Valentina.
Desde que descubrió el romance, inició una campaña de hostilidad sistemática contra Irán. La trataba con desprecio delante de su padre, la ignoraba, le hacía desplantes en público y le decía cosas horribles a Cantinflas, cosas que un hijo no debería decirle a su padre. Eres muy viejo para ella. Mírate en el espejo sin dientes.
Una mujer como Irán está mejor para mí que para ti. Esas palabras exactas. Un niño de 11 años comparándose con su padre insinuando que él sería mejor partido para Irán. humillándolo. La situación fue deteriorándose año tras año. Irán intentaba acercarse al niño, ganarse su afecto, demostrarle que no venía a reemplazar a nadie, pero Mario Arturo la rechazaba con una hostilidad que iba mucho más allá de los celos normales de un hijo.
Hacía desplantes en la mesa, se levantaba cuando ella se sentaba. respondía con monosílabos cuando le hablaba y a veces simplemente la ignoraba como si no existiera. Cantinflas intentaba mediar, pero cada vez que defendía a Irán, Mario Arturo montaba escenas de llanto, gritos y amenazas de irse de la casa.
El niño sabía exactamente qué botones presionar. Y entonces, en 1973 llegó el momento que lo destruyó todo. Mario Arturo tenía 13 años. Una tarde, tras otra discusión por Irán, miró a su padre a los ojos y le dijo, “Si te casas con Irán, me voy a quitar la vida para irme al cielo con mi mamacita.” Se refería a Valentina Ivanova, la esposa fallecida de Cantinflas, la mujer que el niño apenas había conocido porque murió cuando era muy pequeño.
Piensa en eso un momento. Un adolescente amenazando con quitarse la vida si su padre se casa, usando el recuerdo de la madre muerta como arma. Cantinflas se derrumbó. El hombre que había plantado cara a los poderosos estudios de Hollywood, el comediante que se burlaba de presidentes y generales en sus películas, el icono que no le temía a nadie, se doblegó ante un adolescente de 13 años.
No podía arriesgarse, no podía vivir con la posibilidad de que su hijo cumpliera esa amenaza. Ya había perdido a Valentina. Ya cargaba con el peso del secreto de Marion Roberts y su muerte violenta. Ya tenía suficientes fantasmas. No podía perder también a Mario Arturo. Así que tomó una decisión que destruiría el único amor verdadero que había encontrado tras la muerte de Valentina.
le propuso a Irán una solución que a él le parecía razonable, un compromiso aceptable, la única salida posible. Seguirían siendo amantes en secreto, indefinidamente, sin que Mario Arturo se enterara. Se verían cuando pudieran, en departamentos prestados, en hoteles discretos. Viajarían juntos cuando fuera posible.
fingiendo ser socios de negocios. Pero nunca se casarían, nunca vivirían juntos, nunca formarían la familia que los dos querían. Otra vez nadie la ponía en primer lugar, ni siquiera el supuesto gran hombre que decía amarla. Quizá tú también conoces esa sensación cuando alguien que amas te pide que te conformes con menos.
que aceptes las migajas, que renuncies a lo que mereces, porque hay alguien más importante. escuchó la propuesta, miró a Mario Moreno, el hombre que amaba, el hombre más famoso de México, el comediante que hacía reír a millones y vio a un cobarde, un hombre incapaz de enfrentarse a su propio hij, que prefería esconderse antes que luchar por ella, que le estaba pidiendo que aceptara ser la sombra en lugar del sol.
Irán tomó una decisión. No lo aceptó. Y ahora sí, la tercera revelación es quizás la más sorprendente de todas. Iraneori le cruzó la cara a Mario Moreno, a Cantinflas, al comediante más querido de México, al ídolo de generaciones, al hombre cuyo rostro aparecía en murales, en billetes, en la memoria colectiva de todo un país.
Le propinó una bofetada. El sonido debió resonar en todo el departamento. “Vete de mi casa y nunca en la vida me vuelvas a buscar.” Eso le dijo textualmente. Las mismas palabras que ella misma repetiría en entrevistas cuando le preguntaban qué había pasado. No estaba dispuesta a ser la amante eterna de nadie.
