PARTE 1
Era un domingo de esos en los que el sol de Madrid parece ensañarse con el asfalto de la calle.
En el interior del tercero izquierda, el aire acondicionado luchaba una batalla perdida contra el vapor de un cocido que Paco se empeñaba en servir incluso en pleno agosto.
El comedor olía a una mezcla de garbanzos, detergente barato y esa fragancia antigua que solo emiten los muebles de roble macizo.
Paco presidía la mesa con la solemnidad de un monarca caído en desgracia.
Llevaba puesta una camisa de manga corta, de esas con un bolsillo en el pecho donde siempre guardaba un palillo y un bolígrafo que ya no escribía.
Sus ojos, pequeños y astutos, vigilaban cada movimiento de los comensales.
A su derecha, su hijo Marcos intentaba desesperadamente que su servilleta se quedara quieta sobre sus rodillas.
A su izquierda, Concha, la mujer de Paco, servía el caldo con un pulso que era un milagro de la física.
Y frente a Paco, estaba Elena.
Elena era la nuera, la mujer que había tenido la osadía de entrar en esa familia con ideas sobre la crianza moderna y el teletrabajo.
Ella sostenía el cubierto con una elegancia que Paco siempre había interpretado como una declaración de guerra.
El silencio en la habitación solo lo rompía el tintineo del cucharón contra la sopera de porcelana.
Era un sonido metálico, rítmico, casi una cuenta atrás para el desastre.
Paco observaba el centro de la mesa como si fuera un campo de minas.
Había un jarrón con flores de plástico que habían acumulado polvo desde el mundial de Sudáfrica.
Había un salero de cristal con el tapón un poco oxidado.
Y luego, estaban los dispositivos.
El iPhone de Elena descansaba boca arriba, justo al lado de su copa de vino.
Para Paco, ese objeto no era un teléfono.
Era un monolito negro, una presencia alienígena que sorbía el alma de la juventud.
Era la caja de Pandora que contenía todos los males del siglo veintiuno.
Miró el móvil de Elena con la misma intensidad con la que un gato mira a un ratón que se cree a salvo.
Elena, ajena a la tormenta que se fraguaba en las cejas de su suegro, estiró la mano hacia el aparato.
Solo fue un roce, un gesto instintivo para comprobar si había alguna notificación de su madre.
Paco dejó de masticar el trozo de pan que tenía en la boca.
Sus mandíbulas se detuvieron en seco.
Marcos, que conocía bien los tiempos de combustión de su padre, bajó la mirada hacia su plato de sopa.
El vapor le empañó las gafas, pero prefirió la ceguera al conflicto.
—Ya estamos —dijo Paco, con una voz que parecía venir de lo más profundo de una cueva.
Elena levantó la vista, todavía con el dedo a un milímetro de la pantalla.
—¿Perdona, suegro? —preguntó ella, con una sonrisa que intentaba ser diplomática.
Paco dejó la cuchara en el plato con una fuerza innecesaria.
El sonido resonó en el comedor como un disparo en un callejón vacío.
—Digo que ya estamos con la maquinita de los cojones —sentenció Paco, cruzando los brazos sobre su pecho.
Concha, desde el extremo de la mesa, soltó un suspiro largo, de esos que llevan cuarenta años de matrimonio acumulados.
—Paco, déjalos comer tranquilos, que la niña no ha hecho nada —medió Concha, sin mucha convicción.
—¿Que no ha hecho nada? —bramó Paco, señalando el móvil como si fuera un arma cargada—. Tiene el bicho ese ahí puesto, esperando a que le hable.
Elena sintió que el calor del cocido empezaba a subirle por el cuello, pero no por el vapor.
—Es solo el móvil, Paco —dijo ella, manteniendo el tono suave—. No está haciendo daño a nadie.
—A nadie, dice —se burló Paco, mirando al techo como buscando un testigo divino—. Está matando la conversación, que es lo que está haciendo.
Marcos intentó intervenir, limpiándose las gafas con la servilleta.
