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El resplandor del iPhone y el misterio de la farola

Parte 1: El resplandor del iPhone y el misterio de la farola

La tarde en Malasaña tenía ese tono dorado y polvoriento que solo Madrid sabe fabricar a finales de mayo, una mezcla de polen en suspensión, humo de los autobuses de la EMT y las ganas acumuladas de media ciudad por pillar una silla en una terraza que no cojeara. Sergio estaba sentado en una de esas mesas metálicas que parecen diseñadas para torturar la espalda, en un rincón de la Plaza de San Ildefonso, observando cómo Marta realizaba una especie de danza ritual con su teléfono móvil. No era una coreografía sencilla; implicaba contorsionismo, un manejo experto de la luz natural y una paciencia que, a ojos de Sergio, rozaba lo patológico.

Marta acababa de pedir un café con leche de avena que venía decorado con una hoja de helecho perfectamente dibujada en la espuma. Durante los últimos cuatro minutos, Sergio había sido testigo mudo de cómo ese café pasaba de ser una bebida caliente a un objeto de exposición museística. Marta lo había fotografiado desde arriba, de lado, a contraluz y, finalmente, lo había colocado estratégicamente junto a un libro de poemas que no pensaba leer, pero cuya portada combinaba de maravilla con el color de la mesa.

— Ya está —susurró ella, con la satisfacción de quien acaba de ganar un Pulitzer—. “Pausa necesaria”. Ese va a ser el pie de foto.

Sergio suspiró, un suspiro largo y cargado de una frustración que llevaba meses macerándose en su interior. Sergio no era un neófito en este mundo; de hecho, trabajaba profesionalmente como editor de contenidos y creador para redes sociales, manejando páginas internacionales que acumulaban millones de seguidores. Sabía perfectamente lo que era un gancho, una métrica y la importancia de una estética cuidada. Pero una cosa era el trabajo y otra muy distinta era sentirse como el ayudante de producción no remunerado en su propia vida sentimental.

— Espectacular, Marta —dijo Sergio, con un deje de ironía que ella prefirió ignorar—. El café ha quedado de cine. La farola de detrás también ha tenido su momento de gloria hace un rato, y no nos olvidemos del perro del vecino, que ha salido con una nitidez que ni en un documental de la 2. Has subido el café, el perro y hasta la farola, de verdad que el algoritmo te va a poner una estatua.

Marta levantó la vista del móvil, con los dedos todavía moviéndose frenéticamente por la pantalla, probablemente aplicando el filtro “Valencia” o algún ajuste de saturación que hiciera que el asfalto de Madrid pareciera la campiña toscana.

— ¿Y? —preguntó ella, con esa sencillez cortante que a veces le hacía sentir a Sergio que estaba discutiendo con un bot de atención al cliente—. El café es bonito, la luz era buena y el perro era un Golden Retriever, Sergio. Los Golden son el combustible de Instagram, es de primero de redes sociales. ¿Cuál es el problema ahora?

Sergio se inclinó hacia adelante, apoyando los codos en la mesa, invadiendo el espacio vital de la taza de café que ya debía de estar a temperatura ambiente.

— El problema, Marta, es que en ese catálogo de “momentos perfectos” que es tu perfil, yo tengo el mismo protagonismo que una mota de polvo en el sensor de la cámara. Cero. Nulo. Inexistente. Llevamos seis meses saliendo. Hemos ido a la sierra, nos hemos pateado medio Madrid, cenamos juntos casi cada noche… pero conmigo ni una foto. Ni un story, ni un post, ni siquiera un pie asomando por la esquina de una sábana en un domingo de resaca. Nada.

Marta soltó una risita nerviosa y volvió a mirar su teléfono. El “click” de la publicación acababa de sonar. Ya estaba hecho. El café era público; Sergio seguía siendo un secreto de Estado.

— Ay, Sergio, no te pongas así, que pareces un adolescente buscando validación —dijo ella, tratando de quitarle hierro al asunto—. Es que soy discreta, ya lo sabes. No me gusta esa gente que sube todo lo que hace con su pareja, como si tuvieran que demostrarle al mundo que no están solos. Lo nuestro es nuestro, es privado. ¿No es mejor así? Sin el juicio de trescientas personas que ni siquiera nos conocen de verdad.

Sergio se frotó las sienes. Como profesional de la narrativa visual, entendía el valor de la exclusividad, pero esto no olía a exclusividad; olía a ocultación. En su trabajo diario, Sergio se encargaba de refinar guiones virales sobre dramas sociales y giros de trama inesperados. Sabía detectar cuándo un personaje estaba siendo desplazado del foco principal de la historia.

— Discreta no, Marta —sentenció Sergio, clavándole una mirada que buscaba una respuesta honesta—. Discreta es no subir el contrato de la hipoteca o el resultado de una citología. Lo tuyo no es discreción, es que pareces un testigo protegido. Si alguien entra en tu Instagram, pensaría que vives sola en una burbuja donde solo entran cafés con leche, perros desconocidos y mobiliario urbano. Parezco contenido oculto, como si estuviera en la fase beta de una aplicación que todavía no quieres lanzar al mercado.

Marta dejó el móvil sobre la mesa, con la pantalla hacia abajo, un gesto que en el lenguaje moderno de las relaciones equivale a una tregua armada. El silencio que siguió fue solo interrumpido por el murmullo de la plaza y el choque de las copas de la mesa de al lado.

— No es eso, Sergio. Es que… mis redes son profesionales, o casi. Tengo ahí a clientes, a gente del máster, a mi familia pesada de Cuenca. No quiero que se mezclen las cosas. En cuanto subes una foto con alguien, la gente empieza a preguntar, a opinar, a preguntarse cuándo va a ser la boda o cuándo vais a romper. Es una presión que no necesito.

Sergio se recostó en la silla, cruzándose de brazos. Su mente de editor empezó a analizar la “curva de retención” de su propia relación. Si Marta no lo mostraba, ¿era porque realmente valoraba la privacidad o porque estaba manteniendo sus opciones abiertas en el “mercado libre” de las interacciones digitales?

— Presión es lo que siento yo cuando tengo que apartarme de la foto para que no salga ni mi sombra —replicó Sergio—. El otro día, en el Templo de Debod, casi me pido una orden de alejamiento a mí mismo para que pudieras sacar el atardecer perfecto sin que se viera que había un ser humano a tu lado. Me sentí como un extra en una película donde me han borrado en la postproducción.

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