PRIMERA PARTE
El zumbido eléctrico del tren AVE de las 16:00 horas con destino a Sevilla resonaba en los oídos de Valeria no como un prodigio de la ingeniería moderna, sino como el siseo constante y amenazador de una serpiente a punto de morder. Faltaban exactamente setenta y dos horas para que se convirtiera en la esposa de Carlos de la Vega, el heredero del imperio inmobiliario más grande y despiadado de toda Andalucía. El anillo de diamantes de cinco quilates que descansaba en su dedo anular izquierdo pesaba como una lápida de mármol. Hacía calor en Madrid, un calor asfixiante de finales de julio que derretía el asfalto de Atocha, pero dentro del vagón de clase Preferente, el aire acondicionado mantenía una temperatura glacial, casi mortuoria.
Valeria miró por la ventana doblemente acristalada. Los andenes de la estación de Atocha comenzaban a difuminarse mientras el tren ganaba velocidad, engullendo las vías de acero como un depredador metálico. Había huido. No de la boda, sino de la asfixia de las pruebas de vestido en el barrio de Salamanca, de las miradas inquisitivas de su futura suegra, de las sonrisas gélidas de Carlos, un hombre que la había comprado con la misma frialdad con la que adquiría edificios en la Gran Vía. Iba a Sevilla a firmar los últimos documentos prenupciales, un contrato que vendería su alma y su libertad a cambio de la salvación financiera de su propia familia.
Tomó un sorbo de la copa de champán que el asistente de a bordo le había ofrecido minutos antes. El líquido dorado y burbujeante le rascó la garganta. Fue entonces, al bajar la copa de cristal tallado, cuando la sangre se le heló en las venas. Una parálisis absoluta, fría y terrorífica, se apoderó de cada músculo de su cuerpo. El aire abandonó sus pulmones como si estallaran.
En el asiento 4A, justo en la diagonal opuesta a ella, un hombre bajó lentamente el periódico El País que había estado leyendo.
El tiempo se detuvo. El tren, que ya cruzaba los suburbios de Madrid a más de doscientos kilómetros por hora, pareció quedar suspendido en el vacío.
Era él.
No un fantasma. No una alucinación provocada por el estrés pre nupcial y el lexatín que había tomado esa mañana. Era Mateo.
Mateo. El hombre al que había amado con una intensidad que casi la destruye. El hombre al que había abandonado, sin una sola palabra de explicación, en la habitación de un hostal barato en el barrio de Malasaña hacía exactamente cinco años, dos meses y catorce días.
Pero este no era el Mateo que ella recordaba. El joven estudiante de arquitectura, de mirada soñadora y ropa desgastada, había desaparecido. El hombre que la observaba ahora, con unos ojos oscuros como pozos sin fondo, vestía un traje a medida de corte italiano que gritaba poder y un peligro latente. Su cabello, antes un caos de rizos indomables, estaba recortado con precisión militar. Y lo más aterrador: una cicatriz pálida, fina pero inconfundible, le cruzaba el lado izquierdo del cuello, perdiéndose bajo el cuello impecable de su camisa blanca. Una cicatriz que no estaba allí la última vez que ella besó esa piel.
Él no pareció sorprendido de verla. De hecho, la leve y perversa sonrisa que curvó la comisura de sus labios delataba una premeditación escalofriante. Había planeado esto. Estaba en el tren por ella.
—Hola, Valeria —dijo él.
Su voz. El timbre profundo, rasposo, con ese ligero acento del sur que cinco años atrás solía derretirla, ahora sonó como la sentencia de un juez implacable. La acústica del vagón de primera clase, extrañamente vacío salvo por ellos dos y un anciano dormido al fondo, amplificó el sonido de su nombre.
—Mateo… —susurró ella, la voz rota, apenas un hilo de aire tembloroso—. ¿Qué… qué haces tú aquí? ¿Cómo me has encontrado?
Él dobló el periódico con una lentitud exasperante, como si tuviera todo el tiempo del mundo. Como si las dos horas y media de trayecto hasta Sevilla fueran una eternidad diseñada exclusivamente para su venganza.
—Una pregunta curiosa, considerando que tu boda es el evento del año en la alta sociedad española —respondió Mateo, cruzando las piernas. Sus zapatos Oxford de cuero pulido brillaron bajo la luz halógena—. El diario ABC dedicó cuatro páginas enteras a los detalles de tu enlace con el imperio De la Vega. Flores de Holanda, un banquete en la finca de Carmona, un vestido de Lorenzo Caprile… Has escalado muy alto, mi amor.
La ironía en las palabras “mi amor” fue un cuchillo clavándose y retorciéndose en el estómago de Valeria. Sintió náuseas. Se aferró a los reposabrazos de su asiento de cuero blanco hasta que sus nudillos perdieron el color.
—No deberías estar aquí —logró articular Valeria, mirando frenéticamente hacia la puerta del vagón, buscando al revisor, a cualquiera que pudiera romper la intimidad letal de ese momento—. Si Carlos se entera…
—¿Si Carlos se entera, qué? —la interrumpió Mateo. De repente, la distancia entre ellos pareció acortarse. Él se inclinó hacia adelante, apoyando los codos sobre las rodillas, clavando su mirada rapaz en los ojos aterrorizados de la mujer—. ¿Me mandará a matar? ¿Otra vez?
La palabra resonó en la cabeza de Valeria como el estallido de una bomba. Otra vez. El pánico se apoderó de ella, un terror tan primario y visceral que sintió un mareo violento. Él lo sabía. De alguna manera maldita e incomprensible, Mateo sabía lo que realmente había pasado aquella noche en Madrid. El secreto por el que ella había sacrificado su propia vida, su felicidad y su alma, estaba expuesto bajo la luz implacable de la cabina del AVE.
Cinco años atrás, Valeria no dejó a Mateo porque dejó de amarlo. No lo dejó por ambición, ni por el dinero sucio de la familia De la Vega. Lo dejó porque Carlos, en un acto de pura sociopatía y obsesión, le había mostrado fotografías de Mateo saliendo de la facultad, de su madre en el mercado de su pueblo, de su hermana pequeña saliendo del colegio. “O te vienes conmigo y desapareces de su vida para siempre, o mañana este chico amanece flotando en el Manzanares. Y su familia será la siguiente”, le había susurrado Carlos al oído en una fiesta de gala a la que ella había asistido como camarera.
Valeria había fingido una traición. Le dijo a Mateo las palabras más crueles que pudo imaginar. Le dijo que era un fracasado, que ella necesitaba riqueza, que se había estado acostando con otro. Le rompió el corazón en mil pedazos para salvarle la vida. Lloró lágrimas de sangre en la oscuridad mientras se entregaba al infierno dorado de los De la Vega, creyendo que Mateo estaba a salvo, libre para construir su vida, odiándola, pero vivo.
Y ahora, Mateo estaba allí, con una cicatriz en la garganta que gritaba que el sacrificio de Valeria había sido en vano, o peor aún, manipulado.
—No sé de qué hablas —mintió ella, forzando una máscara de frialdad y altivez—. Estás delirando. Vete de aquí o llamaré a seguridad.
Mateo soltó una carcajada seca, sin alegría. Se levantó de su asiento. Era más alto de lo que recordaba, o quizás el aura de oscuridad que lo rodeaba lo hacía parecer un gigante. En dos pasos cruzó el pasillo y, sin pedir permiso, se sentó en el asiento contiguo al de ella, en el espacio 4B.
El aroma de su colonia —madera de sándalo, tabaco negro y algo metálico, como la lluvia sobre el asfalto caliente— invadió los sentidos de Valeria, trayendo consigo una avalancha incontrolable de recuerdos. Las tardes de lluvia en la cama de aquel apartamento diminuto, las promesas de un futuro juntos diseñando casas junto al mar en Cádiz, sus manos fuertes trazando el contorno de su espalda. Valeria cerró los ojos, intentando bloquear el pasado, pero el dolor era demasiado intenso.
—Puedes llamar a seguridad si quieres —dijo Mateo, en un susurro ronco, muy cerca de su oreja. El aliento cálido rozó el lóbulo de Valeria, provocando un estremecimiento involuntario a lo largo de su espina dorsal—. Puedes gritar. Puedes montar un escándalo digno de la alta sociedad a la que ahora perteneces. Pero sabes que no lo harás. Porque ambos sabemos que si lo haces, los secretos que guardas celosamente bajo ese anillo de diamantes saldrán a la luz. Y tu futuro marido, el intocable don Carlos de la Vega, descubrirá que su perfecta y obediente novia es en realidad el mayor riesgo para su imperio.
Valeria abrió los ojos de golpe y giró el rostro hacia él. Estaban tan cerca que sus narices casi se rozaban. Pudo ver la ira contenida, la tormenta de fuego y resentimiento que ardía en las pupilas de Mateo. Pero debajo de todo eso, oculto bajo capas de dolor endurecido, también vio el destello de la pasión que una vez los consumió a ambos.
—¿Qué quieres, Mateo? —preguntó ella, la voz ya sin defensas, rota por la fatiga de cinco años de mentiras—. ¿Dinero? ¿Quieres chantajearme? Dime cuánto y te lo transferiré ahora mismo, pero por favor, bájate en la siguiente estación. Bájate en Ciudad Real y desaparece. Te lo ruego.
—¿Dinero? —Mateo repitió la palabra como si fuera un insulto asqueroso—. Crees que puedes arreglarlo todo con dinero, como hace él. Te has contagiado de su podredumbre, Valeria. No quiero el dinero manchado de sangre de tu prometido.
Lentamente, Mateo levantó una mano. Valeria se encogió, esperando un golpe, pero los dedos ásperos y calientes de él se posaron sobre la pálida piel del cuello de ella, rozando suavemente su clavícula. El tacto fue eléctrico, un incendio forestal en medio de la estepa invernal de su existencia.
—Quiero la verdad —exigió él, con la voz quebrada por una intensidad feroz—. Quiero que me mires a los ojos y me digas por qué. Por qué una noche me juraste que huiríamos juntos a Sudamérica, y a la mañana siguiente habías vaciado los armarios, dejándome una nota miserable diciendo que yo no era suficiente para ti.
—Te dije la verdad en aquella nota —mintió ella, intentando apartarse de su toque, aunque su cuerpo traicionero anhelaba inclinarse hacia él—. Quería más de lo que tú podías darme. Mírame ahora. Viajo en primera clase, tengo el futuro asegurado…
—¡Mentira! —el grito de Mateo cortó el aire monótono del vagón. El anciano del fondo se removió en su asiento, murmurando algo en sueños, pero no despertó. Mateo agarró la muñeca de Valeria, justo donde brillaba el diamante, y apretó con fuerza, aunque sin lastimarla—. Es una puta mentira y lo sabes.
Con su mano libre, Mateo se desabrochó los dos primeros botones de la camisa, apartando la tela blanca para dejar a la vista la base de su cuello y su clavícula. La cicatriz que Valeria había visto antes continuaba hacia abajo, un surco queloide, retorcido y violento, que se hundía hacia su pecho. Era la marca inequívoca de un corte profundo, hecho con la intención de matar.
—Tres días después de que me abandonaras —comenzó a relatar Mateo, bajando la voz hasta convertirla en un gruñido letal—, estaba ahogando mis penas en un bar de mala muerte en el barrio de Tetuán. No recuerdo mucho. Sólo sé que salí a la calle, llovía. Dos hombres me arrinconaron en el callejón. No querían mi cartera. No querían mi reloj. Me agarraron por la espalda. Uno de ellos me susurró al oído: “Un regalo de bodas adelantado de parte de don Carlos”. Y luego, sentí el frío del acero abriéndome la garganta.
Las lágrimas, calientes y espesas, brotaron de los ojos de Valeria sin que ella pudiera detenerlas. El terror la paralizó por completo. Su respiración se volvió superficial, errática. Todo había sido en vano. El monstruo de Carlos no había cumplido su palabra. Ella había vendido su cuerpo y su vida a cambio de nada.
—Sobreviví por un milagro —continuó Mateo, sin soltar la mirada atónita y llena de lágrimas de Valeria—. Una patrulla de policía giró la esquina en ese exacto instante y los matones huyeron pensando que estaba muerto. Pasé tres semanas en coma en el Hospital de La Paz. Desperté conectado a tubos, sin poder hablar, solo con el odio inyectado en mis venas. Un odio hacia Carlos, sí. Pero sobre todo, un odio abrasador hacia ti.
