El aire acondicionado del Mercadona de la calle Fuencarral funcionaba con una potencia que recordaba más a una expedición polar que a una mañana de sábado en Madrid. Sergio empujaba el carrito con la desidia de quien arrastra una condena de trabajos forzados, mientras una de las ruedas delanteras —la izquierda, concretamente— emitía un chirrido rítmico que parecía estar burlándose de su paciencia. A su lado, Nerea flotaba entre los estantes de la sección de productos ecológicos con una alegría que a Sergio le resultaba, en ese preciso instante, casi ofensiva.
Sergio no era un hombre tacaño por naturaleza, o al menos eso se decía a sí mismo cada vez que revisaba la aplicación de su banco. Se consideraba, más bien, un “estratega del ahorro”, un editor de contenidos que pasaba ocho horas al día creando guiones virales sobre dramas sociales y giros de guion inesperados para fanpages internacionales. Sabía perfectamente cómo vender una historia de traición o de justicia corporativa, pero le costaba horrores gestionar el drama doméstico de quién había pagado la última ración de bravas en la Plaza de Olavide.
— Nerea, ¿de verdad necesitamos tres tipos diferentes de humus? —preguntó Sergio, deteniendo el carrito frente a una pirámide de tarrinas de colores—. Tenemos el clásico, el de pimiento y ahora quieres el de aguacate. Si seguimos así, el carrito va a parecer un catálogo de la ONU de las legumbres.
Nerea se giró, sosteniendo la tarrina de humus de aguacate como si fuera una reliquia sagrada.
— Sergio, bicho, es que el de aguacate es edición limitada. Además, el domingo vienen tus amigos, esos que dicen que son “creadores de contenido” pero que solo saben comer a dos carrillos mientras analizan las métricas de TikTok. Hay que quedar bien. No querrás que Akemi piense que somos unos cutres, ¿no? —respondió ella con esa sonrisa que solía desarmar cualquier intento de austeridad.
Mencionar a Akemi, la prima de Sergio, era jugar sucio. Ella siempre había sido el referente de elegancia y buen gusto en la familia, y Nerea lo sabía. Sergio suspiró y dejó que la tarrina aterrizara en el carrito, junto a una bolsa de kale (que él sabía que terminaría pudriéndose en el cajón de las verduras) y una botella de vino de diez euros que Nerea había elegido “por la etiqueta tan mona que tiene”.
El supermercado estaba en ese punto de ebullición típico de las doce de la mañana. Madrileños de todas las edades se cruzaban en los pasillos con una coreografía caótica. Había señoras que custodiaban el estante de las ofertas con la ferocidad de un portero de discoteca, y parejas jóvenes que discutían sobre si el papel higiénico de tres capas era una necesidad básica o un lujo burgués. Sergio sentía que la tensión cómica en su propia relación estaba alcanzando un punto crítico. No era solo el humus; era la acumulación de pequeños gestos financieros que no terminaban de cuadrar.
Caminaron hacia la sección de carnicería. Sergio miraba los precios con la precisión de un halcón. En su cabeza, una calculadora invisible sumaba los euros con una velocidad alarmante. Sesenta, setenta, ochenta… La cifra subía y el ánimo de Sergio bajaba. Recordó el último guion que había editado sobre una pareja que rompía por una deuda de juego en Las Vegas. Aquello era ficción, claro, pero la sensación de desequilibrio en la balanza de pagos era peligrosamente real.
— ¿Sabes qué falta? —dijo Nerea, señalando el pasillo de los detergentes—. Esas cápsulas que huelen a flores de loto. Las que compramos la última vez.
— Las que cuestan el doble que la marca blanca —masculló Sergio, aunque la siguió.
