PARTE 1: EL VIGILANTE DEL CONTADOR
El sol de julio en Madrid no perdona.
Cae a plomo sobre las persianas bajadas a cal y canto de la casa de Paco.
Dentro de aquel piso, el tiempo parece haberse detenido en 1994.
El aire es denso, cargado con el aroma de un estofado que lleva tres horas al chup-chup.
Paco, jubilado de la construcción y cinturón negro en el arte del ahorro extremo, está sentado en su sillón de orejas.
No tiene el aire acondicionado puesto.
Dice que el abanico de publicidad de la Caja Rural mueve el aire con más fundamento.
Sus ojos, sin embargo, no están en la televisión que emite un documental sobre pingüinos.
Sus ojos están fijos en el pasillo.
Como un francotirador que espera el movimiento del enemigo en la maleza.
Paco tiene un superpoder.
No vuela, no es invisible, ni tiene superfuerza.
Paco puede detectar un flujo de electrones innecesario a cincuenta metros de distancia.
Es capaz de escuchar el zumbido de un cargador de móvil enchufado sin el teléfono.
Para él, ese sonido es como el grito de un alma en pena.
O peor aún, como el sonido de una moneda de un euro cayendo por una alcantarilla.
Elena, su nuera, ha cometido el error de ir al baño.
Elena es joven, optimista y, según Paco, peligrosamente despreocupada con la infraestructura energética nacional.
Ella ha entrado en el aseo.
Ha pulsado el interruptor.
Y lo que es más grave: ha cerrado la puerta.
Paco ha sentido un escalofrío que no tiene nada que ver con la temperatura.
Ha visualizado el contador digital del rellano.
Ha imaginado la lucecita roja parpadeando con frenesí.
Tictac.
Tictac.
Cada segundo es un golpe a su estabilidad emocional.
Paco se levanta del sillón.
Sus rodillas crujen como si estuvieran pidiendo una subvención para aceite de litio.
Se apoya en el pomo de la puerta del salón y asoma la cabeza.
El pasillo está en penumbra, a excepción de ese hilo de luz que escapa por debajo de la puerta del baño.
Ese hilo de luz, para Paco, es un rayo láser que le está perforando la cartera.
Se acerca sigilosamente, como si no quisiera espantar a la factura de final de mes.
Se detiene frente a la puerta de madera.
Mira el reloj de pulsera, un Casio que tiene más años que el régimen de seguridad social.
Han pasado exactamente ciento veinte segundos.
Paco no puede más.
El pecho le oprime.
—¡Elena! —grita con una voz que mezcla la autoridad de un sargento y la desesperación de un náufrago.
—¿Pasa algo, suegro? —responde ella desde el otro lado, con una calma que a Paco le parece insultante.
—¿Qué estás haciendo ahí dentro? ¿Una operación a corazón abierto?
—Me estoy lavando las manos, Paco. Un momento.
—¿Con la luz encendida? —pregunta él, como si estuviera preguntando si está quemando billetes de cincuenta en el lavabo.
—Pues claro que con la luz encendida, no voy a lavarme las manos a tientas y acabar echándome gomina en vez de jabón.
Paco resopla.
Apoya la mano en la pared, justo al lado del interruptor externo.
Siente la tentación de darle al botón.
De dejarla a oscuras.
De imponer el orden natural de las cosas en su hogar.
—¡Apaga esa luz ahora mismo! —clama Paco, subiendo el tono.
—¡Pero si acabo de entrar! —protesta Elena, abriendo la puerta de golpe.
La luz del baño inunda el pasillo y Paco se tapa los ojos como si hubiera visto a una deidad vengativa.
—¿Te crees que soy el dueño de Iberdrola? —lanza Paco su frase de guerra.
Es la frase que ha usado desde 1978.
La frase que sus hijos grabarán en su lápida.
Elena se cruza de brazos, todavía con las manos húmedas.