—Mateo, te juro por mi vida que yo no lo sabía… —sollozó Valeria, la compostura de la alta sociedad madrileña completamente desmoronada. Las lágrimas arruinaban su maquillaje perfecto—. Yo me fui para protegerte. Carlos amenazó con matarte. Me enseñó fotos tuyas, de tu familia… Dijo que si no me iba con él y te dejaba, te asesinaría. Yo hice el trato. Le vendí mi libertad a cambio de tu vida. Yo… yo te salvé. O eso creía.
El silencio que siguió a su confesión fue ensordecedor, superando incluso el rugido aerodinámico del AVE cruzando las áridas llanuras de Castilla-La Mancha. La velocidad del tren marcaba los 280 kilómetros por hora en la pantalla digital del techo del vagón, pero dentro de aquel espacio, el tiempo parecía moverse a través de melaza.
Mateo la observó, analizando cada microexpresión de su rostro, buscando la mentira. Sus ojos oscuros, antes llenos de venganza justiciera, comenzaron a nublarse por la confusión. Soltó la muñeca de Valeria lentamente, como si de repente le quemara.
—¿Estás diciendo que… todo fue un montaje? —preguntó él, retrocediendo ligeramente en el asiento—. ¿Que te prostituiste con ese bastardo mafioso para salvarme a mí?
—No me llames prostituta —replicó Valeria con una dignidad feroz, limpiándose las lágrimas de las mejillas con el dorso de la mano—. Fui un escudo. Fui tu escudo, Mateo. Sacrifiqué la única posibilidad de ser feliz que tenía en la vida para que tú pudieras seguir respirando. Y ahora me dices que ese hijo de puta mandó a cortarte el cuello de todos modos.
La bilis subió por la garganta de Valeria. Sentía asco de sí misma, asco de las manos de Carlos recorriendo su cuerpo durante esos cinco años, asco de la riqueza que la rodeaba. Toda su existencia se revelaba ahora como una farsa macabra construida sobre una traición sanguinaria.
Mateo se llevó las manos a la cabeza, hundiendo los dedos en su pelo corto. Un gemido de pura agonía escapó de sus labios. Durante cinco años se había alimentado de resentimiento. Había utilizado el dolor de la traición de Valeria como combustible para levantarse de la cama del hospital, para rehabilitar sus cuerdas vocales, para involucrarse con personas muy peligrosas en el bajo mundo de Madrid con el único objetivo de amasar el poder suficiente para acercarse a Carlos de la Vega. Se había convertido en algo oscuro, en un depredador implacable del mercado negro y la información, todo por venganza.
Y ahora descubría que la mujer a la que más había odiado era la mártir de su propia historia.
—Dios mío, Valeria… —murmuró Mateo, levantando la vista. Ahora no había ira, solo un profundo e insondable arrepentimiento—. Qué nos han hecho. Qué nos hemos hecho.
El tren hizo un ligero giro, inclinándose suavemente al tomar una curva en las cercanías de Puertollano. El sol de la tarde penetró por la ventana, bañando el rostro de Valeria en un resplandor dorado que destacaba la tristeza infinita de sus ojos verdes.
—Da igual, Mateo —dijo ella, con una voz vacía, resignada, la voz de un prisionero en el corredor de la muerte que ya ha aceptado su destino—. Ya es tarde. Pasado mañana me caso con él. No hay salida. Su red de influencia controla jueces, policías, políticos. Si huyo, te encontrará y terminará el trabajo. Y luego irá a por mi familia. Tengo que hacer esto.
—No. —La palabra salió de la boca de Mateo con la contundencia de un bloque de granito cayendo al suelo. Se giró hacia ella, agarrándole esta vez el rostro con ambas manos, obligándola a mirarlo—. No vas a casarte con ese monstruo. Se acabó, Valeria. El tiempo de ser víctimas se terminó hace media hora, cuando me senté en este tren.
—¿Qué estás diciendo? Estás loco. No sabes de lo que es capaz Carlos.
—No, Valeria. Eres tú quien no sabe en qué me he convertido yo en estos cinco años —la sonrisa de Mateo regresó, pero esta vez no era burlona, sino fría, calculadora y mortalmente peligrosa—. Creías que el traje italiano y el billete de primera clase eran una fachada, ¿verdad? Carlos no es el único que sabe jugar sucio en este país. Durante los últimos tres años me he infiltrado en la red de blanqueo de capitales de la familia De la Vega. Conozco cada cuenta offshore en Panamá, cada soborno a concejales de urbanismo en Marbella, cada gramo de polvo blanco que utilizan para financiar sus hoteles de lujo.
Valeria lo miró, estupefacta. El hombre que tenía delante ya no era el arquitecto bohemio que le recitaba poesía de Lorca. Era un guerrero moldeado en las sombras, endurecido por el fuego de la traición y la muerte.
—Tengo un disco duro —continuó Mateo, bajando la voz hasta un susurro imperceptible para cualquiera que no fuera ella—. La Policía Nacional de la Unidad de Delincuencia Económica y Fiscal lleva meses esperando las pruebas que les voy a entregar mañana por la mañana. Cuando lo haga, el imperio De la Vega se derrumbará como un castillo de naipes. Carlos, su padre, sus abogados… todos irán a la cárcel de Soto del Real antes de que llegue el domingo. No habrá boda, Valeria.
El corazón de Valeria empezó a latir con una fuerza desmesurada, golpeando contra sus costillas como un pájaro enjaulado. Una chispa minúscula de esperanza, una emoción que creía muerta y enterrada, comenzó a parpadear en su interior.
—¿Es… es verdad? —preguntó ella, atreviéndose a poner una de sus manos temblorosas sobre la de Mateo, que aún sostenía su mejilla.
—Te lo prometo por mi vida —dijo él, y sus ojos transmitían una sinceridad absoluta—. Pero tenemos un problema, Valeria. Un problema muy grave.
La chispa de esperanza vaciló. —¿Cuál?
Mateo miró el reloj Patek Philippe que adornaba su muñeca izquierda.
—Carlos sabe que yo tengo la información. Mis informantes me avisaron hace tres horas de que ha descubierto mi tapadera. Sabe que estoy vivo, sabe que soy la misma persona a la que mandó matar hace cinco años, y sabe que tengo las pruebas. Y lo que es peor… —Mateo tragó saliva, mirando fijamente a Valeria—. Sabe que estoy en este tren contigo.
Un escalofrío de terror puro recorrió el cuerpo de Valeria de pies a cabeza. El aire del vagón se sintió repentinamente asfixiante, irrespirable.
—¿Qué? ¿Cómo que lo sabe? —Valeria miró a su alrededor con pánico, como si los asientos vacíos fueran a cobrar vida para atacarlos.
—Hackearon mi teléfono justo cuando compraba el billete —explicó Mateo rápidamente—. Saben que vamos a Sevilla. El AVE hace su próxima y única parada en Córdoba en exactamente cuarenta y cinco minutos.
—¿Y qué va a pasar en Córdoba? —preguntó ella, aunque en el fondo de su ser ya conocía la respuesta.
—Los hombres de Carlos estarán allí esperándonos en el andén —sentenció Mateo, su voz adoptando un tono táctico y urgente—. No van a permitir que llegue a Sevilla y mucho menos a Madrid mañana para hablar con la UDEF. Si este tren se detiene en Córdoba, estamos muertos los dos. Tú por ser considerada cómplice, y yo por ser la amenaza.
Valeria se llevó ambas manos a la boca para ahogar un grito de pánico. El majestuoso y seguro tren AVE de repente se había transformado en una trampa mortal de acero, viajando a casi trescientos kilómetros por hora directamente hacia un paredón de fusilamiento. No había salidas. Las puertas no podían abrirse a esa velocidad. Romper los cristales significaba una muerte segura por la presión y el impacto.
—¿Qué vamos a hacer, Mateo? —sollozó Valeria, sintiendo que el suelo desaparecía bajo sus pies—. ¡Dios mío, vamos a morir! Después de todo esto, vamos a morir en un andén de Córdoba.
—Mírame, Valeria. ¡Mírame! —Mateo le agarró los hombros con firmeza, obligándola a enfocar su mirada en él—. No dejé que me cortaran el cuello en aquel callejón, me arrastré fuera del infierno y me pasé cinco años construyendo mi venganza para morir hoy. No voy a dejar que te toquen. Ni a ti ni a mí. Pero necesito que confíes en mí. Como nunca lo has hecho antes. ¿Confías en mí?
Valeria miró al hombre que tenía delante. El hombre por el que había sacrificado su vida. El hombre que, a pesar de creerse traicionado, había cruzado el fuego para destruir a quienes los habían separado. En medio del terror abrumador, la certeza de su amor por él, un amor que había permanecido intacto y oculto bajo capas de hielo durante media década, estalló con una claridad deslumbrante.
Asintió con la cabeza, una sola vez, pero con total determinación.
—Confío en ti.
—Bien —Mateo se levantó de un salto—. Coge tus cosas. Solo lo imprescindible. Deja el bolso grande. Coge tu teléfono, tu documentación y salgamos de este vagón. Tenemos que llegar a la cabeza del tren.
—¿Para qué? —preguntó ella, levantándose apresuradamente y agarrando su pequeño bolso de mano de Gucci, sintiendo de repente lo absurdo y estúpido de ese objeto de lujo frente a una amenaza de muerte inminente.
—Para detener este tren antes de llegar a Córdoba —dijo Mateo, abriendo la puerta corredera de cristal del vagón VIP, que se deslizó con un zumbido electrónico silencioso—. Vamos a tener que secuestrar el AVE.
El pasillo del tren conectaba vagón tras vagón como las vértebras de una bestia metálica infinita. Comenzaron a avanzar con paso rápido pero tratando de no llamar la atención. Atravesaron el vagón cafetería, donde algunos pasajeros bebían cerveza Cruzcampo y comían bocadillos de jamón ibérico, ajenos por completo al drama a vida o muerte que se desarrollaba a pocos metros de ellos. Valeria caminaba detrás de Mateo, observando la tensión en su espalda ancha, la forma en que su mirada escudriñaba cada rostro, cada movimiento sospechoso.
Mientras cruzaban el vagón 3 de clase Turista, Valeria sintió una vibración en su bolso. Sacó su teléfono móvil. La pantalla iluminada mostraba un mensaje de WhatsApp entrante. El nombre en la pantalla hizo que el estómago se le revolviera: Carlos.
Con los dedos temblando violentamente, Valeria deslizó la pantalla para abrir el mensaje.
«Espero que estés disfrutando del viaje, mi amor. Me han dicho que te has encontrado con un viejo fantasma del pasado. Es una lástima que los viajes en tren sean tan impredecibles hoy en día. A veces hay accidentes terribles. Nos vemos en Córdoba, cariño.»
Un jadeo estrangulado escapó de la garganta de Valeria. Se detuvo en medio del pasillo, pálida como la cera. Mateo, al notar que no la seguía, se giró rápidamente y regresó sobre sus pasos.
—¿Qué pasa? —preguntó, bajando la vista hacia el teléfono que ella sostenía como si quemara. Leyó el mensaje en silencio. Su mandíbula se tensó tanto que los músculos de sus mejillas parecieron a punto de estallar—. Ese hijo de perra. Está intentando asustarte, desestabilizarnos.
—Mateo… —la voz de Valeria era un murmullo roto de terror—. “Accidentes terribles”. No están esperando en el andén de Córdoba para pegarnos un tiro. Van a descarrilar el tren. ¡Van a matar a todas estas personas por nuestra culpa!
Mateo agarró el teléfono de Valeria y, con un movimiento rápido y frío, lo arrojó a un papelera cercana.
—Ahora más que nunca tenemos que llegar a la cabina del maquinista —dijo él, tomándola de la mano, entrelazando sus dedos con una fuerza que le transmitió un extraño sentido de seguridad en medio del caos inminente—. No van a descarrilar nada si el tren no llega a la zona de emboscada. ¡Muévete, Valeria, deprisa!
Continuaron avanzando, cruzando las puertas automáticas con urgencia. El tren pasaba en ese momento por el viaducto del embalse de Yeguas, el agua brillando muy abajo bajo el sol ardiente de la tarde española. El paisaje exterior pasaba a una velocidad vertiginosa, un borrón verde, marrón y amarillo. Estaban entrando en la provincia de Córdoba. El tiempo se agotaba.
Llegaron finalmente al vagón número 1. Al fondo, más allá del área destinada a sillas de ruedas y los últimos asientos, se encontraba la pesada puerta metálica que daba acceso a la cabina de control del maquinista. Un panel electrónico con un teclado numérico y una ranura para tarjetas bloqueaba la entrada.
