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James Rodríguez: Confesó Todo Después De Años

 Tres meses antes de la Copa del Mundo, James tuvo una  conversación con su padre. una conversación telefónica larga, tensa. Tienes que ser el mejor del mundial, le dijo Juan Carlos. Esta es tu oportunidad, no la puedes desperdiciar. Papá, solo quiero jugar bien. No, tienes que ser  el mejor, ¿me entiendes? El mejor. James colgó.

 Se quedó sentado en su habitación mirando la pared. Su esposa entró. ¿Qué pasa? Nada. James, ¿qué pasa? A veces siento que no juego para mí, juego para todos los demás. Daniela se sentó a su lado.  ¿Y eso te hace feliz? James no respondió porque no sabía la respuesta. Brasil 2014, junio.

 El mundial donde James Rodríguez  se convirtió en leyenda. Colombia no era favorita, nadie los tenía en cuenta. Radamel Falcao, su mejor jugador, se había lesionado y no iba, pero tenían a James y James estaba  a punto de explotar. Primer partido, Colombia contra  Grecia. James metió un gol, dos asistencias.

  Colombia ganó 3 a0. Segundo partido. Colombia contra Costa de Marfil. James metió dos goles. Colombia ganó 2 a 1. Tercer partido. Colombia contra Japón. James, un gol, una asistencia. Colombia ganó 4 a1. Octavos de final. Colombia contra Uruguay. Y aquí pasó lo que todo el mundo recuerda. Minuto 28. James recibe el balón de espaldas en el aire a la altura del pecho, 30 met del arco.

 La para con el pecho, gira y sin dejar que caiga al suelo le pega de vólea con la zurda. El balón vuela, una parábola perfecta. El arquero ni se mueve, solo mira. ¡Gol! El estadio explota. Los comentaristas gritan, los jugadores corren hacia James y James levanta la mano, sonríe y camina de vuelta al centro como si fuera normal, como si fuera fácil, como si no acabara de meter uno de los mejores goles en la historia de los mundiales.

Ese gol define a James dijo un periodista después. Elegante, perfecto, frío, pero no era frialdad, era otra cosa, algo más profundo. Era la sensación de estar haciendo lo que todos esperaban y no saber si era lo que él quería. Colombia ganó 2 a0. James hizo los dos goles, seis goles en cuatro partidos. Líder de goleo del Mundial hasta ese momento.

 Cuartos de final, Colombia contra Brasil. En Brasil, el Maracaná, 100,000 brasileños en contra. James jugó el mejor partido de su vida, un gol, una asistencia, dejó en ridículo a dos defensores, dio pases que nadie más veía, pero Colombia perdió. 2 a 1, un penal en el último minuto. James salió llorando. No porque perdieron, porque lo patearon durante 90 minutos, porque Neymar lo empujó.

 Porque el árbitro no pitó faltas, porque dio todo y no fue suficiente, pero terminó el mundial como goleador. Seis goles,  bota de oro, el mejor jugador del torneo, 23 años. Y entonces el Real Madrid hizo la llamada. 80 millones de euros. El fichaje más caro del verano 2014. James llegó al Real Madrid como héroe, como salvador, como el que iba a hacer olvidar a Ángel de María que acababan de vender.

James Rodríguez - Trivia - IMDb

Su presentación fue un circo. 45,000 personas en el Bernabéu solo para verlo. No para un partido, para verlo firmar. James salió con la camiseta blanca número 10, saludó,  sonrió, hizo jueguitos con el balón y por dentro estaba aterrado. No sabía si estaba listo para eso, confesó años después. No sabía si quería eso, pero ya era tarde, ya había firmado.

  Ya era del Real Madrid y el Real Madrid no perdona, no acepta dudas, no acepta debilidad. O eres grande o te vas. James estaba a punto de descubrir que él no quería ser grande, él solo quería jugar. Y esas dos cosas  en el Madrid no son lo mismo. La ilusión temporada 2014-2015. Real Madrid.

 Carlo Ancelotti como entrenador. James empezó como titular indiscutible. Jugaba de mediocampista ofensivo detrás de Cristiano y Benzemá junto a Cross  y Modric. Los primeros tres meses fueron perfectos. Goles, asistencias, ovaciones. El Bernabéu lo adoraba. James es el futuro del Madrid, decían los periodistas.

 Es el nuevo Sidá, decían los hinchas.  Pero había un problema, un problema que nadie veía todavía. James no era como cristiano. No vivía para el fútbol, no dormía pensando en ser mejor. No entrenaba 3 horas extra después de cada práctica. James entrenaba bien, jugaba bien y después se iba a su casa con su esposa, con su hija, a ser papá, a ser persona.

Yo no soy una máquina, dijo James en una entrevista de esa época. Soy un jugador de fútbol, pero también soy un ser humano. Esa frase, guárdala, porque esa frase resume todo lo que viene después. En diciembre de 2014, James tuvo una lesión, nada grave,  un golpe en el pie, dos semanas fuera.

 Cuando volvió Ancelotti lo puso en  el banco. “Necesitas recuperar ritmo”, le dijo. James aceptó,  se sentó, esperó, entró en el minuto 70, jugó 20 minutos. Bien, sin más. Después del partido, Anchelotti lo llamó a su oficina. Esta es la primera revelación que te prometí al principio, la conversación donde James decidió que prefería ser feliz a ser grande.

 James, ¿estás contento aquí? Sí, mister. No te pregunto si estás cómodo, te pregunto si estás contento.  James se quedó callado. Ancelotti continuó, porque yo te veo jugar y veo a un jugador increíble, pero no veo hambre. No veo esa locura que tienen Cristiano o Modric, esa necesidad de ser el mejor.

 Mír, yo  doy todo en cada partido. Lo sé, pero dar todo  no es lo mismo que querer ser el mejor. Y en este club, si no quieres ser el mejor, no vas a durar. James bajó la mirada. Y si no quiero ser el mejor. ¿Y si solo quiero jugar bien y ser feliz? Anchelotti sonró. Una sonrisa triste de alguien que entiende. Entonces, estás en el club equivocado.

Esa conversación duró 15 minutos, pero marcó el resto de la carrera de James, porque por primera vez alguien le dijo la verdad y James  se dio cuenta de algo que había estado negando toda su vida. Él no quería ser el mejor, nunca lo quiso, solo quería hacer feliz a su padre. La temporada terminó bien.

 James jugó  34 partidos, 13 goles, 13 asistencias, números excelentes, pero el Madrid no ganó nada, ni Liga, ni Champions, ni copa. Y cuando el Madrid no gana, alguien tiene que pagar. Anchelotti fue despedido, el hombre que entendía a  Jams, el que lo protegía, el único que le hablaba como persona y no como pieza  de una máquina.

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