—Suegro, por favor, no empiece otra vez con el drama.
—¿Drama? El drama será cuando llegue el recibo y tenga que vender un riñón para pagarlo.
—Es una bombilla LED de bajo consumo, Paco. Gasta menos que su mechero.
Paco se ríe con una amargura que suena a lija de grano grueso.
—¡LED! ¡LED! —repite él con sorna—. Eso es lo que os dicen para que os confiéis.
—No me lo dicen, es física básica —insiste Elena—. Esa bombilla consume unos ocho vatios.
—Ocho vatios aquí, ocho vatios allá… —Paco empieza a gesticular con las manos—. Al final del día son miles de vatios.
—No son miles, Paco, son céntimos. Ni siquiera llega a un céntimo por estar encendida diez minutos.
—Céntimo a céntimo se hace la ruina, Elena.
Paco señala el techo del pasillo con un dedo acusador.
—Mi padre me enseñó que la luz es para cuando no se ve.
—¡Y no se veía nada en el baño, que estaba la puerta cerrada! —exclama ella.
—Podrías haber dejado la puerta un poco entornada para que entrara el reflejo del salón.
Elena suspira profundamente.
Mira al techo buscando paciencia, pero solo encuentra una lámpara de araña que Paco ha despojado de cuatro de sus seis bombillas.
—¿Me está diciendo en serio que quería que cagara a puerta abierta para ahorrar dos vatios?
—No te digo que la abras de par en par, pero un poquito de rendija… —Paco baja la voz, intentando parecer razonable—. La eficiencia empieza por los pequeños gestos.
—Los pequeños gestos me van a volver loca, Paco.
—Lo que nos va a volver locos es la inflación.
Paco da un paso hacia el interruptor y, con un movimiento rápido y preciso, apaga la luz del baño.
El pasillo vuelve a quedar sumido en esa oscuridad mortecina de casa antigua.
—¡Hala! ¡Ya está! —dice Paco con satisfacción—. Ya hemos dejado de sangrar dinero.
—¡Pero si todavía no me había secado las manos! —protesta Elena.
—Sécate en el pantalón, mujer, que estamos en familia.
Elena sale al pasillo, sorteando a Paco con un movimiento de cadera.
—Usted es el “policía de las luces”, Paco. Debería llevar placa y porra.
—Si yo no fuera el policía, aquí estaríamos viviendo debajo de un puente.
Paco se queda allí parado, vigilando la puerta cerrada.
Su mirada es severa.
Su determinación es inquebrantable.
Está convencido de que acaba de salvar la economía familiar de un colapso inminente.
Mientras tanto, en la cocina, Javi, el hijo de Paco, observa la escena con una resignación milenaria.
Sabe que esto es solo el principio.
Conoce a su padre.
Sabe que cuando Paco entra en el “modo ahorro”, la convivencia se convierte en un episodio de un reality show de supervivencia.
Javi se acerca al pasillo, intentando mediar.
—Papá, deja a Elena tranquila, que hoy es domingo.
—¿Y qué pasa los domingos? ¿Que Iberdrola nos regala la luz por ser el día del Señor?
—No, pero tampoco hace falta que estés patrullando el pasillo como si fueras un vigilante de seguridad de un museo.
Paco mira a su hijo con decepción.
—Tú eres el que peor me ha salido, Javi. Tú dejas el cargador del portátil puesto toda la noche.
—Papá, el cargador consume cero si el portátil no está conectado.
—¡Mentira! —grita Paco—. Yo he tocado el transformador y está caliente.
—Está caliente por el magnetismo, no porque esté gastando.
—Si hay calor, hay gasto. Eso es ley de vida. ¿Tú qué te crees, que el calor sale de la nada?
Paco se toca la frente, como si le doliera la cabeza de tanta ignorancia juvenil.
—El calor es dinero quemado, Javi. Grábatelo en esa cabeza que tienes llena de pajaritos.