—Mierda —maldijo Mateo en voz baja—. Puerta blindada con control biométrico y de tarjeta.
—¿No puedes hackearlo? Pensé que en estos cinco años te habías convertido en un súper espía —dijo Valeria, el sarcasmo naciendo del nerviosismo extremo que sentía, una reacción de defensa de su cerebro para no colapsar.
Mateo la miró, levantando una ceja. —Soy un experto en blanqueo de capitales e inteligencia financiera, Valeria, no Tom Cruise en Misión Imposible. No puedo abrir una puerta de seguridad ferroviaria mirándola fijamente.
—¿Entonces qué hacemos? ¡Faltan menos de veinte minutos para llegar a Córdoba! —la histeria empezaba a apoderarse de la voz de la mujer. Miró hacia atrás por el pasillo. Un revisor de RENFE, vestido con su impecable uniforme azul y una gorra, se acercaba desde el fondo del vagón, revisando billetes.
Mateo vio al revisor. Sus ojos se oscurecieron. Tomó a Valeria por los hombros y la empujó suavemente hacia el espacio entre los aseos, ocultándolos parcialmente de la vista directa del pasillo central.
—Escúchame con atención —le susurró Mateo de forma apremiante—. El revisor tiene la tarjeta maestra de acceso a la cabina. Necesito esa tarjeta.
—No, Mateo, por favor. No le hagas daño. Es solo un trabajador… —suplicó ella, aterrorizada por la mirada fría que había aparecido en los ojos del hombre que amaba.
—No voy a matarlo, Valeria, por Dios. Solo voy a… persuadirlo para que me preste su identificación. Pero necesito que tú lo distraigas.
—¿Yo? ¿Cómo?
—Eres una mujer hermosa, vestida de alta costura, llorando y aparentemente sufriendo un ataque de pánico. Utilízalo. Llama su atención. Haz que se acerque a ti aquí, en este rincón ciego de las cámaras de seguridad. Cuando esté distraído contigo, yo me encargo del resto.
Valeria tragó saliva, el sabor metálico del miedo llenando su boca. Pero asintió. Era eso, o la muerte de cientos de inocentes y la suya propia en unos minutos.
Salió de su escondite justo cuando el revisor, un hombre de mediana edad con bigote canoso, pasaba cerca de los baños. Valeria se dejó caer de rodillas, soltando un gemido agudo y fingiendo un hiperventilar dramático. Las lágrimas, que no requerían mucho esfuerzo para salir dadas las circunstancias, corrieron por su rostro, arruinando su maquillaje de Chanel.
—¡Por favor! —gimió Valeria, llevándose las manos al pecho—. ¡Ayuda! ¡Me ahogo! No puedo respirar…
El revisor reaccionó de inmediato. Su rostro profesional se transformó en alarma y se arrodilló junto a ella. —¡Señorita! ¿Qué le ocurre? ¿Se encuentra bien? ¿Es un ataque de asma? —El hombre sacó un walkie-talkie de su cinturón—. Control, tenemos una emergencia médica en el coche 1, necesito…
No pudo terminar la frase. Mateo emergió como una sombra letal desde el hueco de los aseos. Con un movimiento preciso y fulminante aprendido en los bajos fondos, aplicó una llave de estrangulamiento alrededor del cuello del revisor, presionando exactamente sobre la arteria carótida. El hombre intentó forcejear, sus manos arañando el brazo de Mateo, pero la falta de sangre al cerebro hizo su efecto en cuestión de segundos. El revisor puso los ojos en blanco y su cuerpo se volvió flácido, cayendo desmayado al suelo alfombrado sin hacer ruido.
—¡Dios mío, Mateo! —Valeria se tapó la boca con ambas manos, horrorizada—. ¡Lo has matado!
—Está vivo, solo dormirá un par de minutos —gruñó Mateo, arrodillándose rápidamente. Empezó a registrar los bolsillos del uniforme del trabajador inconsciente—. ¡Vigila el pasillo!
Valeria se asomó al pasillo con el corazón desbocado. Afortunadamente, los pasajeros del primer vagón estaban todos en sus asientos, mirando películas en sus tabletas o durmiendo, ajenos a la escena del crimen que se desarrollaba en la zona de los aseos.
—¡La tengo! —Mateo sacó una tarjeta plástica blanca del bolsillo interior de la chaqueta del revisor. Se levantó de un salto y corrió hacia la puerta de la cabina.
Pasó la tarjeta por el lector. La luz del panel pasó de rojo a verde con un leve pitido. Mateo empujó la pesada puerta metálica y entró de golpe en la cabina de control. Valeria lo siguió de cerca, cerrando la puerta tras de sí.
El espacio era reducido, dominado por paneles de instrumentos llenos de botones, pantallas digitales que mostraban gráficos de velocidad, presión y estado de la catenaria, y un gran parabrisas frontal que ofrecía una vista vertiginosa de las vías devorando la distancia a 250 kilómetros por hora.
El maquinista, un hombre joven con auriculares puestos, dio un respingo en su asiento ergonómico, girándose bruscamente. Al ver a dos civiles invadiendo la cabina de seguridad, su rostro se descompuso de terror y furia.
—¡Pero qué coño…! —gritó el maquinista, levantándose a medias—. ¡Están locos! ¡Salgan de aquí ahora mismo o activo la alarma general de secuestro!
—Escúchame bien, amigo —dijo Mateo, utilizando una voz calmada pero cargada de una autoridad escalofriante. Metió la mano derecha dentro del interior de su chaqueta, en un gesto universalmente reconocido que sugería que iba armado—. No vas a tocar ninguna alarma. Y vas a hacer exactamente lo que yo te diga, o no saldrás vivo de este tren.
Valeria se sorprendió de nuevo. ¿Llevaba una pistola? Mateo la miró de reojo por una fracción de segundo, y por la tensión en sus ojos, ella comprendió que era un farol. No tenía ningún arma, pero el maquinista no lo sabía.
El maquinista levantó las manos lentamente, tragando saliva, sudando frío. —Vale, vale… Tranquilo. ¿Qué quieren? ¿Dinero? Esto es un tren, no hay caja fuerte…
—Quiero que detengas el tren —ordenó Mateo, acercándose a los mandos.
—¿Detenerlo? —el maquinista pareció genuinamente desconcertado—. No puedo detener un AVE de golpe en medio de la vía a esta velocidad. ¡Descarrilaríamos! Hay protocolos, necesito contactar con el centro de control de Atocha, pedir autorización, buscar una vía muerta o un apartadero…
—No hay tiempo para protocolos —lo interrumpió Mateo—. ¡Frena el maldito tren! Carlos de la Vega ha preparado un atentado en la estación de Córdoba o en los kilómetros previos. Si llegamos allí, todos los que van a bordo morirán.
El nombre de Carlos de la Vega pareció resonar en la mente del maquinista. El miedo en sus ojos fue reemplazado por la incredulidad y luego por un terror diferente.
—Estás loco… —balbuceó el joven—. Si activo el freno de emergencia a máxima velocidad, los sistemas de seguridad del tren saltarán, la catenaria se bloqueará y quedaremos parados en medio de la nada. Nos despedirán a todos.
—Mejor despedidos que muertos —intervino Valeria, dando un paso adelante, su voz temblando pero llena de convicción—. Hágalo. Por favor. Nos van a matar a todos.
El maquinista dudó un segundo, mirando la aparente arma bajo la chaqueta de Mateo, y luego los ojos desesperados de Valeria. Suspiró profundamente y se giró hacia el panel de control.
—Agárrense fuerte —advirtió el maquinista, su voz perdiendo profesionalidad y volviéndose aguda—. Esto va a ser un infierno.
El maquinista accionó una serie de palancas y finalmente tiró de una manivela roja grande marcada como Freno de Emergencia (Seta).
El mundo pareció colapsar. Un chirrido ensordecedor, agónico, metálico, llenó el aire como si diez mil demonios rasgaran la estructura del tren. La inercia lanzó a Valeria violentamente hacia adelante. Mateo la atrapó en el aire, rodeándola con sus brazos y girando su cuerpo para recibir el impacto contra la pared de la cabina, protegiéndola con su propia espalda.
El tren tembló, vibró de una manera aterradora. El sonido de las maletas cayendo de los portaequipajes y los gritos ahogados de los pasajeros en los vagones traseros llegaron hasta ellos. Las ruedas de acero chirriaron contra los rieles, desprendiendo chispas invisibles bajo la pesada máquina, luchando contra la física de miles de toneladas de metal en movimiento.
Fueron los treinta segundos más largos en la vida de Valeria. Apretaba su rostro contra el pecho de Mateo, escuchando los latidos frenéticos de su corazón, sintiendo el olor a sándalo y tabaco que siempre la había vuelto loca. Si iban a morir descarrilados en ese instante, al menos estaba en los brazos del hombre al que nunca debió dejar ir.
Poco a poco, la violenta deceleración comenzó a ceder. La vibración disminuyó. El paisaje exterior, antes un borrón furioso, empezó a definirse en árboles individuales, postes de electricidad y colinas secas bajo el sol inclemente de Andalucía.
Finalmente, con un último gemido hidráulico, el tren AVE se detuvo por completo.
El silencio que siguió fue absoluto, irreal, solo interrumpido por el sonido de la respiración agitada de los tres ocupantes de la cabina.
Mateo soltó a Valeria poco a poco, mirándola a los ojos para asegurarse de que estaba ilesa. Ella asintió, pálida y temblorosa, pero viva.
—Lo hemos parado —susurró Valeria, casi sin creerlo—. Lo hemos conseguido.
—No celebres todavía —dijo Mateo, soltándola y girándose hacia el parabrisas de la cabina.
Valeria siguió su mirada. Estaban parados en medio de un inmenso campo de olivos, en un tramo recto de las vías. A unos dos kilómetros más adelante, apenas visible en el horizonte deformado por el calor del asfalto, se alzaba el puente sobre el río Guadalquivir, antes de la entrada a Córdoba.
Y allí, cruzando perpendicularmente las vías justo antes del puente, había algo extraño. Un gran camión de transporte de mercancías, aparentemente atascado o cruzado intencionalmente sobre los rieles.
El maquinista miró la escena y su rostro perdió todo el color. —Hijos de puta… —susurró el conductor, dejándose caer en su asiento, temblando—. Iban a provocar una colisión. A esta velocidad, el tren se habría desintegrado contra ese camión. Nos han salvado la vida.
Mateo no respondió. Miró a través del cristal lateral de la cabina. A lo lejos, por un camino de tierra adyacente a las vías del tren, se levantaba una nube de polvo. Varios vehículos todoterreno negros, tipo SUV, se acercaban a toda velocidad hacia la posición del tren detenido.
—Carlos no deja cabos sueltos —dijo Mateo, la frialdad táctica regresando a su voz—. Si el tren no va a la trampa, la trampa viene al tren. Vienen a por nosotros, Valeria.
—¿Qué hacemos ahora? Estamos atrapados en medio del campo —el pánico volvió a apoderarse de Valeria. Miró sus tacones de aguja de Jimmy Choo y su vestido elegante. No estaba equipada para huir por el campo andaluz a cuarenta grados a la sombra.
Mateo se giró hacia el maquinista. —Abre la puerta manual de emergencia de la cabina. La que da directamente a las vías en el exterior.
—Pero… la altura… y es ilegal… —intentó protestar el maquinista, todavía en estado de shock.
—¡Ábrela, maldita sea! —rugió Mateo.
El maquinista obedeció de inmediato, introduciendo un código en un panel lateral y tirando de una palanca. Una escotilla lateral se abrió hacia afuera, revelando una caída de casi dos metros hasta el balasto de piedras afiladas que rodeaban las vías, bajo el abrasador sol de la tarde.
—Quítate los tacones, Valeria —ordenó Mateo, asomándose a la puerta para comprobar la altura—. Y el vestido… rómpelo por la rodilla si es necesario para poder correr.
Valeria no lo dudó. Se quitó los zapatos de mil euros y los dejó abandonados en el suelo de la cabina. Agarró la seda italiana de su falda ajustada y tiró con fuerza, rasgando la tela hasta medio muslo para ganar movilidad. Se quedó descalza, sintiendo el frío del suelo metálico bajo la planta de sus pies.
—Yo salto primero y te agarro —dijo Mateo. Sin pensarlo dos veces, se lanzó por el hueco, cayendo de forma ágil sobre las piedras crujientes. Se enderezó inmediatamente, extendiendo los brazos hacia ella—. ¡Vamos, salta! ¡Los coches están a menos de un kilómetro!