—Papá, es que Elena está pendiente de un mensaje de su madre sobre los niños.
—¿Los niños? —Paco soltó una carcajada seca—. En mis tiempos los niños se quedaban con la abuela y no hacía falta mandar un telegrama cada cinco minutos para saber si habían cagado.
—No es un telegrama, es una foto que me tiene que mandar —explicó Elena, intentando no perder la paciencia.
Paco se inclinó hacia delante, invadiendo el espacio personal del salero.
—Guardad los aparatos esos —ordenó, con una autoridad que no admitía réplicas—. Estamos aquí para comer y hablar, no para mirar pantallitas.
Elena miró a Marcos, buscando un aliado, pero Marcos estaba demasiado ocupado intentando pescar un garbanzo rebelde.
La tensión se palpaba en el aire, espesa como la grasa del chorizo que flotaba en la sopera.
Paco se sentía victorioso por un momento, creyendo que su palabra era ley.
Sin embargo, el destino tiene un sentido del humor retorcido.
Justo en ese instante de silencio dramático, el móvil de Elena se iluminó.
No fue un sonido estridente, solo una vibración corta y discreta.
Bzz-bzz.
Paco saltó en la silla como si le hubieran dado un calambre.
—¡Ahí lo tenéis! —exclamó, señalando el dispositivo con el dedo índice tembloroso—. ¡El intruso! ¡El espía!
Elena no pudo evitarlo y cogió el teléfono con rapidez.
—Solo estoy enseñándole una foto de los niños a mi madre, suegro —dijo ella, mientras desbloqueaba la pantalla con el pulgar—. No sea tan estricto.
Paco se puso rojo, de un tono que recordaba peligrosamente al pimentón de la Vera.
—¡Me da igual si es una foto de los niños o del Papa de Roma! —gritó, aunque no era un grito de ira, sino de indignación ancestral—. En esta mesa se respeta el plato.
—Pero si no estoy ni hablando por teléfono —se defendió Elena, girando la pantalla para que Paco pudiera ver la foto de sus nietos comiendo un helado.
Paco ni siquiera miró la imagen.
Para él, la imagen era lo de menos; el pecado era el soporte.
—La educación se está perdiendo por culpa de Google —sentenció, volviendo a su silla con aire de filósofo derrotado.
—¿Qué tiene que ver Google con que yo mire una foto de mis hijos? —preguntó Elena, ya un poco harta del discurso.
—¡Todo! —dijo Paco, agitando las manos—. Google lo sabe todo, Google lo hace todo, y ahora Google nos quita el derecho a mirarnos a la cara mientras comemos un puto cocido.
Marcos, viendo que la situación se le escapaba de las manos, decidió que era el momento de usar la lógica.
—Papá, Google es un buscador, no el culpable de que Elena use el móvil.
—No me vengas con tecnicismos, Marcos, que te pagué la carrera para que tuvieras criterio, no para que defendieras a las multinacionales —replicó Paco, sin dejar de mirar el móvil de reojo.
Elena soltó una risita nerviosa.
—Usted usa el GPS para ir a la sierra, Paco. Eso también es tecnología.
Paco se quedó callado un segundo, procesando el ataque.
—Eso es distinto —respondió al fin—. Eso es una herramienta para no acabar en una cuneta de Segovia. Esto es un vicio.
—Es lo mismo, suegro. Es usar la tecnología para hacernos la vida más fácil.
—Hacer la vida más fácil no significa que tengas que traer al diablo a mi mesa —insistió Paco.
Concha volvió a servir más caldo, intentando que el ruido del líquido calmara los ánimos.
Pero el ambiente ya estaba caldeado.
Paco se sentía como el último defensor de una civilización que se hundía bajo el peso de los píxeles.
Elena, por su parte, sentía que estaba luchando contra un molino de viento que olía a naftalina.
—Es una batalla perdida, Paco —dijo Elena, dejando el móvil de nuevo sobre la mesa, pero esta vez boca abajo—. El mundo ha cambiado.
