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El desembarco en Normandía (pero con cajas de IKEA)

Parte 1: El desembarco en Normandía (pero con cajas de IKEA)

El portal del número catorce de la calle de la Palma, en pleno corazón de Malasaña, olía a lo de siempre: una mezcla inconfundible de humedad vieja, madera encerada por algún portero que se jubiló en los tiempos de la Movida y el rastro lejano de un cocido que alguien estaba perpetrando a deshoras. Nacho subía los escalones de dos en dos, con la respiración un poco entrecortada no por la falta de forma física, sino por la ansiedad acumulada de llevar tres días viviendo en lo que él consideraba una zona de guerra logística. Al llegar al tercero derecha, metió la llave en la cerradura con ese gesto automático que uno desarrolla tras siete años de soltería militante. Para Nacho, ese piso de cuarenta y cinco metros cuadrados no era una vivienda; era su búnker, su santuario, el lugar donde los cojines no tenían por qué combinar con nada y donde el orden de las cosas respondía a una lógica cuántica que solo él entendía.

Sin embargo, al abrir la puerta, el impacto visual fue como recibir un bofetón de realidad con la mano abierta. En el centro del salón, donde antes reinaba una mesa de centro que él mismo había rescatado de un contenedor en la calle Fuencarral allá por el 2018 —una tabla de pino con más manchas de cerveza que vetas de madera—, ahora se erigía un mueble de líneas escandinavas, pulcro, insultantemente blanco y con patas de madera clara que parecían gritar “progreso y estabilidad emocional”.

Nacho se quedó petrificado, todavía con la mochila del gimnasio colgada de un hombro y las llaves en la mano, como si hubiera entrado en el piso equivocado. Pero no, las grietas del techo seguían ahí, y el póster de Pulp Fiction que su madre tanto odiaba continuaba presidiendo la pared. El problema era la mesa. Y el problema, por extensión, era Elena.

Elena apareció desde la cocina, que era básicamente un pasillo estrecho donde si abrías la nevera no podías abrir el horno, secándose las manos con un trapo nuevo que, por supuesto, también combinaba con la nueva estética del salón. Llevaba el pelo recogido en un moño improvisado y esa sonrisa de “estoy haciendo que nuestra vida sea mejor” que a Nacho le daba más miedo que una inspección de Hacienda.

— ¡Hola, bicho! ¿Qué tal el curro? —dijo ella, acercándose para darle un beso rápido que Nacho recibió con la rigidez de una estatua del Prado.

— Elena… —Nacho señaló el mueble con un dedo tembloroso—. ¿Qué es eso? ¿Por qué ha habido un golpe de Estado en el salón? ¿Dónde está mi mesa? ¿Qué le habéis hecho a la superviviente de la gran inundación del 2020?

Elena soltó una carcajada ligera, de esas que pretenden quitarle hierro al asunto pero que en realidad solo sirven para engrasar la maquinaria de la discusión inminente.

— Nacho, por favor, no empieces con el drama. Esa mesa no era una mesa, era un riesgo biológico. Tenía una pata coja que calzabas con un folleto de una pizzería de cuando las pesetas, y la superficie estaba tan pegajosa que el otro día casi se queda pegado el gato de la vecina cuando se coló por la ventana. He comprado esta en las rebajas. Es bonita, es práctica y, fíjate, tiene un estante debajo para que pongas tus mandos de la Play y no estén siempre por el suelo.

Nacho soltó la mochila, que aterrizó con un ruido sordo sobre el parqué desgastado. Se acercó a la mesa nueva con la cautela de un artificiero.

— ¿Por qué has cambiado la mesa, Elena? —preguntó, intentando mantener un tono de voz que no delatara que estaba a un segundo de sufrir un microinfarto—. Así, sin avisar. Sin un referéndum. Sin una consulta popular en este nuestro búnker.

Elena arqueó una ceja. Esa era la señal. La señal de que la fase de “novia encantadora que acaba de mudarse” estaba terminando para dar paso a la de “cohabitante con plenos derechos constitucionales”.

— Pues porque también vivo aquí, Nacho. ¿O se te ha olvidado que llevo tres días metiendo cajas, doblando calcetines para que quepan en tus cajones caóticos y tratando de encontrar un hueco para mis libros de diseño entre tus revistas de coches de segunda mano? También es mi casa. También es mi espacio. Y mi espacio no incluye una tabla de madera podrida que parece sacada de un naufragio.

Nacho se frotó la nuca. La frase “también vivo aquí” resonó en las paredes de la habitación como una declaración de guerra de la Triple Alianza. Se sentó en el sofá, que afortunadamente todavía era el suyo, aunque sospechaba que tenía los días contados frente a algún catálogo de muebles nórdicos.

— Ya, Elena, si me parece estupendo que vivas aquí. De verdad. Sabes que me hacía mogollón de ilusión que diéramos el paso. Pero es que… —hizo una pausa dramática, buscando las palabras exactas para no sonar como un machista recalcitrante del siglo diecinueve—… pero es que el piso es mío. O sea, el contrato está a mi nombre. Llevo aquí siete años. Cada mancha de la pared tiene una historia. Esa mesa… esa mesa era mi compañera de fatigas. No puedes llegar aquí, como el que desembarca en Normandía, y empezar a cambiar la orografía del terreno sin consultar al mando supremo.

Elena se quedó mirándolo en silencio durante unos segundos que a Nacho le parecieron horas. Sus ojos, antes chispeantes, se volvieron dos rendijas de puro sarcasmo madrileño. Se cruzó de brazos y se apoyó en el marco de la puerta de la cocina.

— Ah, vale. Entiendo. El piso es tuyo. El contrato es tuyo. La historia es tuya. Entonces yo no vivo aquí, ¿no? Yo estoy de prácticas. Soy una becaria de la convivencia que ha venido a ver cómo vive el Gran Nacho en su santuario de soltero y que tiene que pedir permiso para mover un posavasos. ¿Es eso? ¿Tengo que pasar un periodo de prueba de seis meses antes de poder decidir que no quiero comer sobre un mueble que tiene vida propia?

— No exageres, Elena —masculló Nacho, sintiéndose de repente muy pequeño bajo la mirada de su novia—. No he dicho que estés de prácticas. Solo digo que hay que respetar el ecosistema. Si tú te vas a vivir a la selva, no te pones a talar árboles para construirte un centro comercial el primer día. Te adaptas. Observas. Integras.

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