No iba a vivir escondida como una criminal. No iba a sacrificar su dignidad por un hombre que no tenía el valor de enfrentar a su propio hijo de 13 años. Cantinflas se marchó con la mejilla encendida y el corazón roto sin mirar atrás. Esa noche, después de que la puerta se cerró, Irán se sentó ante su escritorio y comenzó a escribir una carta que conservó hasta el día de su muerte.
Una carta que nunca envió. ¿Qué decía esa carta? Quienes la vieron después de su fallecimiento afirman que era devastadora, una mezcla de amor y dignidad, de dolor y orgullo. Le decía que lo amaba, que probablemente lo amaría siempre, que había sido el hombre más importante de su vida. Pero también le decía que ella valía más que un escondite, que merecía ser presentada con orgullo y no ocultada como un secreto vergonzoso, y que si él no podía darle eso, entonces no podía darle nada.
La carta terminaba con una frase que Irán nunca repitió en público, pero que quienes la leyeron jamás olvidaron. Prefiero el dolor de perderte que la humillación de tenerte a medias. Esa carta estuvo un enu en un cajón de su escritorio durante 29 años hasta el día de su muerte. Transcurrieron 20 años, dos décadas sin tocarse, sin buscarse, con carreras paralelas en la misma ciudad.
Él haciendo películas que atraían cada vez menos público. Ella protagonizando telenovelas que atraían cada vez más, coincidiendo en eventos de la industria, saludándose con una cortesía fría, fingiendo que nada había ocurrido. Pero todos lo sabían. En los corrillos de Televisa la historia se narraba en voz baja.
La actriz que abofeteó a Cantinflas, la mujer que se negó a ser su amante, la única que le dijo que no. Y en algún momento, que nadie sabe precisar, se perdonaron. Quizá fue una llamada telefónica, quizá un encuentro casual en algún evento, quizá una carta que sí llegó a su destino. Lo cierto es que retomaron el contacto. Una amistad cariñosa que respetaba los límites que ellos mismos habían trazado.
hasta que en abril de 1993, Cantinflas murió de cáncer de pulmón. Tenía 81 años. Hacía tiempo que había dejado de rodar películas, pero seguía siendo el ídolo de México. El país entero lloró su muerte. Y en el funeral, entre los miles que acudieron a despedirlo, estaba Irane Oriori. Los periodistas la encontraron, le pusieron micrófonos en la cara y le preguntaron qué sentía.
Ella dijo algo que reveló cuánto había seguido, amándolo durante todo ese tiempo. Siempre lo amé. Significó todo en mi vida. me dio momentos que no se pueden olvidar y que permanecen en mi corazón. 25 años después, 20 desde la bofetada y todavía lo amaba. Se habían perdonado en algún punto del camino, sin que nadie supiera exactamente cómo, y habían mantenido un cariño que sobrevivió al dolor.
Y aquí llega la ironía más cruel de toda esta historia. ¿Recuerdas a Ángela Sidi, la madre de Irán? Te pedí que guardaras ese nombre al principio. Ángela tenía dos requisitos absolutos para que un hombre pudiera casarse con su hija. Dos condiciones innegociables que había mantenido desde que Irán era adolescente.
El hombre tenía que ser judío y tenía que ser millonario. Cada vez que aparecía un pretendiente que no cumplía esas condiciones, Ángela hacía las maletas y se llevaba a su hija a otro país. Lo hizo en Argentina, lo hizo en Italia, lo hizo en España. Destruyó romances, separó parejas, controló cada aspecto de la vida sentimental de su hija.
Cantinflas era de origen judío Sefardí, igual que Ángela. y era millonario, uno de los hombres más ricos de México. Era el único hombre en toda la vida de Irán que su madre aprobaba, el único que cumplía sus requisitos. Y fue precisamente ese romance el que no pudo ser, no por la madre, sino por el hijo. La historia se repite de maneras crueles.
Ángela destruyó romances con su control. Mario Arturo destruyó el único que Ángela aprobaba con su chantaje. Irán quedó atrapada entre dos personas que querían gobernar su vida y terminó sin casarse con nadie. Pero lo peor aún no había comenzado. Después de perder a Cantinflas, Irán se refugió en el trabajo.
El trabajo era lo único que su madre no podía arrebatarle. El trabajo era su libertad. Entre 1974 y 1977 protagonizó Mundo de Juguete. La primera telenovela infantil de larga duración en México. Un fenómeno que transformó la televisión latinoamericana para siempre. El reparto era estelar. Ricardo Blume, el actor peruano que se convertiría en leyenda.