—El mundo no ha cambiado, el mundo se ha vuelto tonto —gruñó Paco—. Y lo peor es que se ha vuelto tonto con conexión inalámbrica.
Marcos suspiró y se llevó una cucharada de sopa a la boca.
Sabía que esto no era más que el principio de una tarde muy larga.
Porque cuando Paco se agarraba a un tema, no lo soltaba ni aunque viniera una inspección de Hacienda.
Y el tema del móvil en la mesa era su favorito.
Era su particular guerra de Vietnam.
Y Elena, sin saberlo, acababa de aterrizar en medio de la selva con un iPhone en la mano.
PARTE 2
Paco masticaba un trozo de morcilla con una intensidad que sugería que estaba triturando la infraestructura de Silicon Valley.
Cada movimiento de su mandíbula era una protesta silenciosa contra la modernidad.
Elena, que había decidido ignorar el último exabrupto de su suegro, mantenía la vista fija en su plato.
Pero el silencio en esa casa nunca era realmente un silencio de paz.
Era un silencio de recarga, de esos en los que se oyen los engranajes de la terquedad funcionando a pleno rendimiento.
Concha, en un intento desesperado por desviar el tema, preguntó sobre el trabajo de Marcos.
—¿Y qué tal en la oficina, hijo? —dijo ella, con esa voz dulce que usaba para apagar incendios.
—Bien, mamá, mucho lío con el cierre del trimestre —respondió Marcos, agradecido por el cambio de rumbo.
Paco levantó la cabeza, con un brillo sospechoso en los ojos.
—Mucho lío porque todo lo hacéis con los ordenadores esos —intervino Paco—. Si lo hicierais a mano, con vuestras libretas y vuestros bolis, no tendríais tantos errores.
Marcos cerró los ojos un instante, pidiendo paciencia al universo.
—Papá, ya no se puede llevar la contabilidad de una empresa multinacional en una libreta de espiral.
—¿Por qué no? —desafió Paco—. Don Satur, el que llevaba la gestoría abajo, lo hacía todo con un lápiz que se ponía detrás de la oreja. Y nunca le faltó un céntimo.
—Don Satur llevaba las cuentas de una mercería y una carnicería, no de una tecnológica —replicó Marcos.
—Ahí está el problema —dijo Paco, señalando a su hijo con la cuchara—. ¡La tecnológica! Todo es etéreo, todo está en la “nube”. ¿Qué cojones es la nube?
Elena no pudo evitar su propia respuesta.
—La nube es simplemente un servidor remoto, Paco. Es más seguro que guardar papeles en un cajón.
Paco soltó un bufido que hizo vibrar las flores de plástico del jarrón.
—Seguro, dice. Hasta que se va la luz o un hacker de esos de Rusia te roba la vida.
—Nadie me va a robar la vida por tener las fotos de los niños en iCloud —dijo Elena, empezando a recuperar el tono combativo.
—¡Las fotos! —exclamó Paco—. Antes teníamos álbumes. Álbumes de verdad, con sus esquineras de plástico y ese olor a papel viejo. Podías tocarlos. Podías sentirlos.
—Y podías perderlos en una inundación o en un incendio —añadió Elena.
—Y ahora los pierdes si se te olvida la contraseña de ocho letras, tres números y un símbolo de porcentaje —contraatacó Paco con sorprendente lucidez.
Elena se quedó callada porque, en el fondo, ese punto se lo tenía que dar al viejo.
La semana pasada se había pasado tres horas intentando recuperar la clave de su correo electrónico.
Paco notó la vacilación en el rostro de su nuera y se sintió como Napoleón en Austerlitz.
—Lo veis —dijo, con un tono más pausado pero igualmente afilado—. Os habéis vuelto esclavos de algo que ni siquiera podéis tocar.
—No somos esclavos, Paco, somos usuarios —corrigió Elena.
—Usuario es el nombre que le dan a los que se pinchan heroína, Elena —soltó Paco sin filtro.
—¡Papá! —exclamó Marcos, casi atragantándose con un garbanzo—. No compares.
