El contagioso saludo de “¡Buenas, buenas!” se ha convertido en un himno indiscutible de empoderamiento, alegría y vitalidad en todas las plataformas digitales. Al escuchar esa icónica frase, millones de personas visualizan instantáneamente a una mujer enérgica, avasalladora y segura de sí misma, que proclama a los cuatro vientos sentirse “rica, sabrosa y deliciosa”. Sin embargo, detrás de esa imponente figura mediática conocida mundialmente como Chiky Bombom, se esconde la verdadera historia de Lisette Eduardo, una mujer que ha tenido que atravesar el mismísimo infierno para poder sonreír frente a las cámaras. Su vida no ha sido un cuento de hadas escrito con likes y reproducciones; más bien, ha sido un crudo relato de supervivencia, depresión profunda, traiciones desgarradoras y una lucha constante contra la adversidad que la llevó desde dormir en las frías calles de Nueva York hasta firmar contratos millonarios en la televisión internacional. Esta es la radiografía completa de una mujer que, con la piel curtida por los crueles golpes del destino, ha demostrado que siempre es posible renacer de las cenizas.
Para entender a la fiera que hoy devora las pantallas, hay que viajar a sus raíces. Lisette nació en el humilde barrio de Cristo Rey, en la República Dominicana. A la tierna edad de ocho años, fue llevada a Estados Unidos, estableciéndose en el Bronx de Nueva York, lugar que forjó su inquebrantable carácter. Educada en un hogar tradicional con una madre sobreprotectora, creció siendo una niña de su casa que estudiaba educación especial en la universidad y trabajaba en una tienda de ropa. Su vida parecía encaminada hacia el anhelado sue
ño americano tras casarse por todo lo alto con el padre de su hijo, Cartier, en lo que ella misma describe como una “boda real”. Sin embargo, en el año 2018, ese castillo de cristal se hizo añicos. Su esposo enfrentó graves problemas legales que lo llevaron directo a la prisión. En tan solo tres días, Chiky Bombom lo perdió todo: su casa, su estabilidad y su dinero. Con un bebé de apenas unos meses en brazos, terminó literalmente en la calle, viéndose obligada a mudarse hasta en once ocasiones y a trabajar en lo que apareciera para no dejar morir de hambre a su pequeño. Paradójicamente, a pesar de que él sigue en prisión, ella ha confesado que siguen legalmente casados por “pereza” y para no gastar dinero en trámites de divorcio, manteniéndolo como un amigo cercano en la vida de su hijo.
Pero la tragedia romántica de Chiky no se detuvo tras las rejas de su primer gran amor. En enero de 2018, las noticias estallaron cuando la cadena Univisión reportó que la influencer había presentado una denuncia penal contra su entonces pareja pública, Dio Keiverón. El caso se tornó sumamente oscuro, inundado de acusaciones de abuso y robo de identidad, lo que desencadenó una orden de restricción. Aunque Keiverón se defendió públicamente alegando su inocencia, el brutal desgaste emocional de aquel escándalo dejó a Lisette con cicatrices imborrables en el alma.
Con el corazón roto y la cuenta bancaria en ceros, Lisette se hundió en el agujero negro de una severa depresión clínica. Este es, sin duda, el secreto más aterrador de su biografía. Antes de convertirse en un fenómeno global, el sufrimiento era tan insoportable que llegó a planear detalladamente acabar con su propia vida y la de su hijo, convencida de que el mundo era un lugar de pura miseria y no quería dejar al niño solo sufriendo en la tierra. Tapaba las ventanas de su casa con sábanas negras porque la simple luz del sol le causaba un dolor físico. En medio de esa abismal oscuridad y bajo los efectos de medicamentos psiquiátricos, tomó una decisión radical: tirar todas las pastillas a la basura. Se puso un traje de baño azul, encendió música house y se grabó en la playa lanzando aquel famoso grito que la catapultaría a la fama. Lo que el mundo interpretó como un derroche de felicidad suprema, fue en realidad el último y desesperado grito de auxilio de una mujer que intentaba aferrarse a la vida.
El salto a la fama, no obstante, vino acompañado del veneno de las redes sociales y la cultura de la cancelación. El momento más crítico de su carrera digital llegó con el famoso “incidente de la taza de café”. Una devota seguidora diseñó una taza artesanal con la frase “Buenas, buenas” para demostrarle su cariño. En lugar de recibir el gesto con humildad, una mal asesorada Chiky Bombom amenazó públicamente a la fanática con una demanda legal por el uso comercial de su marca registrada. La reacción de internet fue implacable. En menos de 48 horas, perdió cientos de miles de seguidores, siendo tachada de arrogante, ingrata y de haber olvidado sus humildes raíces. Aunque apareció bañada en lágrimas pidiendo perdón y contactó a la chica en privado, el estigma de prepotente se le adhirió como un tatuaje difícil de borrar.
