Eran las once y cuarenta y siete de la noche de un martes que no tenía nada de especial, uno de esos martes de mayo en los que el calor de Madrid empieza a pegarse a las sábanas pero todavía no justifica encender el aire acondicionado. Hugo estaba tirado en el sofá con la camiseta de publicidad de una carrera popular de 2018, una mancha de salsa brava en el pecho y el mando de la tele en una mano, mientras con la otra se rascaba la nuca con esa desidia propia de quien ha aceptado que su vida es una sucesión de correos electrónicos sin importancia y reuniones que podrían haber sido un suspiro.
A su lado, Santi, su compañero de piso desde hacía tres años y consultor experto en el noble arte de la procrastinación, devoraba un bol de cereales directamente de la caja. El televisor emitía un documental sobre la migración de los ñus en el Serengueti, pero ninguno de los dos prestaba atención. Estaban en ese trance hipnótico previo al sueño, donde el cerebro se pone en modo ahorro de energía.
De repente, el universo se quebró. No fue un estallido, ni un trueno, ni el grito de un vecino. Fue algo mucho más terrorífico: un vibrato seco y metálico sobre la mesa de cristal.
Hugo no lo pensó. Fue un acto reflejo, una respuesta pavloviana perfeccionada por años de adicción digital. Alargó la mano, sus dedos rodearon el cristal frío del smartphone y, antes de que su lóbulo frontal pudiera enviar la señal de “peligro, aborta la misión”, pulsó el botón lateral. La pantalla se iluminó con la fuerza de mil soles, castigando sus retinas acostumbradas a la penumbra.
—Han escrito a las once y cuarenta y siete —dijo Hugo con la voz quebrada, como si acabara de presenciar un crimen.
Santi, que tenía una cuchara a medio camino entre el bol y la boca, se quedó congelado. Lentamente, dejó los cereales sobre la mesa, con el rostro ensombrecido por una gravedad propia de un funeral de Estado. Ni siquiera miró a Hugo; mantuvo los ojos fijos en la pantalla que brillaba en la oscuridad del salón como un uranio enriquecido.
—No abras —susurró Santi. Su tono era el de un veterano de guerra advirtiendo a un recluta que no pise una mina—. Hugo, te lo digo por tu bien. Si la tocas, si deslizas el dedo, si entras ahí, cruzas el Rubicón. Y no hay vuelta atrás desde el Rubicón, tío. Allí solo hay hojas de Excel y gente que usa la palabra “sinergia” sin ironía.
—Ya lo he visto —confesó Hugo. Su dedo índice temblaba.
Santi soltó un suspiro largo, un silbido de resignación que pareció vaciarle los pulmones. Se echó hacia atrás en el sofá, cruzando los brazos sobre el pecho, mirando a Hugo con una mezcla de lástima y reproche.
—Entonces ya eres rehén —sentenció—. Bienvenido a Guantánamo, versión fibra óptica. Ya no eres un ciudadano libre con derecho a ver documentales de ñus. Ahora eres una propiedad de la empresa, una extensión de la fibra de vidrio que llega hasta el router. Has visto el mensaje. Ellos saben que lo has visto. El tic azul es el grillete más sofisticado jamás inventado por el hombre.
Hugo miró el icono verde de WhatsApp. El numerito rojo “1” brillaba como el ojo de un cíclope hambriento. En la previsualización de la pantalla de bloqueo solo se leía el nombre del grupo: “EQUIPO DINÁMICO VENTAS – SOLUCIONES 360” y el inicio del mensaje de Paco, el jefe de departamento, un hombre cuya principal habilidad era enviar mensajes de voz de ocho minutos y llevar corbatas que pasaron de moda en el mundial de Naranjito.
—”Idea revolucionaria” —repitió Hugo, leyendo en voz alta—. Cuando Paco dice “revolucionaria” suele significar que tenemos que cambiar todas las diapositivas de la presentación por fotos de gladiadores romanos porque leyó un artículo en LinkedIn sobre el liderazgo centurión.
—No entres —insistió Santi—. Si no entras, mañana puedes decir que te quedaste sin batería. Que dejaste el móvil en el coche. Que te fuiste a dormir a las diez porque tenías migraña. La ignorancia es tu escudo, Hugo. En el momento en que entres en ese chat, el sistema registra tu presencia. Paco te verá conectado. Verá que estás “escribiendo…”. Verá que eres un objetivo fácil que no sabe poner límites.
