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El Sangriento Pasodoble en Sevilla

Capítulo 1: La Sangre en el Papel

El rugido de la multitud en la Plaza de Toros de la Real Maestranza de Caballería de Sevilla sonaba como el latido ensordecedor de un monstruo sediento de sangre y tragedia. Afuera, bajo el cielo crepuscular de Andalucía, treinta mil almas exigían arte, pasión y muerte. Adentro, en la penumbra asfixiante y sagrada de la capilla y el vestuario, Alejandro Vargas, el “Matador de las Sombras”, sostenía un trozo de papel arrugado con las manos manchadas de un sudor frío. No era el miedo cerval al astado de media tonelada que lo esperaba resoplando en los corrales lo que le paralizaba el corazón; era la tinta negra en aquel documento policial amarillento.

El papel crujía entre sus dedos heridos por años de manejar el capote. Era un informe confidencial de la Guardia Civil, fechado tres años atrás. Un documento que había costado una fortuna y meses de investigación clandestina obtener. Alejandro leyó las líneas una vez más, sintiendo que el aire de la pequeña habitación, saturado del olor a cera de velas, cuero viejo y miedo, se volvía irrespirable.

«Informante confidencial C.R. confirma la ubicación del contrabando y el paradero de Diego Vargas. La redada se efectuará en la madrugada del 14 de mayo…»

C.R. Carmen Romero.

La mujer que amaba con una locura destructiva y ciega. La diosa del pasodoble y el flamenco que había embrujado a toda España con sus movimientos felinos y su mirada de obsidiana. Su prometida. La misma mujer que, en aquel instante, se estaba maquillando los labios de un rojo furioso en el camerino contiguo, preparándose para el espectáculo más grande de sus vidas: una fusión sin precedentes de tauromaquia y danza en el centro del albero, bajo la luna de Sevilla.

Ella era la informante. Ella había entregado a su padre, Don Diego, a las autoridades. Una traición que culminó en un tiroteo absurdo en los muelles del Guadalquivir y en la muerte de su padre, acribillado por la espalda antes de poder siquiera alzar las manos.

Alejandro sintió que un abismo se abría a sus pies. El traje de luces, bordado en oro y seda negra, de repente pesaba como una armadura de plomo. La visión se le nubló, teñida de un rojo denso y pulsante. Recordó las lágrimas de Carmen en el funeral de su padre, sus abrazos consoladores en las noches de insomnio, sus promesas de amor eterno susurradas sobre las sábanas de lino de su cama. Todo era una mentira colosal, una obra de teatro macabra orquestada por la mujer que ahora dormía en su pecho.

La puerta de madera de roble crujió al abrirse.

—Mi amor, ¿estás listo? —La voz de Carmen era una melodía ronca y seductora, una vibración que solía encenderle la sangre y que ahora le provocaba un escalofrío mortal.

Alejandro giró lentamente. Allí estaba ella. Llevaba un vestido de cola espectacular, negro como el luto, con volantes que imitaban los capotes de brega, adornados con claveles rojos que parecían heridas abiertas. Su cabello oscuro estaba recogido en un moño tirante, coronado por una peineta de carey. Sus ojos negros, delineados con precisión, lo miraban con una mezcla de adoración y excitación por el inminente espectáculo. Era la encarnación misma de la belleza y la traición.

Alejandro deslizó el papel en el bolsillo interior de su chaquetilla, cerca de su corazón destrozado. Su rostro, curtido por el sol y el peligro, se convirtió en una máscara de hielo impenetrable.

—Estoy listo, gitana —respondió, y el timbre de su voz sonó extraño, hueco, como el eco en una tumba—. Más listo que nunca.

Carmen se acercó, ajena a la tormenta apocalíptica que se desataba en el alma del torero. Le acarició la mejilla con dedos largos y fríos. Él tuvo que reprimir el impulso animal de agarrarla por el cuello, de exigirle a gritos una explicación, de ahogarla allí mismo entre los trajes de luces y las estampitas de la Virgen de la Macarena. Pero el orgullo del torero, el rito ancestral del sacrificio, lo contuvo. No la mataría en la sombra. No. El público quería un espectáculo. El público quería sangre, pasión y el pasodoble más dramático jamás visto. Lo tendrían. Vaya si lo tendrían.

—Esta noche será inolvidable, Alejandro —susurró ella, besándole la comisura de los labios. El sabor a su lápiz labial le supo a veneno—. Bailaremos sobre la arena. Seremos uno solo frente al mundo.

—Sí —murmuró él, clavando sus ojos en los de ella, buscando algún rastro de culpa, algún temblor en su alma oscura. Pero solo vio la brillante ambición de la artista—. Bailaremos, Carmen. Hasta que la música se detenga. Hasta que no quede nada más que la verdad.

Ella frunció levemente el ceño, detectando una sombra en sus palabras, pero el sonido ensordecedor de los clarines anunciando el despeje de la plaza rompió el momento. Era la hora.

Alejandro tomó su montera, se la ajustó con lentitud ceremonial y tomó su capote de paseo. Al pasar junto a ella, su hombro rozó el de la bailarina, y por primera vez en tres años, ella sintió frío.

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