Ese mismo estigma la persiguió en su meteórico pero rocoso ascenso en la cadena Telemundo, un lugar que ella misma ha bautizado como “el mundo de la maldad”. Su llegada al programa matutino “Hoy Día” estuvo plagada de rumores de pasillo. Se comentaba incesantemente sobre choques de egos y terribles fricciones con figuras establecidas como la ex Miss Universo Andrea Meza, Penélope Menchaca y, muy especialmente, la veterana Adamari López. Los críticos analizaban cada gesto en pantalla, asegurando que la explosiva energía dominicana de la “Pantera” incomodaba profundamente a sus compañeras. La controversia alcanzó su punto máximo cuando desapareció del programa a mediados de 2023, generando rumores de que había sido suspendida por darle un “like” a un periodista que criticaba al productor ejecutivo del show. Más adelante, a principios de 2026, el chisme de su despido definitivo incendió las redacciones, pero ella calló bocas al revelar, entre lágrimas de alegría, que en realidad acababa de firmar una jugosa renovación de su contrato con mejores condiciones.
La televisión tradicional ha intentado domesticarla, pero ella se resiste. Cuando participó en el programa “Mira Quién Baila”, fue etiquetada inmediatamente de diva al presentarse sola en el escenario tras la misteriosa desaparición de sus bailarines de apoyo. Se rumoró que ella había exigido brillar sola para robar cámara, acusación que negó categóricamente, afirmando sentirse herida por las mentiras de la producción. Este choque entre su naturaleza indomable y las estrictas reglas de la televisión tradicional quedó en evidencia durante su feroz enfrentamiento con el polémico experto en moda Rodner Figueroa. Cuando Figueroa insinuó en público que los influencers carecían del talento necesario para ser presentadores de televisión y que su lugar estaba en sus teléfonos móviles, Chiky sacó las garras. Se defendió en vivo, dejando claro que ella no estaba ahí por casualidad ni por caridad, sino porque representaba a una nueva era digital que exige su merecido espacio, defendiendo el derecho al crecimiento profesional de los creadores de contenido.
Pero las verdaderas batallas de Chiky Bombom no se han librado en los foros de televisión, sino frente al espejo. A finales de 2021, la influencer se sometió a una cirugía de manga gástrica, perdiendo más de 80 libras de peso. La decisión desató la furia de sus detractores, quienes la tildaron de hipócrita por haber edificado su imperio sobre el discurso de aceptación corporal y amar las propias curvas. Sin embargo, Lisette fue brutalmente honesta: la decisión no fue por estética, sino una emergencia médica. Sufría de presión arterial peligrosamente alta, el colesterol por los cielos y ya ni siquiera podía sostener a su hijo en brazos. Se enfrentó valientemente al síndrome de dumping, a intensos episodios de dismorfia corporal donde su cerebro no lograba procesar su nueva imagen, y a un aterrador susto hospitalario en diciembre de 2025 provocado por fuertes dolores en el pecho. Como si lidiar con su salud no fuera suficiente, ha tenido que soportar con humor y coraje los crueles ataques de trolls en internet que cuestionan su género, llamándola hombre o mujer trans debido a su poderosa voz y su imponente estatura.

El dolor y el éxito han caminado siempre de la mano en su destino, pero nada la sacudió tanto como un reciente accidente automovilístico. Regresando de la playa con su hijo, unos conductores que realizaban carreras clandestinas impactaron salvajemente su vehículo, destruyéndolo por completo y dejándole feas heridas en el brazo. Surgieron macabros rumores que sugerían que el choque había sido un atentado planificado para acabar con su vida. Sin embargo, ella lo interpretó como un rotundo milagro. Gracias a los exámenes médicos preventivos realizados en el hospital a causa del impacto, los doctores descubrieron que su hijo padecía una grave condición cardíaca congénita de la que nadie tenía conocimiento. Para Chiky, ese violento impacto de metales retorcidos fue la forma que tuvo Dios de salvar la vida de lo que más ama en el mundo.
Hoy, respaldada por la asombrosa cifra de más de 13 millones de seguidores según Forbes República Dominicana, Chiky Bombom se levanta todos los días a las tres de la mañana para orar de rodillas. Atribuye toda su fortaleza a su inquebrantable conexión espiritual, un despertar que experimentó en la habitación de un hotel en Bogotá. Asegura que Dios es su verdadero representante artístico, dándole las fuerzas para soportar un medio que a menudo la discrimina y la juzga. Le tomó diez años de humillaciones, clases de lectura de teleprompter pagadas a 300 dólares la hora, y mañanas enteras llorando amargamente antes de ir a trabajar, para finalmente conseguir el respeto de la industria. Lisette Eduardo, la mujer detrás del personaje, ha demostrado que la verdadera resiliencia no consiste en no caer jamás, sino en tener el coraje de levantarse del suelo, sacudirse el polvo, encender la cámara y gritarle al mundo entero: ¡Buenas, buenas!