Hugo sentía el pulso en las sienes. Sabía que Santi tenía razón. Sabía que abrir ese mensaje era regalarle su descanso a una corporación que ni siquiera ponía café decente en la oficina. Pero había una fuerza superior, una curiosidad morbosa, un deseo masoquista de saber exactamente qué tan profundo era el pozo en el que estaba a punto de caer.
—Es que si no contesto, mañana Paco me va a mirar con esa cara de decepción que pone —dijo Hugo—. Esa cara de “no tienes la camiseta puesta”, de “no remas con nosotros”. Tú sabes cómo es. El “engagement”, Santi. El puto “engagement”.
Santi se levantó del sofá, caminó hasta la cocina y sacó una cerveza de la nevera. La abrió con un clic seco que sonó a sentencia.
—El engagement es el nombre moderno para el vasallaje, colega —dijo Santi, dándole un trago a la cerveza—. Antes tenías que entregarle un diezmo de trigo al señor feudal y ahora tienes que responderle a un señor calvo que no sabe usar el PDF a las doce de la noche. Si respondes ahora, le estás diciendo que tu tiempo personal vale exactamente cero euros. Le estás diciendo que tu vida privada es una sala de espera para su próxima ocurrencia.
Hugo miró de nuevo el móvil. El “visto” no era solo un registro tecnológico; era una declaración de principios. Si entraba y no decía nada, era un maleducado. Si entraba y decía algo, era un esclavo. Si no entraba, era un sospechoso de falta de compromiso.
—Voy a entrar —susurró Hugo, casi para sí mismo.
—No lo hagas, Anakin —bromeó Santi, aunque su cara seguía seria—. Tienes el terreno elevado. Tienes la noche. Tienes tu dignidad a un ochenta por ciento. Si entras, bajará al cinco por ciento antes de que acabe la descarga del primer GIF de motivación.
Pero el dedo de Hugo se movió con voluntad propia. Desbloqueó el teléfono. El reconocimiento facial iluminó su rostro con un destello blanco, como si le estuvieran haciendo una ficha policial. Entró en WhatsApp. El grupo “EQUIPO DINÁMICO VENTAS” saltó a la primera posición. Pulsó.
Las dos flechas grises se volvieron azules de inmediato. El daño estaba hecho. La señal había sido enviada al espacio exterior, o lo que es lo mismo, al iPhone 15 Pro de Paco, que probablemente estaba sentado en su cama con un pijama de rayas y una copa de coñac barato, esperando su primera presa.
Parte 2: La madriguera del conejo digital
En el momento en que Hugo entró en el grupo, la interfaz de WhatsApp pareció transformarse en una arena romana. Lo primero que vio fue que no estaba solo. En la parte superior, justo debajo del nombre del grupo, aparecía el fatídico rótulo: “Paco, Laura, Mateo, tú… están en línea”.
—¡Dios mío, estamos todos! —exclamó Hugo, pasándose la mano por el pelo—. Están todos dentro. Es una emboscada colectiva.
Santi se acercó, apoyando el brazo en el respaldo del sofá para cotillear la pantalla.
—Mira a Laura —dijo Santi, señalando el nombre—. Laura ya ha respondido con un emoji de un rayo y un pulgar hacia arriba. Laura es la colaboracionista. Es la que, cuando lleguen los alienígenas, les enseñará dónde escondemos el agua a cambio de que le den un puesto en el departamento de Recursos Humanos de la galaxia.
Hugo leyó el mensaje completo de Paco. No eran tres líneas. Era un testamento. Paco había escrito cinco párrafos explicando que, tras ver un vídeo de un gurú de Silicon Valley mientras cenaba unos espárragos trigueros, se había dado cuenta de que el color corporativo de la empresa, el azul turquesa, era “demasiado pasivo”. Quería que para la reunión de las nueve de la mañana —dentro de menos de diez horas— todas las gráficas de ventas pasaran a ser de un color “naranja volcánico” para transmitir “energía disruptiva”.
—¿Naranja volcánico? —Hugo sintió que un tic empezaba a nacer en su ojo izquierdo—. ¿Me está pidiendo que cambie 45 diapositivas de Excel vinculadas a PowerPoint a las doce de la noche por una cuestión de cromoterapia empresarial?
—Y no solo eso —añadió Santi con una sonrisa maliciosa—. Mira quién acaba de aparecer en el chat. Mateo. El “pelota” silencioso.
