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El Secreto Bajo la Máscara en el Carnaval de Cádiz

El sonido del bombo y la caja retumbaba en las estrechas calles del barrio de La Viña, pero para Mateo, era como el latido de un corazón moribundo. Era febrero en Cádiz, y la ciudad entera se había entregado a la locura, al desenfreno y a la sátira del Carnaval. El aire olía a salitre, a pescaíto frito y a sudor mezclado con alcohol y perfume barato. A su alrededor, un mar de disfraces, colores brillantes y papelillos flotando en el viento del levante creaban una ilusión de felicidad absoluta. Sin embargo, bajo su elaborada máscara de arlequín veneciano, Mateo se estaba ahogando.

No debería estar allí. Debería estar en la sala de espera del Hospital Puerta del Mar, oliendo a antiséptico y desesperación, escuchando el pitido rítmico e infernal de las máquinas que mantenían vivo a su hermano mayor, Carlos.

El recuerdo lo asaltó con la violencia de un latigazo. El chirrido de los neumáticos sobre el asfalto mojado. El impacto ensordecedor. El cristal del parabrisas estallando en mil pedazos brillantes como diamantes malditos antes de incrustarse en la carne. Y la sangre. Tanta sangre empapando la camisa blanca de Carlos. Mateo había estado al volante. Mateo había bebido. Mateo había insistido en conducir. Ahora, Carlos yacía en una cama de hospital, sumido en un coma del que los médicos dudaban que fuera a despertar, y Mateo caminaba por las calles de Cádiz como un fantasma, buscando cualquier cosa que pudiera silenciar los gritos de su propia conciencia.

Se abrió paso a empujones a través de una multitud que aplaudía a una chirigota callejera. Las carcajadas de la gente le resultaban ofensivas, como cuchillos clavándose en su culpa. Entró en un callejón oscuro, buscando aire. Se apoyó contra la fría piedra de un muro centenario y cerró los ojos detrás de su máscara de porcelana blanca y negra, adornada con campanillas de plata que tintineaban con cada uno de sus temblores. Quería arrancarse la piel. Quería retroceder en el tiempo, a solo setenta y dos horas atrás, antes de que el mundo se desmoronara por su imprudencia.

Fue entonces cuando la vio.

Al principio, pensó que era una alucinación provocada por la falta de sueño y los restos de alcohol en su sangre. Una figura femenina se deslizó desde las sombras del callejón opuesto. Llevaba un vestido largo y fluido de terciopelo carmesí, ceñido a la cintura por un corsé negro finamente bordado con hilos de oro. Su rostro estaba completamente oculto tras una máscara de ónix, lisa y brillante, que solo dejaba al descubierto un par de ojos oscuros, profundos y cargados de un dolor que Mateo reconoció de inmediato. Era el reflejo de su propia alma atormentada.

Ella no dijo una palabra. Simplemente se acercó a él, flotando sobre los adoquines húmedos, y extendió una mano enguantada en encaje negro. Mateo, hipnotizado, incapaz de resistir la fuerza magnética que emanaba de aquella desconocida, tomó su mano. El contacto fue eléctrico, una chispa que encendió un fuego en sus venas, un fuego que quemaba la culpa y dejaba solo un deseo crudo y animal de olvidar.

Sin mediar palabra, ella tiró de él. Volvieron a adentrarse en la marea humana, pero esta vez, Mateo ya no se sentía aplastado por ella. La mujer de rojo era su ancla y, al mismo tiempo, su vela. Se movían juntos al ritmo de los coros que cantaban en las esquinas, sus cuerpos rozándose, hablándose en un lenguaje mudo de desesperación y necesidad.

Bailaron. Bailaron como si el mundo fuera a acabarse al amanecer. En la Plaza de San Antonio, bajo las luces festivas, ella rodeó su cuello con los brazos y Mateo la tomó por la cintura, atrayéndola hacia sí con una fuerza casi posesiva. Podía sentir el calor de su cuerpo a través del terciopelo, la aceleración de su respiración contra su pecho. En cada giro, en cada mirada robada a través de las rendijas de sus máscaras, Mateo sentía que estaba cayendo al vacío, y no quería detenerse.

—¿De qué huyes? —le susurró ella al oído de repente. Su voz era ronca, aterciopelada, teñida de un acento andaluz que sonaba como una melodía triste.

Mateo se tensó. El eco del hospital volvió a amenazar su frágil evasión.

—De un fantasma —respondió él, su voz distorsionada por la máscara de arlequín—. Y tú, ¿de qué te escondes?

—De la vida que me espera cuando salga el sol —replicó ella, aferrándose más a él—. Haz que me olvide. Por esta noche, haz que no sea nadie.

Esa súplica fue la sentencia de Mateo. La besó. Fue un beso torpe al principio, obstaculizado por el plástico y la porcelana de sus disfraces, pero rápidamente se transformó en algo fiero, hambriento. Se buscaron los labios bajo el borde de las máscaras, saboreando las lágrimas que ninguno de los dos quería admitir que estaba derramando. Era un beso que sabía a sal, a desesperación y a una pasión tan repentina y destructiva que amenazaba con consumirlos a ambos.

Durante horas, fueron dos sombras entrelazadas vagando por la ciudad trimilenaria. Compartieron una botella de vino que le compraron a un vendedor ambulante, bebiendo a morro en los escalones de la Catedral, cuyas cúpulas doradas se alzaban mudas bajo un cielo sin estrellas. Hablaron de todo y de nada. Se confesaron miedos abstractos, sueños rotos, la asfixiante sensación de estar atrapados en vidas que no querían vivir, pero nunca mencionaron un nombre, ni un detalle específico. Eran dos almas anónimas en el purgatorio del Carnaval, encontrando consuelo en el cuerpo y la voz del otro.

Mateo sentía que la conocía de toda la vida. La forma en que ella ladeaba la cabeza al escuchar, el pequeño temblor en sus dedos cuando rozaba la piel de él, el olor a jazmín y a tristeza que desprendía. Se enamoró. Fue un enamoramiento violento, ilógico y absoluto. En medio del caos, de la culpa que lo carcomía por haber destrozado a su hermano, esta mujer de rojo era su absolución. Planeó huir con ella. Pensó en dejar Cádiz, en dejar a su familia, en dejar atrás el cuerpo inerte de Carlos y empezar de cero en algún lugar donde nadie supiera lo monstruo que era.

La noche comenzó a ceder ante la madrugada. El bullicio se atenuó. Las calles se llenaron de rezagados exhaustos y barrenderos que empezaban a limpiar los restos de la fiesta. Guiados por un instinto ineludible, sus pasos los llevaron hasta la Playa de La Caleta.

El Balneario de Nuestra Señora de la Palma y del Real se erguía en la oscuridad como un palacio blanco espectral. La marea estaba baja, dejando al descubierto la arena húmeda y las barquillas encalladas que descansaban como esqueletos de madera. El sonido del mar rompiendo suavemente contra las rocas reemplazó el eco de los tambores. Hacía frío, un viento húmedo que calaba hasta los huesos, pero Mateo y la mujer de rojo no lo sentían. Estaban abrazados bajo la sombra del castillo de San Sebastián.

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