Elena, desde el salón, alza la voz.
—¡Paco, que voy a encender la tele para ver las noticias!
Paco se pone tenso otra vez.
—¿Qué canal vas a poner? —pregunta él, como si el canal influyera en el consumo.
—¿Qué más da el canal?
—No da igual, los canales con mucha imagen blanca gastan más píxeles y más energía. Pon uno que sea oscuro, una de esas de miedo que se ven fatal.
Elena y Javi se miran.
Saben que la batalla por el control del vatio ha comenzado oficialmente.
Y Paco no piensa hacer prisioneros.
Él es el centinela de la oscuridad.
El guardián del interruptor.
El hombre que prefiere tropezar con la mesita de noche antes que darle al botón de la lámpara.
PARTE 2: EL PROTOCOLO DE SOMBRAS
La tarde avanza, pero la vigilancia de Paco no flaquea.
Se ha instalado estratégicamente en el pasillo, en una silla plegable de esas de ir a la playa.
Dice que es para estar más cómodo, pero todos saben que es su puesto de mando.
Desde allí tiene contacto visual con la cocina, el baño y el salón.
Es el Triángulo de las Bermudas de la electricidad.
Cualquier electrón que intente escapar de su control será interceptado.
Conchi, su mujer, aparece por el pasillo con una bandeja de café.
—Paco, quita esa silla de en medio, que voy a tropezar —le dice con la paciencia de una santa que lleva cuarenta años aguantando la misma cantinela.
—Si hubiera luz, no tropezarías —dice Paco con ironía—, pero como aquí parece que el dinero crece en los árboles, mejor que vayas con cuidado.
—Anda, déjate de tonterías y ven a tomarte el café al salón con nosotros.
—No puedo, Conchi. He detectado una anomalía.
—¿Qué anomalía?
—La nevera.
Conchi suspira y sigue su camino hacia el salón.
Paco se levanta y se dirige a la cocina con paso firme.
Se queda frente al electrodoméstico blanco y rugoso.
Pega la oreja a la puerta fría.
—Te he oído —susurra Paco a la nevera.
El compresor acaba de arrancar.
Para Paco, ese sonido es como el rugido de un motor de un Boeing 747 despegando.
—¿Por qué arrancas ahora? —le recrimina al aparato—. Si no te ha abierto nadie en media hora.
Abre la puerta de la nevera un centímetro.
Solo lo justo para que la luz interior no se encienda.
Porque Paco sabe que esa lucecita es el enemigo infiltrado.
Observa las estanterías.
—¡Ahí está el problema! —exclama.
Elena aparece por la puerta de la cocina, atraída por los gritos de su suegro contra los lácteos.
—¿Qué pasa ahora con la nevera, suegro?
—¡El yogur de fresa! —grita Paco señalando un envase solitario en la balda superior.
—¿Qué le pasa al yogur? ¿Está caducado?
—¡No está caducado, está mal colocado! Está bloqueando el flujo del aire frío. La nevera tiene que esforzarse el doble por culpa de este yogur.
Elena parpadea varias veces, procesando la información.
—Suegro, es un yogur de 125 gramos. No es un bloque de hormigón.
—Da igual el tamaño, es la aerodinámica interna, Elena. Si el aire no circula, el motor sufre. Y si el motor sufre, Iberdrola se ríe.
Paco saca el yogur y lo coloca con precisión milimétrica en el centro geométrico de la balda.
—Ahí. Ahora la nevera puede respirar.
Cierra la puerta de golpe, como si estuviera sellando una cámara acorazada.
—Usted debería trabajar en la NASA, de verdad se lo digo —dice Elena mientras se sirve un vaso de agua.
—En la NASA no sé, pero en el Ministerio de Energía me daban la medalla al mérito civil en dos días.
Paco se fija en el vaso de Elena.
—¿Vas a beberte todo eso?
—Sí, tengo sed. Hace cuarenta grados fuera.