Valeria miró hacia abajo, el vértigo apoderándose de ella por un segundo. Miró hacia atrás, al maquinista aterrorizado, y luego hacia el horizonte donde el polvo del convoy de asesinos se acercaba rápidamente. Cerró los ojos y se dejó caer hacia el vacío.
El impacto fue amortiguado por los brazos fuertes de Mateo, que la sujetaron por la cintura antes de que sus pies descalzos tocaran las rocas afiladas. El calor exterior los golpeó como la bofetada de un gigante. El aire ardía en los pulmones. Estaban en medio de la nada, rodeados de miles de hectáreas de olivos milenarios bajo un cielo implacablemente azul.
—Corramos hacia los olivos —indicó Mateo, agarrándola de la mano de nuevo, tirando de ella con fuerza—. Tenemos que ocultarnos entre los árboles antes de que lleguen.
Comenzaron a correr. Las piedras cortaban las plantas de los pies de Valeria con cada paso, y la maleza seca le arañaba las piernas desnudas, pero la adrenalina bloqueaba el dolor. Corrieron a través de la pequeña cuneta de la vía del tren, saltaron una pequeña acequia seca, y se adentraron en las largas e infinitas hileras de olivos que caracterizaban el paisaje andaluz.
Apenas se habían adentrado unos cincuenta metros en la arboleda cuando escucharon el chirrido de los frenos de los vehículos pesados derrapando sobre la tierra junto a las vías del tren, justo detrás de donde habían estado minutos antes.
Mateo se lanzó al suelo, arrastrando a Valeria con él, ocultándose ambos detrás del grueso y retorcido tronco de un olivo centenario.
—Abajo. Ni un sonido —susurró Mateo, pegando su cuerpo al de ella. El pecho de ambos subía y bajaba violentamente por el esfuerzo. Valeria estaba cubierta de sudor, suciedad y pequeños rasguños sangrantes en los pies y piernas.
Desde su posición, a través de las ramas y hojas plateadas de los olivos, podían ver parcialmente las vías del tren. Cuatro Mercedes Clase G negros estaban estacionados junto a la locomotora del AVE. Una docena de hombres armados, con aspecto de mercenarios del este de Europa o sicarios profesionales, salieron de los vehículos. Vestían ropa táctica negra y portaban armas largas, subfusiles automáticos que brillaban siniestramente bajo el sol de la tarde.
El líder del grupo, un hombre corpulento con la cabeza rapada, gesticuló violentamente y gritó órdenes en un idioma que Valeria no pudo identificar, aunque Mateo maldijo en voz baja, reconociendo el ruso.
Vieron cómo dos de los hombres trepaban por el exterior de la locomotora y entraban en la cabina de control a través de la puerta que ellos habían dejado abierta. Unos minutos de tensión insoportable pasaron mientras los hombres revisaban la cabina. Luego, uno de los sicarios se asomó por la puerta y gritó hacia el líder que esperaba abajo.
—¡No están! ¡El maquinista dice que han saltado y huido hacia el campo! —tradujo Mateo en un susurro inaudible en la oreja de Valeria.
El líder calvo miró hacia la vasta extensión de olivos. Sacó un teléfono móvil, marcó un número y se lo llevó a la oreja. Valeria supo, con una certeza helada, con quién estaba hablando.
—Señor De la Vega —dijo el hombre, su voz lo suficientemente alta para que el viento la transportara vagamente hasta donde estaban escondidos—. El pájaro ha volado. No están en el tren. Han huido al campo de olivos. Sí, señor… Sí, tenemos perros en los vehículos de atrás. Desplegaremos a los hombres. Los encontraremos. No saldrán de esta finca vivos.
Valeria cerró los ojos y ahogó un sollozo contra la camisa de Mateo. Perros. Iban a soltar perros de rastreo tras ellos. El pánico amenazaba con paralizar sus sentidos. Iba a morir allí, destrozada por perros y acribillada a balazos, a cien kilómetros de la ciudad donde iba a casarse en una boda de ensueño fabricada con mentiras y sangre.
Mateo la abrazó más fuerte, besando la coronilla de su cabello despeinado y polvoriento.
—Tranquila. Mírame, Valeria —susurró él, levantando su barbilla—. Carlos cree que es el único que juega al ajedrez, pero no sabe que llevo cinco años estudiando su tablero. Yo no me subí a ese tren de forma improvisada. Sabía que había un ochenta por ciento de posibilidades de que nos intentaran emboscar antes de Sevilla.
—¿Qué quieres decir? —Valeria abrió los ojos, confundida y desesperada por encontrar algo de esperanza en medio de la pesadilla.
—Quiero decir que yo también tengo amigos en lugares altos, y no vine solo a esta guerra —Mateo sacó un pequeño teléfono satelital, negro y grueso, de un bolsillo interior de su chaqueta. Tecleó rápidamente un código—. Y si creen que van a cazarnos como a conejos en este campo, se van a llevar una desagradable sorpresa.
Mateo se llevó el teléfono a la oreja. Esperó un par de segundos.
—Lobo, soy yo. El paquete está a salvo y conmigo. Hemos abandonado el tren en el punto Bravo-Tres. Sí, tenemos compañía. Cuatro vehículos hostiles, unos doce hombres armados. Inicien el protocolo de extracción y fuego de cobertura. Ahora.
Colgó el teléfono y miró a Valeria, sus ojos ardiendo con una intensidad fiera y salvaje que la hizo estremecer, pero esta vez no de miedo, sino de una extraña y poderosa fascinación.
—Agárrate fuerte a mi mano, mi amor —le dijo Mateo, usando el apelativo por primera vez sin ironía, con toda la pasión y protección de las que era capaz—. Esto va a ser ruidoso. Y cuando empiece el ruido, vamos a correr hacia el sur como si no hubiera un mañana.
Antes de que Valeria pudiera preguntar a qué se refería, un sonido lejano pero atronador desgarró el aire caliente de la tarde andaluza. No era el ruido de los coches ni del tren. Era el sonido rotatorio, pesado y vibrante, de aspas cortando el viento a una velocidad vertiginosa.
El sonido de un helicóptero.
Desde detrás de una colina cercana al sur de su posición, se elevó majestuosamente un helicóptero negro, sin insignias, de aspecto militar, acercándose a gran velocidad hacia las vías del tren.
Los sicarios de Carlos se dieron cuenta de la amenaza de inmediato. El pánico cundió entre sus filas. Empezaron a gritar, levantando sus armas largas y apuntando al cielo. Pero antes de que pudieran disparar un solo tiro, desde el lateral abierto del helicóptero, una ráfaga ensordecedora de fuego de ametralladora pesada barrió la tierra, levantando columnas de polvo, piedras y metralla justo delante de los vehículos de los sicarios, en un claro disparo de advertencia.
Los hombres de negro se lanzaron al suelo, cubriéndose detrás de sus todoterrenos, completamente inmovilizados por la abrumadora superioridad de fuego que caía desde el cielo.
—¡Ahora, Valeria! ¡Corre! —gritó Mateo, tirando de su mano y levantándola del suelo.
Comenzaron a correr de nuevo, adentrándose más en el espeso bosque de olivos, alejándose de las vías del tren y del caos que se había desatado detrás de ellos. El sonido del helicóptero sobrevolando la zona y manteniendo a raya a los hombres de Carlos llenaba el aire, creando un paraguas de ruido bajo el cual Mateo y Valeria huían hacia la libertad.
Corrían sin mirar atrás, el sudor mezclándose con el polvo en sus rostros. Valeria ya no sentía el dolor de sus pies descalzos, ni el rasgar de las ramas contra su piel. Lo único que sentía era la mano firme de Mateo sosteniendo la suya, el latido desbocado de su corazón y la abrumadora y embriagadora sensación de estar viva.
Después de unos diez minutos de carrera frenética, sus pulmones quemando por el esfuerzo y la falta de aire, llegaron a un camino rural de tierra asfaltada que cruzaba la finca olivarera.
Apostado en el arcén, con el motor encendido y rugiendo como una bestia impaciente, había un vehículo todoterreno blindado de color arena, con los cristales tintados y un conductor vestido de negro al volante. La puerta trasera estaba abierta, esperando por ellos.
Mateo empujó a Valeria hacia el interior del vehículo y subió detrás de ella, cerrando la pesada puerta blindada de un portazo.
—¡Sácanos de aquí, Lobo! ¡A la casa de seguridad en Málaga! —ordenó Mateo, recostándose en el asiento de cuero, exhausto.
El conductor pisó el acelerador a fondo. El vehículo patinó ligeramente en la tierra antes de ganar tracción y salir disparado por el camino rural, levantando una espesa nube de polvo a su paso, alejándolos de la muerte y del infierno que había sido la vida de Valeria durante los últimos cinco años.
Valeria se dejó caer contra el respaldo del asiento, respirando entrecortadamente. Miró a Mateo, que la observaba con una mezcla de alivio infinito y un amor profundo y resucitado. Estaba cubierto de polvo, la camisa blanca manchada de sudor, la corbata deshecha. Pero a los ojos de Valeria, nunca había sido tan hermoso. Nunca había sido tan real.
Lentamente, ignorando el dolor de sus cortes y el agotamiento de su cuerpo, Valeria se deslizó por el asiento hasta acercarse a él. Levantó la mano, acariciando suavemente la cicatriz en su cuello, sintiendo el relieve duro de la piel curada, el testimonio silencioso del sacrificio y el sufrimiento que ambos habían soportado por amor, envueltos en mentiras y manipulaciones de un monstruo sediento de poder.
—Siento mucho todo lo que te han hecho, Mateo —susurró ella, con las lágrimas asomando de nuevo a sus ojos verdes, pero esta vez, lágrimas de liberación—. Siento tanto no haber sido más valiente hace cinco años.
Mateo tomó la mano que acariciaba su cuello y besó la palma con ternura.
—No hay nada que perdonar, Valeria. Lo hiciste por amor. Me salvaste la vida. Y ahora, yo te he salvado la tuya —respondió él, acercando su rostro al de ella, rozando sus labios polvorientos en un beso suave, lleno de promesas y de un futuro que acababan de arrebatar de las garras de la muerte—. Mañana entregaremos ese disco duro. Mañana, el imperio de Carlos de la Vega se convertirá en cenizas. Y después… después volveremos a empezar. Donde lo dejamos. En Cádiz, diseñando casas frente al mar.
Valeria sonrió, una sonrisa genuina y radiante que iluminó el oscuro interior del vehículo blindado. Miró su mano izquierda. El anillo de diamantes de cinco quilates brillaba con frialdad en su dedo.
Con un movimiento rápido y decidido, Valeria se quitó el anillo, sintiendo una inmensa liberación física y espiritual. Bajó la ventanilla del coche apenas unos centímetros, lo suficiente para arrojar la joya maldita hacia el paisaje andaluz que pasaba a toda velocidad, perdiéndose para siempre entre el polvo del camino, junto con el control que Carlos de la Vega había ejercido sobre su vida.
Se volvió a acurrucar en los brazos de Mateo, cerrando los ojos mientras el vehículo devoraba los kilómetros hacia el sur, hacia Málaga, hacia la verdad, y hacia el amanecer de una nueva vida libre de cadenas.
(Fin de la Primera Parte)
SEGUNDA PARTE
Capítulo 1: El Refugio en la Costa del Sol
El trayecto hacia el sur fue un descenso a través de los círculos de un purgatorio que se desvanecía gradualmente. El paisaje de Andalucía cambiaba ante sus ojos tras los cristales tintados del todoterreno blindado. Atrás quedaban los infinitos y polvorientos campos de olivos de la provincia de Córdoba, sustituidos por las formaciones rocosas y escarpadas que anunciaban la cercanía del mar Mediterráneo. El sol, que horas antes había sido un verdugo implacable, comenzaba a teñirse de tonos cobrizos y púrpuras, ocultándose tras la sierra y bañando la cabina del vehículo en una penumbra reconfortante.
Valeria permanecía recostada contra el pecho de Mateo. El ritmo acompasado de su corazón era el único ancla que la mantenía sujeta a la realidad. Su mente era un torbellino de imágenes fragmentadas: el rostro gélido de Carlos de la Vega probándole el collar de perlas que usaría en la boda; la cicatriz violenta en el cuello de Mateo bajo la luz fluorescente del tren AVE; el sonido ensordecedor del freno de emergencia desgarrando el acero; y el fuego de la ametralladora cayendo desde el cielo como un castigo bíblico. Había cruzado el Rubicón. Ya no era la dócil prometida del imperio inmobiliario. Era una fugitiva, una mujer que acababa de saltar de un tren en marcha para huir de una muerte segura.