Graciela Mauri, como la pequeña Cristina. Irma Lozano, con quien Irán había forjado amistad, en el amor tiene cara de mujer. Enrique Rocha, el villano por excelencia de las telenovelas mexicanas y la legendaria Sara García, la abuelita de México. Irán interpretó a la tía Mercedes Balboa e hizo pareja romántica con Enrique Rocha durante casi 3 años de grabaciones.
Hay una anécdota que cuenta Graciela Mauri y que revela el corazón de Irán. Graciela era una niña durante las grabaciones y su personaje lucía un peinado de rizos muy elaborado que requería horas de preparación. Cada noche, al terminar las grabaciones, Irán le hacía el peinado a Graciela para el día siguiente.
Se sentaban juntas mientras Irán enrollaba cada mechón con paciencia infinita. Cuando el equipo viajó a Acapulco para grabar escenas en locación, surgió un problema. ¿Cómo mantener el peinado de Graciela intacto durante la noche en un hotel? La humedad del mar podía arruinarlo. Irán tuvo la solución.
Dormiría con Graciela en la misma cama para cuidarle los rizos. Y así lo hizo. Noche tras noche, una estrella de cine velando el peinado de una niña. Esa era Irán, generosa hasta el último detalle, cariñosa con quienes la rodeaban, pendiente de los demás antes que de sí misma. La telenovela duró casi dos años y medio. Todo México la seguía.
jóvenes y mayores, familias enteras reunidas frente al televisor cada tarde. Irán siempre la recordó como una de sus producciones favoritas. Después vinieron más éxitos, muchos más, demasiados para enumerarlos todos. Pero cada uno de ellos ocultaba la misma realidad. Una mujer que triunfaba en pantalla mientras su vida personal se desmoronaba en silencio.
Doménica Montero en 1978. La primera versión de lo que después sería Soy tu dueña. Irán la protagonizó a los 40 años y seguía siendo deslumbrante. Los críticos afirmaron que estaba en la cúspide de su belleza y su talento. Principesa entre 1984 y 1986. otra protagonista, otra historia de amor imposible que resonaba extrañamente con su propia vida.
Cuando llega el amor, en 1989, junto a una jovencísima lucero que apenas iniciaba su carrera. Irán ya era una veterana respetada que ayudaba a los nuevos talentos a encontrar su lugar. La pícara soñadora en 1991, donde interpretó a doña Marcelina Rochild. Un dato curioso, ese papel fue ofrecido originalmente a Silvia Pinal, la diva máxima de México.
Silvia lo rechazó sin dar explicaciones. Irán lo tomó y lo bordó de tal manera que repitió el personaje en Carrusel de las Américas. María la del Barrio. En 1995, la telenovela que catapultó a Talía al estrellato internacional. Irán interpretó a Victoria Montenegro, la tía de la célebre villana Soraya Montenegro, encarnada por Itatí Cantoral.
La escena de la lisiada se convertiría en meme décadas después. Pero Irán formaba parte de esa familia televisiva que cautivó al mundo. La telenovela se transmitió en más de 100 países, de Filipinas a Rusia, de Brasil a Europa del Este. Iraneori entraba en hogares de todo el planeta. La usurpadora en 1998, de nuevo con un elenco estelar y de nuevo con millones de espectadores.

Esta telenovela llegó a más de 200 países, fue traducida a decenas de idiomas y generó remakes en media docena de naciones. En 1998 su rostro se veía en 200 países cada noche. En 2002 en su funeral había menos de 20 personas. 4 años del mundo entero al olvido total. Iraneori fue vista por cientos de millones de personas alrededor del globo.
Gente que nunca pisó México, gente que no hablaba español, gente que la conocía solo a través de sus personajes, pero que sentía conocerla de verdad. Y durante todo ese tiempo, una sombra la acompañaba. Una presencia constante que controlaba cada aspecto de su existencia. Su madre nunca la dejó ir. Ángel Asidi vivió con Irán toda la vida.