Mateo escribió: “Brillante, Paco. Realmente el azul nos estaba frenando. El naranja es el color del éxito. Yo ya me he puesto con lo mío. Hugo, ¿cómo llevas lo tuyo? Supongo que el cambio de las gráficas de ingresos anuales no te llevará mucho, ¿no?”.
—Hijo de… —Hugo apretó el móvil con tanta fuerza que los nudillos se le pusieron blancos—. Mateo sabe perfectamente que esas gráficas están protegidas por una macro que solo yo sé usar y que si cambio el color manualmente tengo que ir una por una reasignando las leyendas. Lo hace para quedar bien. Lo hace para que Paco vea que él es el soldado más valiente.
—Es una técnica clásica de guerra psicológica —analizó Santi, sentándose de nuevo y disfrutando de la tragedia—. Mateo te ha tirado a los leones delante del emperador. Ahora, si no respondes, parece que eres el vago que está frenando la “revolución volcánica”. El grupo de WhatsApp del trabajo no es para comunicarse, Hugo. Es un teatro de operaciones. Es para que el jefe vea quién está más dispuesto a inmolarse por la causa.
Hugo empezó a escribir. “Hola Paco, acabo de verlo. El naranja volcánico suena interesante, pero quizá para mañana por la mañana…”
Borró.
“Paco, me parece una idea genial, pero el sistema de las gráficas…”
Borró.
—¿Ves? Estás en la fase de negociación —dijo Santi—. Estás intentando razonar con un hombre que ha decidido que su vida no tiene sentido si no molesta a sus empleados antes de medianoche. No puedes ganar. Si escribes “estoy en ello”, pierdes tu sueño. Si escribes “mañana lo vemos”, pierdes tu reputación de “jugador de equipo”.
En ese momento, el teléfono de Hugo volvió a vibrar. Un nuevo mensaje de Paco: “Hugo, te veo en línea. ¿Algún problema con el naranja? No te oigo decir nada y me preocupa que no estemos alineados con la nueva visión estratégica”.
—”No te oigo decir nada” —repitió Hugo, incrédulo—. ¡Pero si estamos escribiendo! ¡No es una llamada! ¡Es el colmo de la pasivo-agresividad!
—Es el golpe de gracia —dijo Santi—. Te ha señalado. Te ha puesto el foco encima. Ahora mismo, en algún lugar de la ciudad, Paco está frotándose las manos pensando en cómo te tiene acorralado.
Hugo miró a su alrededor. El salón, que antes era un refugio de paz, ahora parecía una extensión de la oficina. Los papeles del trabajo que tenía sobre la mesa auxiliar parecían brillar con una luz siniestra. La libertad se le escapaba por entre los dedos.
—¿Y si me hago el muerto? —preguntó Hugo—. ¿Y si apago el móvil ahora mismo y mañana digo que se me fundieron los plomos de casa?
—Demasiado tarde, pringado —respondió Santi—. Ya has dado el “visto”. Tus tics azules son ahora mismo el faro que guía la ambición de Paco. Si te desconectas ahora, pensará que estás enfadado o que eres un rebelde. Y a los rebeldes en tu empresa no los mandan a las montañas a luchar por la libertad, los mandan al departamento de facturación de devoluciones, que es mucho peor.
Hugo se hundió en el sofá. Empezó a sentir el peso de los años, del capitalismo tardío y de la incapacidad de la humanidad para dejar de mirar una pantalla de cinco pulgadas. Se sentía como un náufrago en una isla desierta donde el único coco disponible tenía grabado el logo de la empresa.
—Sabes qué es lo peor —dijo Hugo con voz sombría—. Que mañana, cuando llegue a la oficina con ojeras hasta las rodillas, Paco ni siquiera se acordará de por qué quería el naranja. Me dirá: “Oye, Hugo, estuve pensando por el camino… ¿y si volvemos al azul? El naranja me resulta un poco estresante”.
—Por supuesto que lo hará —asintió Santi—. El objetivo del mensaje de las 23:47 no es el color de las gráficas. El objetivo es marcar territorio. Es el perro orinando en el sofá. Paco no quiere gráficas naranjas; quiere saber que puede interrumpir tu serie de Netflix cuando le dé la gana. Quiere saber que te tiene en el bolsillo.
Hugo miró el cursor parpadeando en la barra de texto de WhatsApp. Tenía tres opciones: la sumisión total, la rebelión abierta o la diplomacia cobarde. Ninguna le gustaba.