—¿Estás bien? —murmuró Mateo. Su voz vibró contra la espalda de Valeria, devolviéndola al presente.
Ella asintió lentamente, aunque cada músculo de su cuerpo protestaba. Las plantas de sus pies, descalzas y maltratadas por las piedras del balasto ferroviario, latían con un dolor sordo y constante. El vestido de seda italiana, antes un símbolo de su opulencia impuesta, ahora no era más que un trapo rasgado, manchado de tierra y sangre seca.
—Me duele todo —confesó ella, su voz apenas un susurro rasposo—. Pero respiro. Y tú estás aquí. Eso es todo lo que importa ahora.
Mateo apretó su abrazo. Miró hacia el conductor, cuya silueta se recortaba contra la luz de los faros que ahora iluminaban la carretera sinuosa.
—Lobo, ¿cuánto falta? —preguntó Mateo, su tono recuperando la autoridad del hombre que había orquestado su rescate.
—Veinte minutos, jefe —respondió Lobo, sin apartar la vista del asfalto. Su voz era profunda, ronca, esculpida por años de tabaco y vaya a saber qué otras batallas—. Estamos entrando en la zona de Benahavís. La casa de seguridad está en la cima de la colina, aislada. Nadie sabe que existe, ni siquiera sus “amigos” de Madrid.
—Asegúrate de que los perímetros de seguridad estén activados en cuanto crucemos el portón. No me fío de Carlos. Si tiene a alguien dentro de la policía, podría rastrear nuestros movimientos —ordenó Mateo, su mente analítica siempre un paso por delante, calculando variables, evaluando riesgos.
Valeria se incorporó ligeramente para mirarlo a la cara. La penumbra ocultaba parcialmente sus facciones, pero el destello en sus ojos oscuros era innegable.
—¿De dónde lo conoces? —preguntó ella, refiriéndose a Lobo, bajando la voz para mantener cierta intimidad en aquel espacio confinado.
Mateo suspiró, pasando una mano por su cabello corto, un gesto que a Valeria le recordó fugazmente al muchacho del que se había enamorado en Madrid, antes de que el mundo se interpusiera entre ellos.
—Lobo es… un fantasma, igual que yo —explicó Mateo, eligiendo sus palabras con cuidado—. Cuando desperté del coma hace cinco años, no tenía a nadie. Mi familia creía que había sufrido un intento de robo. No podía decirles la verdad sin ponerlos en el punto de mira de Carlos. Así que desaparecí. Me sumergí en el subsuelo de Madrid, buscando información, buscando a los hombres que me habían cortado el cuello. Conocí a Lobo en ese mundo de sombras. Él solía trabajar para la inteligencia militar. Hubo una operación en el extranjero que salió mal, el gobierno lo desautorizó y lo dejó a su suerte. Ambos compartíamos un profundo odio por los hombres poderosos que juegan con las vidas de los demás como si fueran fichas en un tablero. Él me enseñó a sobrevivir. Yo le di un propósito. Hemos estado reuniendo pruebas contra la red de Carlos durante tres años.
Valeria sintió una punzada de culpa aguda, un cuchillo frío retorciéndose en su estómago.
—Todo ese tiempo… todo ese dolor. Y yo estaba allí, viviendo en su casa, durmiendo en su cama, creyendo que te había salvado —una lágrima solitaria se deslizó por su mejilla sucia—. Soy tan estúpida.
Mateo le enjugó la lágrima con el pulgar. Sus dedos, ásperos y cálidos, acariciaron su pómulo.
—No. Fuiste valiente. Tomaste una decisión imposible para proteger a alguien que amabas. Carlos es el único monstruo en esta historia, Valeria. Y mañana, ese monstruo va a caer.
El todoterreno giró bruscamente, abandonando la carretera principal para adentrarse en un camino de tierra empinado y rodeado de densa vegetación. Los faros barrían los troncos de los pinos y los alcornoques. Tras unos minutos de ascenso pronunciado, una pesada puerta de hierro forjado apareció en la oscuridad. Lobo accionó un control remoto y las puertas se abrieron lentamente, revelando una villa moderna, de líneas rectas y muros blancos, enclavada en la ladera de la montaña. Desde allí, las luces de la costa de Marbella parpadeaban a lo lejos como estrellas caídas.
El vehículo se detuvo frente a la entrada principal. Lobo apagó el motor, y el silencio de la montaña cayó sobre ellos como una manta pesada.
—Estamos en casa —dijo Lobo, abriendo su puerta e inspeccionando el perímetro con una mirada profesional antes de hacerles una señal para que bajaran.
Mateo ayudó a Valeria a descender. Al pisar el suelo de grava, las heridas en sus pies volvieron a arder. Hizo una mueca de dolor y estuvo a punto de tropezar, pero Mateo la sostuvo con firmeza. Sin decir una palabra, se inclinó, pasó un brazo por detrás de sus rodillas y el otro por su espalda, y la levantó en vilo.
Valeria soltó un pequeño grito de sorpresa y se aferró a su cuello por instinto.
—Puedo caminar —protestó ella débilmente, sintiendo el calor del pecho de Mateo contra el suyo.
—Has caminado suficiente sobre cristales rotos por hoy —replicó él, caminando hacia la entrada de la villa—. Además, es mi casa. Yo pongo las reglas.
El interior de la villa era minimalista, elegante pero impersonal. No había fotografías, ni adornos superfluos, solo lo esencial: muebles de diseño funcional, equipos informáticos de alta tecnología en un rincón del salón, y grandes ventanales de cristal blindado que ofrecían una vista panorámica de la oscuridad del mar.
Mateo la llevó directamente a un amplio cuarto de baño revestido de mármol gris. La depositó con cuidado sobre la tapa cerrada del inodoro.
—Voy a buscar el botiquín. Lobo, asegúrate de que las cámaras térmicas estén funcionando y bloquea todas las comunicaciones salientes que no estén encriptadas —gritó Mateo hacia el pasillo.
—En ello —se escuchó la voz de Lobo desde el salón.
Mateo regresó un minuto después con una caja blanca cruzada por una cruz roja. Se arrodilló frente a Valeria, sacó unas pinzas, algodón, desinfectante y vendas.
—Esto va a doler un poco —advirtió él, tomando el pie derecho de Valeria con una delicadeza extrema.
La luz blanca del baño iluminaba la crudeza de la realidad. Valeria bajó la mirada hacia el hombre que estaba de rodillas ante ella, limpiando pacientemente la sangre seca y la tierra de sus pies magullados. Observó la concentración en su rostro, la línea dura de su mandíbula, las pequeñas cicatrices que salpicaban sus manos, testigos de una vida de violencia que ella nunca había imaginado para él.
Cuando el algodón empapado en alcohol tocó uno de los cortes más profundos, Valeria siseó y retrajo la pierna por puro acto reflejo. Mateo se detuvo de inmediato.
—Lo siento. Lo siento mucho —murmuró él, mirándola con preocupación.
—No, sigue. Está bien —Valeria tragó saliva, obligándose a mantener la pierna quieta—. Es solo que… se siente tan irreal. Hace seis horas estaba en Madrid, discutiendo con el florista sobre si los lirios blancos combinaban mejor con las rosas de té para los centros de mesa. Y ahora estoy aquí, con el vestido roto, escondiéndome de sicarios rusos.
Mateo aplicó una pomada antibiótica y comenzó a vendar el pie con movimientos precisos.
—El imperio de Carlos no se construyó solo con hormigón y especulación inmobiliaria, Valeria. Se construyó con sangre, extorsión y la colaboración de mafias del este que blanquean su dinero a través de sus hoteles. Ese hombre de la cabeza rapada que vimos en las vías… es un antiguo ex militar del GRU, la inteligencia rusa. Carlos lo utiliza para solucionar sus “problemas logísticos”. Tú y yo nos convertimos en un problema logístico en el momento en que subimos a ese tren.
Terminó con el primer pie y comenzó con el segundo. Valeria lo escuchaba, procesando la magnitud de la oscuridad en la que había estado sumergida sin saberlo. Ella conocía la frialdad de Carlos, su crueldad psicológica, su capacidad para amenazar y manipular. Pero escuchar sobre operaciones de blanqueo a escala internacional y sicarios rusos la hizo sentir un escalofrío que le heló la sangre.
—El disco duro —dijo ella de repente, recordando la razón de toda esta locura—. Dijiste que tienes pruebas.
Mateo asintió, terminando de vendar su pie izquierdo. Se levantó, fue hasta el lavabo para lavarse las manos y luego se apoyó contra la encimera de mármol, cruzándose de brazos.
—Registros contables de las Islas Caimán, correos electrónicos encriptados que logramos descifrar, grabaciones de audio de Carlos ordenando sobornos a políticos en la Costa del Sol. Es un paquete completo, atado con un lazo. Si lo entrego a la UDEF, no solo caerá Carlos. Caerán docenas de cargos públicos, concejales de urbanismo, empresarios. Será el mayor escándalo de corrupción de la década en España.
—¿Y por qué no lo has entregado ya? ¿Por qué esperar hasta mañana?
Mateo desvió la mirada, un gesto de vulnerabilidad que no le había visto desde que se reencontraron.
—Porque necesitaba asegurarme de que estuvieras a salvo antes de detonar la bomba —confesó, volviendo a mirarla a los ojos—. Sabía que la boda era este fin de semana. Sabía que irías a Sevilla. Llevaba semanas siguiéndote, Valeria. Viéndote entrar y salir de tiendas de lujo, con ese guardaespaldas gorila que Carlos te había asignado. Sabía que si entregaba el disco duro, Carlos se daría cuenta de inmediato, intentaría huir, y en su paranoia, podría hacerte daño. Tenía que sacarte de su red de control antes de atacar. El AVE era mi única oportunidad. Un espacio cerrado, lejos de sus guardaespaldas habituales. Era un riesgo calculado.
El corazón de Valeria dio un vuelco. Él había orquestado todo, no solo por venganza, sino por ella. Para salvarla, tal como ella había intentado salvarlo a él años atrás. El círculo se cerraba de una manera poética y trágica a la vez.
—Estás agotada —dijo Mateo, cambiando de tema al ver las profundas ojeras que oscurecían el rostro de la mujer—. Hay ropa limpia en el dormitorio principal, al final del pasillo. Camisetas mías, pero te servirán. Date una ducha caliente. Intenta descansar. Yo me quedaré haciendo la primera guardia con Lobo.
Valeria se puso en pie, comprobando que los vendajes amortiguaban el dolor lo suficiente como para permitirle caminar. Se acercó a Mateo. Estaban a centímetros de distancia. La tensión acumulada, el miedo, la adrenalina y los cinco años de anhelo reprimido convergieron en el pequeño espacio entre sus cuerpos.
Sin pensarlo, Valeria levantó las manos y desabrochó los últimos botones de la camisa destrozada de Mateo. Él contuvo la respiración, sus músculos tensándose bajo el tacto de ella. Valeria deslizó la tela por sus hombros, dejándolo con el torso desnudo. La cicatriz del cuello no era la única. Había marcas de quemaduras antiguas en su costado izquierdo, pequeñas cicatrices de cortes y peleas esparcidas por su piel. Cada marca era un testamento de los cinco años de infierno que ella le había provocado, indirectamente, al entregarse a Carlos.
Valeria posó sus labios suavemente sobre la cicatriz de su cuello. Mateo cerró los ojos, dejando escapar un suspiro tembloroso que parecía cargar con el peso del mundo entero. Sus manos, que habían empuñado armas y estrangulado hombres, encontraron la cintura de Valeria con una delicadeza reverencial.
—Pensé que te había perdido para siempre —susurró Mateo contra su cabello.
—Nunca me perdiste —respondió ella, alzando el rostro para encontrar sus labios.
El beso empezó como un susurro, una pregunta tímida buscando permiso después de tanta destrucción. Pero rápidamente se transformó en una exigencia devoradora, en un incendio forestal que consumió todo a su paso. Cinco años de mentiras, de miedo, de noches de insomnio llorando en silencio, se evaporaron en el calor de ese contacto. Se aferraron el uno al otro como náufragos aferrándose a la única tabla de salvación en medio de una tormenta de categoría cinco.
