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El ritual del ordenador y el abismo de las pestañas abiertas

Parte 1: El ritual del ordenador y el abismo de las pestañas abiertas

El aire acondicionado del salón, un aparato con más años que la democracia y que emitía un zumbido similar al de un motor de aviación en pleno despegue, no daba abasto. En el centro de Madrid, a finales de junio, el asfalto no solo retiene el calor, sino que parece proyectarlo con saña contra las ventanas de los terceros exteriores. Elena y Javi estaban sentados a la mesa del comedor, una pieza de madera recuperada que habían comprado en un rastro de Malasaña con la ilusión de quien estrena una vida nueva, pero que ahora servía de campo de batalla para la logística del verano.

Frente a ellos, un ordenador portátil de última generación proyectaba una luz azulada y gélida sobre sus rostros, dándoles un aire de conspiradores en una película de espionaje de bajo presupuesto. Elena sostenía el ratón con la firmeza de un cirujano a punto de realizar una incisión delicada, mientras Javi, con una cerveza fría en la mano que dejaba un cerco de humedad sobre la mesa, observaba la pantalla con una mezcla de optimismo antropológico y terror financiero.

— Vamos a ver, Javi, mírame a los ojos —dijo Elena, dejando de hacer “scroll” en una página de alquileres vacacionales que prometía “encanto rústico” a cambio de tu alma y la mitad de tu sueldo de julio—. Llevamos tres años juntos. Hemos sobrevivido a una mudanza, a la pandemia encerrados en cuarenta metros cuadrados y a la cena de Navidad con tus padres donde tu madre insistió en que yo me parecía a una ex tuya que se llamaba Soraya. Creo que nos conocemos. Pero planear estas vacaciones está revelando facetas de tu personalidad que ni el mejor psicólogo de la Seguridad Social podría diagnosticar.

Javi dio un trago largo a su cerveza, sintiendo el frescor del lúpulo como un bálsamo ante la tormenta inminente.

— Elena, por favor, no seas dramática. Solo he dicho que pagar cuatrocientos euros por noche en un sitio donde te cobran hasta por el aire que respiras me parece un insulto a la inteligencia del trabajador medio. Estamos en España, el país con más costa por metro cuadrado de ego, y parece que si no nos arruinamos en agosto no hemos descansado.

— No es arruinarse, Javi. Es dignidad —replicó ella, señalando una pestaña de Booking donde un hotel de cuatro estrellas en la costa de Cádiz mostraba una piscina infinita que parecía fundirse con el Atlántico—. Yo quiero un hotel. Un hotel de verdad. Con sus sábanas blancas que huelen a limpio, su servicio de habitaciones y, sobre todo, su buffet de desayuno. Un desayuno donde pueda comer huevos revueltos, bacon, fruta pelada por otra persona y tres tipos de bollería industrial sin sentirme juzgada por Dios o por mi nutricionista. Eso es la felicidad. Eso son las vacaciones.

Javi dejó la copa sobre la mesa con un “cloc” seco que resonó en el silencio del salón, solo interrumpido por el rugido del aire acondicionado.

— El desayuno, claro. La trampa del buffet. Te levantas a las nueve y media con una resaca de sol, te vistes a toda prisa porque el buffet cierra a las diez, y te atiborras de comida mediocre solo porque ya la has pagado. Luego te pasas toda la mañana en la hamaca, hinchado como un pez globo, sin poder moverte hasta la hora de la siesta. Yo prefiero ahorrar, Elena. Prefiero pillar algo barato, un hostal con alma, una casa de esas de pueblo donde te despiertas con el gallo y te vas a la panadería de la esquina a por una barra de pan de verdad.

Elena cerró los ojos y respiró hondo, como si estuviera practicando una técnica de mindfulness que le habían enseñado en un curso de relajación para empleados estresados.

— Javi, cariño, “barato” en tu idioma significa dormir en una habitación que comparte tabique con una discoteca o, lo que es peor, con una familia de cinco que tiene un niño que toca el tambor a las siete de la mañana. Tú llamas “aventura” a dormir con humedad. A esas paredes donde el papel pintado se cae a trozos y el colchón tiene la forma de todos los huéspedes que han pasado por allí desde la Expo del 92. Yo ya no tengo edad para buscar la aventura en el moho de los baños compartidos.

Javi se incorporó en la silla, gesticulando con las manos de esa manera tan madrileña que implica que se está a punto de soltar una verdad universal.

— ¡Humedad! ¡Qué exagerada eres! La humedad es parte del encanto de la costa. Es el salitre, Elena. Es la esencia del mar. El año pasado, en aquella cabaña de Galicia, estuvimos de lujo. Sí, vale, la ducha tenía un poco de verdín en las juntas, pero ¿y las vistas? ¿Y el precio? Nos ahorramos lo suficiente como para cenar marisco todas las noches.

— Nos ahorramos lo suficiente para cenar marisco, pero yo me desperté con una tortícolis que me duró hasta octubre por culpa de ese colchón de muelles que parecía una trampa para osos —contraatacó ella—. Aventura es seguir contigo después de ese plan, Javi. De verdad. Ese viaje a Galicia no fueron vacaciones, fue un ejercicio de supervivencia extrema digno de Bear Grylls, pero con olor a percebes y empanada.

La tensión en la mesa se podía cortar con el mismo cuchillo con el que Javi estaba pensando en abrirse otra cerveza. En tres años de relación habían descubierto muchas cosas el uno del otro: que él roncaba cuando bebía vino tinto, que ella odiaba que dejaran los calcetines hechos una bola debajo del sofá, y que ambos tenían una visión diametralmente opuesta de lo que significaba “descansar”.

Javi volvió a mirar el ordenador. Abrió una pestaña de un portal de alquileres de furgonetas camperizadas.

— Mira esto, Elena. Una California T6. Tiene de todo. Cocina, cama, nevera… Libertad total. Podemos dormir cada noche en una playa distinta. Sin horarios, sin recepcionistas estirados que te miran mal si subes con arena en las chanclas. Eso es vivir.

Elena miró la pantalla como si Javi le estuviera enseñando una foto de un nido de cucarachas.

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