—Bebe rápido y no dejes el grifo goteando, que el agua también se paga a precio de oro líquido.
Elena bebe el agua bajo la atenta mirada de Paco.
Siente que si se le cae una gota al suelo, Paco llamará al 112 para informar de un desastre hídrico.
—Bueno, ya está —dice ella dejando el vaso en el fregadero.
—¡No lo dejes ahí! —salta Paco—. Enjuágalo ahora, que si el residuo del agua se seca, luego hay que frotar más y gastar más agua caliente para quitar la cal.
—Es un vaso de agua, Paco. No tiene residuo.
—Todo deja residuo, Elena. La vida es un residuo constante.
Elena decide que lo mejor es ignorar el comentario existencialista de su suegro y vuelve al salón.
Pero Paco no ha terminado.
Ahora su objetivo es el televisor.
Se acerca al salón y ve que Javi está usando el mando a distancia.
—¿Qué haces, hijo?
—Cambiando de canal, papá. Estaban dando anuncios.
—¿Y tú sabes el gasto que supone que el mando mande la señal infrarroja cada dos por tres?
Javi mira el mando, una pieza de plástico negro con botones desgastados.
—Papá, son dos pilas AAA. Llevan puestas desde el mundial de Sudáfrica.
—Porque yo las cuido. Si tú empiezas a darle al botón como si fuera una metralleta, las agotas en una tarde.
Paco se sienta en el borde del sofá, en una postura que indica que no piensa relajarse.
—Además —continúa Paco—, cada vez que cambias de canal, el procesador de la tele tiene que trabajar para descodificar la señal. Eso es un pico de consumo.
—Un pico de consumo de millonésimas de vatio, papá —dice Javi intentando mantener la cordura.
—Muchos pocos hacen un mucho.
Paco mira la pantalla.
—Bájale el brillo a eso.
—No se ve nada si le bajo el brillo.
—Se ve lo suficiente. No hace falta que los presentadores parezcan que están bañados en oro. Con que se les vea la silueta ya te enteras de lo que dicen.
Javi suspira y baja el brillo de la televisión hasta que la imagen parece un teatro de sombras chinas.
—¿Contento ahora?
—Mejor. Así la pantalla sufre menos.
Paco se queda mirando la televisión en silencio durante unos minutos.
Parece que se ha calmado.
Pero es una falsa seguridad.
De repente, su nariz se arruga.
Olfatea el aire como un perro sabueso.
—¿Alguien ha encendido algo en la otra punta de la casa? —pregunta con voz grave.
—Nadie se ha movido de aquí, papá —dice Javi.
—Mientes. Huelo a electricidad estática.
Paco se levanta y sale disparado hacia las habitaciones.
—¡Paco, vuelve aquí y déjanos tranquilos! —grita Conchi desde la cocina.
Pero Paco ya está en el dormitorio principal.
Allí, en una esquina, brilla una pequeña luz roja.
Es el piloto del televisor pequeño que tienen en el cuarto.
El modo “standby”.
El archienemigo de Paco.
—¡Lo sabía! —brama Paco—. ¡El vampiro eléctrico!
Se lanza al suelo, a pesar de sus problemas de espalda, para alcanzar el enchufe detrás de la cómoda.
—¡Toma ya! —exclama mientras tira del cable con un movimiento triunfal.
La lucecita roja se apaga.
Paco sale del dormitorio con la frente sudada pero con la mirada llena de orgullo.
—Un vampiro menos en esta casa —anuncia al volver al salón.
—Papá, ese televisor gasta menos de un euro al año en modo espera —le dice Javi.
—¿Un euro? —Paco abre mucho los ojos—. ¿Tú sabes lo que yo hacía con un euro cuando era joven?
—Comprar un castillo y tres caballos, ya lo sabemos, papá.
—No te rías. Con un euro compraba yo pipas para todo el barrio y me sobraba para el cine.