Parte 3: La escalada del absurdo
La tensión en el salón era tal que Santi había dejado de beber cerveza para observar el drama con una atención casi científica. Hugo, por su parte, seguía con el pulgar suspendido sobre la pantalla, como un artificiero que no sabe si cortar el cable rojo o el azul, consciente de que ambos podrían hacer saltar por los aires su bienestar mental.
De repente, el grupo de WhatsApp volvió a bullir. No era Paco. Era Laura otra vez.
Laura envió una foto de su pantalla de ordenador. Estaba en la cocina de su casa, se veía un cartón de leche abierto al fondo y un gato medio dormido sobre la mesa. En la pantalla se veía el PowerPoint ya con los colores cambiados. Escribió: “¡Listo el bloque de marketing! El naranja volcánico le da un punch increíble. ¡Me encanta esta nueva energía, equipo! 🔥🔥🔥”.
—¡Tres fueguitos! —gritó Hugo, lanzando el móvil sobre los cojines del sofá—. ¡Ha puesto tres fueguitos! ¿Pero qué le pasa a esta mujer? ¡Son las doce y diez de la noche! ¿No tiene vida? ¿No tiene dignidad? ¿No tiene un gato que la quiera lo suficiente como para morderle los dedos y que deje de escribir?
—Laura no es una empleada, Hugo —dijo Santi, analizando la foto con ojo crítico—. Laura es una sectaria. Ha bebido el Kool-Aid del corporativismo. Ese gato que ves ahí es probablemente un infiltrado de la dirección para vigilar que no se duerma antes de la una. Mira esa foto. Está buscando la validación del macho alfa, en este caso, de Paco.
Y, efectivamente, la validación no tardó en llegar.
Paco: “¡Esa es la actitud, Laura! Comprometida al 110%. Así es como se ganan las cuentas. Hugo, Mateo… tomad nota. El éxito no entiende de horarios, entiende de pasión”.
—”La pasión” —Hugo empezó a reírse de forma histérica, una risa que ya rozaba la locura—. La pasión por cambiar el color de una barra que representa la caída de ventas de repuestos de aspiradoras en el sector noreste. ¡Eso es pasión, joder! ¡Esto es lo que soñaba cuando era niño y me decían que estudiara una carrera!
—Te están haciendo un sándwich —dijo Santi—. Paco te presiona por arriba y Laura te presiona desde los lados. Estás atrapado en una pinza de peloteo y autoritarismo. Si no escribes algo en los próximos dos minutos, Paco va a asumir que estás durmiendo, y dormir es de gente que no tiene “visión de futuro”.
Hugo recuperó el móvil. Sus dedos volaban ahora sobre el teclado, pero no para escribir el mensaje definitivo, sino para desahogarse con Santi en voz baja.
—¿Y si le digo la verdad? —preguntó Hugo—. ¿Y si le escribo: “Paco, son casi las doce de la noche. Estoy viendo un documental de ñus y mi único deseo en este momento es que un cocodrilo del Serengueti me arrastre al fondo del río para no tener que volver a ver tu cara de aquí al viernes”? ¿Qué pasaría?
Santi se lo tomó en serio por un momento.
—Pasarían varias cosas. Primero, un silencio sepulcral en el grupo. Mateo y Laura se quedarían mirando sus pantallas con el corazón a mil por hora, debatiéndose entre darte un “like” secreto o bloquearte para siempre. Paco, por su parte, tendría un micro-infarto de ego. Al día siguiente, tu tarjeta de acceso a la oficina dejaría de funcionar “por un error informático”. Y acabarías trabajando de freelance haciendo descripciones de productos para una web de calcetines usados.
—Casi suena mejor que esto —suspiró Hugo.
Pero la realidad se impuso. Hugo empezó a redactar con una sumisión que le dolía en el alma.
“Hola Paco, claro que sí. Estaba justo terminando de revisar unos datos para que el naranja encaje perfectamente con la escala de grises de la competencia. En diez minutos te lo mando”.
—¡Mentiroso! —le espetó Santi—. ¡No tienes nada abierto! ¡El portátil está en la mochila y la mochila está debajo de un montón de ropa sucia!
—¡Tengo que ganar tiempo! —se defendió Hugo—. Si le digo que lo estoy haciendo, se queda tranquilo y me deja en paz diez minutos. En esos diez minutos, saco el ordenador, cambio tres colores, le hago una foto borrosa para que no vea que está hecho un asco y le digo que el resto se lo envío por mail para no saturar el chat.
Hugo se levantó de un salto, tirando el mando de la tele al suelo. Corrió hacia el pasillo, tropezando con una zapatilla de deporte, y empezó a rebuscar en su mochila como si buscara el antídoto para un veneno mortal. Sacó el portátil, lo abrió y se quedó mirando la pantalla de carga.
