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Eran las dos de la tarde de un domingo de agosto en Madrid.

PARTE 1

Eran las dos de la tarde de un domingo de agosto en Madrid.

El calor no se podía aguantar ni con el aire acondicionado puesto a tope.

Marta estaba en la cocina, sudando la gota gorda mientras terminaba de preparar el sofrito.

Javi, su marido, estaba peleándose con una bolsa de hielo que se negaba a romperse.

— ¿Crees que tardarán mucho? —preguntó Javi, dándole un golpe seco a la bolsa contra el mármol.

— Tu padre es un reloj, Javi, lo sabes de sobra —respondió Marta sin quitarle el ojo a los pimientos.

— Ya, pero hoy estaba especialmente raro por teléfono.

— ¿Raro cómo?

— No sé, como si tuviera un secreto, como si estuviera tramando algo gordo.

Marta se encogió de hombros y probó el caldo.

— Mientras no traiga otro perro a casa sin preguntar, me da igual.

En ese momento, el timbre de la puerta resonó por todo el pasillo.

Era un sonido estridente, de esos que te ponen los pelos de punta si no te los esperas.

— Ahí están —dijo Javi, dejando el hielo a medio romper.

Marta se secó las manos en el delantal y se recolocó el pelo.

— Pon las cervezas en la mesa, que vienen con sed seguro.

Javi caminó hacia la puerta mientras Marta lo seguía con la mirada desde el umbral de la cocina.

Se escuchó el giro de la llave, el roce de la madera contra el suelo y, de repente, un silencio sepulcral.

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