Paco se vuelve a sentar.
—En esta casa no se regala ni un electrón.
—Suegro —dice Elena desde el rincón—, ¿se ha dado cuenta de que tiene el reloj del microondas encendido?
Paco se queda paralizado.
Se gira lentamente hacia la cocina.
El microondas, ese electrodoméstico moderno que Paco nunca ha terminado de entender, muestra la hora en números verdes fosforescentes.
17:45.
Para Paco, esos números son como la cuenta atrás de una bomba nuclear.
—¡Conchi! —grita Paco—. ¡¿Por qué está el reloj del microondas puesto?!
—¡Porque quiero saber qué hora es cuando estoy cocinando, Paco!
—¡Para eso tienes el reloj de pared que va a pilas! ¡Esto es un lujo innecesario!
Paco corre hacia la cocina.
—¡No lo desenchufes, que luego tengo que volver a ponerlo en hora y es un lío de botones! —le advierte Conchi.
Paco se detiene con la mano a pocos centímetros del enchufe.
Se debate entre el ahorro y la paz matrimonial.
Es el mayor conflicto ético de su vida.
—Está bien —dice Paco con los dientes apretados—. Se queda encendido. Pero que sepas que esos números verdes nos están quitando la herencia de los nietos.
Vuelve al salón, derrotado por un reloj digital, y se sienta de nuevo.
La tensión en el ambiente es palpable.
Elena decide que es el momento de lanzar un contraataque.
—Sabe, Paco… el otro día leí un artículo que decía que las bombillas LED, si las enciendes y las apagas muchas veces, se rompen antes.
Paco se queda petrificado.
—¿Cómo que se rompen?
—Sí, el estrés del encendido. Dicen que es mejor dejarlas encendidas si vas a volver a la habitación en menos de quince minutos.
Paco mira a Elena como si le acabara de decir que la tierra es plana.
—Eso es una conspiración de los fabricantes de bombillas para que gastemos más.
—No, no, es ciencia. El pico de tensión al arrancar…
Paco empieza a hiperventilar.
El conflicto interno es total.
¿Ahorrar vatios ahora o ahorrar bombillas después?
Es la paradoja de Paco.
PARTE 3: LA ESCALADA DEL VATIO
Paco pasa los siguientes diez minutos en un silencio sepulcral, procesando la información sobre el “estrés de las bombillas”.
Su mente es un ábaco frenético.
Calcula el coste de una bombilla LED frente al coste de diez minutos de luz.
Saca un bolígrafo del bolsillo de la camisa y empieza a hacer números en el margen de un periódico de ayer.
—Vamos a ver —murmura para sí mismo—, si la bombilla vale tres euros y dura diez mil horas…
Elena le guiña un ojo a Javi.
Han conseguido que el “policía de las luces” entre en bucle.
Pero Paco no es un hombre que se rinda fácilmente.
—¡Mentira! —exclama de pronto, dando un golpe en la mesa—. ¡He hecho los cálculos!
—¿Y qué dicen sus cálculos, suegro? —pregunta Elena conteniendo la risa.
—Dicen que incluso si la bombilla se rompe un año antes, el ahorro de apagarla compensa el gasto de comprar una nueva en un 14%.
Paco recupera su posición de poder.
—Así que, si te vas del baño, la apagas. Aunque pienses volver en dos minutos. Aunque pienses volver en treinta segundos.
—Paco, es agotador —dice Conchi saliendo de la cocina con un trapo en la mano—. Pareces el cobrador del frac, pero de los enchufes.
—Alguien tiene que serlo, Conchi. Si por vosotros fuera, esto parecería Las Vegas.
Paco se levanta para ir a por un vaso de vino, pero se detiene en seco al pasar por el recibidor.
Se queda mirando el cuadro eléctrico.
—¿Qué pasa ahora? —pregunta Javi desde el sofá.
—Oigo un zumbido.
