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El Ritual de la Negación

Parte 1: El Ritual de la Negación

Hacía un calor de esos que no se pueden explicar solo con números. No era una cuestión de termómetros, era una cuestión de densidad. El aire en aquel salón de Madrid, a las cuatro de la tarde de un sábado de julio, no se respiraba; se masticaba. Era un aire con sabor a asfalto recalentado y a la fritura lejana de algún vecino que se resistía a abandonar las costumbres de los platos de cuchara incluso a cuarenta grados a la sombra. Las persianas estaban bajadas hasta el último milímetro, en ese intento heroico y típicamente español de convertir la vivienda en una especie de búnker refrigerado, aunque lo único que se conseguía era una penumbra anaranjada y asfixiante que invitaba a la rendición absoluta.

Paco estaba allí, de pie en mitad del salón, observando el sofá con la desconfianza con la que un explorador mira una ciénaga que sabe que se lo va a tragar. Se pasó una mano por la nuca, notando el sudor pegajoso, y luego miró a Elena. Ella estaba sentada en la otra punta del sofá, armada con un libro que no avanzaba y un ventilador de mano que hacía un ruido rítmico, un tac-tac-tac que parecía marcar la cuenta atrás para el colapso del sistema nervioso de cualquier ser vivo en la habitación.

— Me voy a echar veinte minutos —declaró Paco.

Lo dijo con una solemnidad casi marcial, como si estuviera anunciando una misión de rescate en territorio enemigo. No dijo “media hora”, ni “un rato”. Dijo “veinte minutos”. Esa cifra mágica que, según los expertos de las revistas de salud que nadie lee, es el tiempo exacto para que el cerebro se reinicie sin entrar en la fase REM, ese limbo del que uno regresa sintiéndose como si le hubieran dado una paliza con un calcetín lleno de monedas.

Elena ni siquiera levantó la vista del libro, aunque una pequeña sonrisa irónica asomó por la comisura de sus labios. Ella conocía a Paco. Conocía sus intenciones, conocía su historial y, sobre todo, conocía la fuerza de gravedad que ejercía aquel sofá de microfibra cuando el cuerpo humano superaba los treinta grados de temperatura.

— Perfecto —respondió ella, con una economía de palabras que ocultaba un “ya veremos” del tamaño de la catedral de Burgos—. Veinte minutos. Ni uno más, ¿verdad?

— Ni uno —reafirmó Paco, buscando el mando de la tele para apagar el ruido de fondo de un documental sobre la vida de los escarabajos peloteros—. Es una siesta táctica. Una “power nap”, como dicen los modernos. Si paso de los veinte, me levanto con la cabeza como un bombo y luego no hay quien me aguante esta tarde para ir a ver a tus padres.

Paco empezó el ritual. No era tan sencillo como tumbarse. Primero estaba el tema de los cojines. El sofá tenía cuatro, pero Paco necesitaba una arquitectura específica. Dos para la cabeza, formando un ángulo de cuarenta y cinco grados, y uno pequeño, el de color teja, para ponerlo entre las rodillas, porque a sus cuarenta y dos años, la espalda ya no perdonaba las posturas improvisadas. Elena lo observaba de reojo, viendo cómo su marido construía un nido de comodidad absoluta mientras seguía manteniendo la ficción de que aquello era solo una parada técnica.

— ¿Vas a poner el despertador? —preguntó Elena, ajustando la velocidad de su ventilador.

Paco se detuvo en seco. Esa era la pregunta del millón. Poner el despertador era admitir que no se fiaba de su propio reloj biológico, pero no ponerlo era jugar a la ruleta rusa con el tiempo.

— No hace falta. Tengo el despertador interno programado —mintió él con una seguridad asombrosa—. A los veinte minutos exactos, el cuerpo nota que la circulación cambia y te desvelas solo. Es evolución pura, Elena. En la sabana, si dormías más de veinte minutos, te comía un león.

— Ya, pero aquí lo único que te va a comer son las moscas, Paco. Y te recuerdo que tu despertador interno la última vez nos costó llegar tarde a una boda.

Paco hizo un gesto de desdén con la mano, restándole importancia al asunto. Se quitó las sandalias con un movimiento experto de los pies, dejándolas abandonadas en medio de la alfombra como dos barcos a la deriva. Luego, con una lentitud que rozaba lo coreográfico, se dejó caer sobre la estructura de cojines que había diseñado. El sofá emitió un suspiro de aire atrapado, un sonido que parecía decir: “Bienvenido, aquí te quedas”.

— Veinte minutos —murmuró Paco una última vez, cerrando los ojos—. A las cuatro y media estoy operativo. Me tomo un café largo con hielo y nos vamos.

— Que sí, Paco. Que sí. Que disfrutes de tu “evolución”.

El silencio se apoderó del salón, solo roto por el zumbido del ventilador de Elena y el lejano motor de un aire acondicionado que goteaba en el patio interior. Paco sentía el frescor relativo de la microfibra en sus piernas. Empezó a repasar mentalmente las tareas de la tarde, convencido de que su mente se mantendría en la superficie del sueño, vigilante, como un delfín que duerme solo con la mitad del cerebro. Notó cómo sus párpados pesaban un poco más de la cuenta, cómo la tensión en sus hombros se disolvía y cómo el sonido del ventilador de Elena empezaba a transformarse en algo más rítmico, casi musical.

“Veinte minutos”, se repitió. “Solo es un parpadeo largo”.

Y entonces, sin que él pudiera detectarlo, el león de la sabana se acercó sigilosamente. Pero no para comérselo, sino para arroparlo con una manta invisible de sopor absoluto. El despertador interno de Paco, ese que supuestamente lo protegía de los depredadores prehistóricos, decidió que, dadas las circunstancias y el estado del mercado laboral actual, lo mejor era declararse en huelga indefinida.

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