Desde que nació en Teerán hasta que la madre falleció en 2003, 64 años compartiendo techo. 64 años de dominio absoluto, 64 años de una hija que nunca supo decir que no. Irán nunca tuvo casa propia, nunca se independizó, nunca dispuso de un espacio que fuera exclusivamente suyo. Vivían juntas en un departamento de la colonia Nápoles en la ciudad de México.
Ángela lo decidía todo. ¿Qué se comía, a qué hora se dormía, quién podía visitar y quién no. Irán era una estrella internacional que llenaba teatros y dominaba los ratings, pero en su casa seguía siendo la hija obediente que hacía lo que su madre ordenaba. Las amigas de Irán contaban historias en voz baja.
Cómo Ángela la llamaba al camerino durante las grabaciones para verificar dónde estaba, cómo revisaba su correspondencia, cómo opinaba sobre cada vestido, cada peinado, cada decisión. Era un control disfrazado de amor. Lo hago por tu bien. Yo sé lo que te conviene. Sin mí estarías perdida. Las frases que las madres controladoras repiten desde el principio de los tiempos.
Irán las escuchó durante 64 años y nunca encontró la manera de liberarse. Y mientras Irán envejecía, el control no disminuía, solo cambiaba de forma. En 1981, después del desgarro con Cantinflas, Irán encontró el amor de nuevo. Carlos Monden, actor y comediante mexicano de origen chileno. Se habían conocido trabajando en televisión y teatro.
Había química entre ellos, había cariño, había respeto. Comenzaron una relación que duraría más de 20 años. Carlos se mudó al departamento de la colonia Nápoles. Vivieron juntos como pareja. La acompañó en los buenos tiempos cuando las telenovelas la convertían en estrella continental y la acompañó en los malos cuando la enfermedad empezó a consumirla.
Carlos era distinto a Cantinflas en todo. No era famoso, no era rico, no era el centro de atención de cada habitación. Era un hombre normal que amaba a una mujer extraordinaria y eso era exactamente lo que Irán necesitaba. Después de años de romances imposibles, de rechazos maternos, de dramas dignos de telenovela, encontró a me, a alguien que simplemente la quería, sin condiciones, sin exigencias, sin chantajes.
Carlos estaría a su lado hasta el final. Incluso cuando llegara la enfermedad, incluso cuando los médicos le mostraran ese documento que cambiaría todo. Pero eso viene después. ¿Por qué nunca se casaron? Ángel Sidi se negó. Carlos Monden no era judío y no era millonario. Para Ángela era un hombre inferior. Lo menospreciaba constantemente.
Le hacía la vida imposible. Y Carlos aguantó. Amaba a Irán lo suficiente como para soportar a su suegra. Amaba a Irán lo suficiente como para aceptar que nunca serían marido y mujer. Tal vez tú también sabes lo que es cargar con algo que nunca le has contado a nadie. Ese peso invisible que arrastras desde hace años.
esa decisión que no tomaste, esa libertad que nunca reclamaste, esa persona a quien nunca le dijiste basta. Irán cargó con su madre hasta el final y quizás se preguntó mil veces qué habría pasado si un día hubiera hecho las maletas y se hubiera ido y hubiera elegido a Cantinflas, aunque Mario Arturo amenazara.
Si hubiera elegido a Carlos Monden, aunque Ángela protestara, si por una vez se hubiera elegido a sí misma, pero no lo hizo y el tiempo se acabó. En los últimos años, Ángela se había convertido en lo que algunos llamaban una inválida tirana, una anciana que desde su silla ejercía el mismo dominio de siempre. La historia se repetía de manera cruel.
Así como Mario Arturo había controlado a Cantinflas con amenazas, Ángela controlaba a Irán con culpa y manipulación. Y ahora llegamos a la cuarta y última revelación, la que te prometí al principio. Si has llegado hasta aquí, esto es para ti. Antes de la enfermedad, Irán había intentado reinventarse. Las telenovelas pagaban bien, pero el teatro era su verdadera pasión.
El contacto con el público en vivo, los aplausos que se escuchaban en tiempo real, la adrenalina de cada función. Durante los años 80 y 90 produjo sus propios espectáculos de teatro musical Las Leandras, una zarzuela española que adaptó para el público mexicano por la calle de Alcalá, la violetera, la verbena de la paloma.