—Es la calle, papá. Hay tráfico.
—No, este zumbido es interno. Es un zumbido de… de consumo fantasma.
Paco abre la tapa del cuadro eléctrico con la reverencia de quien abre un sarcófago faraónico.
Mira los interruptores automáticos.
—El diferencial está caliente —anuncia con tono de tragedia griega.
—Papá, estamos a finales de julio, todo está caliente —insiste Javi.
—No es el calor del ambiente. Es calor de esfuerzo. Algo está succionando energía ahora mismo de forma desmedida.
Paco empieza a recorrer la casa habitación por habitación, como un exorcista buscando presencias demoníacas.
Entra en el cuarto de invitados.
Mira debajo de la cama.
—¡Lo sabía! —grita.
Todos acuden a la llamada de Paco.
—¿Qué has encontrado, el tesoro de los templarios? —pregunta Conchi.
Paco señala un pequeño aparato enchufado en la pared.
Es un repelente de mosquitos de esos que van con una pastilla y una lucecita azul.
—¡El faro de Alejandría! —exclama Paco—. ¿Quién ha puesto esto?
—He sido yo, Paco —dice Elena—. Es que anoche me acribillaron los mosquitos.
—¿Y por qué está encendido a las seis de la tarde? ¿Es que los mosquitos de hoy en día no duermen la siesta?
—Lo dejé puesto para que fuera haciendo efecto.
Paco se agacha y lo desenchufa con un movimiento seco.
—Este aparato es una estafa. Los mosquitos no se mueren por el líquido, se mueren de la risa al ver cómo sube mi factura.
—Paco, devuélvelo, que me van a comer viva —protesta Elena.
—Cómprate un matamoscas de los de toda la vida. Un euro el plástico y cero vatios por uso. Además, haces ejercicio.
Paco guarda el repelente en un cajón y lo cierra bajo llave.
La tensión está llegando a su punto crítico.
Elena respira hondo.
—Sabe qué, Paco… me voy a duchar. Y voy a encender la luz del baño. Y la del espejo.
Paco palidece.
—¡¿Las dos?! ¡Eso es una potencia lumínica de estadio de fútbol!
—Y voy a usar el secador de pelo —añade Elena con una sonrisa desafiante.
Paco se lleva las manos a la cabeza.
—¡El secador no! ¡Eso es lo que hace que salte el plomo! ¡El secador consume dos mil vatios! ¡Es como encender un acelerador de partículas en el baño!
—Pues prepárese, porque mi pelo es largo y tardo veinte minutos.
Elena entra en el baño y cierra la puerta.
Se oye el clic del interruptor.
Luego otro clic.
Paco se queda mirando la puerta, paralizado por el horror.
Dos mil vatios.
Durante veinte minutos.
Empieza a hacer las cuentas mentalmente y el resultado le asusta tanto que tiene que sentarse en el suelo del pasillo.
—Javi, haz algo —suplica Paco—. Convéncela. Dile que el pelo secado al aire es mucho más natural. Dile que el aire caliente daña el cuero cabelludo.
—Déjala en paz, papá. Tiene derecho a secarse el pelo.
Paco oye el rugido del secador.
Para él, es el sonido del fin del mundo.
Se imagina los cables de la instalación eléctrica de la casa poniéndose al rojo vivo.
Se imagina el contador del rellano girando tan rápido que sale disparado hacia el espacio exterior.
—¡Conchi, apaga la nevera! —grita Paco—. ¡Hay que compensar el consumo!
—¡Ni se te ocurra, Paco! ¡Que se me estropea el estofado!
Paco está en una encrucijada.
La casa está al límite de su capacidad contratada, según sus cálculos pesimistas.
Se acerca a la puerta del baño y empieza a dar golpecitos.
—¡Elena! ¡Baja la potencia! ¡Ponlo en el uno!
El sonido del secador sigue a toda máquina.
—¡Elena! ¡Que nos van a cortar el suministro!