Mientras caminaban, Sergio empezó a imaginar cómo titularía este momento si fuera uno de sus vídeos virales para “Mundo Viral”. “EL TRÁGICO FINAL DE UN BOLSILLO ENAMORADO”, o quizás algo más agresivo: “ELLA COMPRA COMO SI FUERA RICA Y ÉL PAGA COMO SI FUERA EL DUEÑO DEL BANCO DE ESPAÑA”. El humor local en Madrid a veces consiste en reírse de la precariedad compartida, pero cuando la cuenta del súper roza los tres dígitos, la risa suena un poco más metálica.
— Oye, Sergio —Nerea se detuvo frente a los suavizantes—, no pongas esa cara. El dinero va y viene. Lo importante es que estemos bien, ¿no? Mañana tengo una reunión para un proyecto de marketing B2B y seguro que sale adelante. Ya verás como nos recuperamos.
Sergio la miró. Nerea siempre vivía en el futuro, en el “ya verás”, en el próximo éxito que estaba a la vuelta de la esquina. Él, sin embargo, vivía en el presente de los tickets de caja y las notificaciones de cargo inmediato. El amor no paga la compra, pensó, pero la mala organización la encarece de una forma que empezaba a dolerle en el orgullo y en la tarjeta de débito.
Llegaron a la cola de la caja. Era una de esas colas que parecen no tener fin, donde la gente aprovecha para mirar los estantes de las golosinas y las pilas de oferta de última hora. Sergio miraba la cinta transportadora. Los productos de Nerea parecían multiplicarse: quesos artesanales, aceitunas rellenas de anchoa de Santoña, un champú con extracto de perla que él sospechaba que no hacía absolutamente nada más que oler bien.
— Esto va a ser un palo —susurró Sergio, ajustándose la mascarilla que todavía algunos conservaban por costumbre o por alergia al polen madrileño.
— No seas exagerado, Sergio. Es la compra de la semana. Además, hay cosas para la casa, no solo caprichos —replicó ella, sacando su móvil para revisar Instagram, ignorando por completo la danza de precios que estaba a punto de comenzar.
Sergio miró el perfil de Nerea. Ella siempre publicaba fotos de sus cenas, de sus salidas por Malasaña, de esa vida vibrante que él mismo ayudaba a construir con su trabajo de editor. En las redes, todo era perfecto. Los colores estaban saturados, las sonrisas eran perennes y nadie preguntaba quién había pagado la cuenta. Pero allí, frente a la cajera que pasaba los productos con la velocidad de un crupier de casino, la saturación de color la ponía la cara roja de Sergio.
— ¿Bolsas va a querer? —preguntó la cajera con un tono de voz que indicaba que llevaba allí desde las seis de la mañana y que no tenía tiempo para dramas románticos.
— Dos, por favor —dijo Sergio.
El “beeeep” del escáner era como un metrónomo marcando el ritmo de la catástrofe. Sergio veía pasar el humus, el kale, el vino, las flores de loto en cápsulas. Cada sonido era un euro más, una pequeña punzada en la estabilidad emocional de la pareja. Nerea, mientras tanto, seguía absorta en su pantalla, comentando un post sobre logística y product innovación, temas que le apasionaban profesionalmente.
— Son ciento catorce con sesenta y dos —sentenció la cajera, mirando fijamente a Sergio.
Sergio se quedó inmóvil un segundo. Miró a Nerea, esperando el gesto instintivo de buscar la cartera, pero ella simplemente levantó la vista, le dedicó una sonrisa radiante y volvió a su móvil. El silencio en la caja se hizo denso. El señor que esperaba detrás, un hombre con una gorra de los New York Yankees que parecía tener mucha prisa por irse a ver el fútbol, empezó a golpear el suelo con el pie.
— ¿Otra vez pago yo? —soltó Sergio por fin, con una voz que intentaba ser suave pero que arrastraba toda la frustración de los pasillos anteriores.
Nerea levantó la vista, sorprendida, como si la pregunta fuera lo más extraño que hubiera escuchado en todo el día.
— Ay, Sergio… No te pongas así. Luego te hago Bizum.