—No comparo, constato —insistió Paco—. No podéis estar diez minutos sin mirar la pantalla. Es una adicción.
Elena miró su móvil, que seguía boca abajo sobre el mantel de cuadros.
Sentía una urgencia casi física por ver si su madre le había contestado sobre la alergia del niño pequeño.
Pero sabía que si tocaba el teléfono, Paco entraría en combustión espontánea.
—Solo es curiosidad, Paco —dijo ella—. Queremos estar comunicados.
—Comunicados con gente que está a mil kilómetros, pero no con el que tienes sentado delante —sentenció el suegro.
Esa frase dolió.
Dolió porque tenía ese barniz de verdad que hace que las discusiones familiares sean tan agotadoras.
Concha intentó suavizar el golpe.
—Bueno, Paco, también es verdad que gracias al WhatsApp podemos ver a los primos de León todos los días.
—¿Y para qué quiero yo ver a los primos de León todos los días, Concha? —preguntó Paco con genuina perplejidad—. Con verlos una vez al año en el entierro de turno ya voy servido.
—No seas bruto —le regañó su mujer.
—No soy bruto, soy práctico —se defendió él—. Antes, cuando te sentabas a comer, el mundo exterior dejaba de existir. Solo importaba lo que había en la mesa. El sabor, el olor, la charla.
Paco hizo una pausa dramática y señaló de nuevo el móvil de Elena.
—Ahora, ese bicho es como tener a un extraño sentado con nosotros, metiendo baza todo el rato con sus pitiditos.
—Es mi madre, Paco —dijo Elena—. No es un extraño.
—Tu madre es encantadora, Elena, pero no tiene por qué estar en mi comedor un domingo a las tres de la tarde a través de una pantalla de cristal.
La discusión entró en una fase de estancamiento, típica de las sobremesas españolas.
Paco empezó a comer de nuevo, pero lo hacía con una parsimonia estudiada, como si cada bocado fuera una lección de civismo.
Elena, por su parte, sentía que el móvil vibraba de nuevo en el mantel.
Fue una vibración doble.
Bzz-bzz. Bzz-bzz.
Eso significaba que era importante. O que su madre había descubierto cómo usar los emoticonos de ráfaga.
Paco dejó de masticar.
Sus orejas parecieron erizarse como las de un lobo estepario.
—¿Otra vez? —preguntó, con una calma que daba más miedo que sus gritos.
—Paco, de verdad, puede ser una emergencia —dijo Elena, acercando la mano al teléfono.
—Las emergencias antes se avisaban con una llamada al fijo —recordó Paco—. Y si era muy urgente, venía la Guardia Civil a casa.
—No voy a esperar a que venga la Guardia Civil para saber si a mi hijo le ha bajado la fiebre —dijo Elena, perdiendo ya los papeles.
Cogió el móvil y lo levantó con determinación.
Paco se levantó un poco de la silla, como si fuera a abalanzarse sobre el dispositivo.
—¡He dicho que no se usa el móvil en la mesa! —exclamó.
—¡Y yo he dicho que es mi hijo! —respondió Elena, con los ojos encendidos.
Marcos se tapó la cara con las manos.
Concha se persignó discretamente bajo el mantel.
El enfrentamiento generacional había llegado a su punto de no retorno.
—Si miras ese aparato una vez más —amenazó Paco—, me levanto y me voy a terminar de comer al bar de abajo.
—Pues igual en el bar de abajo te ponen el fútbol en una pantalla gigante, que también es tecnología, por si no te habías dado cuenta —replicó Elena.
Paco se quedó lívido.
Ese era un golpe bajo.
Le encantaba ver el fútbol en el bar, rodeado de otras diez pantallas y el ruido constante de la máquina de tragaperras.
—Eso es… eso es atmósfera social —balbuceó Paco—. No es lo mismo.
—Es exactamente lo mismo, Paco. Usted solo odia lo que no entiende —sentenció Elena, mirando finalmente el mensaje.
Su cara cambió de repente.