Chao Valentino. La vida empieza a los 40 y su proyecto más ambicioso, Viva México y Olé. En 1990, cuando lo estrenó en el teatro Silvia Pinal, el éxito fue rotundo. La crítica Malabel escribió algo que Irán guardó entre sus recortes favoritos. Comparó su actuación con la de la mistinguette del Casino de París.
La reina del music hall francés. la mujer de las piernas más famosas del mundo. Que la compararan con ella era el elogio supremo. Pero 10 años después todo había cambiado. En 1999, Irane Oriori sufrió un edema cerebral que la mantuvo hospitalizada durante semanas. Los médicos le realizaron estudios exhaustivos, resonancias, tomografías, análisis de sangre.
y descubrieron algo devastador. Tenía la enfermedad de Vinwanger. ¿Qué es la enfermedad de Vinwanger? Es una forma rara de demencia vascular que afecta progresivamente el sistema nervioso. Ataca los pequeños vasos sanguíneos del cerebro, destruyendo poco a poco la materia blanca que conecta las diferentes regiones cerebrales.
Provoca deterioro cognitivo, problemas de memoria, dificultades para caminar, pérdida gradual del control del cuerpo. Los pacientes comienzan olvidando cosas pequeñas, después olvidan cosas importantes. Finalmente, el cuerpo deja de responder. No tiene cura. Solo puede frenarse su avance con medicamentos y terapia y eventualmente siempre gana, siempre consume a quien la padece.
El diagnóstico fue un golpe devastador. Irán tenía 60 años, todavía soñaba con actuar. Todavía se sentía joven por dentro y le estaban diciendo que su cerebro estaba muriendo lentamente. Una amiga cercana contó después que Irán le dijo, “Mi cuerpo me está traicionando, pero mientras pueda hablar, mientras pueda moverme, voy a seguir trabajando.
” Primero, Irán perdió movilidad en las piernas. empezó a necesitar ayuda para caminar. Un bastón primero, después el brazo de Carlos o de su madre. Los pasos que antes daba sin pensar, ahora exigían concentración. Luego el lado derecho de su cuerpo se fue debilitando. La mano que había firmado autógrafos para miles de admiradores, el brazo que había abrazado a coestrellas en escenas de telenovela, dejaron de responder.
También le detectaron un tumor cerebral, gliomatosis cerebri, un tipo de cáncer cerebral especialmente agresivo que se infiltra en el tejido sano. eventualmente sería la causa directa de su muerte. Pero eso no fue lo peor. Lo peor fue lo que hizo la industria. A pesar de su enfermedad, Irán seguía soñando con volver a actuar.
El escenario era su vida, las cámaras eran su hogar. Quería seguir trabajando mientras pudiera, pero los productores ya no pensaban en ella. El teléfono dejó de sonar, los guiones dejaron de llegar, las invitaciones a castings desaparecieron. La industria que la había aclamado durante tres décadas fingía que Iraneori no existía.
En el año 2000 intentó montar una nueva versión de su espectáculo teatral Viva México y Olé, un show musical que había cosechado éxito años antes, pero esta vez fue distinto. El público ya no llenaba los teatros, los tiempos habían cambiado. Las nuevas generaciones no conocían a Irane Oriori y las que sí la recordaban preferían verla en televisión antes que pagar una entrada de teatro.
Irán tenía que pagar el salario de más de 40 bailarines y actores cada semana. El dinero se agotaba, las funciones se cancelaban por falta de público, las deudas se acumulaban. El fracaso fue estrepitoso. Tuvo que cerrar el espectáculo antes de tiempo, despedir a gente que dependía de ella, enfrentar a acreedores que reclamaban lo que les debía.
Este golpe la asumió en una depresión profunda. No era solo el dinero, era la confirmación de que el público la había olvidado, de que los tiempos habían cambiado, de que ella no importaba. El estrés aceleró el deterioro de su salud. Los médicos le advirtieron que tenía que descansar, que su cuerpo no resistía más, que si seguía así la enfermedad avanzaría con mayor rapidez.
Las ofertas de trabajo desaparecieron por completo. Los teléfonos de los productores que antes la llamaban para cada proyecto ya no sonaban. Los directores que la habían dirigido durante décadas ya no la consideraban para ningún papel. A partir de entonces, Irá Neori dejó de existir para Televisa, para la industria, para el mundo del espectáculo que había sido su hogar durante 40 años.