Sergio sacó su tarjeta. La frase de Nerea le sonó a música conocida, a una canción que se sabe de memoria y que ya no soporta escuchar. “Luego te hago Bizum”. Esa frase ya tenía telarañas, pensó mientras acercaba el plástico al terminal de pago. El “click” del pago autorizado fue el pistoletazo de salida para una conversación que llevaban meses evitando, y que no iba a terminar precisamente con un final feliz de los que él solía editar.
Parte 2: La danza de los euros y el fantasma de la desconfianza
El camino de vuelta al piso fue un ejercicio de equilibrismo físico y emocional. Sergio cargaba con dos bolsas que pesaban como si contuvieran los pecados de toda la humanidad, mientras Nerea llevaba la bolsa más ligera, la del pan y el champú de perlas, caminando con esa ligereza de quien no tiene una preocupación en el mundo. Cruzaron la calle San Bernardo, esquivando a un grupo de estudiantes de ingeniería automotriz que discutían sobre la suspensión de un Toyota Camry. Sergio se sintió identificado con ellos: él también sentía que algo en su sistema de amortiguación vital estaba fallando.
Al llegar a casa, el silencio en el ascensor fue tan espeso que se podía cortar con el cuchillo del queso artesanal que acababan de comprar. Sergio dejó las bolsas en la encimera de la cocina con un suspiro que fue mitad alivio y mitad queja. Nerea empezó a sacar las cosas con una parsimonia irritante.
— Sergio, de verdad, no entiendo por qué te pones así por una compra —dijo ella, colocando el humus en la nevera como si estuviera exponiendo arte contemporáneo—. Pareces mi padre en los años ochenta. El dinero es energía, bicho. Si lo sueltas con rabia, vuelve con rabia.
Sergio se apoyó en la mesa de la cocina, cruzándose de brazos.
— El dinero no es energía, Nerea. El dinero son horas de mi vida editando guiones para “Visión Financiera”. Son horas de pensar en cómo hacer que la gente haga clic en historias de ahorro y éxito mientras yo veo cómo mi propia cuenta corriente se desangra en tarrinas de humus de aguacate que ni siquiera sé si nos vamos a comer.
Nerea dejó la bolsa de kale a un lado y se acercó a él, intentando ponerle una mano en el pecho, pero Sergio se retiró sutilmente.
— Te he dicho que luego te hago Bizum —repitió ella, con un tono que empezaba a perder la dulzura—. No sé por qué eres tan desconfiado. Llevamos dos años juntos, Sergio. ¿De verdad crees que te voy a estafar por cincuenta pavos de comida?
— Qué desconfiado… —murmuró Sergio, imitando su tono—. No desconfío de ti, Nerea. Confío demasiado en tu historial. Y tu historial dice que ese Bizum va a llegar cuando el Atleti gane la Champions tres veces seguidas. Es decir, nunca. Tienes olvidos selectivos, Nerea. Te acuerdas de comprar el champú de perlas, pero se te olvida que la última vez que pagaste tú una compra de más de veinte euros fue cuando todavía no se usaba el euro.
Nerea frunció el ceño. La tensión cómica de la cola del súper se había transformado en algo mucho más afilado. En Madrid, las discusiones de dinero suelen tener un tinte de humor negro, pero cuando tocan la fibra del respeto mutuo, la cosa cambia.
— Eres un exagerado y un dramático —sentenció ella—. Si tanto te molesta pagar, dímelo y dividimos los tickets como si fuéramos compañeros de piso en una serie de televisión barata. Pero creía que éramos una pareja, Sergio. Creía que esto era un proyecto común.
— Un proyecto común no es una subvención a fondo perdido, Nerea —replicó Sergio—. Yo trabajo en estrategias de logística y marketing B2B, sé lo que es un centro de compra y sé quién toma las decisiones. Aquí las decisiones de compra las tomas tú y la financiación la pongo yo. Eso no es un proyecto común, es una estructura de poder descompensada.