La rabia desapareció y fue sustituida por una expresión de confusión.
—¿Qué pasa? —preguntó Marcos, notando el cambio de humor de su mujer.
Elena levantó la vista del móvil y miró a Paco.
Luego miró a Concha.
—Es un mensaje de mi madre —dijo ella, con voz temblorosa.
Paco se preparó para soltar otro comentario mordaz sobre la suegra.
—Dice… —continuó Elena— que me acaba de agregar a un grupo de WhatsApp.
Paco soltó una carcajada burlona.
—¿Un grupo? ¿Para qué? ¿Para organizar una manifestación contra los suegros?
—No —dijo Elena, girando el móvil hacia Paco—. El grupo se llama “Amigos del Mus de la Tercera Edad”.
Paco se quedó petrificado.
—Y dice —continuó Elena, leyendo la pantalla— que te han metido a ti también porque ayer le diste tu número a Pepe el de la mercería.
Marcos levantó la cabeza de golpe.
Concha miró a su marido con una ceja arqueada que daba miedo.
Paco, el gran detractor de la tecnología, el azote de Google, el guardián de las esencias analógicas, se puso de todos los colores del arcoíris.
—Eso… eso debe de ser un error —murmuró Paco, intentando recuperar su dignidad mientras se le caía un poco de miga de pan de la comisura de los labios.
PARTE 3
El silencio que siguió a la revelación de Elena fue tan denso que se podía haber cortado con el cuchillo del jamón.
Paco parecía haber envejecido diez años en diez segundos.
Sus manos, que antes golpeaban la mesa con autoridad, ahora jugueteaban nerviosas con el borde del mantel.
Marcos soltó una carcajada que intentó camuflar con una tos falsa, pero el daño ya estaba hecho.
—¿Así que “Amigos del Mus”, eh, papá? —preguntó Marcos, con una sonrisa de oreja a oreja.
Paco se aclaró la garganta, buscando desesperadamente una salida digna.
—Pepe es un pesado —dijo al fin—. Me asaltó ayer en la plaza y me pidió el número para… para una cosa de unos cupones.
—No mientas, Paco —dijo Concha, con esa voz de madre que sabe cuándo hay un gato encerrado—. Que ayer estuviste media hora escondido en el pasillo trasteando con el teléfono viejo que te dio tu hijo.
Elena sintió que la balanza del poder se inclinaba violentamente a su favor.
—¿O sea, que el móvil está prohibido en la mesa, pero para organizar partidas de mus sí que sirve Google? —preguntó ella, disfrutando cada sílaba.
Paco se puso digno, o al menos lo intentó.
—Es una cuestión de utilidad, no de vicio —gruñó—. El mus es una tradición. El WhatsApp de tu madre es… es cotilleo.
—Mi madre está enviando fotos de tus nietos, Paco —le recordó Elena—. Eso es familia. El mus es juego.
—¡El mus es cultura! —exclamó Paco, recuperando un poco de volumen—. Y para la cultura se pueden hacer excepciones.
—Ah, claro —dijo Elena, dejando el móvil sobre la mesa con un golpe seco—. La ley de Paco. Si me gusta a mí, es cultura. Si lo hacen los demás, es la decadencia de Occidente.
Paco se hundió un poco más en su silla.
Pero entonces, ocurrió lo inevitable.
Desde el bolsillo de la camisa de Paco, justo debajo del palillo y el bolígrafo sin tinta, surgió un sonido.
No era una vibración discreta.
Era un tono de llamada a todo volumen.
Y no era cualquier tono.
Era el himno del Real Madrid, en una versión polifónica de baja calidad que sonaba como una orquesta de grillos borrachos.
¡Lo-lo-lo-lo-lo-lo-looo!
Toda la mesa se quedó mirando el bolsillo de Paco.
Él se quedó inmóvil, como si esperara que el sonido desapareciera por arte de magia si no se movía.
—Te están llamando, papá —dijo Marcos, con una crueldad que solo un hijo puede mostrar.