La industria tampoco la puso en primer lugar, la utilizó cuando le servía, la descartó cuando dejó de servirle. ¿Sabes qué hizo en sus últimos años? sin trabajo, con una enfermedad que la consumía lentamente, con una madre anciana que seguía controlándola, con un cuerpo que cada día le respondía menos. Comenzó a dar clases gratuitas de actuación en escuelas de zonas marginadas.
Iba a colonias pobres de la Ciudad de México, lugares donde las calles no estaban pavimentadas, donde los niños jugaban entre escombros, donde los sueños parecían un lujo imposible. Se sentaba con niños que nunca habían visto el interior de un teatro, que nunca habían conocido a una actriz de televisión, que no sabían que aquella señora con bastón había sido vista por cientos de millones de personas.
Les enseñaba a proyectar la voz, a moverse en escena, a perder el miedo al público, a creer que podían ser algo más de lo que el mundo les decía que podían ser. No cobraba nada ni un peso. Era su manera de dar cuando ya nadie le daba nada a ella. Su manera de sentirse útil cuando el mundo le había dicho que ya no servía.
Algunos de esos niños todavía la recuerdan. Hablan de la señora elegante que llegaba en taxi a su escuela, que les hablaba de escenarios y aplausos, que los hacía sentir importantes. Su última aparición en televisión fue en 2001, en una telenovela infantil llamada Aventuras en el tiempo junto a Belinda. Irán interpretó la versión anciana del personaje de Belinda.
unas pocas escenas, un papel pequeño. Pocos sabían que sería su despedida de las pantallas. Su última presentación pública fue en un programa de Marta Susana, transmitido por Univisión en Estados Unidos. Dos semanas después de esa aparición, el destino le cobró la última factura. Lo que viene es difícil de contar, pero es necesario.
Quizá tú también has sentido eso alguna vez. Cuando por fin estás listo para descansar, cuando has dado todo lo que tenías y la vida te dice que ya no hay lugar para ti. Viernes 8 de marzo de 2002. Irán se desmayó en su departamento de la colonia Nápoles. Carlos Monden la encontró en el piso. Llamó a la ambulancia.
La trasladaron de urgencia al hospital inglés de la Ciudad de México. Llegó consciente, pudo hablar con los médicos, pudo despedirse de Carlos. Los análisis revelaron lo peor. Había sufrido una hemorragia cerebral masiva. El tumor y la enfermedad de Vinwanger habían destruido demasiado. No había nada que hacer. Poco después cayó en coma.
Carlos se quedó a su lado día y noche, sosteniéndole la mano, aunque los médicos le dijeran que probablemente no podía sentirlo, hablándole, aunque probablemente no podía escucharlo, contándole recuerdos de sus 20 años juntos, los viajes, las risas, las noches de estreno, los domingos tranquilos. Ángela también estaba ahí.
La madre que había controlado cada segundo de su vida durante 64 años era ahora una anciana frágil sentada en una silla de hospital viendo morir a su única hija. Todo el control del mundo no había servido para evitar esto. Domingo 10 de marzo de 2002, 7:35 de la mañana. Los monitores del hospital comenzaron a sonar distinto.
El ritmo del corazón se hizo irregular. Los médicos entraron corriendo. No había nada que hacer. Iraneori falleció a los 62 años de edad. Carlos Monden, el hombre que la amó más de 20 años sin poder convertirse en su esposo, fue quien dio la noticia a la prensa. Salió del hospital con los ojos enrojecidos. Los periodistas lo rodearon y él con la voz quebrada dijo, “Fue una persona muy querida por el público y por sus compañeros de trabajo.
Dejó un importante legado después de muchos años de actuación. El funeral se realizó ese mismo día en el panteón español. Asistieron Silvia Pinal, Julieta Egurrola y algunos compañeros del medio, muy pocos. Piensa en eso. Una mujer que había sido vista por cientos de millones de personas, que había trabajado en más de 60 producciones entre cine, televisión y teatro, que había conquistado tres continentes y en su funeral había un puñado de gente.
La industria que la había hecho estrella no se molestó en despedirla. Los productores que la contrataron durante décadas no aparecieron. Los directores que la dirigieron enviaron coronas de flores, pero no sus cuerpos. Las actrices jóvenes que habían crecido viéndola ni siquiera se enteraron de que había muerto.