—Espera —dijo Santi desde el salón—. Hay movimiento en el chat.
Hugo volvió al salón con el portátil en equilibrio precario sobre una mano.
—¿Qué pasa ahora? ¿Paco ha decidido que el naranja es muy 2025 y ahora quiere “verde esperanza”?
—Peor —dijo Santi, mirando el móvil de Hugo que se había quedado sobre el sofá—. Mateo acaba de soltar la bomba.
Mateo había escrito: “Oye, Paco, ya que estamos todos aquí… ¿por qué no hacemos un Zoom rápido de cinco minutos para alinearnos bien con el tema del naranja? Así mañana vamos todos a una y no perdemos tiempo en la oficina”.
Hugo se quedó petrificado en medio del salón. El portátil emitió un pitido de batería baja que sonó como el aviso de una bomba de relojería.
—¿Un Zoom? —la voz de Hugo era un hilo fino—. ¿A las doce y cuarto de la noche? ¿Mateo quiere un Zoom?
—Mateo es un genio del mal —comentó Santi con cierta admiración—. Sabe que si hacéis el Zoom, él queda como el facilitador, el tipo que resuelve. Y sabe que tú, Hugo, estás probablemente en calzoncillos o con una camiseta manchada de salsa brava. Te quiere exponer. Quiere que Paco te vea la cara de derrota en alta definición.
Paco respondió casi al instante: “¡Brillante, Mateo! Me encanta esa proactividad. Venga, cinco minutos. Abro sala. Os paso el link”.
Hugo miró su camiseta. Miró la mancha de salsa. Miró el desorden de su salón. Sintió una oleada de calor que no tenía nada que ver con el clima de Madrid. Era la indignación pura, la rebelión de las masas concentrada en un solo oficinista de clase media.
—No —dijo Hugo con firmeza.
—¿No qué? —preguntó Santi.
—No voy a entrar en ese Zoom. Ni de coña. Esto ya es el final. El Zoom a medianoche es la última frontera. Si acepto esto, lo siguiente será que Paco se mude a mi habitación de invitados para poder hacerme “brainstormings” mientras me cepillo los dientes.
—¿Y qué vas a hacer? —Santi estaba expectante—. El link ya está ahí. Laura ya ha puesto un “unida”. Mateo ha puesto un “dentro”. Solo faltas tú. El cuadradito negro con tu nombre. El hueco vacío en la jerarquía del equipo dinámico.
Hugo se sentó lentamente en el sofá. Cogió su móvil. Sus dedos ya no temblaban. Había alcanzado ese estado de calma mística que solo llega cuando ya no tienes nada que perder porque ya has perdido la vergüenza.
—Voy a aplicar la doctrina de la tierra quemada —anunció Hugo.
—Suena épico —dijo Santi—. ¿En qué consiste?
—En decir la verdad, pero de una forma que les haga sentir tan incómodos que no quieran volver a hablarme fuera de horario en la puta vida.
Parte 4: El cierre de la oficina infinita
Hugo respiró hondo. Santi lo miraba como se mira a un astronauta que está a punto de salir de la cápsula sin cordón de seguridad. En la pantalla del móvil, el enlace de Zoom brillaba con un azul eléctrico, invitándolo a entrar en la carnicería digital.
Hugo no pulsó el enlace. En su lugar, se posicionó sobre la barra de texto y empezó a escribir. No fue un mensaje corto. No fue una excusa. Fue una obra maestra de la pasivo-agresividad española, salpimentada con esa sinceridad brutal que solo te da el agotamiento extremo.
Escribió: “Chicos, me encantaría unirme al Zoom, de verdad. Pero veréis, a estas horas mi ‘energía disruptiva’ está ahora mismo concentrada en intentar digerir una ración de bravas mientras me pregunto si el naranja volcánico es un color o un grito de auxilio de mi alma. Como no quiero que me veáis en este estado de semi-desnudez emocional (y física, que la camiseta tiene más años que la empresa), voy a declinar la invitación. Mañana a las nueve, con el azul de siempre o el naranja de la suerte, os espero con mi mejor sonrisa de empleado del mes. Descansad, si es que el capitalismo os deja. Un abrazo”.
Silencio.
El salón de Hugo se quedó en un silencio tan espeso que se podía oír el zumbido de la nevera. Santi abrió la boca, la cerró, y luego levantó el pulgar.