—Debe de ser un error de la red —balbuceó Paco—. Una interferencia.
—Una interferencia que sabe el himno del Madrid —apostilló Elena, cruzándose de brazos.
El teléfono siguió sonando, insistente, llenando el comedor con su melodía estridente.
Concha, harta del ruido, le dio un codazo a su marido.
—Contesta de una vez, Paco, que nos vas a dejar sordos.
Paco, derrotado, metió la mano en el bolsillo y sacó un Nokia antiguo, de esos que podrían sobrevivir a una guerra nuclear.
Miró la pantalla con desprecio, como si el aparato le estuviera insultando.
—Es Pepe —dijo, con voz de resignación.
—Pónlo en manos libres, Paco —sugirió Elena con malicia—. Queremos oír cómo la educación se pierde por culpa de Google en directo.
Paco la miró con odio, pero la presión social de la mesa era demasiado fuerte.
Apretó el botón verde y una voz ronca y entusiasta llenó la habitación.
—¡Paco! ¡Cabrito! ¿Qué haces que no contestas al grupo? —gritó la voz de Pepe—. ¡Que estamos diciendo que mañana hay partida a las cinco en el bar de Manolo!
Paco miró a su familia con cara de querer ser tragado por la tierra.
—Ahora no puedo hablar, Pepe —susurró Paco—. Estoy comiendo.
—¿Comiendo a estas horas? ¡Venga ya! —siguió Pepe—. Te he mandado una foto por el WhatsApp de un meme buenísimo de un gato que se parece al alcalde. ¡Míralo, que te vas a partir el eje!
Marcos estalló en una carcajada limpia.
Elena se tapó la boca para no reírse demasiado alto.
Paco cerró los ojos, apretando el teléfono con tanta fuerza que parecía que iba a crujir.
—Pepe, que te digo que luego hablamos —dijo Paco, intentando colgar.
—¡Espera, espera! —gritó Pepe antes de que Paco pudiera cortar—. Dile a tu hijo que me explique cómo se ponen los “estisquers” esos, que quiero mandarle uno de una flamenca a mi mujer.
Paco colgó de golpe.
El silencio volvió al comedor, pero esta vez era un silencio cargado de electricidad cómica.
Paco dejó el Nokia sobre la mesa, justo al lado del iPhone de Elena.
Parecían dos generaciones enfrentadas en un duelo al sol.
—¿Memes de gatos, Paco? —preguntó Elena, con una suavidad letal—. ¿Eso es lo que usted llama “perder la educación”?
Paco no respondió.
Cogió la jarra de vino y se sirvió un vaso lleno, bebiéndoselo de un trago.
—Es que Pepe es un imbécil —dijo finalmente, secándose los labios con la servilleta—. No sabe usar las cosas con medida.
—Ah, pero entonces el problema no es Google —dijo Marcos—. El problema es Pepe.
—Y usted, suegro —añadió Elena—. Que nos ha dado una charla de media hora sobre los valores de la mesa mientras esperaba a que Pepe le mandara un gato.
Paco se enderezó, recuperando parte de su antigua altanería.
—Yo no esperaba nada. El bicho ha sonado porque ha querido. Yo no le he dado permiso.
—Claro, claro —dijo Elena—. El móvil tiene voluntad propia.
—En mis manos, sí —afirmó Paco—. Es un aparato rebelde.
La tensión había desaparecido, sustituida por una especie de tregua armada.
Paco ya no podía exigir que se guardaran los móviles sin parecer un hipócrita integral.
Elena, sin embargo, decidió ser generosa.
—Mire, Paco —dijo ella, cogiendo su propio móvil—. Vamos a hacer una cosa.
Paco la miró con recelo.
—Yo guardo el mío en el bolso —continuó Elena—. Pero usted guarda el suyo en el cajón del aparador. Ni Pepe, ni fotos de niños, ni memes de gatos hasta que terminemos el café.
Paco miró su Nokia.
Luego miró a Elena.
Había una chispa de respeto mutuo en esa mirada.