Hicieron el amor en la enorme cama de la habitación principal, rodeados por la oscuridad y el silencio de la montaña. No hubo prisa, solo una necesidad desesperada y primordial de reconocerse, de borrar las huellas que Carlos había dejado en el cuerpo y el alma de Valeria, de curar las heridas que el abandono había abierto en Mateo. Cada caricia, cada beso, era un conjuro para exorcizar los demonios del pasado. Cuando finalmente se quedaron dormidos, abrazados y exhaustos, lo hicieron con la certeza de que, pasara lo que pasara, finalmente estaban juntos.
Capítulo 2: Asedio en la Oscuridad
Eran las 04:30 de la madrugada cuando el infierno se desató de nuevo.
Valeria se despertó sobresaltada, su corazón latiendo desbocado en su pecho. Durante una fracción de segundo, la desorientación la abrumó. No reconocía el olor de las sábanas, ni la forma de la habitación. Entonces, la memoria golpeó con la fuerza de un mazo. El tren, la huida, Mateo.
Extendió la mano buscando el calor de su cuerpo en el lado izquierdo de la cama, pero solo encontró las sábanas frías.
Antes de que pudiera llamarlo, la puerta de la habitación se abrió de golpe. Mateo estaba allí, completamente vestido de negro, una pistola semiautomática Glock 19 empuñada con firmeza en su mano derecha. Su rostro era una máscara de concentración letal.
—Vístete. Ahora. Zapatos, pantalones, lo más rápido que puedas —ordenó, lanzándole unos pantalones cargo oscuros y unas zapatillas de deporte que debían pertenecer a Lobo y que le quedarían enormes, pero servirían.
—¿Qué pasa? —preguntó Valeria, saltando de la cama y poniéndose la ropa a una velocidad frenética, la adrenalina inundando su sistema nervioso y borrando cualquier rastro de sueño.
—Nos han encontrado.
Las palabras cayeron como piedras sobre el suelo de madera.
—¿Cómo? Lobo dijo que este lugar era un fantasma…
—Carlos tiene más recursos de los que calculamos —dijo Mateo, acercándose a la ventana e inspeccionando la oscuridad a través del cristal blindado—. Hackearon los satélites meteorológicos para triangular la señal térmica del helicóptero de extracción, o quizás alguien en la policía corrupta de Málaga les dio el soplo al ver el rastro de nuestro vehículo. Da igual. El perímetro está comprometido. Lobo ha detectado movimiento en el flanco este. Son profesionales, vienen con visión nocturna y silenciadores. Quieren un asesinato limpio, sin testigos, antes de que amanezca.
De repente, un impacto sordo sacudió la estructura de la casa. Un sonido metálico, acompañado de un destello cegador que iluminó la noche al otro lado de la colina.
—¿Qué ha sido eso? —gritó Valeria, tapándose los oídos.
—Granada aturdidora o una carga explosiva en la puerta principal —gruñó Mateo, agarrándola del brazo y tirando de ella hacia el pasillo—. Lobo está conteniéndolos en la planta baja, pero son demasiados. Tenemos que salir por el túnel de evacuación de emergencia.
Corrieron por el pasillo. El olor a humo y a cordita empezaba a filtrarse desde el piso inferior. Escucharon el sonido seco y repetitivo de disparos suprimidos, como pequeños chasquidos mortales, seguidos por el rugido atronador de una escopeta de combate, que indudablemente empuñaba Lobo.
Llegaron a la cocina. Mateo empujó una pesada isla de mármol que se deslizó sorprendentemente fácil sobre raíles ocultos en el suelo, revelando una trampilla de acero.
—Entra —le indicó Mateo, abriendo la trampilla.
Valeria se asomó. Era un conducto oscuro que descendía en vertical con una escalera metálica clavada a la pared. Un abismo negro que prometía la salvación o una tumba.
En ese momento, la puerta de roble macizo que separaba la cocina del salón voló en pedazos. Una ráfaga de balas automáticas barrió la estancia, destrozando armarios, vasos y electrodomésticos. Valeria gritó y se tiró al suelo.
Mateo se giró en un instante, levantando su Glock. Disparó tres veces, con precisión clínica, hacia la figura vestida de negro que asomaba por el umbral destrozado. El hombre cayó hacia atrás con un gemido sordo.
—¡Baja! ¡Ya! —rugió Mateo, colocándose en posición defensiva, apuntando hacia el pasillo, cubriendo su escape.
Valeria no lo dudó. Se deslizó por el hueco y comenzó a bajar frenéticamente por la escalera de metal. El frío y la humedad del túnel la rodearon. Apenas había descendido tres metros cuando escuchó la voz áspera y desesperada de Lobo resonando desde el salón, sobre el estruendo de los disparos.
—¡Mateo, sácala de aquí! ¡Yo volaré la casa! ¡Largaos!
—¡Lobo, no! —gritó Mateo, su voz llena de angustia por primera vez.
Valeria miró hacia arriba. Vio el rostro de Mateo asomarse por el borde de la trampilla. La iluminación de emergencia de la cocina proyectaba sombras dramáticas sobre sus facciones. Sus ojos se encontraron por un segundo.
—Te veré abajo, mi amor —dijo él, y cerró la trampilla de acero con un golpe seco, sumiendo a Valeria en la oscuridad total.
El terror amenazó con paralizarla. Estaba sola en un túnel bajo tierra, mientras el hombre al que amaba luchaba por su vida arriba. Quería gritar, quería volver a subir y ayudarle, pero sabía que eso solo sería un estorbo. Mateo se lo había pedido. Tenía que sobrevivir para que el sacrificio no fuera en vano.
Tanteó el bolsillo del pantalón prestado y encontró una pequeña linterna táctica que Lobo le había dado esa tarde. La encendió. El haz de luz cortó la oscuridad, revelando un conducto de hormigón estrecho que descendía en pendiente hacia las entrañas de la montaña.
Comenzó a caminar, a correr cuando la pendiente lo permitía, tropezando con las enormes zapatillas. Arriba, a través de toneladas de tierra y roca, sintió una vibración sorda, profunda, que hizo temblar el suelo bajo sus pies. Un segundo después, un sonido ahogado, como el trueno de una tormenta lejana, le indicó que Lobo había cumplido su promesa. Había detonado las cargas explosivas defensivas de la villa.
El silencio absoluto que siguió a la explosión fue más aterrador que los disparos.
Valeria se detuvo, apoyando una mano en la pared de hormigón frío, jadeando. Lágrimas de desesperación nublaron su visión. «Mateo…», pensó, una súplica silenciosa.
Continuó avanzando a ciegas, perdiendo la noción del tiempo. Podían haber pasado diez minutos o una hora. El túnel comenzó a nivelarse. Finalmente, la luz de la linterna iluminó una puerta metálica pesada con un pestillo de barra.
La abrió con esfuerzo, y la brisa fresca y salada de la madrugada acarició su rostro. Estaba fuera. El túnel desembocaba en una pequeña cala rocosa, escondida en la base del acantilado, invisible desde la carretera principal. El mar Mediterráneo rompía suavemente contra las piedras bajo la luz plateada de la luna llena.
Escondida entre unos arbustos espinosos, cubierta con una lona de camuflaje, había una lancha motora semirrígida negra. Mateo no había dejado nada al azar.
Valeria caminó hasta la orilla y se sentó sobre una roca fría, abrazando sus rodillas. El sonido de las olas era un contraste irónico con la violencia que acababa de presenciar. No podía hacer nada más que esperar. Miró hacia arriba, hacia la cima de la colina que se alzaba a sus espaldas. Un resplandor naranja y rojo, el inconfundible fulgor de un incendio inmenso, iluminaba el cielo nocturno. La casa de seguridad estaba ardiendo.
Los minutos pasaron. Se convirtieron en media hora. Cada segundo era una aguja clavándose en su corazón. Estaba a punto de perder la esperanza, a punto de romperse a llorar y aceptar que la maldición de Carlos la había alcanzado de nuevo, cuando escuchó un sonido, un crujido de piedras a sus espaldas.
Se puso en pie de un salto, apagando la linterna al instante, sintiendo que la sangre se le helaba. Si eran los hombres de Carlos, no tendría escapatoria.
Una silueta oscura emergió de la boca del túnel. Caminaba arrastrando los pies, encorvada, tosiendo violentamente.
—¿Mateo? —susurró Valeria, sin atreverse a subir la voz.
La figura se detuvo y levantó la cabeza.
—Nunca… nunca me había alegrado tanto de escuchar tu voz.
Valeria corrió hacia él y se arrojó a sus brazos. Mateo estaba cubierto de hollín, sangre y polvo. El olor a humo rancio emanaba de su ropa. La abrazó con su brazo izquierdo sano, mientras el derecho colgaba inerte a su lado, la manga de la camisa negra empapada en sangre pegajosa.
—¡Estás herido! —exclamó ella, sintiendo el líquido caliente al tocar su brazo.
—Un roce de bala en el hombro. Nada crítico —jadeó Mateo, apoyando su frente contra la de ella, cerrando los ojos para absorber su calor—. Lobo no tuvo tanta suerte. Aseguró la retirada y voló la entrada principal para sepultarlos. Murieron casi todos, pero… él no salió.
Valeria sintió un nudo en la garganta por el hombre rudo y silencioso que apenas conocía, pero que había dado su vida por ellos.
—Lo siento tanto.
—Lobo sabía en lo que nos metíamos —Mateo se separó lentamente, la urgencia volviendo a endurecer su mirada—. No hay tiempo para el duelo. El fuego atraerá a la Guardia Civil y a los bomberos, pero también a los refuerzos de Carlos. Tenemos que llegar a Madrid hoy mismo. Si no entregamos el disco duro antes de que él se movilice para silenciar a los policías corruptos que tiene en nómina, todo estará perdido.
Mateo caminó cojeando hacia la lancha motora, apartando la lona de camuflaje con su brazo sano.
—Ayúdame a empujarla al agua. Hay un coche discreto aparcado en un garaje subterráneo en el puerto de Estepona. La lancha nos dejará a quinientos metros de allí. El disco duro está en un compartimento estanco bajo el asiento del piloto.
Con esfuerzo combinado, empujaron la pesada embarcación por los rodillos de la rampa natural hasta que el casco besó el agua salada. Mateo subió primero, ignorando el dolor de su hombro ensangrentado, y arrancó los motores silenciosos. Valeria se acomodó a su lado. La lancha cortó las aguas oscuras del Mediterráneo como un cuchillo en la noche, dejando atrás el resplandor de las llamas en la colina, navegando hacia una guerra abierta en la capital de España.
Capítulo 3: La Carrera hacia el Norte
El viaje hacia Madrid fue un ejercicio de paranoia y resistencia extrema. Cambiaron la lancha por un modesto Renault Clio de color gris en Estepona, un vehículo tan anodino que se volvía invisible en las carreteras secundarias. Mateo conducía a pesar de la herida en el hombro, que Valeria había logrado vendar apretadamente con retales de su propia ropa rasgada, deteniendo la hemorragia.
Evitaron las autopistas principales de peaje, optando por la ruta de la Plata, carreteras nacionales plagadas de camiones y asfalto en mal estado que alargaban el viaje a casi ocho horas. El sol de la mañana irrumpió con fuerza, calentando el pequeño habitáculo del coche.
Valeria encendió la radio para buscar noticias. Cada boletín informativo era un recordatorio de que se habían convertido en los protagonistas de la historia más buscada del país.
“…continuamos con la última hora sobre el extraño suceso ocurrido ayer en la línea del AVE Madrid-Sevilla. Fuentes no oficiales de RENFE confirman que el tren sufrió una detención de emergencia injustificada cerca de Córdoba. Lo más inquietante es la desaparición de dos pasajeros de primera clase: la conocida socialité Valeria de los Muros, quien casualmente se iba a casar este domingo con el magnate inmobiliario Carlos de la Vega, y un hombre no identificado. Testigos afirman haber visto a la pareja saltar del tren y huir hacia un campo de olivos. La Guardia Civil ha desplegado un amplio dispositivo de búsqueda, pero no descartan ninguna hipótesis, incluido el secuestro. Por otro lado, la finca De la Vega se mantiene en absoluto silencio, mientras que las acciones del holding inmobiliario han sufrido una caída del 5% en la apertura de la bolsa esta mañana…”
Mateo soltó una carcajada áspera, carente de humor.
—”Secuestro”. Así es como Carlos está moviendo sus hilos mediáticos. Si nos encuentra la policía local en un control de carreteras, pensarán que soy un secuestrador y tú la víctima. Me dispararán antes de preguntar, y a ti te entregarán directamente en los brazos de tu amado prometido, bajo el pretexto de devolverte a casa.
Valeria se encogió en su asiento, sintiendo el terror aferrando sus entrañas.
