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GARRINCHA: Lo Que Nunca Contó A Nadie

La verdad salió a la luz. Hay hombres que nacen para ser dioses y hay hombres que nacen para recordarnos que los dioses también sangran. Manuel Francisco, dos Santos. Garrincha para el mundo. Dos piernas torcidas, una columna desviada, 6 cm de diferencia entre una rodilla y la otra. Cualquier médico le hubiera dicho que no podía caminar bien.

Él ganó dos copas del mundo sin que nadie pudiera quitarle el balón. Pero esta no es la historia de sus glorias, es la historia de lo que pasó cuando el hombre más feliz de Brasil descubrió que la felicidad también mata. 49 años. Cirrosis hepática terminal. Solo en un hospital público de Río de Janeiro, el mismo hombre que había puesto a un país entero a bailar muriendo sin que casi nadie lo supiera.

Y la pregunta que nadie quiere hacer es esta: ¿cómo país destruye exactamente lo que más ama? En los próximos 70 minutos, el día exacto donde Garrincha dejó de ser humano para Brasil, el momento donde su vida dejó de pertenecerle y cómo eso lo mató 20 años antes de morir. Tercera, la mujer que lo amó y lo destruyó al mismo tiempo.

Suárez, la historia de amor más tóxica  del fútbol brasileño, lo que nunca se dijo sobre ellos dos. Y la cuarta, ¿por qué seguía jugando cuando ya no podía caminar? ¿Por qué seguía bebiendo cuando ya no podía parar? El secreto que explica por qué murió solo. Te voy a avisar cuando llegue cada una.

Si te vas antes del final, te pierdes lo más importante. La respuesta a por qué Brasil llora por garrincha, pero nunca lo salvó  cuando estaba vivo. 1933, Pau Grande no era una favela, era peor. Una fábrica textil rodeada de casas de madera. 1000 personas viviendo para que una empresa funcionara. La fábrica era dueña de las casas, dueña de la tienda, dueña de la escuela, dueña de todo.

Si no trabajabas en la fábrica, no existías. Allí nació Garrincha, el séptimo de 14 hijos. Su madre, María Carolina, su padre Amaro, ambos trabajando en la fábrica. 12 horas, 6 días a la semana, sin sindicatos, sin  derechos, sin nada. La casa tenía dos cuartos. 14 hermanos, hacé la cuenta. Pero hay algo que los documentales no te cuentan.

Algo que apareció años después en los archivos médicos. Cuando Garrincha nació, las enfermeras vieron las piernas torcidas y llamaron al médico. El médico revisó al bebé. La columna desviada, la pierna izquierda 6 cm más corta que la derecha, la rodilla derecha mirando para afuera. Este niño va a necesitar cirugía, dijo. Varias cirugías. Amaro y María ganaban 30 cruceiros al mes entre los dos.

Una cirugía costaba 200. No tenemos, dijo Amaro. El médico escribió en el informe, deformidad congénita, no tratada por falta de recursos. Guardá esa frase, la vas a necesitar después. Esta es la primera revelación que te prometí al principio, la verdad sobre las piernas de Garrincha.  Durante décadas, Brasil vendió la historia del milagro de Garrincha.

Las piernas torcidas que lo hacían imposible de marcar, la deformidad que se convirtió en ventaja. Dios le torció las piernas para que nadie pudiera seguirlo, decían los periodistas. Mentira. Las piernas de garrincha eran producto de poliomielitis no tratada y desnutrición severa durante los primeros  años de vida.

Una enfermedad que se podía prevenir, una deformidad que se podía corregir, pero su familia no tenía dinero y la fábrica no pagaba seguro médico. Garrincha no nació especial. Brasil lo hizo especial porque no tuvo otra opción que aprender a caminar así y cuando se convirtió en leyenda,  nadie quiso hablar de eso porque admitir que sus piernas eran producto de la pobreza era admitir que Brasil había fallado.

Era más fácil decir que Dios lo había tocado. Garrincha empezó a jugar fútbol a los 7 años. No en una escuela, no en un club. En el descampado detrás de la fábrica. Pelota de trapo, arcos marcados con piedras, 20 niños descalzos pateando hasta que se hacía de noche. Los otros niños se burlaban de él. Pata torta, el cojo, el deforme.

Garrincha  no decía nada. Agarraba la pelota y los dejaba en el piso,  uno por uno, con esas piernas que supuestamente no servían. A los 12 años, Garrincha ya no jugaba con niños, jugaba con los hombres de la fábrica. Tipos de 30, 40 años, curtidos, violentos, le pegaban, le hacían faltas duras. Le gritaban.

Garrincha sonreía, les hacía un caño  y seguía. “Ese niño no siente dolor”, decía uno de los sotabajadores. O no le  importa. Las dos cosas eran verdad. Hay una historia que Garrincha contó  solo una vez. En 1979, 3 años antes de morir, una entrevista para una revista que casi nadie leyó. Le preguntaron, “¿Cuándo supiste que eras bueno?” “Nunca  supe que era bueno”, dijo. Yo solo jugaba.

Los otros decían que era bueno. “¿Nunca te diste cuenta?” Me di cuenta cuando dejé de ser mané y me convertí en garrincha. Ese día entendí que ya no era yo. ¿Y cuándo fue  eso? 1953, el día que firmé con botafogo. Silencio. ¿Te arrepentiste? Todos los días desde entonces. Guardá esa respuesta.

La vas a entender después. 1953.  Garrincha tenía 19 años. Trabajaba en la fábrica. De noche jugaba en el equipo del pueblo. Un día llegó un ojeador de Botafogo, uno  de los grandes de río. Venía buscando a otro jugador. Vio a Garrincha. “Quiero que vengas a probar”, le dijo. Garrincha no  quería. Estaba bien en Pau Grande.

Tenía su trabajo, su familia, sus amigos, su novia,  Nair. Su padre lo convenció. “Andá, probá. Si no funciona, volvés. Garrincha fue a Río de Janeiro, primera vez que salía de Pau Grande. La prueba fue un desastre. Los entrenadores de Botafogo lo vieron llegar. Las piernas torcidas, la forma extraña de caminar.

“Esto es una broma, dijo uno. Le dieron una pelota. Hace algo.” Garrincha agarró la pelota, dejó a tres jugadores en el piso en 10 segundos. Pateó al ángulo. ¡Gol! Silencio. El entrenador principal se acercó. ¿Cómo te llamas? Manuel. No,  tu apodo. Garrincha, quédate. Mañana firmas contrato. Pero hay algo que nadie cuenta de ese día.

Cuando Garrincha volvió a Pao  Grande a buscar sus cosas, fue a ver a Nair, su novia de la adolescencia, la única  mujer que lo conocía antes de ser garrincha. Me voy al río”, le dijo. “Volvés.” No sé.  Nair no dijo nada, lo miró y lloró. “¿Por qué lloras?”, preguntó Garrincha. “Porque ya no sos el mismo. No cambié nada.

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