Iraneori se fue del mundo casi en silencio. Su cuerpo fue cremado. Sus cenizas fueron depositadas en una urna pequeña y esa urna fue sepultada junto a las de su padre Frederick en el Panteón de las Lomas en Naucalpán de Juárez. El diplomático que renunció a todo por salvarla. Reunidos finalmente en la muerte.
Y aquí viene el dato que cierra el círculo de esta historia. Ángel Sidi, la madre que controló cada segundo de su vida, murió apenas un año después, en mayo de 2003. 64 años controlando a su hija y solo un año sobreviviéndola. Y Carlos Monden, el amor que nunca pudo ser su esposo, murió el 22 de abril de 2011, 9 años después que Irán nunca volvió a casarse.
Iráori fue una mujer extraordinaria. Nació en Teerán, creció escapando del nazismo. Fue coronada por un príncipe. Conquistó España, México, Argentina y Venezuela. Hablaba siete idiomas, tocaba tres instrumentos, cantaba, bailaba, actuaba. Más de 30 películas entre España, México, Argentina e Italia. Más de 30 telenovelas, decenas de obras de teatro musical, discos de música romántica que hoy son objetos de colección.
Vista por cientos de millones de personas en más de 200 países. Una carrera que muchas actrices solo pueden soñar. Un talento que cruzó fronteras y generaciones. Una belleza que cautivó a príncipes y a comediantes. Y nunca se casó, nunca tuvo hijos, nunca se independizó de su madre. Murió olvidada por la industria que la aclamó.
Nadie la puso primero, pero ella sí se puso primero una vez, una sola vez, cuando le cruzó la cara a Cantinflas y le dijo que se fuera de su casa, cuando eligió su dignidad por encima del amor, cuando decidió que prefería estar sola antes que ser la sombra de alguien. Esa fue la única vez y le costó todo. Hay una frase que ella pronunció en una entrevista sobre su ruptura con Cantinflas, una frase que resume toda su vida en cinco palabras.
Su hijo fue una persona muy cruel. Cinco palabras, pero dentro de ellas está toda la historia. El amor que pudo ser. Y no fue la familia que nunca tuvo, los hijos que nunca nacieron, la libertad que nunca conoció, el final solitario que nadie mereció. Irán también dijo algo sobre sus telenovelas favoritas que revela quién era en el fondo.
El amor tiene cara de mujer. Yo la considero la mejor telenovela porque fue muy significativa en mi carrera. Se formó una familia, un lindo grupo de amigas actrices que hoy en día conservamos la amistad. Eso era lo que más valoraba, la familia. las amigas, los vínculos, precisamente lo que su madre le impidió construir con un hombre.
La actriz Irán Castillo lleva su nombre en honor a ella. Los padres de Irán Castillo eran admiradores de Iraneori y quisieron que su hija llevara el nombre de la mujer que los había cautivado en pantalla. Es lo único que queda, un nombre que otra persona lleva, el eco de una leyenda en labios de una desconocida.
Hay algo profundamente triste en eso. Una vida entera reducida a un nombre prestado. 62 años de existencia, de luchas, de amores, de triunfos y derrotas, resumidos en que alguien más lleva tu nombre porque tus admiradores querían la actuación que hacías en televisión. Pero quizá eso es más de lo que muchos tienen.
Quizá ser recordada, aunque sea así, es una forma de inmortalidad. Irane Ori mereció amor, mereció libertad, mereció que alguien la pusiera primero. Mereció casarse si quería casarse, tener hijos si quería tenerlos, vivir sola si quería vivir sola, elegir. No lo tuvo. Nadie se lo dio. Primero fue su madre que la controló durante 64 años con la excusa de protegerla.
Después Mario Arturo, que destruyó su única oportunidad de ser feliz con Cantinflas, usando chantaje emocional. Finalmente fue la industria que la aprovechó mientras servía para vender publicidad y la desechó cuando enfermó. Tres fuerzas distintas, el mismo resultado. Una mujer extraordinaria que nunca pudo ser dueña de su propia vida.
Pero quizás las próximas Iranes lo tendrán si recordamos, si no olvidamos, si contamos su historia para que no se repita, para que las hijas aprendan a decirle no a las madres cuando es necesario, para que los padres Yeah.