—¿Entonces cómo vamos a entrar en Madrid? Hay controles en todas las entradas. La policía estará alerta.
—El disco duro no es solo para entregarlo ciegamente en una ventanilla de objetos perdidos de una comisaría cualquiera —explicó Mateo, su vista fija en la carretera, conduciendo con la mano izquierda—. Dentro de la UDEF (Unidad de Delincuencia Económica y Fiscal), en el complejo de Canillas, hay un inspector jefe llamado Martín Salazar. Es uno de los pocos hombres honestos que quedan en esa unidad. Lleva años intentando cazar a De la Vega, pero siempre se ha topado con muros de contención dentro de su propia comisaría. Carlos compra a los jueces y soborna a los altos mandos. Salazar y yo hemos estado en contacto a través de canales encriptados. Sabe que tengo la “bala de plata”. Sabe que vamos hacia allí.
—¿Y si Salazar es otro hombre de Carlos? ¿Y si te está tendiendo una trampa?
Mateo guardó silencio durante un largo instante. Adelantó a un camión cisterna antes de responder.
—Si Salazar está comprado, entonces el imperio de Carlos es verdaderamente absoluto y no tenemos escapatoria. Pero confío en mi instinto, Valeria. Salazar tiene la misma sed de justicia que yo. Su esposa murió en un “accidente” de coche muy conveniente hace ocho años, justo cuando él estaba investigando las primeras concesiones de licencias ilegales de la constructora de Carlos en Marbella. Compartimos el mismo tipo de cicatrices. Él no me traicionará.
Llegaron a la periferia de Madrid cerca del mediodía. El tráfico de la M-40 era el habitual caos metálico y humeante de la capital. El cielo estaba despejado, de un azul intenso y brillante, ajeno al oscuro drama que se cernía sobre el asfalto.
Mateo se desvió hacia el barrio de Hortaleza, conduciendo por calles secundarias, comprobando los espejos retrovisores cada pocos segundos. La paranoia era palpable. Cualquier coche negro, cualquier mirada sostenida de un transeúnte, parecía una amenaza potencial.
Finalmente, aparcaron el viejo Renault a tres manzanas del enorme complejo policial de Canillas. Las altas vallas metálicas, las cámaras de seguridad y las barreras de control de acceso daban al lugar el aspecto de una fortaleza inexpugnable.
Mateo apagó el motor. Metió la mano en su chaqueta y sacó el pequeño disco duro externo, un dispositivo negro y aparentemente insignificante que contenía suficiente poder destructivo para derrumbar a la familia más intocable de España.
—Escúchame con atención —dijo Mateo, girándose hacia Valeria. Sus ojos oscuros reflejaban la gravedad del momento—. No vas a venir conmigo.
Valeria sintió un vuelco en el corazón. —¿Qué? No, Mateo. Hemos llegado hasta aquí juntos. Entraré contigo.
—No. Si algo sale mal, si Salazar resulta ser un traidor, o si los hombres de Carlos están esperando dentro, necesito saber que tú estás a salvo. Vas a ir a esa cafetería de la esquina —señaló una pequeña churrería con toldo rojo a unos cincuenta metros—, te vas a sentar al fondo, fuera de la vista de las ventanas. Vas a esperar exactamente una hora. Si yo no he salido por esa puerta o no te he llamado desde un teléfono seguro, cogerás este coche, conducirás hasta el aeropuerto de Barajas, usarás el pasaporte falso que dejé en la guantera bajo el nombre de Elena Torres, y cogerás el primer vuelo a Buenos Aires. ¿Entendido?
—¡No voy a dejarte ir solo! —Valeria se aferró a su brazo sano, las lágrimas de frustración quemando sus ojos—. No te perderé otra vez, Mateo. ¡Me niego! ¡Me niego a ser cobarde por segunda vez en mi vida!
Mateo acarició su rostro con infinita ternura, su pulgar rozando los labios temblorosos de Valeria.
—No eres una cobarde. Eres la mujer más valiente que he conocido. Pero esto no es un debate, Valeria. Eres mi única debilidad. Si entras allí conmigo y Carlos tiene a alguien apuntándote a la cabeza, yo entregaré el disco duro, me arrodillaré y dejaré que me maten sin dudarlo para salvarte. Necesito entrar ahí sin ataduras, sabiendo que tú estás fuera del tablero. Por favor. Hazlo por mí.
Valeria vio la lógica férrea y desesperada en sus ojos. Sabía que tenía razón. Su presencia solo sería una palanca que el enemigo podría usar contra él. Asintió, tragándose el nudo que le bloqueaba la garganta, con un dolor en el pecho tan agudo como un infarto.
Se inclinó y lo besó. Fue un beso salado por las lágrimas, un beso de despedida cargado con el terror absoluto de que pudiera ser el último.
—Una hora, Mateo. Te daré una hora. Y si no sales, entraré a esa comisaría y prenderé fuego a todo el edificio para encontrarte.
Mateo sonrió, una sonrisa torcida, orgullosa y peligrosa.
—Te amo, Valeria. Siempre lo he hecho.
Salió del coche, se ajustó la chaqueta sobre su hombro herido para disimular la mancha oscura de sangre, y comenzó a caminar con paso firme hacia la entrada principal del complejo policial.
Valeria se bajó del vehículo, sintiendo que las piernas le temblaban, y caminó hacia la cafetería indicada, sintiendo el peso aplastante de cada segundo que pasaba.
Capítulo 4: El Juicio Final en Canillas
Mateo cruzó la calle hacia el recinto de seguridad de Canillas. El sol cenital caía a plomo sobre el asfalto. Al acercarse a la garita de control de la entrada peatonal, dos agentes de la Policía Nacional con uniformes oscuros y subfusiles cruzados en el pecho lo interceptaron.
—Alto ahí. Identificación y motivo de su visita —solicitó uno de los agentes, escrutando la ropa manchada de hollín y el aspecto exhausto de Mateo.
—Vengo a entregarme —dijo Mateo, manteniendo un tono de voz monótono y frío—. Y tengo una cita con el inspector jefe Martín Salazar, de la UDEF. Díganle que “El Arquitecto” ha traído los planos.
El agente lo miró con suspicacia, pero sacó una emisora de su cinturón y transmitió el mensaje. Hubo un largo minuto de estática y cuchicheos incomprensibles. Finalmente, el agente asintió.
—Manos en la nuca. Procederemos a un cacheo de seguridad preventivo.
Mateo obedeció, apretando los dientes para no gritar cuando palparon su hombro herido. Le confiscaron la pequeña navaja suiza que llevaba en el bolsillo, pero dejaron el disco duro tras verificar que no era un explosivo. Lo escoltaron más allá de las barreras de hormigón, hacia el enorme edificio central de cristal y acero.
El interior de la comisaría era un hervidero de actividad, teléfonos sonando, agentes yendo y viniendo con expedientes. El sonido constante de la burocracia policial era abrumador. Lo guiaron hacia los ascensores y subieron hasta la cuarta planta, el sanctasanctórum de los delitos financieros y el crimen organizado.
Lo introdujeron en una sala de interrogatorios gris, austera, con una mesa de aluminio atornillada al suelo, dos sillas y el clásico espejo bidireccional que delataba la presencia de observadores. La puerta se cerró con un clic definitivo. Estaba dentro de la fortaleza.
Pasaron quince minutos. Mateo se sentó en silencio, ignorando el latido doloroso de su herida, concentrando toda su energía en mantener la mente fría. Apretó el disco duro en la palma de su mano izquierda, sintiendo el plástico duro como si fuera el santo grial.
De repente, la puerta se abrió.
No entró el inspector jefe Martín Salazar.
El hombre que cruzó el umbral hizo que el aire de la habitación se volviera espeso e irrespirable, congelando la sangre en las venas de Mateo.
Vestía un traje Brioni hecho a medida de un color azul medianoche inmaculado. Su cabello canoso estaba perfectamente peinado hacia atrás. Su postura irradiaba una arrogancia aristocrática y un poder absoluto, el poder de un hombre acostumbrado a comprar voluntades y destruir vidas con un simple chasquido de dedos.
Era Carlos de la Vega.
Y detrás de él, cerrando la puerta y bloqueando la salida, se encontraba un hombre alto, con placa de policía colgada al cuello y la mirada esquiva de quien ha vendido su alma al diablo. El inspector jefe de la sección, pero no Salazar. Era el comisario principal, el jefe superior de la división.
La trampa se había cerrado. Carlos había infiltrado su corrupción en el nivel más alto de la cadena de mando.
Mateo no se movió de la silla, aunque cada fibra de su ser gritaba que se abalanzara sobre Carlos y le arrancara la garganta con sus propias manos.
—Mateo… —suspiró Carlos de la Vega, tomando asiento frente a él con una lentitud calculada, apoyando sus manos cuidadas sobre la mesa de aluminio. Su voz era suave, casi paterna, y asquerosamente condescendiente—. Tantos años, tanto esfuerzo, tanta violencia… para acabar sentado exactamente donde yo quería que estuvieras. Eres tenaz, muchacho. Te lo reconozco. Sobrevivir al corte en el callejón fue un milagro. Escapar del asalto en la finca anoche fue pura suerte. Pero venir tú mismo a meter la cabeza en las fauces del león… eso es simplemente estupidez.
Mateo miró a los ojos fríos y de reptil de Carlos.
—¿Dónde está Salazar? —preguntó Mateo, su voz firme, negándose a mostrar el miedo que se arremolinaba en su interior.
Carlos sonrió, una curva cruel y desprovista de humanidad.
—El inspector Salazar ha tenido un desafortunado contratiempo esta mañana. Parece ser que se encontró un fardo de tres kilos de cocaína en el maletero de su coche privado. Asuntos Internos lo tiene retenido en los calabozos subterráneos en este preciso momento. Es una pena. Un buen policía, pero con tendencias suicidas al intentar investigar cosas que no le incumbían.
Mateo apretó los puños. Su contacto, su única esperanza dentro del sistema corrupto, había sido neutralizado antes incluso de que él llegara. Estaba solo, en una habitación cerrada, frente al monstruo que había arruinado su vida, custodiado por un jefe de policía comprado con dinero sucio.
—¿Dónde está Valeria? —El tono de Carlos cambió, perdiendo la suavidad fingida, volviéndose cortante como el hielo—. Mi futura esposa. Porque espero, por tu bien, que no la hayas implicado en tus juegos absurdos de espías. Si la has tocado, Mateo, te juro que la muerte en aquel callejón te parecerá un sueño dulce comparado con lo que mis hombres te harán hoy.
Mateo se apoyó en el respaldo de la silla, adoptando una postura relajada que contrastaba con la tormenta de adrenalina en su sangre.
—Valeria está lejos. A salvo de tu alcance, de tus manos manchadas de sangre, de tu asquerosa red de mentiras y manipulaciones —dijo Mateo, escupiendo las palabras con asco—. Sabe lo que me hiciste. Sabe que todo el sacrificio que hizo al venderse a ti fue inútil porque enviaste a tus matones de todos modos. Te odia, Carlos. Te odia con cada célula de su cuerpo. Y no va a volver contigo jamás.
El rostro perfecto y controlado de Carlos De la Vega sufrió un micro espasmo. Un tic de furia genuina apareció en su mandíbula. El orgullo herido del patriarca omnipotente, rechazado por la mujer que consideraba su trofeo más valioso, era su punto débil.
—Eso no importa —siseó Carlos, inclinándose sobre la mesa—. Las mujeres son caprichosas. Tienen rabietas. Cuando la encuentre, y créeme, la encontraré, le recordaré cuáles son sus obligaciones. Pero primero, tú y yo vamos a terminar nuestros asuntos.
Carlos extendió la mano derecha con la palma hacia arriba.
—El disco duro, Mateo. El Comisario me ha informado de que lo pasaste por el control de seguridad. Entrégamelo ahora. Si lo haces, ordenaré a mis hombres que dejen de buscar a Valeria. Te daré un millón de euros en una cuenta suiza y podrás desaparecer para siempre. Un trato generoso, considerando que lo único que mereces es un agujero en la cabeza.
Mateo sacó lentamente el pequeño dispositivo negro de su bolsillo izquierdo. Lo dejó sobre la mesa, a medio camino entre ambos. La mirada de Carlos se clavó en el objeto con avaricia, la avaricia de un rey salvando su corona.
—Todo tu imperio está en esta pequeña caja de plástico, Carlos. Décadas de robos, blanqueo, asesinatos y extorsión —dijo Mateo suavemente—. Y crees que puedes comprarlo todo. Crees que tu dinero te hace Dios.