—¿Ni siquiera si es una emergencia de los niños? —preguntó Paco, con un tono burlón.
—Si es una emergencia, que llamen al fijo, como usted dice —respondió ella, sonriendo.
Paco asintió lentamente.
—Me parece un trato justo —dijo él—. Aunque lo del cajón es un poco excesivo. Con que esté boca abajo vale.
—No, no —insistió Elena—. En el cajón. Fuera de la vista, fuera del pensamiento.
Marcos y Concha observaban la escena como si fuera el final de una película de diplomacia internacional.
Paco se levantó, caminó hacia el aparador y dejó el Nokia dentro, cerrando el cajón con un golpe dramático.
Elena hizo lo mismo, metiendo su iPhone en el bolso y dejándolo en la entrada.
—Bien —dijo Paco, volviendo a su sitio—. Ahora, si me permitís, me gustaría comer mi cocido sin interferencias electromagnéticas.
—Me parece perfecto —asintió Elena.
Todo parecía haber vuelto a la normalidad.
Paco cogió la cuchara.
Se llevó un poco de caldo a la boca.
Saboreó el momento.
Pero entonces, Concha, que no había dicho nada en los últimos diez minutos, carraspeó.
—Paco —dijo ella, con una vocecita inocente.
—¿Qué quieres, mujer? —preguntó Paco.
Concha sacó de debajo de su delantal un iPad de última generación con una funda de purpurina rosa.
—¿Me puedes mirar tú por qué no me carga el capítulo de la novela en Netflix? Es que se me ha quedado el círculo dando vueltas.
Marcos se atragantó.
Elena se echó hacia atrás en la silla, sin poder creerlo.
Paco miró el iPad de su mujer como si fuera un artefacto de una civilización superior.
—¿Netflix, Concha? —preguntó Paco, con la voz rota—. ¿Tú también?
—Es que en la tele solo echan tonterías, Paco —se justificó ella—. Y en el iPad la novela se ve de maravilla.
Paco miró al techo y soltó un suspiro que pareció vaciarle los pulmones.
—Google —susurró para sí mismo—. Nos ha ganado por todos los flancos.
PARTE 4
La derrota total de Paco fue recibida con un estallido de risas que hizo que incluso los vecinos de arriba dieran un par de golpes en el suelo.
La imagen de Concha, la mujer que hasta hace dos años no sabía encender el microondas, manejando una tablet con funda de purpurina era demasiado para cualquier resistencia lógica.
Paco se hundió en su silla, derrotado no por la tecnología, sino por la realidad de su propio hogar.
—¿Netflix, Concha? —repitió Paco, como si estuviera procesando un trauma—. ¿Desde cuándo ves tú Netflix?
—Desde que me lo instaló Elena el mes pasado mientras tú estabas durmiendo la siesta —respondió Concha, dándole un golpecito cariñoso a la tablet.
Paco miró a Elena con una mezcla de traición y admiración.
—Eres un caballo de Troya, Elena —dijo Paco, aunque esta vez no había veneno en sus palabras, solo una resignación cómica.
—Yo solo soy una facilitadora, suegro —respondió ella, guiñándole un ojo—. Si Concha quiere ver su novela turca sin anuncios, ¿quién soy yo para negárselo?
Marcos, que ya no podía aguantar más la compostura, se levantó para empezar a retirar los platos de la sopa.
—Bueno, pues ya que estamos todos “conectados”, ¿qué os parece si tomamos el segundo plato en paz? —sugirió Marcos.
Paco se quedó mirando el iPad de su mujer, que seguía sobre la mesa.
—Quita eso de ahí, Concha —ordenó Paco, pero sin la fuerza de antes—. Que le va a caer una gota de garbanzo y luego verás qué risa para limpiar la pantallita.
Concha obedeció, guardando su tesoro tecnológico bajo su silla.
El resto de la comida transcurrió en una especie de burbuja de buen humor.
Paco intentó mantener su fachada de hombre de campo chapado a la antigua, pero la sombra del grupo de WhatsApp “Amigos del Mus” planeaba sobre él como un buitre simpático.