De repente, se hace el silencio.
El secador se apaga.
Paco respira aliviado.
—Menos mal, ha entrado en razón.
Pero entonces, se oye un ruido metálico.
Es el sonido de algo que se cae.
Y luego, un grito de Elena.
—¡Ay! ¡Mierda!
Paco se pone alerta.
—¿Qué ha pasado?
—¡Que me he tropezado con la alfombrilla por estar a oscuras! —grita Elena desde dentro.
—¿A oscuras? ¡Si tenías dos luces encendidas!
—¡Se han apagado solas!
Paco frunce el ceño.
Mira hacia el salón.
La televisión también está apagada.
Conchi sale de la cocina con una linterna en la mano.
—Paco, ya la has liado. Han saltado los plomos.
Paco se levanta con una dignidad renovada.
—¿Lo veis? —dice con voz solemne—. La instalación me ha dado la razón. El sistema no ha podido soportar tanta lujuria eléctrica.
—¡No ha sido la instalación, Paco! —grita Javi desde el balcón—. ¡Se ha ido la luz en todo el barrio! ¡Mira la calle!
Paco sale al balcón.
Efectivamente, los semáforos están apagados.
Las tiendas de enfrente están a oscuras.
Hay un silencio extraño en la ciudad.
Paco se queda mirando el horizonte, donde el sol empieza a caer.
Una sonrisa lenta y triunfal aparece en su rostro.
—¿Véis? —dice Paco—. Iberdrola se ha arruinado. Por fin ha pasado.
—No seas tonto, papá, habrá sido una avería en la subestación —dice Javi.
—Avería o no —sentencia Paco—, este es el momento más feliz de mi año. Consumo cero. Gasto cero.
Paco entra en el salón y se tumba en el sofá.
—Conchi, tráeme una cerveza fría antes de que la nevera pierda el temple.
—Estás loco, Paco —dice Conchi pasando a su lado.
—Loco no, Conchi. Ahorrador.
Paco cierra los ojos y disfruta de la oscuridad total.
Por fin, el mundo está en equilibrio con sus principios.
Pero la paz dura poco.
—Paco —dice Elena saliendo del baño con una toalla en la cabeza—. Como no hay luz para el secador, vas a tener que abanicarme tú hasta que se me seque el pelo. Es tu culpa por invocar el apagón con tus malas energías.
Paco abre un ojo.
Mira el abanico de la Caja Rural sobre la mesa.
Mira el pelo mojado de Elena.
Calcula el esfuerzo físico frente al ahorro económico.
—Bueno —dice Paco cogiendo el abanico—, todo sea por no gastar vatios.
PARTE 4: LA RESISTENCIA FINAL
La oscuridad ha traído una tregua forzosa, pero para Paco, es una oportunidad de oro para impartir un seminario avanzado sobre supervivencia energética.
Están todos en el salón, iluminados únicamente por la luz anaranjada que entra por la ventana del atardecer.
Paco está en su salsa.
—¿Os dais cuenta? —dice Paco mientras mueve el abanico con un ritmo metronómico frente a la cabeza de Elena—. Estamos viviendo como nuestros antepasados. Sin depender de los oligopolios.
—Nuestros antepasados no tenían un suegro dándoles la chapa con la factura de la luz, Paco —replica Elena, que empieza a sentirse un poco como una faraona egipcia con su propio esclavo del abanico.
—Nuestros antepasados sabían el valor de una vela.
—¡Paco, no vayas a encender una vela, que la cera mancha el mantel! —advierte Conchi.
—No hace falta vela, Conchi. Tenemos la luz de la luna, que es gratis.
Javi está mirando su móvil.
—Me queda un 5% de batería —comenta con tono de preocupación.
Paco se detiene.
El abanico se queda congelado en el aire.
Mira a su hijo como si acabara de confesar un crimen de lesa humanidad.