—Te has pasado tres pueblos —dijo Santi—. Pero ha sido precioso. Es como el discurso final de una película de juicios, pero con salsa brava.
—Mira el chat —dijo Hugo, con el corazón martilleando contra las costillas.
Durante dos minutos largos, no pasó nada. “Paco está escribiendo…”. Luego paraba. “Laura está escribiendo…”. Paraba. Mateo, curiosamente, no escribía nada. Seguramente estaba intentando procesar cómo su jugada maestra de ajedrez corporativo se había convertido en un tablero volando por los aires.
Finalmente, apareció un mensaje de Paco.
Paco: “Hugo, entiendo que el día ha sido largo. Quizá me he dejado llevar por el entusiasmo del nuevo proyecto. Tienes razón, el descanso también es parte del rendimiento. Mañana lo vemos con calma. Buenas noches a todos”.
—¡Ha reculado! —gritó Santi, dando un salto en el sofá—. ¡El gran depredador ha olido la sangre de la honestidad y ha decidido que no tiene hambre!
—No ha reculado por bondad —matizó Hugo, dejando caer el móvil sobre la mesa como quien suelta un arma humeante—. Ha reculado porque le he dado vergüenza ajena. En las empresas, la única forma de combatir la tiranía es a veces recordándoles que somos seres humanos que sudan y que tienen manchas en la camiseta. Si te pones serio y hablas de “derechos laborales”, se ponen a la defensiva. Si les hablas de tus bravas y de tu semi-desnudez, los desarmas. No saben cómo gestionar la humanidad no profesional.
Hugo cerró la tapa de su portátil con un golpe seco y satisfactorio. Se estiró en el sofá, sintiendo por primera vez en toda la noche que el aire de Madrid ya no pesaba tanto.
—¿Crees que mañana me despedirán? —preguntó Hugo después de un rato.
—Mañana no —opinó Santi—. Mañana serás el tipo peligroso. El que puede saltar en cualquier momento. Te tratarán con una cortesía extraña, como si fueras una granada sin anilla. Y Mateo… Mateo te odiará para siempre, lo cual es la mejor medalla que podrías colgarte en el pecho.
Hugo se quedó mirando el techo del salón. La pregunta del millón seguía flotando en el ambiente, no solo para él, sino para los millones de personas que en ese mismo momento estarían sintiendo el vibrar de un mensaje de trabajo en su mesita de noche.
¿Responder mensajes de trabajo fuera de horario: sí o jamás?
—¿Sabes qué, Santi? —dijo Hugo, cerrando los ojos—. La respuesta no es “sí” o “no”. La respuesta es que el móvil debería tener un modo “estoy siendo un ser humano”, que cuando lo activaras, enviara automáticamente una foto de tus pies encima de la mesa y un sonido de alguien abriendo una lata de cerveza cada vez que un jefe intentara escribirte.
—Eso se llama libertad, Hugo —dijo Santi, terminando su cerveza—. Pero de momento, nos conformaremos con haber ganado la batalla del naranja volcánico.
Esa noche, Hugo durmió como hacía tiempo que no lo hacía. Soñó con campos infinitos de color azul turquesa donde no había ni un solo cargador de móvil a la vista. Y cuando el despertador sonó a las siete y media de la mañana, lo primero que hizo no fue mirar WhatsApp. Fue estirarse, sonreír y recordar que, por una noche, el rehén había logrado negociar su propio rescate.
Al llegar a la oficina, el ambiente era, efectivamente, extraño. Paco lo saludó con un asentimiento de cabeza excesivamente formal. Laura evitó mirarlo mientras se servía un café. Y Mateo… Mateo estaba en su sitio, trabajando con una intensidad furiosa, probablemente cambiando los colores de las gráficas él solo para demostrar su valía infinita.
Hugo se sentó en su mesa, encendió el ordenador y vio que tenía catorce correos nuevos. Suspiró. Abrió el primero. Era de Paco.
“Hugo, buen trabajo ayer. Por cierto, he estado dándole vueltas… el naranja está bien, pero ¿qué te parece un ‘rojo pasión’? Lo hablamos en la reunión de las diez”.
Hugo sonrió, borró el correo y se fue a por un café. Esta vez, el café no le supo tan mal. Porque ahora sabía que, si el móvil volvía a vibrar a las once y cuarenta y siete, él ya tenía su respuesta preparada. Y esa respuesta no tenía nada que ver con el trabajo, sino con el derecho inalienable de todo hombre a ver documentales de ñus en paz.