Cada vez que Pepe mandaba algo, todos sabían que el cajón del aparador estaba conteniendo una fuerza de la naturaleza.
Paco comía su carne, su chorizo y su tocino con una dedicación casi religiosa, pero sus ojos se desviaban de vez en cuando hacia el aparador.
—¿Te pican las manos, Paco? —le pinchó Elena, notando su nerviosismo.
—Me pica la curiosidad de saber si Pepe ha conseguido mandar el “estiquer” de la flamenca —admitió Paco, soltando una carcajada por primera vez en toda la tarde.
Al llegar al café, la tensión ya se había disuelto por completo.
Se sentaron en el sofá, ese mueble que había visto pasar décadas de siestas y discusiones políticas.
Paco fue el primero en ir al aparador.
Sacó su Nokia con el cuidado con el que se saca una reliquia de un museo.
Elena sacó su iPhone.
Marcos sacó el suyo.
Y Concha recuperó su iPad.
En un momento dado, los cuatro estaban allí sentados, en silencio, mirando sus pantallas respectivas.
Paco fue el primero en romper el hechizo.
Levantó la vista y miró a su familia.
Vio a su hijo sonriendo ante un vídeo de bromas.
Vio a su nuera respondiendo mensajes con una velocidad endiablada.
Vio a su mujer concentrada en el drama de un cirujano de Estambul.
—¿Sabéis qué? —dijo Paco en voz alta.
Todos levantaron la vista.
—¿Qué pasa, suegro? —preguntó Elena.
—Que esto de las pantallitas está muy bien para un rato —dijo Paco, guardando su Nokia en el bolsillo definitivamente—. Pero si os tuviera que cambiar por un grupo de WhatsApp, creo que me quedaría con el mus.
Elena sonrió y dejó su móvil en la mesita de centro.
—Yo también, Paco.
—Y yo —dijo Marcos, bloqueando la pantalla.
Concha suspiró y cerró la tapa de su iPad de purpurina.
—Bueno, pues ya que estamos todos aquí… —empezó Concha.
—…y que no hay pantallitas de por medio —continuó Paco.
—¿Quién saca la baraja? —terminaron los dos a la vez.
Esa tarde no hubo más vibraciones ni tonos de llamada.
Hubo el ruido de las cartas al mezclarse, el olor al café recién hecho y el sonido de las voces que, por una vez, no necesitaban un servidor en la nube para encontrarse.
Paco ganó la partida de mus, por supuesto.
Y cuando Elena le preguntó si iba a mandar una foto del resultado al grupo de Pepe, Paco solo respondió:
—No hace falta, Elena. El placer de ganaros en persona no cabe en un píxel.
Al final, la respuesta a la pregunta de si el móvil debe estar prohibido en la mesa no la dio Google.
La dio el silencio compartido cuando, por fin, decidieron mirarse a los ojos.
Y Paco, con su palillo en la boca y su baraja en la mano, se sintió el hombre más moderno del mundo.
Porque sabía que, aunque la tecnología avanzara a pasos de gigante, nada superaba el poder de un “órdago” lanzado a la cara de un ser querido.
Incluso si ese ser querido tenía un iPhone en el bolsillo.
La sobremesa se alargó hasta que el sol empezó a esconderse tras los edificios de Madrid.
Y mientras Elena y Marcos se despedían en la puerta, Paco les dio un abrazo de los de verdad.
—Mandadme la foto de los niños por el bicho ese —susurró Paco al oído de Elena—. Que a Pepe le va a encantar ver lo guapos que son sus tíos segundos.
Elena se rió y le dio un beso en la mejilla.
—Se la mando ahora mismo, Paco. Pero no se la enseñe a todo el bar.
—No prometo nada —dijo Paco, guiñando un ojo mientras cerraba la puerta.
Y así, en el tercero izquierda, la paz volvió a reinar, custodiada por un hombre que odiaba a Google, pero que adoraba tener a su familia a un solo clic de distancia.