—¿Un 5%? ¿Y qué vas a hacer cuando se apague?
—Pues esperar a que vuelva la luz para cargarlo, supongo.
Paco niega con la cabeza.
—Esa dependencia os va a matar. Yo tengo mi radio a pilas. Pilas que compré en el 98 y que todavía tienen carga porque solo la enciendo para el parte meteorológico y los resultados de la liga.
Paco saca una radio de plástico gris que parece haber sobrevivido a tres guerras mundiales.
La enciende.
Un estallido de estática llena el salón.
—¡Baja eso, Paco! —grita Conchi—. ¡Que parece que tienes una colmena de avispas en el salón!
Paco sintoniza con precisión quirúrgica hasta que se oye una voz lejana y distorsionada.
“…el apagón afecta a gran parte del centro de la ciudad debido a una sobrecarga en la red…”
—¿Lo habéis oído? —dice Paco con el dedo levantado—. Sobrecarga. Eso es por culpa de gente como vosotros, que enchufáis hasta el cepillo de dientes.
—Papá, es un apagón general, no es por mi cepillo de dientes —dice Javi.
—Todo suma, Javi. Si todos apagáramos el “standby”, esto no pasaría. Yo soy el único que está manteniendo la civilización en pie en este edificio.
De repente, la luz vuelve.
Es un fogonazo cegador.
La televisión se enciende sola con el volumen a tope.
El microondas pita.
La nevera arranca con un quejido.
Paco reacciona como si le hubieran disparado.
Se tira al suelo y empieza a gatear hacia los enchufes.
—¡Rápido! ¡Apagadlo todo! ¡Viene el pico de tensión! —grita Paco—. ¡Es el momento en que Iberdrola te mete el sablazo para recuperar lo perdido!
—¡Paco, levántate del suelo, que vas a pillar una pulmonía con el suelo frío! —le riñe Conchi.
Elena se levanta y va directa al baño.
Se oye el clic del interruptor.
Y el rugido del secador.
Paco se queda en el suelo, con la cara pegada a la baldosa, mirando el pasillo con expresión de derrota absoluta.
—Es el fin —susurra—. El despilfarro ha vuelto.
Elena sale del baño diez minutos después, con el pelo perfecto y una sonrisa de oreja a oreja.
—Gracias por el abanico, suegro. Me ha dejado el pelo con un volumen muy natural.
Paco se levanta, se sacude el polvo del pantalón y mira a su familia.
Están todos ahí: su hijo mirando el móvil cargando, su mujer calentando el café en el microondas y su nuera radiante bajo el brillo de las bombillas LED.
Se da cuenta de que ha perdido la batalla.
Pero no la guerra.
Paco camina lentamente hacia el pasillo.
Se detiene frente al interruptor del baño.
Mira a Elena.
Mira a Javi.
Y, sin decir una palabra, apaga la luz.
—Suegro, ¡que todavía estoy en el salón y se ve el reflejo! —dice Elena riendo.
Paco sonríe de medio lado.
Es una sonrisa cargada de sabiduría y de tacañería ancestral.
—Céntimo a céntimo, Elena —dice Paco mientras se retira a su sillón en la penumbra—. Céntimo a céntimo se hace la ruina.
Se sienta, coge su abanico de la Caja Rural y empieza a moverlo rítmicamente.
—¿Quién es el policía de las luces en vuestra casa? —pregunta Paco al aire, como si estuviera hablando con un público invisible.
Nadie responde.
Pero en el fondo, todos saben que mientras Paco esté vivo, nunca habrá una factura que no haya sido auditada por el ojo más crítico de toda España.
El silencio vuelve al piso.
Un silencio roto solo por el suave zumbido de la nevera, que ahora, gracias al yogur de fresa bien colocado, suena más feliz que nunca.
Paco cierra los ojos.
Ha salvado, al menos por hoy, tres céntimos de euro.
Y eso, para él, es dormir en la gloria.