Nerea se quedó callada un momento. Se sentó en una de las sillas de madera de la cocina, mirando fijamente la bolsa de patatas fritas de marca premium.
— ¿Entonces esto es por el dinero? ¿De verdad? ¿Nuestro amor vale ciento catorce euros con sesenta y dos céntimos?
Sergio sintió que la pregunta era una trampa. Sabía que si decía que sí, quedaría como un materialista sin corazón. Si decía que no, le estaba dando carta blanca para seguir usando su tarjeta como si fuera un pozo sin fondo. En sus guiones virales, este sería el momento en el que el protagonista diría una frase lapidaria y la música subiría de tono. Pero en la vida real, solo se oía el zumbido de la nevera y el tráfico lejano de la calle Princesa.
— No es por los ciento catorce euros, Nerea. Es por lo que significan. Significan que no te importa mi esfuerzo. Que das por hecho que yo siempre voy a estar ahí para cubrir los huecos de tu falta de organización. El amor no paga la compra, vale, pero la mala organización la encarece de una forma que termina quemando la relación. No es desconfianza hacia tu persona, es cansancio hacia tu sistema.
Nerea suspiró y sacó su móvil. Sergio pensó que por fin iba a abrir la aplicación del banco, pero solo estaba revisando el correo.
— Tengo mucho trabajo, Sergio. El seminario de “Economía de Vietnam 2026” es en septiembre y tengo que cerrar la logística de las invitaciones. No tengo tiempo para tus auditorías de cada céntimo. Si quieres los cincuenta euros, tenlos. Pero no me pidas que te los dé con alegría después de este desplante.
Sergio sintió una punzada de culpa, pero la reprimió rápidamente. Sabía que Nerea era una maestra de la manipulación emocional sutil. Ella siempre lograba que él se sintiera el malo de la película, el “tacaño” de la historia. Pero él recordaba las facturas de la luz, el alquiler del piso en Chamberí, las cenas en Malasaña que siempre terminaban con el mismo baile de tarjetas.
— No quiero que me los des con alegría o con tristeza, Nerea. Quiero que seas consciente. Que cuando pilles el tercer tipo de humus, pienses si de verdad lo necesitas o si simplemente es más fácil comprarlo porque no eres tú la que lo paga en ese momento. Confío en ti, de verdad, pero confío demasiado en que te vas a olvidar de este ticket igual que te has olvidado de los últimos diez.
Nerea se levantó y se fue hacia el salón sin decir una palabra. Sergio se quedó solo en la cocina, rodeado de bolsas vacías y comida que de repente le parecía poco apetecible. Miró el ticket de compra que se había quedado sobre la encimera. Lo dobló con cuidado y lo guardó en el bolsillo, como si fuera una prueba de un crimen que todavía no se había resuelto.
¿El dinero puede estropear una relación? Sergio se hizo la pregunta mientras guardaba las cápsulas de flores de loto. Sabía que la respuesta era un “sí” rotundo si no se cortaba el problema de raíz. El amor es ciego, pero el extracto bancario tiene una vista excelente. Y en ese pequeño piso de Madrid, la visión empezaba a ser demasiado nítida.
Parte 3: El seminario de las sombras financieras
La tarde cayó sobre Madrid con esa luz naranja que hace que incluso los edificios más grises parezcan sacados de una postal de época. Sergio estaba encerrado en su pequeño estudio, editando un vídeo para “Info Esencial” sobre las nuevas tendencias de inversión en 2026. Sus dedos volaban sobre el teclado, cortando clips, ajustando el color, insertando esos “ganchos” visuales que mantenían a la gente pegada a la pantalla. Pero su mente seguía en la cocina, en la tarrina de humus de aguacate y en la cara de Nerea cuando él le había soltado lo del Bizum.
