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UN MILLONARIO USÓ OTRO IDIOMA PARA BURLARSE DE LA CAMARERA… PERO NO ESPERABA SU RESPUESTA

—Nos dan diez días —susurró Diego.

Clara no respondió. Tenía la vista clavada en la segunda hoja, la que dolía más que la primera: el pago del hospital había sido rechazado. La operación de su madre, programada para la semana siguiente, quedaba suspendida hasta cubrir el depósito inicial.

—No puede ser —dijo Clara, aunque sí podía ser. En su vida, todo podía ser peor.

Entonces sonó el teléfono.

En la pantalla apareció el nombre de su hermano mayor: Marco.

Clara contestó con las manos temblando.

—¿Dónde estás? —preguntó.

Al otro lado hubo música, risas y el sonido lejano de una máquina tragamonedas.

—Clari, no te enojes.

El estómago se le hundió.

—Marco… dime que no tocaste la cuenta de mamá.

Silencio.

Su madre levantó la cabeza. Diego apretó los puños.

—Fue una inversión —balbuceó Marco—. Un amigo me dijo que podía duplicar el dinero en una noche. Solo necesitábamos un golpe de suerte.

Clara sintió que el aire desaparecía.

—¿Cuánto sacaste?

—Todo.

La silla de su madre chirrió contra el suelo. Diego gritó algo que Clara no alcanzó a entender. Afuera, una sirena cortó la noche como una advertencia.

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