Carlos soltó una carcajada breve y desdeñosa. Alargó la mano para coger el disco.
Pero antes de que sus dedos rozaran el plástico, Mateo golpeó fuertemente el lateral de la mesa de aluminio con la palma de la mano, justo sobre un pequeño botón oculto bajo el borde que él mismo había pegado un segundo antes con un trozo de cinta adhesiva de doble cara que llevaba en el puño.
No era un detonador. Era un transmisor de señal de corto alcance.
De repente, la puerta de la sala de interrogatorios no se abrió, sino que explotó hacia adentro, arrancada de sus bisagras con una fuerza brutal.
El comisario corrupto que bloqueaba la salida fue lanzado contra la pared opuesta con violencia.
La sala se llenó instantáneamente de hombres vestidos con equipamiento táctico de asalto pesado, cascos kevlar, escudos balísticos y fusiles de asalto con luces estroboscópicas cegadoras. Llevaban los parches de los GEO (Grupo Especial de Operaciones de la Policía Nacional).
—¡Policía! ¡Al suelo! ¡Manos a la vista! ¡Todos al suelo, ahora! —rugió una voz potente desde el pasillo.
Carlos de la Vega, aturdido por la repentina y violenta irrupción, intentó levantarse de su silla, su rostro descompuesto por el pánico y la confusión, una imagen inédita en el intocable magnate. Dos operadores tácticos de élite se abalanzaron sobre él, inmovilizándolo contra el frío suelo de linóleo con una fuerza brutal, torciendo sus brazos a la espalda y colocándole bridas de plástico con una eficiencia letal.
Mateo no se movió. Levantó lentamente las manos vacías, mostrando las palmas en señal de sumisión a los agentes tácticos que lo apuntaban.
Entre la nube de polvo y el caos de los GEO asegurando la sala, una figura alta, de complexión delgada y mirada afilada, cruzó el umbral. No llevaba uniforme, sino una americana de pana gastada y una camisa arrugada.
Era el inspector jefe Martín Salazar. Estaba libre, y no parecía nada contento.
Salazar miró al comisario superior, que gemía en el suelo, aturdido por el golpe de la puerta. Luego miró a Carlos de la Vega, cuyo rostro de aristócrata estaba ahora aplastado humillantemente contra el suelo sucio de la sala de interrogatorios.
Finalmente, Salazar miró a Mateo.
—Has tardado más de la cuenta, chico —dijo Salazar, acercándose a la mesa y recogiendo el disco duro negro con cuidado—. La Unidad de Asuntos Internos que trajimos desde Madrid Central estaba a punto de intervenir sin ti.
Mateo bajó los brazos con un suspiro de alivio tan profundo que sintió que los pulmones le ardían. El plan de contingencia había funcionado.
—¿Qué… qué es esta farsa? —gritó Carlos desde el suelo, escupiendo polvo, la vena de su cuello latiendo con furia—. ¡Soy Carlos de la Vega! ¡Conozco al Ministro del Interior! ¡Estáis todos muertos, arruinados! ¡Soltadme, hijos de perra!
Salazar se agachó hasta quedar a la altura de los ojos del magnate.
—Eso era ayer, don Carlos. Hoy no es más que un detenido por los cargos de asesinato en grado de tentativa, secuestro, extorsión continuada, blanqueo de capitales, soborno a funcionarios públicos, pertenencia a organización criminal transnacional y financiación del terrorismo —Salazar recitó la lista con un placer sádico, paladeando cada palabra—. Llevamos tres años esperando este momento. Su querido comisario, el que tenía en nómina, llevaba dos meses siendo investigado en secreto por un juez de la Audiencia Nacional. Sabíamos que intentaría tender una trampa aquí dentro si “El Arquitecto” aparecía. De hecho, lo necesitábamos. Necesitábamos que usted, en su infinita arrogancia, viniera personalmente a la comisaría a intentar robar las pruebas y chantajear a un testigo. Le hemos grabado en vídeo y audio durante los últimos diez minutos ofreciendo un millón de euros por la destrucción de pruebas. Caso cerrado, cabrón.
Carlos de la Vega palideció. Toda la sangre abandonó su rostro. Por primera vez en su vida, el monstruo comprendió que los barrotes de la jaula se habían cerrado a su alrededor y que no había cantidad de dinero en el mundo que pudiera comprar la llave.
Mateo se levantó de la silla lentamente. Caminó hacia donde Carlos yacía humillado en el suelo. Se acuclilló a su lado.
—Esto es por la noche en el callejón de Tetuán —susurró Mateo, con una voz cargada de un frío polar—. Esto es por los cinco años de terror psicológico a los que sometiste a Valeria. Tu imperio ha terminado, Carlos. Disfruta de la prisión de Soto del Real.
Mateo se puso de pie, ignorando la mirada de odio asesino e impotente del magnate. Salazar le dio una palmada amistosa pero firme en la espalda sana.
—Has hecho un buen trabajo, Mateo. Un excelente trabajo. Tendrás que pasar un tiempo testificando bajo el programa de protección de testigos, pero te garantizo inmunidad por la evasión del tren y los destrozos en la finca. Te lo has ganado.
—Tengo que irme —dijo Mateo bruscamente, recordando de repente la promesa y el reloj—. Valeria me está esperando fuera. Y le dije que si no salía en una hora, iba a quemar Madrid entero para encontrarme. Y créeme, ella es capaz.
Salazar soltó una carcajada ronca.
—Vete, chico. Desapareced. Yo me encargo de limpiar esta basura.
Mateo no miró atrás. Salió de la sala de interrogatorios, cruzó el pasillo ahora asegurado por los GEO, bajó en el ascensor sintiendo que su cuerpo era más ligero de lo que lo había sido en cinco años. Atravesó el vestíbulo principal, que era un hervidero de periodistas que ya empezaban a arremolinarse tras el soplo de la monumental operación policial, y salió a la brillante luz del sol de Madrid.
Caminó por la calle, con paso acelerado, el corazón palpitando de anticipación. Giró la esquina hacia la pequeña churrería del toldo rojo.
Valeria estaba sentada en la última mesa del fondo. Había estado mirando su reloj nerviosamente, las llaves del coche temblando en su mano sobre la mesa. Cuando levantó la vista y vio a Mateo entrar por la puerta, su rostro pasó de la angustia absoluta a la incredulidad, y luego a una alegría tan inmensa, tan arrolladora, que parecía que iba a estallar en llanto y risa a la vez.
Se levantó de un salto, tirando la silla de plástico hacia atrás, y corrió hacia él cruzando el pequeño local. Se abalanzó sobre sus brazos, y Mateo la recibió con el brazo izquierdo, abrazándola con una fuerza desesperada, hundiendo el rostro en su cuello, aspirando el aroma de su piel, el aroma de la victoria, el aroma de la libertad.
—Se acabó, Valeria —le susurró él al oído, la voz ahogada por la emoción, mientras la gente de la cafetería los miraba con curiosidad—. El monstruo está enjaulado. El imperio ha caído. Se acabó.
Valeria lloró abiertamente contra su pecho, lágrimas puras, lágrimas que lavaban el resentimiento, la culpa, el miedo y el dolor de media década de oscuridad.
Estaban destrozados, heridos, cansados hasta la médula. Eran fugitivos de una guerra silenciosa, con cicatrices que probablemente nunca desaparecerían del todo. Pero por primera vez en años, el aire que respiraban era libre.
—Sácame de esta ciudad, Mateo —pidió ella, alzando la mirada hacia él, sus ojos verdes brillando con una luz nueva, indomable—. Llévame al sur. Llévame a casa.
Mateo sonrió, y en esa sonrisa estaba la promesa de mil amaneceres por venir.
—A Cádiz, mi amor. Tal y como lo prometimos.
Epílogo: La Luz del Sur
Cinco años después.
El sol de septiembre en Zahara de los Atunes tenía una cualidad especial, dorada y espesa, como miel derramada sobre el océano Atlántico. La brisa marina entraba por los inmensos ventanales abiertos de par en par, arrastrando el olor a salitre, a pinos y a tierra caliente.
En la amplia terraza de madera de la casa moderna, construida con líneas limpias, piedra blanca y madera sostenible, que se asomaba al precipicio sobre el mar, un hombre con una pequeña y tenue cicatriz en el lado izquierdo del cuello revisaba unos planos arquitectónicos extendidos sobre una mesa de cristal. Llevaba una camisa de lino desabrochada y pantalones cortos. Su rostro irradiaba la serenidad absoluta de alguien que ha luchado contra los demonios del infierno y ha ganado el derecho a la paz.
Dentro de la casa, el sonido de pies descalzos corriendo sobre el suelo de tarima flotante anunció la llegada del caos.
—¡Papi, papi! ¡Mira lo que he encontrado en la playa!
Un niño de cuatro años, con el cabello rizado e indomable, idéntico al de Mateo en su juventud, y unos ojos verdes y brillantes como esmeraldas, irrumpió en la terraza sosteniendo en alto un enorme y desgastado caracol de mar.
Mateo apartó la vista de los planos y una sonrisa inmensa, luminosa, se dibujó en su rostro. Dejó el lápiz y extendió los brazos.
—¡A ver ese tesoro, Leo! —exclamó, cogiendo al niño en brazos y elevándolo en el aire, arrancándole una carcajada cristalina que era el sonido más hermoso del universo para sus oídos.
Desde el interior de la cocina abierta, apareció Valeria. Llevaba un vestido ligero y vaporoso de algodón blanco que ondeaba con la brisa, su cabello castaño suelto y libre, la piel besada por el sol del sur. Sostenía una bandeja con limonada fría y dos vasos. Su rostro estaba completamente desprovisto de maquillaje, libre de las máscaras de la alta sociedad. Era, sencillamente, la versión más pura y feliz de sí misma.
La cicatriz en su alma, la marca de sus años oscuros bajo el yugo de la familia De la Vega, todavía estaba allí, en el fondo, un recordatorio de que la libertad y el amor tienen un precio altísimo. A veces, en las noches de tormenta, todavía despertaba sobresaltada, creyendo escuchar los pasos de Carlos o el estruendo de los sicarios. Pero entonces, la mano fuerte y cálida de Mateo buscaba la suya en la oscuridad, y los fantasmas se disipaban.
El imperio De la Vega se había desmoronado espectacularmente tras aquel día en Canillas. El disco duro de Mateo resultó ser una caja de Pandora que salpicó a las más altas esferas del poder. Carlos de la Vega, junto con docenas de asociados, fue condenado a más de treinta y cinco años de prisión de máxima seguridad, despojado de sus bienes, sus cuentas congeladas, su nombre convertido en sinónimo de la peor escoria de la corrupción española.
Valeria se acercó a la mesa de la terraza y dejó la bandeja. Se apoyó contra el hombro de Mateo, rodeando su cintura con el brazo, mirando al pequeño Leo, que ahora intentaba escuchar el sonido del mar en el interior del caracol con una concentración absoluta.
—El contratista llamó hace un rato —dijo Valeria, posando un beso suave en la mejilla de su marido—. Dice que el proyecto de las nuevas villas ecológicas en Tarifa ha sido aprobado por el ayuntamiento. Tienes luz verde, Arquitecto.
Mateo sonrió, entrelazando sus dedos con los de Valeria. Miró los planos de las casas que iba a construir, casas diseñadas para vivir, para albergar luz y amor, todo lo opuesto a las frías prisiones de oro que construía su antiguo enemigo.
—Es un buen proyecto. Pero creo que me tomaré el resto de la tarde libre —dijo Mateo, apartando los planos y girándose para abrazar a Valeria, atrayéndola hacia sí—. La marea está bajando y creo que le prometí a cierto explorador que construiríamos el castillo de arena más grande de toda la costa de Cádiz.
Valeria rio, un sonido puro y libre que se mezcló con el rugido rítmico del océano Atlántico. Se inclinó y besó a Mateo en los labios, un beso profundo, lento y lleno de la infinita gratitud de dos personas a las que se les concedió el milagro de una segunda oportunidad.
El tren AVE a Sevilla había sido una trampa mortal diseñada por un monstruo. Pero también había sido el vehículo que los sacó de las sombras y los trajo a la luz. Ya no había huidas en la noche. Ya no había mentiras ni pactos secretos. Solo existía el sol del sur, la sal en la piel, y la certeza absoluta de que el amor, cuando es verdadero y está dispuesto a sangrar, es la fuerza más destructiva y creadora de todo el universo. Y ellos, finalmente, estaban en casa.