Él sabía que Nerea no era una mala persona. Era brillante, ambiciosa y estaba profundamente involucrada en la organización del seminario sobre la economía de Vietnam. Pero esa misma ambición la hacía ser descuidada con lo cotidiano. Para ella, los cien euros de la compra eran una minucia comparada con los presupuestos que manejaba para los eventos de la National Economics University. El problema era que el sueldo de Sergio no era un presupuesto de una universidad nacional; era el sueldo de un creador de contenido que tenía que pelear cada visualización.
De repente, la puerta del estudio se abrió. Nerea entró con dos tazas de café y esa expresión de “bandera blanca” que siempre precedía a sus intentos de reconciliación sin pasar por caja.
— Te he traído un café, bicho —dijo, dejando la taza sobre la mesa, justo al lado de su ratón—. Estás trabajando mucho. ¿Es para lo de “Visión Financiera”?.
Sergio levantó la vista y asintió.
— Sí. Un vídeo sobre cómo gestionar el presupuesto familiar sin morir en el intento. La ironía de la vida, Nerea. Edito consejos que no puedo aplicar en mi propia casa porque mi “compañera de logística” cree que el dinero crece en los árboles del Retiro.
Nerea se sentó en el sofá que tenían en la esquina del estudio, rodeada de sus carpetas sobre el seminario de septiembre.
— He estado pensando en lo que has dicho —empezó, con un tono más pausado—. Tienes razón en que a veces me desorganizo. Pero es que tengo la cabeza en mil sitios, Sergio. Entre el proyecto de B2B, las invitaciones del seminario y las clases de ingeniería automotriz que te estoy ayudando a resumir para tu tesis sobre el Toyota Camry….
— No me estás ayudando con la tesis, Nerea. Me estás pidiendo que te haga los bio de tus fanpages mientras yo intento entender cómo funciona la suspensión trasera de un modelo 2020. Pero ese no es el punto. El punto es que la organización no es un lujo, es una necesidad cuando se vive en pareja. El amor es un motor, vale, pero el dinero es el aceite. Si no hay aceite, el motor se gripa. Y nuestro motor está haciendo unos ruidos muy raros.
Nerea suspiró y bebió un sorbo de su café.
— ¿Sabes qué pasa? Que me asusta que hablemos tanto de dinero. Siento que nos estamos volviendo esas parejas grises que solo hablan de hipotecas y de cuánto cuesta el kilo de tomates. Yo quiero que seamos como en tus guiones virales: apasionados, intensos, aventureros. No quiero ser una hoja de Excel con patas.
— Pues odia la hoja de Excel todo lo que quieras, pero es la que nos permite pagar este estudio —replicó Sergio—. El problema es que tú quieres la aventura, pero quieres que la entrada la pague yo. Y eso no es pasión, es parasitismo emocional, aunque suene duro.
La palabra “parasitismo” dolió. Sergio lo vio en los ojos de Nerea. Ella se levantó, dejó la taza de café a medias y se acercó a la ventana, mirando hacia el bullicio de Chamberí.
— Nunca pensé que me verías así —dijo, con la voz un poco quebrada—. Yo pensaba que éramos un equipo. Que si yo ahora no tengo tanto liquidez por el tema de los eventos de septiembre, tú me cubrías porque sabes que en octubre, cuando cerremos el seminario de Vietnam, yo tendré más que de sobra para compensarte.
— El problema es el “en octubre”, Nerea. Llevamos con el “en octubre”, “en enero”, “en junio” desde que nos mudamos. Siempre hay un evento, un proyecto, un seminario que nos va a salvar de la ruina. Pero mientras tanto, la realidad es el ticket del Mercadona de hoy. No puedes vivir en una eterna promesa financiera mientras yo vivo en un eterno pago al contado.
Sergio volvió a mirar su monitor. Estaba editando una escena donde un hombre descubría que su mujer le había ocultado una deuda masiva. No era su caso, afortunadamente. Nerea no ocultaba nada; simplemente no le daba importancia. Y esa falta de importancia era lo que a Sergio le volvía loco. Era la sensación de que su esfuerzo diario, sus horas de edición, sus madrugones para crear contenido viral, eran simplemente el combustible para que ella pudiera seguir soñando a lo grande sin preocuparse por el precio del suavizante de flores de loto.
— ¿Y si abrimos una cuenta común? —propuso Nerea de repente, dándose la vuelta—. Ponemos una cantidad fija al mes y de ahí sale todo lo de la casa. Así no tendrás que preguntarme si pago yo o pagas tú.
— Ya lo propuse en Navidad, Nerea. Y me dijiste que era “demasiado burocrático”. Que preferías la espontaneidad.
— Pues ahora prefiero la burocracia a que me llames parásito —sentenció ella—. Vamos a hacerlo. Mañana mismo. Y voy a hacerte el Bizum de los cincuenta euros ahora mismo. Para que veas que no confío en mi historial, sino en mi voluntad de cambiar.
Nerea sacó su móvil con una determinación que Sergio no le había visto en semanas. El “clinc” de la notificación llegó al móvil de Sergio casi al instante. Cincuenta euros.
— Ya los tienes —dijo ella, con una frialdad que heló el ambiente del estudio—. Espero que con esto la “estrategia de logística” de nuestra relación esté satisfecha.
Sergio miró la pantalla. Cincuenta euros. Debería sentirse aliviado, victorioso. Pero se sentía vacío. Había conseguido el dinero, pero el precio había sido una grieta más en la porcelana de su relación. Miró a Nerea, que ya estaba recogiendo sus carpetas sobre la economía de Vietnam para irse al salón.
— Nerea… —empezó a decir.
— No, Sergio. Sigue editando tu vídeo sobre el éxito financiero. Yo tengo un seminario que organizar y una reputación que mantener ante la facultad. A ver si al menos en la pantalla consigues que la gente sea feliz con su dinero. Porque aquí fuera, parece que solo sirve para que nos odiemos un poco más.
Nerea salió del estudio y cerró la puerta con una suavidad que dolió más que un portazo. Sergio se quedó mirando el cursor que parpadeaba en su pantalla. El amor no paga la compra, se repitió. Pero el dinero, mal gestionado, puede terminar pagando el entierro de una relación que tenía todo para ser viral por las razones correctas.
Parte 4: El giro de guion final
La noche cayó sobre Madrid con un silencio impropio de un sábado. En el piso de Chamberí, el zumbido del ordenador de Sergio era el único sonido que competía con el tic-tac del reloj de la cocina. Sergio había terminado el vídeo para “Mundo Viral”. Había quedado redondo: un ritmo trepidante, una música épica y un mensaje claro sobre la importancia de la transparencia financiera en la pareja. Pero al darle a “exportar”, sintió que estaba publicando una mentira.
Salió al salón. Nerea estaba dormida en el sofá, abrazada a una de sus carpetas del seminario de septiembre. Tenía la luz de la lámpara de pie iluminándole media cara, y Sergio se detuvo a mirarla. Parecía tan vulnerable, tan alejada de la “maestra de la logística” que pretendía ser ante los profesores de la National Economics University. En su mano, todavía sujetaba el bolígrafo con el que seguramente estaba repasando la lista de invitados para el evento de Vietnam.
Sergio se acercó y le quitó suavemente la carpeta de las manos. Al hacerlo, vio un papel que se había quedado medio oculto. No era una lista de invitados. Era un presupuesto personal, escrito a mano, con una columna de “gastos casa” y otra de “deuda Sergio”. Nerea había estado haciendo cuentas. Había anotado cada compra, cada cena, cada vez que él había sacado la tarjeta en los últimos dos meses. Al final de la página, había una frase subrayada: “En octubre, devolver todo con intereses de amor (y una cena en ese sitio de Malasaña que le gusta)”.
A Sergio se le hizo un nudo en la garganta. Ella lo sabía. Todo este tiempo, ella había sido consciente de su desorganización y estaba intentando, a su manera caótica, ponerle remedio. El “luego te hago Bizum” no era una mentira deliberada; era el síntoma de alguien que estaba desbordada por sus propios sueños y que confiaba ciegamente en que el hombre que amaba la entendería hasta que llegara su momento de éxito.
Se sentó en el borde del sofá y le acarició el pelo. Nerea abrió los ojos lentamente, parpadeando ante la luz.
— ¿Sergio? ¿Qué hora es? ¿Ya has terminado el vídeo viral? —preguntó con la voz pastosa.
— Sí, ya está —dijo él, devolviéndole el papel—. He visto esto, Nerea.
Nerea miró la hoja y se puso roja. Intentó esconderla, pero Sergio la sujetó por las manos.
— No soy un parásito, Sergio. De verdad. Es que a veces me pierdo entre tanto papel y tanto seminario. Pero sé que te debo mucho. No solo dinero, sino paciencia.
Sergio la abrazó fuerte. En sus guiones, este sería el momento de la reconciliación épica, con una música de violines que haría llorar a millones de seguidores en Facebook Reels. Pero en la realidad de Madrid, la reconciliación olía a café frío y a cansancio acumulado.
— Siento haberte llamado eso, Nerea. He estado tan obsesionado con los números que me he olvidado de la persona que los genera. El dinero puede estropear una relación, sí. Pero solo si dejamos que se convierta en el único lenguaje que hablamos. Mañana abrimos esa cuenta común. Pero no para controlarte, sino para que los dos podamos dormir tranquilos sin pensar en el precio del humus.
Nerea sonrió y se acurrucó en su pecho.
— Mañana. Pero hoy, Sergio… hoy vamos a cenar ese queso artesanal que hemos comprado. El de los cinco euros. Y lo vamos a disfrutar como si fuera el manjar más caro del mundo. Porque al final, el amor no paga la compra, pero hace que la comida sepa mucho mejor.
Cenaron en la mesa de la cocina, compartiendo el queso, el vino y los planes para el seminario de septiembre. Sergio le contó una idea para un vídeo promocional del evento de Vietnam que podría hacerse viral entre los estudiantes de economía. Nerea le dio un consejo sobre cómo mejorar la iluminación en sus guiones de “Visión Financiera”. Eran un equipo otra vez. Un equipo con una cuenta corriente herida, pero con una organización que empezaba a sanar.
¿El dinero puede estropear una relación? Sergio se hizo la pregunta por última vez mientras guardaba los restos del queso en la nevera. La respuesta es que el dinero es solo papel y bits en una pantalla. Lo que estropea las relaciones es el silencio, la suposición y el orgullo de no querer admitir que, a veces, necesitamos que nos echen una mano con el ticket de la vida.
Miró la tarrina de humus de aguacate. Seguía ahí, intacta. Sonrió. Quizá Akemi tenía razón y el buen gusto era importante. Pero el mejor gusto de todos era el de acostarse sabiendo que el Bizum más importante, el de la confianza, ya había llegado a su destino.
— Sergio… —llamó Nerea desde el pasillo—. ¿Has apagado el ordenador?
— Sí, jefa. Y he guardado el ticket del súper en la basura. Ya no lo necesitamos.
Madrid seguía vibrando fuera, una ciudad que nunca duerme y que siempre gasta más de lo que tiene. Pero en aquel piso de Chamberí, dos personas habían aprendido que la mejor inversión no es la que sale en “Info Esencial”, sino la que se hace cada día al otro lado del pasillo, sin intereses y con mucho, mucho amor.
Pregunta final: ¿El dinero puede estropear una relación? Solo si permites que la cuenta bancaria sea más alta que la cuenta de los besos. Y Sergio y Nerea tenían claro que, a partir de ahora, su balance siempre sería positivo.